EN RELACI�N CON LOS IMPUESTOS A LOS CEREALES
QUE SE APLICAN EN INGLATERRA
p Para completar la comparaci�n entre la teor�a del romanticismo y la moderna en lo referente a los puntos principales de la econom�a contempor�nea, confrontaremos sus respectivos juicios a prop�sito de un problema pr�ctico. El valor de esta comparaci�n es tanto mayor porque, por un lado, se trata de uno de los m�s importantes problemas pr�cticos del capitalismo, de un problema de principio; y por el otro, porque sobre �l se han pronmv ciado los dos representantes m�s destacados de ambas teor�as antag�nicas.
p Nos referimos a las leyes cerealeras^^26^^ en Inglaterra y a la abolici�n de las mismas. Durante el segundo cuarto del presente siglo, este problema suscit� el inter�s m�s profundo, no s�lo entre los economistas ingleses, sino tambi�n entre los del continente: todos comprend�an que no se trataba de una cuesti�n particular de pol�tica aduanera, sino de un problema general que hac�a a la libertad de comercio, a la libre competencia, a “la suerte del capitalismo”. Se trataba, precisamente, de coronar el edificio del capitalismo instaurando �ntegramente la libertad de competencia, de desbrozar el camino para llevar a t�rmino “la ruptura" que la gran industria mecanizada hab�a comenzado a operar en Inglaterra a partir de. fines del siglo pasado; se trataba de eliminar los obst�culos que frenaban esa “ruptura” en la agricultura. Y precisamente as� enfocaron esta cuesti�n los dos economistas continentales a los que vamos a referirnos,
246p Sismondi agreg� a la segunda edici�n de su obra Nouveaux pr�ncipes un cap�tulo especial titulado “Acerca de las leyes sobre el comercio de cereales" (I. III, ch. X).
p Empieza por se�alar que el problema es candente: “Una mitad del pueblo ingl�s exige ahora la abolici�n de las leyes oerealeras, profundamente irritado contra quienes las mantienen; y la otra mitad exige el mantenimiento de las mismas, y lanza gritos de indignaci�n contra quienes las quieren abolir" (I, 251).
p Al analizar el problema, Sismondi se�ala que los intereses de los granjeros ingleses exigen que se impongan impuestos a los cereales, para asegurar un remuneratins. pnce “(un precio rem�;ner^dor, sin p�rdidas”). Por el contrar�o, los intereses de los manufactureros exigen la abolici�n de dichas leyes, pues las manufacturas no pueden existir sin mercados exteriores y el desarrollo de las exportaciones inglesas se ve�a frenado por las leyes que pon�an trabas a la importaci�n: “Los manufactureros aduc�in que la saturaci�n del mercado con que tropiezan en los lugares de venta es tambi�n el resultado de las mismas leyes; que la gente rica del continente no pod�a comprar sus mercader�as porque no encontraba d�nde vender su trigo" (I, 251) [246•* .
p “Es probable que la apertura del mercado al cereal extranjero arruine a los terratenientes ingleses y haga descender a un nivel much�simo m�s bajo el precio del arriendo. Esto ser�a indudablemente una calamidad, pero no una injusticia" (I, 2.54). Y Sismondi fe dispone a demostrar con la mayor ingenuidad que la renta de los terratenientes debe estar en relaci�n con los servicios (]\sic\\) que ellos prestan “a la sociedad" (¿a la capitalista?), etc. "Los granjeros—contin�a—extraer�n su capital [. .. ] en parte, al menos, de la agricultura.”
p Este razonamiento de Sismondi (con el cual �l se da por satisfecho) pone en evidencia el vicio fundamental del 247 romanticismo, que no presta suficiente atenci�n al proceso del desarrollo econ�mico que tiene lugar en la realidad. Hemos visto que el propio Sismondi llama la atenci�n sobre el desarrollo progresista y el incremento del sistema de econom�a basado en granjas en Inglaterra. Pero en lugar de estudiar las causas que originan ese proceso, se apresura a condenarlo. S�lo esa precipitaci�n, ese deseo de imponer a la historia sus inocentes anhelos, puede explicar que Sismondi pierda de vista la tendencia general del desarrollo del capitalismo en la agricultura y la inevitable aceleraci�n de dicho proceso con la derogaci�n de las leyes cerealeras, es decir, el progreso capitalista de la agricultura, en lugar de la decadencia que profetiza.
