p En la pequeña ciudad irrumpió, como un torbellino, la fulminante noticia: "¡Han echado al zar!"
p Los vecinos no querían creerlo.
p De un tren, llegado penosamente a través de la tormenta de nieve, saltaron al andén dos estudiantes, con fusiles terciados sobre los capotes, y un destacamento de soldados revolucionarios, con brazaletes rojos. Detuvieron a los gendarmes de la estación, a un viejo coronel y al jefe de la guarnición. Y en la ciudad se convencieron. Por las nevadas calles, en procesión interminable, millares de personas marcharon a la plaza.
p Todos escuchaban con avidez las nuevas palabras: libertad, igualdad, fraternidad.
p Pasaron los días bulliciosos, ebrios de excitación y de alegría. Llegó la calma, y sólo la bandera roja sobre el edificio del Ayuntamiento —donde se habían hecho los amos los mencheviques y los del Bund— hablaba del cambio operado. Todo lo demás continuó igual que antes.
p A fines de invierno, acantonó en la pequeña ciudad un regimiento de caballería de la Guardia. Por la mañana iba en escuadrones a la estación, a la caza de desertores huidos del frente Suroeste.
45p Los soldados de caballería de la Guardia, altos y fornidos, tenían cara de bien cebados. Los oficiales, príncipes y condes en su mayoría, llevaban áureas charreteras y en los pantalones de montar plateados ribetes; todo como en tiempos del zar, como si no hubiera habido revolución.
p Para Pavka, Klimka y Seriozha Bruszhak tampoco había cambiado nada. Sus amos continuaban siendo los de antes. Sólo en el lluvioso mes de noviembre comenzó a ocurrir algo anormal. En la estación aparecieron hombres nuevos, en su mayoría soldados del frente, con el peregrino apodo de “bolcheviques”.
p Nadie sabía de dónde procedía aquel nombre tan sonoro e imponente.
p A los de la Guardia les era difícil detener a los desertores del frente. Cada vez con mayor frecuencia saltaban los cristales de la estación, hechos añicos por disparos de fusil. Los hombres se desgajaban del frente en grupos enteros y, cuando se intentaba detenerles, se oponían a bayonetazo limpio. A principios de diciembre comenzaron a llegar por trenes enteros.
p Los soldados de la Guardia invadieron la estación con el propósito de contener aquella avalancha, pero les quitaron las ganas con ráfagas de ametralladora. Hombres habituados a mirar cara a cara la muerte se volcaron de los vagones.
p Los hombres grises del frente rechazaron hasta la ciudad a los soldados de la Guardia. Los rechazaron y volvieron a la estación, para continuar su camino convoy tras convoy.
p En la primavera del año 1918, los tres amigos volvían de casa de Seriozha Bruszhak, donde habían estado jugando a las cartas, al "sesenta y seis”. Por el camino torcieron hacia el jardín de Korchaguin. Se echaron en la hierba. Estaban aburridos. Todas las ocupaciones cotidianas les fastidiaban. Comenzaron a pensar en cómo pasar mejor el día. De pronto, a sus espaldas resonaron los cascos de un caballo, y en el camino hizo su aparición un jinete. El caballo salvó la cuneta que separaba la carretera de la empalizada del jardín. El jinete hizo una seña con la nagaika a Pavka y a Klimka, que estaban tumbados en la hierba:
p — ¡Eh, chavales, acercaos!
46p Pavka y Klimka se levantaron de un salto, y acercáronse corriendo a la empalizada. El jinete estaba todo lleno de polvo del camino, que cubría su gorra .echada para atrás, la guerrera caqui y los pantalones del mismo color. De su fuerte correaje de soldado colgaban un revólver y dos granadas alemanas.
p — ¡Traedme un poco de agua, muchachos! —pidió el jinete, y, cuando Pavka hubo corrido a casa por el agua, se dirigió a Seriozha, que no le quitaba ojo—: Dime, muchachín, ¿qué poder hay en la ciudad?
p Seriozha, presuroso, comenzó a contar al jinete todas las novedades.
p — Hace ya dos semanas que no tenemos ningún poder. Nuestro único poder son las patrullas de autodefensa. Todos los vecinos salen, por turno, a guardar la ciudad durante las noches. ¿Y quién es usted? —preguntó el chico a su vez.
p — Vaya, si sabes mucho, te harás pronto viejo — respondió el jinete, mientras una sonrisa retozaba en sus labios.
p Pavka salió corriendo de la casa con una jarra de agua en las manos.
p El jinete la apuró ávidamente, de un solo trago; luego devolvió la jarra a Pavka, tiró de las riendas y partió al galope, hacia la linde del pinar.
p — ¿Quién será? —preguntó perlejo Pavka a Klimka.
p — ¿Qué sé yo? —respondió éste, encogiéndose de hombros.
