231
V
CAR�CTER REACCIONARIO DEL ROMANTICISMO
 

p Se comprende que Sismondi no pod�a ignorar la tendencia real del desarrollo. Por eso, al exigir “que sea estimulada la peoue�a agricultura" (II, 355), dice expl�citamente que convendr�a “dar a la econom�a rural una orientaci�n diametralmente opuesta a Ja que est� siguiendo en Inglaterra en la actualidad" (II, 354-355)   [231•* .

p “Afortunadamente, Inglaterra posee el medio para hacer mucho en favor de sus pobres rurales, dividiendo entre ellos sus inmensos terrenos comunales (ses immenses commtmaux) [...] Si estas tierras comunales fueran divididas en lotes libres (en propri�t�s franches) de 20 a 30 acres cada uno, ellos (los ingleses) ver�an renacer aquella independiente y altiva clase de colonos, aquella 232 yeomanry de cuya destrucci�n casi completa se lamentan ahora” (II, 357-358).

p “Los planes” del romanticismo se presentan como de muy f�cil realizaci�n, precisamente debido a ese desconocimiento de los intereses reales que constituye la esencia del romanticismo. “Semejante proposici�n [la distribuci�n de peque�os lotes de tierra a los jornaleros, cuyo mantenimiento quedar�a a cargo de los grandes propietarios], quiz� subleve a los grandes terratenientes que en la actualidad son los �nicos que ejercen en Inglaterra el poder legislativo; mas, no obstante, esa medida es justa [...]. Los grandes terratenientes, y s�lo ellos, tienen necesidad de jornaleros; ellos los han creado, que ellos los mantengan" (II, 357).

p No causar�n asombro estas ingenuidades escritas a comienzos de siglo; la “teor�a” tan primitiva del romanticismo corresponde al estado primitivo del capitalismo, el cual ha condicionado ese punto de vista, igualmente primitivo. En esa �poca exist�a a�n concordancia entre el desarrollo real del capitalismo, su comprensi�n te�rica y la manera de encararlo, y Sismondi, en todo caso, se presenta como escritor consecuente y fiel a s� mismo.

p “Ya hemos se�alado—dice—la protecci�n que en otro tiempo encontraba esta clase (la de los artesanos) en el establecimiento de los gremios y las corporaciones ]des j�remeles et des ma�trises] [... ] No se trata de volver a establecer esa organizaci�n extra�a y opresora [...]. Pero el legislador debe proponerse ante todo elevar la remuneraci�n del trabajo industrial, sacar a los jornaleros de la situaci�n inestable (pr�caire) en que viven v, por �ltimo, hacerles m�s f�cil la posibilidad de adquirir lo que ellos denominan una posici�n  [232•*  (un �tat] [... ] En la actualidad, los obreros nacen y mueren obreros, mientras que antes la situaci�n del obrero no era m�s que una preparaci�n, el primer escal�n para llegar a una situaci�n m�s elevada. Y es precisamente esa posibilidad de ir elev�ndose (cette facult� progres�ive) la que es importante restablecer. Hay que proceder de manera que los patronos tengan inter�s en hacer pasar a sus obreros a una posici�n m�s elevada; es necesario que el hombre que ingresa en una manufactura comience, en efecto, a trabajar simplemente por un salario, pero qtie tenga siempre ante s� la esperanza de obtener, por su buena conducta, una parte de las ganancias de la empresa" (II, 344-345).

233

p ¡Ser�a dif�cil expresar con mayor claridad el punto de vista del peque�o burgu�s! Los gremios, �se es el ideal de Sismondi; y la salvedad que hace con respecto a no restablecerlos s�lo significa, evidentemente, que corresponder�a retomar el principio, la idea del gremio (tal como los populistas quieren retomar el principio, la idea de la comunidad, y no esta forma de asociaci�n fiscal que actualmente se denomina comunidad), y dejar de lado sus deformaciones medievales. El plan de Sismondi era absurdo, no porque defendiese los gremios en su integridad y quisiera revivirlos integralmente; no se planteaba semejante tarea. El absurdo consiste en que tomaba por modelo la asa/elaci�n surgida de la necesidad limitada, primitiva, que sent�an de unirse los artesanos de una misma localidad, y quer�a aplicar esta forma, este modelo, a la sociedad capitalista en la que aparece, como elemento unificador, socializador, la gran industria mecanizada, que rompe las trabas medievales y borra las diferencias locales, regionales y profesionales. Aceptando la necesidad de la asociaci�n, de la uni�n en general, en una u otra forma, el rom�ntico toma como modelo una asociaci�n o^ue responde a las estrechas necesidades de uni�n en una sociedad patriarcal e inm�vil, y quiere aplicarla a una sociedad completamente trasformada, con una poblaci�n m�vil, en la cual es un hecho la socializaci�n del trabajo, no s�lo en los marcos de una comunidad o de una corporaci�n, sino en la escala de todo el Estado y hasta m�s all� de los l�mites de un solo Estado   [233•* .