p Pero Sismondi se mantiene fiel a s� mismo. En cuanto se acerca a la contradicci�n que caracteriza ese proceso capitalista, recurre a su ingenua “refutaci�n” de la misma, tratando de demostrar a todo trance que el camino por el que marcha “la patria inglesa" es equivocado.
p “¿Qu� har� el jornalero? [...]. El trabajo cesar�, los campos de labranza ser�n trasformados en pastizales [...]. ¿Qu� suerte correr�n las 540.000 familias que se ver�n privadas de trabajo? [247•* Aun suponiendo que sirvan para cualquier trabajo en la industria, ¿se dispone acaso en la actualidad de una industria que est� en condiciones de emplearlos? [...]. ¿Habr� un gobierno que pueda voluntariamente exponer a la mitad de la naci�n que gobierna a una crisis semejante? [...]. Y los otros, aquellos a los que ser�an sacrificados los agricultores, ¿obtendr�an alg�n provecho de ello? Ya que esos agricultores son los m�s cercanos y seguros consumidores de las manufacturas inglesas. La cesaci�n de su consumo asestar�a a la industria un golpe m�s funesto que el cierre del m�s grande mercado extranjero” (255-256). Y aqu� viene la famosa “reducci�n del mercado interior”. “¿Cu�nto perder�n las 248 manufacturas debido a la cesaci�n del consumo por toda la clase de los agricultores ingleses y que constituye casi la mitad de la naci�n? ¿Cu�nto perder�n como consecuencia del cese del consumo de las personas ricas, cuyas rentas provenientes de la agricultura ser�an liquidadas casi por completo?” (267). El rom�ntico se desvive por demostrar a los fabricantes que las contradicciones propias del desarrollo de su producci�n y de su riqueza no son m�s que la expresi�n de su error, su falta de previsi�n. Y para “convencerlos” “del peligro" que representa el capitalismo, Sismondi pinta un cuadro detallado de la competencia que los amenaza por parte del cereal polaco y ruso (p. 257-261). Para ello echa mano a toda clase de argumentos, e inclusive trata de herir el amor propio de los ingleses. “¿Qu� ser�a del honor de Inglaterra si el emperador de Rusia, cada vez que desease obtener una concesi�n cualquiera, pudiera rendirla por hambre cerrando los puertos del B�ltico?" (268). Recuerde el lector c�mo, para demostrar que “la apolog�a del poder del dinero" es un error, dec�a Sismondi que en las ventas es f�cil el enga�o... Quiere “refutar” a los te�ricos del sistema de econom�a basado en las granjas, y se�ala que los granjeros ricos no pueden resistir la competencia de los m�seros campesinos (ver la cita m�s arriba mencionada), y en definitiva llega otra vez a su conclusi�n favorita, evidentemente convencido de que ha logrado demostrar lo “err�neo” del camino seguido por “la patria inglesa”. "El ejemplo de Inglaterra nos hace ver que esta pr�ctica [el desarrollo de la econom�a monetaria, a la que Sismondi contrapone I’ habitude de se fournir soi-m�me, “ganarse la vida con el propio esfuerzo"] no est� exenta de peligros" (263). “El sistema econ�mico [precisamente el basado en las granjas] es malo en s�, tiene un fundamento peligroso, y ese sistema es el que hay que tratar de cambiar" (266).
p ¡Un problema concreto, nacido del choque de intereses determinados dentro de determinado sistema de econom�a, se ve as� ahogado por un torrente de inocentes deseos! Pero el hecho es que el problema fue planteado en forma tan tajante por las propias partes interesadas que era ya completamente imposible circunscribirse a semejante “soluci�n” (tal como lo hace el romanticismo con respecto a todos los dem�s problemas).