p — Seguramente habrá otro nuevo cambio de poder. Por eso se largaron ayer los Leschinski. Si los ricos huyen, es porque van a venir los guerrilleros —así, rotundamente, con aplomo, explicó Seriozha este problema político.
p Sus argumentos eran tan convincentes, que Pavka y Klimka coincidieron en el acto con él.
p Antes de que los muchachos pudieran extenderse al particular, resonaron en la carretera cascos de caballo. Los tres se abalanzaron a la empalizada.
p Del bosque, por detrás de la casa del inspector forestal, que apenas divisaban los muchachos, avanzaban gentes, carretas, y muy cerca, por la carretera, una quincena de hombres a caballo, con fusiles cruzados sobre la silla. En cabeza cabalgaban dos: uno de edad madura, con 47 guerrera caqui, correaje de oficial y prismáticos colgando sobre el pecho, y, a su lado, aquel que hacía unos instantes habían visto los chicos. El hombre maduro llevaba una cinta roja en la guerrera.
p — ¿No te decía yo? —exclamó Seriozha, dando con el codo a Pavka en el costado—. Mira, una cinta roja. Son guerrilleros. ¡Que me quede ciego si no son guerrilleros!. .. —Y, gritando de alegría, saltó, como un pajarillo, por encima de la empalizada.
p Ambos amigos le siguieron. Ahora los tres se encontraban en el borde de la carretera, mirando a los que se acercaban.
p Los jinetes estaban ya próximos. El que conocía a los muchachos les saludó y, señalando con la nagaika la casa de los Leschinski, preguntó:
p — ¿Quién vive en esa casa?
p Pavka, esforzándose por no quedar a la zaga del caballo, le contaba:
p — Ahí vivía el abogado Leschinski. Ayer huyó. Por lo visto, se asustó de ustedes...
p — ¿Cómo sabes tú quienes somos? —preguntó sonriendo el hombre entrado en años.
p Pavka, señalando a la cinta, dijo:
p — ¿Y eso, qué es? Se ve a la legua...
p Los vecinos se habían echado a la calle y miraban curiosos al destacamento que entraba en la ciudad. Nuestros amigos, desde la carretera, contemplaban también a los guardias rojos, que venían polvorientos y cansados.
p Después de haber visto pasar, traqueteando sobre el empedrado, el único cañón del destacamento y las carretas con ametralladoras, los muchachos echaron a andar tras los guerrilleros, y sólo se marcharon cada uno a su casa cuando el destacamento llegó al centro de la ciudad y comenzaron sus hombres a alojarse en las viviendas.
p Por la tarde, en el salón grande de la casa de los Leschinski —donde se había instalado el Estado Mayor del destacamento—, cuatro hombres estaban sentados en torno a una mesa de labradas patas; tres de ellos mandaban grupos y el cuarto, el camarada Bulgákov, hombre ya entrado en años y de pelo canoso, era el jefe del destacamento.
48p Bulgákov había extendido sobre la mesa un mapa de la provincia y pasaba por él la uña, trazando líneas, al tiempo que decía al hombre de pómulos salientes y fuerte dentadura que estaba sentado frente a él:
p — Tú dices, camarada Ermachenko, que habría que luchar aquí, pero yo opino que hay que retirarse por la mañana. Incluso sería bueno hacerlo esta misma noche, pero la gente está cansada. Nuestra tarea consiste en poder replegarnos a Kasatin antes de que lleguen allí los alemanes. Es ridículo oponer resistencia con nuestras fuerzas. .. Un cañón y treinta proyectiles, doscientas bayonetas y sesenta sables. ¡Una fuerza terrible!... Los alemanes avanzan como un alud de hierro. Nosotros sólo podemos combatir uniéndonos a otras unidades rojas en retirada. Pues no debemos perder de vista, camarada, que, además de los alemanes, encontraremos en nuestro camino muchas bandas contrarrevolucionarias. Mi opinión es que debemos retirarnos mañana mismo, en las primeras horas del día, volando el puentecillo situado detrás de la estación. Mientras los alemanes lo reconstruyen, pasarán dos o tres días. Su desplazamiento por ferrocarril se detendrá. ¿Qué opináis, camaradas? Decidamos.
p Struzhkov, que estaba a un lado de Bulgákov, movió los labios, miró el mapa, después a Bulgákov y, por fin, dijo expeliendo trabajosamente las palabras que se atascaban en su garganta:
p — Yo.. .a.. .apoyo a Bulgákov.
p El más joven de los cuatro, que llevaba blusa de obrero, coincidió:
p — Lo que propone Bulgákov es sensato.
p Y sólo Ermachenko, el mismo que por la tarde había hablado con los muchachos, denegó con la cabeza:
p — ¿Para qué diablos hemos reunido entonces el destacamento? ¿Para retirarnos sin lucha ante los alemanes? Yo creo que debemos zurrarnos aquí con ellos. Estoy ya harto de correr... Si de mí dependiera, entablaríamos combate aquí, sin falta... —Apartó bruscamente la silla, se levantó y empezó a recorrer la estancia de un ángulo a otro.