234

p Este error es el que vali� al rom�ntico la calificaci�n de reaccionarlo; por supuesto, con este t�rmino no se entiende el deseo de restablecer simplemente las instituciones medievales, sino la tentativa de aplicar a la nueva sociedad el antiguo rasero patriarcal, el deseo de buscar un modelo en los viejos reg�menes y tradiciones, que no corresponden en absoluto a las condiciones econ�micas modificadas.

p Esta circunstancia es la que Efrussi no comprendi� del todo. La caracterizaci�n de la teor�a de Sismondi como reaccionaria fue tomada por �l, en su sentido grosero, vulgar. Efrussi qued� perplejo ... ¿C�mo es posible?—razona—, ¿qu� clase de reaccionario es Sismondi, si dice directamente que no quiere de modo alguno restablecer los gremios? Y Efrussi concluye que es injusto “acusar” a Sismondi de “retr�grado”; que, por el contrario, ten�a "un punto de vista correcto sobre la organizaci�n gremial y supo apreciar toda su importancia hist�rica" (n�m. 7, p�g. 147), como, seg�n �l, se ha establecido en las investigaciones hist�ricas de tales y cuales profesores sobre los lados buenos de la mencionada organizaci�n.

p ¡Los escritores quasi  [234•*  sabios tienen a veces la sorprendente cualidad de no ver el bosque detr�s de los �rboles! La opini�n de Sismondi sobre los gremios es caracter�stica e importante, precisamente porque vincula a la misma sus aspiraciones concretas  [234•** . Y por eso su doctrina es caracterizada como reaccionaria,. ¡Y pensar que Efrussi se dedica a comentar, sin referirse al campo ni a la ciudad, las obras hist�ricas modernas sobre los gremios!

p El resultado de todas esas disquisiciones quasi sabias y fuera de lugar fue que Efrussi pas� por alto lo que constituye el fondo de la cuesti�n: ¿es justo o injusto caracterizar de reaccionaria la doctrina de Sismondi? Aqu�l no supo ver precisamente lo esencial: el punto de vista de �ste. “En econom�a pol�tica me han presentado —dec�a Sismondi—como enemigo del progreso social, como partidario de instituciones b�rbaras y opresivas. No; yo no quiero lo que fue, pero quiero, s�, algo mejor en comparaci�n con lo actual. 235 No puedo juzgar lo presente sin compararlo con lo pasado, y estov muy lejos de querer restablecer las antiguas ruinas cuando demuestro por medio de ellas las eternas necesidades de la sociedad" (II, 433). Los deseos de los rom�nticos son muy buenos (como los de los populistas). Su conciencia de las contradicciones del capitalismo los coloca por encima de los optimistas ciegos que niegan estas contradicciones. Y si se califica a Sismondi de reaccionario, no es por haber querido regresar a la Edad Media, sino porque en sus aspiraciones concretas “comparaba el presente con el pasado" y no con el futuro; porque "demostraba las eternas necesidades de la sociedad"   [235•*  med�ante “las ruinas" y no mediante las tendencias del desarrollo moderno. Y lo que no supo comprender Efrussi es este punto de vista peque�oburgu�s de Sismondi, que lo destaca netamente de otros escritores que tambi�n demostraban, al mismo tiempo que �l y despu�s de �l, “las eternas necesidades de la sociedad".