p “¿Qu� hacer, entonces?—interroga Sismondi desesperado—; ¿abrir los puertos de Inglaterra o clausurarlos? ¿Condenar al 249 hambre y a la muerte a los obreros de las manufacturas o a los de la agricultura de Inglaterra? En verdad, es un problema terrible; la situaci�n en que se encuentra el ministerio ingl�s es una de las m�s delicadas en que pueden hallarse los hombres de Estado" (260). Y vuelve una vez m�s a “la conclusi�n general" sobre el “peligro” del sistema de las granjas, el “peligro de someter toda la agricultura a un sistema de especulaci�n”. ¿Pero "c�mo hacer para que en Inglaterra se adopten medidas que sean al mismo tiempo serias y graduables, que permitan reivindicar la importancia [remettraient en honneitr] de las peque�as granjas, cuando una mitad de la naci�n ocupada en las manufacturas sufre hambre, y las medidas que ella reclama amenazan con el hambre a la otra mitad ocupada en la agricultura? Esto, lo ignoro. Estimo necesario someter a considerables cambios las leyes referentes al comercio de cereales, pero a quienes exigen su completa abolici�n les aconsejo analizar minuciosamente los siguientes problemas" (267), y aqu� sigue la enumeraci�n de viejas quejas y temores sobre la decadencia de la agricultura, la reducci�n del mercado interno, etc.
p De esta manera, ya en su primer choque con la realidad, el romanticismo ha sufrido el m�s completo fiasco. Se vio forzado a otorgarse a s� mismo el teftimoni�in paupertatis [249•* y firmar personalments su recibo. Recu�rdese con cu�nta facilidad y sencillez “resolv�a” el romanticismo todos los problemas en la “teor�a”. El proteccionismo es irracional; el capitalismo es un extrav�o pernicioro; el camino seguido por Inglaterra es err�neo y peligroso; la producci�n debe marchar a la par del consumo; la industria y el comercio, a la par de la agricultura; las m�quinas son ventajosas s�lo cuando conducen a la elevaci�n del jornal, � a la reducci�n de la jornada de trabpjo; los medios de producci�n no deben ser separados de los productores; el intercambio no debe adelantarse a la producci�n, ro debe conducir a la especulaci�n, etc., etc. Para cada contradicci�n el romanticismo ten�a la frase sentimental correspondiente para cubrirla; cada pregunta ten�a como respuesta la expresi�n de un anhelo inocente, y pegar las mismas etiquetas a todas l«s manifestaciones de la vida corriente se llamaba " soluci�n" de los problemas. ¡No es de extra�ar que esas soluciones fueran tan conmovedoramente sencillas y f�ciles! S�lo que igno- 250 raban una peque�a circunstancia: los intereses reales, en cuyo conflicto resid�a precisamente la contradicci�n. Y cuando el desarrollo de dicha contradicci�n lo puso frente a uno de esos conflictos particularmente agudos, cual es la lucha de los partidos, que en Inglaterra precedi� a la derogaci�n de las leyes cerealeras, nuestro rom�ntico se vio completamente perdido. Se sent�a tan bien en medio de la niebla de ilusiones y de buenos deseos, compon�a con tanta maestr�a sentencias aplicables a la “sociedad” en general (pero inaplicables a cualquier r�gimen social hist�ricamente determinado); pero cuando, de su mundo de fantas�as fue a caer a la vor�gine de la vida real y de la lucha de intereses, result� que no ten�a criterio para solucionar problemas concretos. Habiendo contra�do la costumbre de las formulaciones abstractas v de las soluciones tambi�n abstractas reduc�a el problema a esta f�rmula pura y simple: ¿a qu� poblaci�n corresponde arruinar: a la agr�cola o a la manufacturera? Y el rom�ntico, por supuesto, s�lo pod�a llegar a la conclusi�n de que no hay que arruinar a ninguna, que "es preciso tomar por otro camino"..., pero las contradicciones reales ya lo han sitiado tan estrechamente que le impiden elevarse de nuevo hacia las nebulosidades de sus buenos deseos, y el rom�ntico se ve forzado a dar una respuesta. Sismondi no dio una, sino dos respuestas: la primera, "lo ignoro”; la segunda, "por un lado no puede dejar de reconocerse, y por el otro, es preciso admitir" [250•* .