p Bulgákov le dirigió una mirada desaprobatoria.
p — Hay que combatir con cabeza, Ermachenko. Nosotros no podemos lanzar a la gente a una derrota y exterminio seguros. Además, sería ridículo. Nos sigue toda una 49 división con artillería pesada, con blindados... No hay que ser chiquillo, camarada Ermachenko... —Y, dirigiéndose a los demás, terminó—: Así pues, queda decidido que nos retiraremos mañana por la mañana... La siguiente cuestión es la del enlace —continuó Bulgákov—. Como nosotros somos los que nos retiramos los últimos, nos corresponde la tarea de organizar el trabajo en la retaguardia de los alemanes. Aquí hay un importante nudo ferroviario, la ciudad tiene dos estaciones. Debemos cuidarnos de que en la estación trabaje un camarada de confianza. Ahora resolveremos a quién de los nuestros hemos de dejar aquí para que vaya organizando el trabajo. Proponed candidatos.
p — Creo que debe quedarse aquí el marino Zhujrái —dijo Ermachenko, acercándose a la mesa—. En primer lugar, Zhujrái es de estas tierras. En segundo, es ajustador y electricista, y ello le facilitará encontrar trabajo en la estación. Nadie ha visto a Fiódor con nuestro destacamento; llegará únicamente hoy por la noche. Es un muchacho con caletre y pondrá el asunto en marcha. A mi parecer es el hombre más adecuado.
p Bulgákov asintió con la cabeza.
p — Justo, estoy de acuerdo contigo, Ermachenko. ¿ Vosotros camaradas, no tenéis nada que objetar? — preguntó, dirigiéndose a los restantes—. ¿No? Entonces, es cosa decidida. Dejaremos a Zhujrái dinero y una credencial para el trabajo.. . Ahora, la tercera y última cuestión, camaradas —pronunció Bulgákov—. Se trata de las armas que se encuentran en la ciudad. Aquí hay un verdadero arsenal de fusiles, veinte mil, que han quedado de los tiempos de la guerra zarista. Están guardados en un henil y olvidados por todos. Me lo ha comunicado un labrador, el dueño del henil. Quiere deshacerse de ellos... Como es natural, no se puede dejar ese depósito a los alemanes. Considero necesario quemarlo. Y además, ahora mismo, para que al amanecer todo esté terminado. Sólo que es peligroso prenderle fuego: el henil se encuentra en las afueras de la ciudad, entre las casas de los pobres. Pueden arder las casas de los campesinos.
p Struzhkov —de fuerte complexión y cerdosas mejillas por las que no había pasado la navaja hacía mucho— removióse en su asiento:
50p — ¿Pa... pa... para qué... prenderles fuego? Yo pi... pienso que hay que distribuir las armas entre la po... población.
p Bulgákov se volvió hacia él rápidamente:
p — ¿Distribuirlas, dices?
p — Muy bien. ¡Eso está muy requetebién! —exclamó con entusiasmo Ermachenko—. Distribuir los fusiles a los obreros y al resto de la población, a los que quieran. Por lo menos, tendrán con qué rascar las costillas a los alemanes, cuando aprieten bien el dogal. Y van á apretar de firme. Y cuando ya no se pueda aguantarlo más, los muchachos empuñaran las armas. Struzhkov ha tenido mucho acierto al proponer que los fusiles se distribuyan. Tampoco estaría mal llevarlos incluso al campo. Los campesinos los esconderán bien, y cuando los alemanes comiencen, con sus requisas, a dejarlos más limpios que una patena, ¡habrá que ver lo necesarios que serán esos fusilitos!
p Bulgákov rió:
p — Sí, pero los alemanes ordenarán que se entreguen las armas, y la gente las dará.
p Ermachenko protestó:
p — No, no todos se desprenderán de ellas. Unos las entregarán y otros se las quedarán.
p Bulgákov interrogó con la mirada a los reunidos. Distribuyamos los fusiles, distribuyámoslos —dijo el joven obrero, apoyando a Ermachenko y Struzhkov.
p — Bien, los distribuiremos —accedió Bulgákov—. Hemos terminado —anunció levantándose de la mesa—. Ahora podemos descansar hasta la mañana. Cuando llegue Zhujrái, que venga a verme. Hablaré con él. Y tú, Ermachenko, ve a recorrer los puestos.
p Al quedarse solo, Bulgákov pasó al dormitorio de los dueños, contiguo al salón, extendió el capote sobre el colchón de muelles y se acostó.
p Por la mañana, Pavka regresaba de la fábrica de electricidad, donde llevaba ya un año entero trabajando de ayudante de fogonero.