p Este error de Efrussi puso de manifiesto una interpretaci�n muy estrecha de los t�rminos doctrina “peque�oburgu�s”, “reaccionaria”, de lo que ya hemos hablado m�s arriba con motivo del primero de estos t�rminos. Ellos no indican, de manera alguna, las aspiraciones ego�stas de un peque�o tendero o el, deseo de detener el desarrollo social, de volver hacia atr�s: se refieren s�lo al car�cter err�neo del punto de vista del escritor en cuesti�n, a lo limitado de su comprensi�n y de sus horizontes, lo q]ue lo l\eva a elegir medios (para la consecuci�n c�e fines miiv loables) que en la pr�ctica no pueden ser eficaces, que no pueden satisfacer m�s que al peque�o productor o prestar un servicio a los defensores del pasado. Sismondi, por ejemplo, no es en modo alguno un fan�tico de la peque�a propiedad. Comprende no menos que nuestros populistas actuales la necesidad de la uni�n, de la asociaci�n. Expresa el deseo de que “la mitad del beneficio" de las empresas industriales “sea repartida entre los obreros asociados" (II, 346). Se pronuncia expl�citamente en favor de un “sistema de asociaci�n”, en el cual "todos los adelantos de la producci�n redunden en beneficio del que se dedica a ella" (II, 438). Defendiendo su doctrina con respecto a las teor�as de Owen, Fourier, Thompson, Muiron, c�lebres en 236 aquel tiempo, Sismondi declara: “Yo desear�a, como ellos, que hubiera una asociaci�n entre los que fabrican en conjunto un mismo producto, en lugar de enfrentarlos unos a otros. Pero no creo que los medios que han propuesto para este fin puedan conducirnos al mismo alguna vez" (II, 365).

p La diferencia entre Sismondi y esos escritores estriba justamente en el punto de vista. Y es entonces muy natural que, al no haberlo comprendido, Efrussi haya presentado en forma totalmente falsa la actitud de Sismondi con respecto a esos escritores.

p Leemos en la revista “R�sskoie Bogatstvo", n�m. 8, p�g. 57: "Si Sismondi ejerci� sobre sus contempor�neos una muy d�bil influencia, y si las reformas sociales por �l, propuestas no fueron realizadas, ello se explica principalmente por que se adelant� mucho a su �poca. Escrib�a cuando la burgues�a festejaba su luna de miel [...]. Se comprende que, en tales condiciones, las palabras del hombre que exige reformas sociales ten�an que convertirse en una voz predicando en el desierto. Sabemos, empero, que las generaciones posteriores no lo han tratado mucho mejor. Se explica quiz� porque Sismondi, como ya dijimos, escribe en una �poca de transici�n; aun cuando deseaba grandes cambios, no pod�a desprenderse enteramente del pasado. Debido a eso, parec�a demasiado radical a los hombres moderados, y demasiado moderado a los representantes de tendencias m�s radicales.”

p En primer lugar, decir que Sismondi “se hab�a adelantado a su �poca" por las reformas que propon�a, significa no comprender para nada la esencia misma de su doctrina, que comparaba—lo dice �l mismo—lo actual con lo pasado. Se requer�a una extrema miop�a (o una extrema parcialidad hacia el romanticismo) para dejar de ver el esp�ritu general y la significaci�n general de la teor�a de Sismondi, s�lo porque �ste era partidario de la legislaci�n fabril   [236•* , etc.

p En segundo lugar, Efrussi supone de esta manera que la diferencia entre Sismondi y los otros escritores consiste solamente en el car�cter m�s o menos radical de las reformas propuestas: 237 �stos iban m�s all�, mientras que Sismondi a�n no se hab�a desprendido del todo de lo viejo.

p No es as�. La diferencia entre Sismondi y estos escritores era mucho m�s profunda. No se trata de que unos ib°n m�s leios mientras los otros eran timoratos   [237•* , sino que consideraban el propio car�cter de las reformas desde dos puntos de vista diametralmente opuestos. Sismondi se�alaba "las eternas necesidades de la sociedad”, que tambi�n eran se�aladas �or dichos escritores. Era utopista; fundaba sus deseos en una idea abstracta y no en intereses reales, y estos escritorps tambi�n eran utopistas v tambi�n basaban sus planes en ideas abstractas. Pero el car�cter de sus planes dife: r�a totalmente porqu" los mismos encaraban P! desarrollo e^ on�mico moderno, que planteaba la cuesti�n de "las necesidades eternas”, desde puntos de vista diam°lralmente opuestos. Los escritores a que nos referimos anticipaban el futuro; adivinaban genialmente las tendencias de la “ruptura” que la industria mecanizada estaba realizando ante sus ojos. Miraban hacia donde se mov�a el desarrollo real; se adelantaban efectivamente a ese desarrollo. Sismondi, en cambio, le daba la espalda; su utop�a no anticipaba el futuro, sino que restauraba el pasado; no miraba hacia adelante, sino hacia ctr�s\ so�aba con "detener In ruptura”, la misma "riptura de la que deduc�an sus utop�as los escritores se�alados"   [237•** . He aqu� por qu� la utop�a de Sismondi es calificada, y con toda justicia, de reaccionaria. Volvernos a repetir m�e lo que justifica t«l caracterizaci�n es s�lo el hecho de que Sismondi no comprendi� el papel progresista de "la ruptura" de las viejas relaciones sociales semimedievales, patriarcales, de los Estados de Europa occidental, que 238 desde finales del siglo pasado comenz� a producir la gran industria mecanizada.