p El 9 de enero de 1848, en Bruselas, en una reuni�n p�blica, Carlos Marx pronunci� su “discurso sobre el librecambio" [250•** . Contrariamente al romanticismo, para el cual “la econom�a pol�tica no es una ciencia exacta sino una ciencia moral”, tom� como punto de partida para su exposici�n un simple y objetivo c�lculo c�e los intereses en pugna. En vez de considerar el problema de las leyes cerealeras como una cuesti�n de “sistema” elegido por la naci�n, o de legislaci�n (tal como lo hac�a Sismondi), el orador comenz� por presentarlo como un conflicto de intereses entre los fabricantes y los terratenientes, y mostr� c�mo los fabricantes 251 ingleses procuraban hacer de �l una causa nacional, persuadir a los obreros de que obraban en inter�s de todo el pueblo. Contrariamente al rom�ntico, que expone el asunto como consideraciones en las que debe inspirarse el legislador para realizar la reforma, el orador redujo el problema al conflicto de intereses reales de las diferentes clases de la sociedad inglesa. Mostr� que el fondo del problema era la necesidad de abaratar las materias primas para los fabricantes. Se�al� la actitud de desconfianza de los obreros ingleses, que ve�an “en los hombres abnegados, en un Bowring, un Bright y C�a., a sus m�s grandes enemigos".
p “Al costo de elevadas inversiones los fabricantes construyen palacios en los cuales la Anti-Corn-Law League [Liga contra las leyes cerealeras] ^^27^^ instala, en cierto modo, su residencia oficial; env�an a todos los puntos de Inglaterra un ej�rcito de misioneros para que prediquen la religi�n del librecambio, publican y distribuyen gratuitamente millares de folletos, destinados a ilustrar al obrero sobre sus propios intereses, gastan enormes sumas de dinero para atraerse a la prensa, montan un gran aparato administrativo para dirigir el movimiento librecambista y derrochan elocuencia en los m�tines p�blicos. En uno de tales m�tines un obrero exclam�: ¡Si los terratenientes vendieran nuestros huesos, ustedes, los fabricantes, ser�an los primeros en comprarlos para echarlos a un molino de vapor y trasformarlos en harinal Los trabajadores ingleses han comprendido admirablemente bien el significado de la lucha entre los terratenientes y los fabricantes. Saben de sobra que se quiere rebajar el precio del cereal para rebajar los salarios, y que el beneficio del capital aumentar� en la proporci�n en que disminuya la renta.”
p De este modo, la formulaci�n del problema en s� es totalmente distinta que en Sismondi. Se trata, en primer lugar, de explicar la posici�n de las diferentes clases de la sociedad inglesa en este problema, desde el punto de vista de sus respectivos intereses; en segundo lugar, de esclarecer el significado de la reforma dentro de la evoluci�n general de la econom�a social de Inglaterra.
p Sobre este �ltimo punto, las opiniones del orador coinciden con las de Sismondi, en el sentido de que �l tambi�n ve en ello, no una cuesti�n particular, sino una cuesti�n general; la del desitriollo del capitalismo en general, la del “librecambio” como sistema. "La abolici�n de las leyes cerealeras en Inglaterra ha sido 252 el m�s grande triunfo obtenido por el libre comercio en el siglo xrx”. “Con la abolici�n de las leyes cerealeras, llega a su punto culminante el desarrollo de la libre competencia y la moderna econom�a social [252•* . En consecuencia, para estos autores, se plantea este interrogante: ¿es, pues, deseable que contin�e el desarrollo del capitalismo, o hay que detenerlo y buscar “otros caminos"?, etc. Y nosotros sabemos que la respuesta afirmativa que dieron a esta pregunta es precisamente la que dio soluci�n a un problema general, de principio, cual es el relativo a los “destinos del capitalismo" y no al problema particular de las leyes cerealeras en Inglaterra, pues el punto de vista aqu� establecido se aplic�, mucho m�s tarde, tambi�n a otros grandes pa�ses. En la d�cada d_e 1840 ambos sosten�an la misma opini�n con respecto a Alemania y a Am�rica; [252•** declaraban que la libre competencia constituya para esos pa�ses un factor progresista; en lo que respecta a Alemania, uno de ellos escrib�a, todav�a en la d�cada del 60, que ese pa�s sufre no s�lo a causa del capitalismo sino tambi�n debido al insuficiente desarrollo del mismo [252•*** .