p En la ciudad reinaba una animación extraordinaria que, inmediatamente, le saltó a la vista. Cada vez con mayor frecuencia encontraba por el camino hombres que llevaban uno, dos y hasta tres fusiles. Sin comprender lo que 51 ocurría, Pavka se apresuró a llegar a casa. Cerca de la finca de los Leschinski, montaban a caballo sus conocidos del día anterior.
p Entró corriendo en casa, lavóse con premura y, al enterarse por su madre de que Artiom no había vuelto aún, salió disparado en busca de Seriozha Bruszhak, que vivía en el extremo opuesto de la ciudad.
p Seriozha era hijo de un ayudante de maquinista. Su padre tenía una casita propia y una pequeña hacienda.
p Seriozha no estaba en casa. Su madre, una mujer corpulenta y de tez blanca, miró a Pavka con cara de pocos amigos.
p — ¡El diablo sabe dónde se habrá metido! Apenas despuntó el día, se marchó el condenado. Dicen que, en cierto lugar, están repartiendo armas; seguramente, allí debe de encontrarse. Habría que daros una buena azotaina, guerreros mocosos. Os habéis desmandado más de la cuenta. No es posible hacer carrera de vosotros. Andáis aún con el cascarón en salva sea la parte y ya vais por armas. Dile a ese bribón que como traiga a casa aunque no sea más que un cartucho, le arrancaré la cabeza. Traerá toda clase de porquerías y luego habrá que responder por él. ¿Y tú qué, también vas para allá?
p Pero Pavka ya no escuchaba a la gruñona madre de Seriozha y, de dos zancadas, se plantó en la calle.
p Por la carretera venía un hombre con un fusil en cada hombro.
p — Tío, dime de dónde los has sacado —le preguntó Pavka, corriendo hacia él.
p — Los están repartiendo allí, en Verj ovina.
p Pavka se dirigió a todo correr hacia el lugar indicado.
p Cuando ya había dejado atrás dos calles, tropezó con un muchacho cargado de un pesado fusil con la bayoneta calada.
p — ¿Dónde lo has cogido? —le detuvo Pavka.
p — Los del destacamento los reparten frente a la escuela, pero ya no hay. La gente ha arramblado con todo. Han estado repartiendo durante toda la noche y ya sólo quedan los cajones vacíos. Este fusil es el segundo que me llevo —terminó orgulloso el mozalbete.
p La noticia amargó terriblemente a Pavka.
52p "¡Ay, diablo, hubiera debido plantarme allí en un vuelo, en vez de ir a casa! —pensó con desesperación—. ¿Cómo se me ha podido escapar esto?"
p Y de pronto, iluminado por una idea, volvióse bruscamente y, alcanzando en tres saltos al muchacho que se alejaba, le arrancó con fuerza el fusil.
p — Ya tienes uno, y te basta. Y éste para mí — manifestó Pavka en tono que no admitía réplica.
p El muchacho, enfurecido por aquel despojo en pleno día, arremetió contra Pavka, pero éste dio un paso atrás y, adelantando la bayoneta, le gritó:
p — ¡Detente, que te vas a ensartar!
p El muchacho rompió a llorar de rabia y se marchó corriendo, lanzando maldiciones, presa de impotente cólera. Y Pavka, satisfecho, se dirigió veloz hacia casa. Saltó la valla, corrió al pequeño pajar y, después de esconder entre las vigas del techo el fusil conseguido, entró en la vivienda silbando alegremente.
p Hermosas son las tardes de verano en Ucrania, en villas tan pequeñas como Shepetovka, donde el centro es ciudad y los arrabales, aldea.
p En esas apacibles tardes estivales, toda la juventud se echa a la calle. A la puerta de las casas, en los jardincillos, sentados en los bancos y sobre las vigas amontonadas ante las obras en construcción se encuentran en grupos o por parejas todos los mozos y mozas del lugar. Resuenan las risas y las canciones.
p El aire vibra, saturado del denso aroma de las flores. En la profundidad del cielo titilan apenas, como luciérnagas las estrellas, y la voz se oye lejos, muy lejos...
p Pavka tiene cariño a su acordeón vienes. Amorosamente le hace descansar sobre sus rodillas, mientras sus ágiles dedos rozan leves las teclas para correr rápidos de arriba abajo, haciendo escalas. Suspiran las notas bajas y el acordeón canta con bizarría, con gorjeos de ruiseñor...
p Serpenteaba el acordeón, ¿y cómo no emprender la danza? Era imposible contenerse, las piernas se movían solas. El acordeón respiraba cálidamente, ¡qué hermoso era vivir!