p Pero volvamos al discurso. Hemos se�alado que el punto de vista del orador difiere en sus principios del de Sismondi y reduce el problema a los intereses de las diferentes clases que componen la sociedad inglesa. Esa profunda diferencia la vemos en el planteamiento del problema puramente te�rico del papel que desempe�a la abolici�n de las leyes cerealeras en la econom�a social. Para �l, no es un problema abstracto el sistema que debe adoptar Inglaterra, y el camino que debe elegir (es as� como lo 253 plantea Sismondi, olvidando que Inglaterra tiene un pasado y un presente que determinan ya este camino). No: de entrada ubica el asunto en el terreno del r�gimen econ�mico-social existente-, se pregunta cu�l debe ser la ttapa siguiente en el desarrollo de ese r�gimen, despu�s de la abolici�n de las leyes cerealeras.
p La dificultad estribaba en determinar qu� infuencia tendr�a la abolici�n de esas leyes sobre la agricultura, pues en efecto sobre la industria era evidente para todos.
p Para demostrar qu� utilidad tendr�a esa abolici�n tambi�n para la agricultura, la Anti-Corn-Law League asign� premios para los tres mejores trabajos que trataran sobre la influencia ben�fica de la abolici�n de esas leyes sobre la agricultura inglesa. El orador comienza por exponer brevemente los puntos de vista de los tres laureados: Hope, Morse y Greg, y a continuaci�n destaca a este �ltimo, quien aplica en su trabajo, de modo m�s cient�fico y m�s riguroso, los principios establecidos por la econom�a pol�tica cl�sica.
p Greg, fuerte fabricante �l mismo, se dirige de preferencia a los grandes granjeros y trata de demostrar que la abolici�n de las leyes cerealeras desalojar� de la agricultura a los granjeros peque�os, quienes se volcar�n a la industria, pero que ser� ventajosa para los grandes, los que tendr�n as� la posibilidad de afincarse en la tierra por per�odos m�s prolongados, de invertir en ella m�s capital, de emplear mayor cantidad de m�quinas y reducir el trabajo, que ser� m�s barato al abaratarse el cereal. En cuanto a los terratenientes, tendr�n que contentarse con una renta m�s baja, pues las tierras de inferior calidad, no aptas para hacer frente a la competencia del cereal importado m�s barato, dejar�n de ser cultivadas.
p El orador tuvo perfecta raz�n al considerar que esa predicci�n y esa abierta apolog�a del capitalismo en la agricultura eran m�s cient�ficas. La historia justific� tal predicci�n. "La abolici�n de las leyes cerealeras dio a la agricultura inglesa un enorme impuso [...]. La disminuci�n absoluta de la poblaci�n obrera rural aumentaba paralelamente a la ampliaci�n de la superficie cultivada, a la intensificaci�n del cultivo, a la gigantesca acumulaci�n del capital invertido en la tierra y dedicado a su cultivo, al aumento del producto de la tierra, sin paralelo en la historia de la agronom�a inglesa, al aumento de la renta de los terratenientes, al crecimiento de la riqueza de los arrendatarios 254 capitalistas [...]• La condici�n b�sica para los nuevos m�todos fue la mayor inversi�n de capital por acre de tierra y, en consecuencia, la concentraci�n acelerada de las granjas" [254•* .
p Pero el orador, por supuesto, no se limita a reconocer que los razonamientos de Greg son los m�s justos. En boca de �ste, no son otra cosa que argumentos utilizados por un “librecambista” que discurre sobre la agricultura inglesa en general, y que procura demostrar las ventajas que reportar�a para toda la naci�n la abolici�n de las leyes cerealeras. De lo expuesto m�s arriba surge con claridad que era otro el punto de vista del orador.
p Explica que la rebaja en los precios del cereal, tan alabada por los “librecambistas”, significa la ineludible reducci�n de los salarios, el abaratamiento de la mercanc�a “trabajo” (o m�s exactamente: fuerza de trabajo); que la reducci�n del precio del cereal jam�s podr� equilibrar para el obrero esa rebaja del salario: primero, porque al descender el precio del cereal, le ser� m�s dif�cil al obrero ahorrar sobre el consumo del mismo para poder adquirir otros art�culos; y en segundo lugar, porque el progreso de la industria torna m�s baratos los art�culos de consumo al remplazar la cerveza por la vodka, el pan por las papas, la lana y el lino por las telas de algod�n, haciendo descender as� el nivel de las necesidades y de vida del trabajador.
p Vemos as� que aparentemente, el orador plantea los 255 elementos del problema del mismo modo que Sismondi: �l tambi�n reconoce que el librecambio entra�a de modo inevitable la ruina de los peque�os granjeros, la miseria de los obreros en la industria y en la agricultura. Nuestros populistas, que adem�s se distinguen por un arte inimitable en el modo de “citar” interrumpen por lo com�n sus “citas” justamente en este lugar y, henchidos de satisfacci�n, declaran que est�n muy “de acuerdo”. Tales procedimientos, empero, s�lo sirven para mostrar, primero, que no comprenden la enorme diferencia en el modo de plantear el problema que hemos se�alado m�s arriba; y segundo, que no ven que la diferencia esencial entre la teor�a moderna y el romanticismo apenas comienza aqu�: el rom�ntico da la espalda al problema concreto del desarrollo real, para sumergirse en los sue�os; el realista, por el contrario, se vale de los hechos establecidos a su criterio para llegar a la soluci�n precisa del problema concreto.
_p Luego de predecir el mejoramiento de la situaci�n de los obreros en un futuro pr�ximo, el orador prosigue:
p “Los economistas nos objetar�n al respecto:
p Y bien, convengamos en que la competencia entre los trabajadores, que ciertamente no disminuir� bajo el r�gimen del librecambio, no tardar� en poner al salario en consonancia con el precio m�s bajo de las mercanc�as. Pero por otro lado, la disminuci�n del precio de las mercanc�as conducir� a un aumento en el consumo; un mayor consumo exigir� una producci�n m�s intensiva, lo cual implicar� una mayor demanda de fuerza de trabajo y el resultado de esta mayor demanda de fuerza de trabajo ser� la elevaci�n de los salarios.
p “Toda esta argumentaci�n se reduce a lo siguiente: el librecambio aumenta las fuerzas productivas. Si la industria crece, si la riqueza, las fuerzas productivas, en una palabra, si el capital productivo aumenta la demanda de trabajo, tambi�n se eleva el precio del trabajo y, por consiguiente, el salario. El acrecentamiento del capital constituye la m�s favorable circunstancia para el obrero. Esto hay que reconocerlo [255•* . Si el capital queda estancado, la industria no s�lo se estancar�, sino que comenzar� a declinar, y en ese caso el trabajador ser� la primera v�ctima, sucumbir� antes que el capitalista. Y en el caso en que el capital vaya en aumento, o sea, tal corno ya se ha dicho, en el caso mejor 256 para el obrero, ¿cu�l ser� su suerte? Pues, sucumbir� igualmente...” Y el orador explica en detalle, apoy�ndose en los datos de los economistas ingleses, c�mo la concentraci�n del capital acent�a la divisi�n del trabajo, la cual abarata la fuerza de trabajo al sustituir el trabajo calificado por el simple; c�mo las m�quinas desalojan a los obreros; c�mo el gran capital arruina a los peque�os industriales y peque�os rentistas, y agrava las crisis que aumentan aun m�s el n�mero de desocupados. La conclusi�n de su an�lisis es que el librecambio no significa otra cosa que el libre desarrollo del capital.