53p Aquella noche reinaba una alegría singular. La juventud, bulliciosa, se había reunido en las vigas cercanas a la casa en que vivía Pavka, y la risa más sonora era la de Gálochka, su vecina. A la hija del cantero le gustaba bailar y entonar canciones con los muchachos. Tenía voz de contralto, pastosa y aterciopelada.
p Pavka la temía un poco. Su lengüecilla era desenvuelta. Se sentaba en las vigas, al lado de Pavka, le abrazaba con fuerza y reía a carcajadas.
p — ¡Ay, acordeonista valiente! Lástima que no hayas crecido un poco más, muchacho, pues hubieras sido un buen marido para mí. Me gustan los acordeonistas, mi corazón se derrite en cuanto los veo.
p Pavka se sonrojaba hasta la raíz de los cabellos. Menos mal que, como era de noche, no se veía. Intentaba apartarse de la retozona muchacha pero ella le agarraba con fuerza impidiéndolo.
p — ¿Qué es eso, a dónde te escapas, querido? ¡Vaya un novio! —bromeaba.
p Pavka percibía en su hombro el pecho firme de ella, y esto le hacía sentir una inquietante desazón, mientras la risa a su alrededor turbaba la habitual tranquilidad de la calle.
p Pavka empujó en el hombro a Gálochka y le dijo:
p — Apártate, no me dejas tocar.
p Y de nuevo una explosión de carcajadas, vayas y chanzas.
p Terció Marusia:
p — Pavka, toca algo triste, que llegue al alma.
p Los fuelles se desplegaban con lentitud, los dedos teclearon despacio. Sonó la melodía conocida por todos y de todos querida. Galina fue la primera en entonarla. Le siguieron Marusia y las demás muchachas.
p
Nos reunimos todos los sirgadores
en nuestra casita.
Aquí nos gusta,
aquí nos agrada
echar una coplita,
para alegrar el alma...
p Y las voces sonoras y jóvenes que entonaban la canción volaban lejos, hacia el bosque.
54p — ¡Pavka! —vibró la voz de Artiom.
p Pavka juntó los fuelles del acordeón y abrochó las correas.
p — Me llaman, me marcho. Marusia le pidió suplicante:
p — Espera un poquito, toca algo más. Tienes tiempo para ir a casa.
p Pero Pavka se apresuró.
p — No, mañana tocaré, pero ahora tengo que marcharme, me llama Artiom —y cruzó corriendo la calle, hacia la casita.
p Al abrir la puerta del cuarto, vio sentados a la mesa a Román, cantarada de Artiom, y a un desconocido.
p — ¿Me llamabas? —preguntó Pavka.
p Artiom señaló con la cabeza hacia Pavka y se dirigió al desconocido.
p — Ese es mi hermanito.
p El desconocido tendió a Pavka su mano nudosa.
p — Mira, Pavka —dijo Artiom a su hermano—. Tú me has dicho que en vuestra fábrica de electricidad ha enfermado el mecánico. Entérate mañana de si admitirían en su lugar a un hombre conocedor del oficio. Si hace falta, vienes y lo dices.
p El desconocido terció:
p — No, yo iré con él. Yo mismo hablaré con el patrono.
p — Claro que hace falta; hoy la fábrica no ha trabajado, porque Stankóvich está enfermo. El patrono llegó dos veces con la lengua fuera, no hacía más que buscar a alguien para sustituirlo, pero no encontró a nadie. Y no se decidió a poner la fábrica en marcha sólo con el fogonero. El mecánico tiene el tifus.
p — Bueno, es cosa hecha —dijo el desconocido, dirigiéndose a Pavka—. Mañana vendré a buscarte e iremos juntos.
p — De acuerdo.
p La mirada de Pavka tropezó con los ojos grises y tranquilos del desconocido, que le examinaban atentamente. Aquellos ojos firmes, que no pestañeaban, turbaron un poco a Pavka. La chaqueta gris, abotonada por completo, aparecía muy estirada en la parte de la espalda, ancha y fuerte; se veía que era estrecha para el dueño. 55 Los hombros estaban unidos a la cabeza por un sólido cuello de toro, y todo aquel hombre rebosaba vigor, como un añoso roble de muchas y profundas raíces. Al despedirse, Artiom concretó:
p — Hasta la vista, Zhujrái. Mañana vas con mi hermanito y dejas el asunto arreglado.
p Tres días después de la marcha del destacamento, los alemanes entraron en la ciudad. Su llegada la comunicó el pito de una locomotora en la estación, que en los últimos días había quedado desierta. Cundió la noticia:
p — Vienen los alemanes.
p Y la ciudad bulló como un hormiguero revuelto, aunque todos sabían, hacía tiempo, que los alemanes debían llegar. Sin embargo, no acababan de creerlo. Y de pronto, aquellos terribles alemanes ya no estaban por llegar: encontrábanse allí, en la ciudad.
p Todos los vecinos se pegaron a las cercas, a los postigos. No obstante, temían salir a la calle.
p Y los alemanes, embutidos en uniformes verdeoscuros, con los fusiles apretados, marchaban en fila india por ambos lados de la carretera. Sus bayonetas eran anchas como cuchillos. Llevaban puestos pesados cascos de acero y enormes macutos a la espalda. Y marchaban de la estación a la ciudad, en una cinta interminable, alerta, dispuestos a aplastar la resistencia en cualquier instante, aunque nadie se disponía a oponérsela.
p Dos oficiales, máuser en mano, marchaban en cabeza. Por medio de la carretera caminaba un oficial del ejército del hetmán, el intérprete, vestido con caftán ucraniano azul y alto gorro de piel.
p Los alemanes formaron un cuadro en la plaza central de la ciudad. Redobló un tambor. Se congregaron algunos vecinos que se habían hecho el ánimo de salir a la calle. El oficial-intérprete salió a la terracilla de la farmacia y leyó en voz alta la orden del comandante militar, mayor Korf.
p § 1
p Ordeno y mando a todos los habitantes de la ciudad presentar en el plazo de veinticuatro horas todas las armas de fuego y 56 blancal que obren en su poder. El incumplimiento de la presente orden será castigado con el fusilamiento.
p § 2
p En la ciudad se declara el estado de guerra y se prohibe la circulación después de las ocho de la noche.
p El comandante militar de la plaza, mayor Korf.
p La comandancia alemana fue instalada en la misma casa donde antes de la revolución estuviera el Ayuntamiento y después de ella el Soviet de diputados obreros. Junto a la terracilla de la casa encontrábase un centinela que ya no llevaba casco de acero, sino el de gala, rematado con una enorme águila imperial. Allí mismo, en el patio, se había destinado un lugar para depositar las armas que fueran entregadas.
p Durante todo el día, los vecinos asustados por la amenaza de fusilamiento estuvieron entregando armas. Los adultos no se mostraban; las armas las llevaban los adolescentes y los niños. Los alemanes no detenían a nadie.
p Quienes no quisieron entregar las armas, las tiraron por la noche a la carretera; y a la mañana siguiente, la patrulla alemana las recogió, metiólas en un furgón y las llevó a la comandancia.
p A la una de la tarde, terminado el plazo de entrega de armas, los soldados alemanes hicieron un recuento de sus trofeos. El total de fusiles recogidos se elevaba a catorce mil. Así pues, a los alemanes no les fueron entregados seis mil. Los registros generales, realizados por ellos, dieron resultados muy insignificantes.
p Al amanecer, en las afueras, junto al viejo cementerio judío, fueron fusilados dos ferroviarios, a quienes, durante el registro, les habían encontrado fusiles ocultos.
p Después de escuchar la lectura de la orden, Artiom se apresuró a llegar a casa. En el patio encontró a Pavka, le cogió del hombro y, en voz baja, pero insistente, le preguntó:
p — ¿Has traído a casa algo del depósito?
p Pavka se disponía a ocultar que había traído un fusil, pero no quiso mentir a su hermano y se lo contó todo.
p Se dirigieron juntos al pajar. Artiom sacó el fusil 57 escondido tras la viga, le quitó el cerrojo y la bayoneta y, empuñando el arma por el cañón, tomó impulso y la golpeó con todas sus fuerzas contra un poste de la valla. La culata saltó en mil pedazos. Los restos del fusil los arrojaron lejos, al descampado que había tras el jardincillo. Artiom tiró el cerrojo y la bayoneta al retrete. Luego, Artiom se volvió hacia su hermano:
p — Ya no eres ningún niño, Pavka, y debes comprender que no hay por qué jugar con las armas. Te hablo en serio: no traigas nada a casa. Tú sabes que ahora eso puede costar la vida. Ten cuidado, no me engañes, pues si traes algo y lo encuentran, al primero que fusilarán será a mí. A ti, mocoso, no te tocarán. Ahora vivimos tiempos perros, ¿comprendes?
p Pavka prometió no traer nada a casa.
p Cuando ambos, atravesando el patio, se dirigían a la vivienda, junto al portal de los Leschinski se detuvo un coche de caballos. De él descendieron el abogado, su mujer y sus hijos, Nelly y Víctor.
p — Han vuelto los pajarracos —profirió Artiom colérico—. ¡Buena se va a armar, mal rayo les parta! —Y entró en casa.
p Durante todo el día, Pavka estuvo penando por el fusil. Mientras tanto, su amigo Seriozha trabajaba con todas sus fuerzas en un pajar abandonado, removiendo con una pala la tierra junto a la pared. Por fin, el hoyo estuvo dispuesto. Seriozha colocó en él, envueltos en trapos; tres fusiles nuevos conseguidos durante el reparto. No se disponía a entregarlos a los alemanes: no había pasado la noche entera en vela para quedarse sin su botín.
p Una vez lleno de tierra el hoyo, Seriozha la apisonó fuertemente y llevó al lugar nivelado un montón de basura y trastos viejos. Después de examinar con ojo crítico los resultados de su trabajo y de encontrarlos satisfactorios, se quitó la gorra y enjugóse el sudor de la frente.
p "Bueno, ¡ahora que busquen! Y si lo encuentran, vete a saber de quién es el pajar".
p Pavka se fue intimando poco a poco con el adusto mecánico, que desde hacía ya un mes trabajaba en la fábrica de electricidad.