p De este modo, el orador supo hallar el criterio para solucionar el problema que, a primera vista, conducta al dilema insoluble ante el cual se detuvo Sismondi: tanto el librecambio como la restricci�n del mismo conducen por igual a los obreros a la ruina. Ese criterio es el desarrollo de las fuerzas productivas. Esta manera de plantear el problema sobre el terreno hist�rico se manifest� inmediat^mente: en luear de comparar el capitalislismo con una sociedad abstracta, tal como deber�a ser (es decir, en definitiva, con una utop�a), lo hizo con las etapas precedentes de la econom�a social, compar� entre s� las diferentes etapas del capitalismo en la sucesi�n consecutiva y comprob� que las fuerzas productivas de la sociedad se desarrollan gracias al desarrollo del capitalismo. Al aplicar a la argumentaci�n de los librecambistas una cr�tica cient�fica, el orador SUDO evitar el error habitual de los rom�nticos, quienes al negar todo valor a esta cr�tica “tiran al ni�o con el agua sucia de la ba�era”; SUDO extraer el grano bueno, es decir, comprobar el hecho indudable del gigantesco progreso de la t�cnica. Nuestros populistas, con su agudeza caracter�stica, hab�an llegado, por supuesto, a la conclusi�n de que el autor de referencia, que en forrm tnn ab^ta se ro^ca de parte del gran capital contra el peque�o productor, es un “apologista del poder del dinero”, tanto m�s cuanto que hab�a declarado ante la faz de Europa continental que las deducciones extra�das de la vida inglesa las hac�a extensivas tambi�n a su patria, donde la gran industria mecanizada daba en ese entonces sus primeros pasos vacilantes. Y sin embargo, en este ejemnlo (al igual que en multitud de ejpmp?os an�logos de la historia de Europa occidental) podr�an ellos estudiar a fondo el fen�meno que no pueden (¿o no quieren?) comprender de ninguna manera: que el reconocimiento del car�cter progresista del gran 257 capital, en oposici�n a la peque�a producci�n, dista mucho, much�simo, de ser una “apolog�a”.
p Basta recordar el cap�tulo de Sismondi arriba citado, y el discurso en cuesti�n, para convencerse de la superioridad de este �ltimo, tanto en el sentido te�rico como en su posici�n hostil a toda “apolog�a”. El orador caracteriz� las contradicciones que acompa�an el desarrollo del gran capital, de una manera mucho m�s precisa, completa, directa y franca de lo que lo hayan hecho jam�s los rom�nticos. Pero en ning�n momento recurri� a una sola frase sentimental para deplorar dicho desarrollo. En momento alguno dej� caer una sola palabra sobre la posibilidad, cualquiera que fuera, de “tomar otro camino”. Comprend�a que quienes utilizan esa frase s�lo pretenden cubrir con ella el hecho de que son ellos mismos quienes “toman otro camino" que el que les plantea la vida, es decir, determinada realidad econ�mica, un desarrollo econ�mico determinado y los intereses, tambi�n determinados, que aumentan sobre el terreno de este desarrollo econ�mico.
p El criterio mencionado, enteramente cient�fico, le dio la posibilidad de resolver este problema manteni�ndose en su posici�n de realista consecuente.
“Empero, se�ores—dec�a el orador—, no crean que al criticar el librecambio tenemos la intenci�n de defender el sistema proteccionista.” Y se�al� que en el actual r�gimen de econom�a social, el librecambio y el proteccionismo tienen la misma base de sustentaci�n; se refiri� en forma concisa al proceso de “ruptura” de la vieja vida econ�mica y de las viejas relaciones semipatriarcales en los pa�ses de Europa occidental que el capitalismo produce tanto en Inglaterra como en el continente; se�al� el hecho social de que, en determinadas condiciones, el librecambio acelera dicha “ruptura” [257•* . “Y s�lo en este sentido, se�ores—concluy� el orador—, doy mi voto en favor del librecambio" [257•** .
258Notes
[246•*] Por unilateral que sea esta explicaci�n de los fabricantes ingleses, que desconocen las causas m�s profundas de las crisis y su car�cter inevitable, en los casos en que la ampliaci�n del mercado es d�bil, contiene sin embarco una idea absolutamente justa, y es que la realizaci�n de un producto por la v�a de su exportaci�n exige como norma la correspondiente importaci�n. Recomendamos a la atenci�n de los economistas este argumento de los fabricantes ingleses que eluden el problema de la realizaci�n del producto en la sociedad capitalista con estas palabras tan profundas: “Se exportar�".
[247•*] Para “probar” que el capitalismo es nocivo, Sismondi improvisa al instante un c�lculo aproximado (a los que es tan afecto, por ejemplo, nuestro rom�ntico ruso el se�or V. V.). 600.000 familias—dice—se dedican a la agricultura. Si los campos de labranza son remplazados por los de pastoreo, “bastar�” apenas una d�cima parte de esa cantidad... Cuanto menor es la capacidad de un autor para comprender el proceso en toda su complejidad, tanto mayor es su empe�o en recurrir a c�lculos infantiles hechos “a ojo de buen cubero".
[249•*] Certificado de pobreza. (Ed.)
[250•*] “Por un lado uno no puede dejar de reconocer, y por el otro, es preciso admitir”, expresi�n ir�nica empleada por N. Saltikov-Schedr�n en sus cuentos Diarlo de un provinciano en San Petersburgo y El funeral. (Ed.)
[250•**] Discours sur le libre �change. Utilizamos la traducci�n alemana: Rede �ber die Frage des Freihandels,
[252•*] Die Lage der arbeitenden Klasse in England (1845). ["La situaci�n de la clase obrera en Inglaterra”, ed. cit., p�g. 255. Ed.] Esta obra, que parte del mismo punto de vista, fue escrita antes de la abolici�n de las leyes cerealeras (1846), mientras que el discurso que mencionamos es posterior a su abolici�n. Empero, la diferencia de fecha no tiene importancia para nosotros: basta comparar los citados razonamientos de Sismondi de 1827, con ese discurso de 1848, para ver la completa identidad entre los elementos del problema, en ambos autores. La idea misma de comparar a Sismondi con el economista alem�n posterior a �l fue tomada por nosotros del Handworterbuch der Staatswissenschaften, B. V., Art. “Sismondi”, von Lippert, Seite 679. El paralelo lleg� a ofrecer un inter�s tan palpitante, que la exposici�n del se�or Lippert perdi� de golpe su sequedad... es decir, su “objetividad” y se trasform� en interesante, viva e inclusive apasionante.
[252•**] V�ase en Die Neue Zeit^^28^^ los art�culos de Marx, recientemente hallados, publicados en Westphalisches Dampfboot^^29^^.
[252•***] V�ase C. Marx, F. Engels, ob. cit., t. I, p�g. 6. (Ed.)
[254•*] Escrito en 1867. (V�ase C. Marx, ob. cit., t. I, p�g. 544-545. Ed.) En lo que concierne, al aumento de la renta, hay que tener en cuenta para explicar este fen�meno, la ley establecida por el moderno an�lisis de la renta diferencial, o sea, que la elevaci�n de la renta puede producirse paralelamente a la disminuci�n del precio del cereal. “Cuando los aranceles ingleses sobre los cereales fueron derogados en 1846, los fabricantes ingleses creyeron que con esta medida hab�an condenado a la miseria a la aristocracia terrateniente. Lejos de ello, �stos se enriquecieron todav�a m�s. ¿C�mo se explica esto? Muy sencillamente. A partir de entonces los terratenientes exigieron a sus arrendatarios capitalistas, en los contratos de arriendo, la inversi�n en cada acre de tierra, de 12 libras esterlinas anuales en lugar de 8; y, en segundo lugar, com» ten�an muchos representantes en la c�mara baja, los terratenientes consiguieron, en beneficio propio, un fuerte subsidio oficial, para efectuar el drenaje y otras mejoras permanentes en sus tierras. Y dado que jam�s hubo una total renuncia a las peores tierras, sino que a lo sumo, y de un modo puramente temporal, se las emple� para otros fines, las rentas se elevaron en proporci�n a los capitales invertidos en la tierra y la aristocracia terrateniente mejor�, inclusive, su situaci�n" (Das Kapital, III, 2, 259.) [V�ase C. Marx, ob. cit., t. III, p�g. 620. Ed.]
[255•*] La cursiva es nuestra.
[257•*] Con respecto a este significado progresista de la abolici�n de las leyes cerealeras, tambi�n el autor de Die Lage lo se�alaba con mucha claridad, aun antes de dicha abolici�n (1. c., p�g. 179), y subrayaba en particular la influencia de esta medida sobre la conciencia de los productores.
[257•**] Por razones de censura Lenin modific� aqu� (o excluy�) algunas palabras del citado pasaje del Discurso que analiza. As�, donde Marx dice “acelera la revoluci�n social”, traduce “acelera esta ruptura”; y en lugar de “s�lo en este sentido, en el sentido revolucionario”, dice “s�lo en este sentido”. (Ed.)