58p Zhujrái enseñaba al ayudante de fogonero el funcionamiento de la dínamo y le iba habituando al trabajo.
p Al marino le agradó aquel muchacho inteligente. En los días de asueto, Zhujrái visitaba con frecuencia a Artiom. El marino, serio y reflexivo, escuchaba atento el relato de todos los pormenores y trajines de la vida diaria, en particular cuando la madre se quejaba de las travesuras de Pavka. El marino sabía tranquilizar a María Yákovlevna y hacer que ésta olvidara sus amarguras y se sintiese más animada.
p En una ocasión Zhujrái detuvo a Pavka en el patio de la fábrica de electricidad, entre las pilas de leña, y, sonriendo, le dijo:
p — Tu madre dice que te gusta pelear. "Mi hijo —afirma— es reñidor como un gallo”. —Zhujrái rió con aprobación—. En general, luchar no es malo, pero hay que saber á quién y por qué pegar.
p Pavka, sin comprender si Zhujrái se reía de él o si le hablaba en serio, respondió:
p — No me peleo sin motivo; siempre lo hago con razón.
p Zhujrái le propuso inesperadamente:
p — ¿Quieres que te enseñe a pelear de verdad? Pavka le miró asombrado.
p — ¿Cómo de verdad?
p — Ahora verás.
p Y Pavka escuchó la primera lección resumida de boxeo inglés.
p El aprender esta ciencia no fue para Pavka cosa de coser y cantar, pero la asimiló magníficamente. Más de una vez rodaba por el suelo, derribado por algún golpe de Zhujrái, pero era un alumno aplicado y paciente.
p Un caluroso día, Pavka, que había venido de casa de Klimka, después de gandulear por la habitación sin encontrar nada qué hacer, decidió encaramarse a su lugar predilecto, es decir, al tejado del pajar, que se encontraba en un ángulo del jardín, tras la casa. Cruzó el patio, entró en el jardín y, al llegar al pajar de tablas, subió por los salientes al tejado. Abriéndose paso por entre las tupidas ramas de los cerezos que se inclinaban sobre el pajar, llegó al centro del tejado y se tumbó al sol.
59p Una de las paredes del pajar daba al jardín de los Leschinski, y si uno se situaba en el borde del tejado, podía ver todo el jardín y una parte de la casa. Pavka asomó la cabeza y ante sus ojos apareció parte del patio, en el que se encontraba el coche. El ordenanza del teniente alemán alojado en casa de los Leschinski cepillaba el uniforme de su jefe. Pavka había visto más de una vez al teniente junto al portón de la finca.
p Era el teniente hombre rechoncho, coloradote, gastaba bigotillo recortado y lentes, y llevaba gorra de plato con visera de charol. Pavka sabía que el teniente se alojaba en la habitación lateral, cuya ventana daba al jardín y se veía desde el tejado.
p En aquel momento, el oficial estaba sentado a la mesa, escribiendo algo; luego cogió lo escrito y salió. Después de entregar la carta al ordenanza, se dirigió por el sendero del jardín hacia el postigo que. conducía a la calle. Junto al cenador, tapizado de hiedra, el teniente se detuvo: al parecer, hablaba con alguien. Del cenador salió Nelly Leschínskaya. El teniente la tomó del brazo y se dirigió con ella hacia el postigo. Ambos salieron a la calle.
p Pavka observó todo aquello. Se disponía a echar un sueño, cuando vio que el ordenanza entraba en la habitación del oficial, colgaba en la percha el uniforme, abría la ventana que daba al jardín y, después de limpiar el aposento, salía cerrando la puerta. Unos segundos más tarde, Pavka le vio junto a la cuadra en la que se encontraban los caballos.
p A través de la ventana abierta, Pavka distinguía perfectamente toda la habitación. En la mesa se encontraba un correaje y algo que relucía.
p Aguijoneado por una curiosidad irresistible, Pavka deslizóse con sigilo hasta el tronco del cerezo y bajó al jardín de los Leschinski. Agachándose para no ser visto, llegó de varios brincos hasta la ventana abierta y miró al interior de la habitación. Sobre la mesa había un correaje y una magnífica pistola Manlicher, enfundada, de doce cartuchos.
p A Pavka se le cortó la respiración. Durante varios segundos se desarrolló en su interior una gran lucha, pero, dominado por una audacia temeraria, metió medio cuerpo 60 por la ventana, agarró la funda y sacó de ella la flamante pistola empavonada. Mirando a derecha e izquierda, guardóse con tiento la pistola en el bolsillo y cruzó corriendo el jardín, hasta llegar al cerezo. Como un mono, se encaramó rápidamente al tejado y miró hacia atrás. El ordenanza conversaba tranquilo con el mozo de la cuadra. En el jardín todo estaba en calma... Pavka descendió del pajar y salió disparado para casa.
p La madre andaba ajetreada en la cocina, preparando la comida, y no reparó en Pavka.
p El muchacho cogió un trapo que había detrás del baúl, se lo metió en el bolsillo, salió por la puerta sin ser visto, cruzó corriendo el jardín, saltó la empalizada y llegó al camino que conducía al bosque. Sujetando con la mano la pistola, que golpeaba pesadamente su muslo, partió a todo correr en dirección a la vieja y derruida fábrica de ladrillos.
p Sus pies apenas rozaban la tierra, el viento silbaba en sus oídos.
p Junto a la vieja fábrica de. ladrillos, nada turbaba el silencio. El tejado de madera, hundido en algunos sitios, las montañas de ladrillos rotos y los hornos de cocción desmoronados infundían tristeza. La maleza lo cubría todo. Tan sólo los tres amigos solían reunirse allí para dedicarse a sus iuegos. Pavka conocía muchos lugares ocultos, donde se podía esconder el tesoro robado.
p Después de meterse por la brecha abierta en uno de los hornos, Pavka miró con recelo a su alrededor, pero el camino estaba desierto. Susurraban apacibles los pinos, un vientecillo suave arremolinaba el polvo del camino. Olía intensamente a resina.
p En el mismo fondo del horno, en un rincón, escondió Pavka la pistola envuelta en el trapo, cubriéndola con una pirámide de ladrillos viejos. Al salir de allí, tapó también con ladrillos la boca del viejo horno, se fijó en cómo los había colocado y, saliendo al camino, emprendió lentamente el regreso.
p Sentía un ligero temblor en las rodillas.
p "¿Cómo terminará todo esto?”, pensaba, y una vaga zozobra le oprimía el corazón.
p Llegó a la fábrica de electricidad antes de tiempo, para evitar permanecer en casa. Pidió al guardián la 61 llave y abrió la ancha puerta que conducía al local donde se encontraban las calderas. Y mientras quitaba la ceniza, llenaba la caldera con agua de la bomba y encendía el fogón, pensaba.
p "¿Qué estará pasando ahora en la finca de los Leschinski?"
p Ya tarde, a eso de las once, Zhujrái se presentó en busca de Pavka, lo llamó a la calle y le preguntó en voz baja:
p — ¿Por qué ha habido hoy un registro^ en tu casa? Pavka suspiró asustado:
p — ¿Cómo que un registro?
p Luego de un instante de silencio, Zhujrái añadió:
p — Sí, mal asunto. ¿Y tú no sabes lo que buscaban?
p Pavka sabía perfectamente lo que buscaban, pero no se decidió a contar a Zhujrái el robo de la pistola. Temblando todo él de inquietud, preguntó:
p — ¿Han detenido a Artiom?
p — No, no han detenido a nadie, pero lo han revuelto todo de arriba abajo.
p Estas palabras aliviaron un poco a Pavka, pero su alarma no cesó. Durante varios minutos, ambos permanecieron sumidos en sus propios pensamientos. Uno de los dos, conociendo el motivo del registro, se preocupaba por las circunstancias, el otro lo desconocía y, por ello, se alertaba.
p "El diablo sabe, tal vez se hayan olido algo cerca de mí. Artiom ignora quién soy yo, pero ¿por qué han llellevado a cabo el registro en su casa? Hay que ser más precavido”, pe,nsaba Zhujrái.
p Se separaron en silencio, cada uno a su trabajo.
p Mientras tanto, en la finca reinaba un revuelo enorme.
p Al descubrir la falta de la pistola, el teniente llamó a su ordenanza; cuando supo que el arma había desaparecido, él, correcto y mesurado de ordinario, golpeó con toda su fuerza en la oreja al ordenanza; éste se tambaleó por el golpe, quedó rígido como un poste y pestañeó culpable, aguardando sumiso lo que pudiese venir a renglón seguido.
p El abogado —a quien se llamó para pedirle una explicación— indignóse también, escusándose ante el 62 teniente de que en su casa hubiera ocurrido un hecho tan desagradable.
p Víctor Leschinski, que estaba allí presente, insinuó a su padre que la pistola podían haberla robado los vecinos, en particular el granuja de Pável Korchaguin. El padre se apresuró a explicar al teniente la suposición de su hijo, y el oficial dio al instante orden de llamar una patrulla, para efectuar un registro.
Este no dio resultado alguno. El lance de la desaparición de la pistola convenció a Pavka de que incluso empresas tan arriesgadas terminaban a veces felizmente.
Notes
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