p Este punto de vista espec�fico de Sismondi asoma inclusive entre sus razonamientos sobre “la asociaci�n”, en general. “Yo deseo—dice—que la propiedad de las manufacturas (la propri�t� des manufactures) sea repartida entre un gran n�mero de medianos capitalistas, y no reunida por un solo hombre, poseedor de muchos millones [...]" (II, 365). El punto de vista del peque�o burgu�s se expresa con mayor relieve aun en este p�rrafo: “No es la clase de los pobres la que hay que eliminar, sino la de loa jornaleros; hay que devolverlos a la clase de los propietarios" (II, 308). “Devolverlos” a la clase de los propietarios: ¡en estas palabras est� toda la esencia de la doctrina de Sismondi!

p Sin duda el mismo Sismondi debe haber percibido la imposibilidad de realizar sus buenos deseos y la marcada disonancia entre los mismos y el antagonismo de intereses de la �poca. “La tarea de unir nuevamente los intereses de los que participan en conjunto en una misma (qui concourrent a la m�me production) [...] es, sin duda, dif�cil, mas no creo que sea tan grande como podr�a suponerse" (II, 450)   [238•* . La conciencia de esta falta de correspondencia entre sus anhelos y aspiraciones, por una parte, y las condiciones de la realidad y su desarrollo, por la otra, engendra, como es natural, la tendencia a demostrar que “a�n no es tarde" para “volver atr�s”, etc. El rom�ntico intenta apoyarse en el hecho de que las contradicciones del r�gimen actual no est�n a�n suficientemente desarrolladas, en el atraso del pa�s. “Los pueblos han conquistado el sistema de libertad en que hemos entrado [se refiere a la ca�da del feudalismo]; pero mientras destru�an el yugo que soportaron tanto tiempo, las clases trabajadoras (les hommes de peine representantes del trabajo) no estaban privadas de toda propiedad. En la aldea, en calidad de medieros, campesinos �hinsk  [238•**  ( censitaires), arrendatarios, pose�an tierras (ils se trouv�rent associ�s 239 à la propri�t� du sol). En las ciudades, como miembros de corporaciones, asociaciones de oficios (m�tiers), formadas para la defensa com�n, eran industriales independientes (ils se trouv�rent associ�s � la propri�t� de leur industrie). S�lo en nuestros d�as, s�lo en la �poca m�s reciente (c’est dans ce moment m�me) el progreso de la riqueza y la competencia rompe todas esas asociaciones. Pero esa ruptura (r�volution) se ha hecho s�lo a medias” (II, 437).

p “S�lo una naci�n, es verdad, se halla actualmente en esa situaci�n antinatural; s�lo en una naci�n vemos este permanente contraste de una riqueza ficticia (richesse apparente) con la tremenda pobreza de la d�cima parte de la poblaci�n, forzada a vivir de la caridad p�blica. Pero esa naci�n, tan digna de ser imitada en otros sentidos, tan deslumbrante hasta en sus errores, ha seducido con su ejemplo a todos los hombres de Estado del continente. Y si estas reflexiones ya no pueden serles de utilidad, considero que debo prestar, al menos, un servicio a la humanidad y a mis compatriotas mostrando los peligros del camino que sigue y demostrando, por su misma experiencia, que hacer descansar toda la econom�a pol�tica sobre el principio de una competencia ilimitada significa sacrificar el inter�s de la humanidad a la acci�n simult�nea de todas las pasiones personales" (II, 368)   [239•* . As� termina Sismondi sus Nouveaux Principes.

p Marx defini� con claridad la importancia general de Sismondi y su teor�a, en el siguiente juicio, que comienza rese�ando las condiciones de la vida econ�mica de Europa occidental que engendraron esa teor�a (precisamente en la �poca en que el capitalismo apenas empezaba a crear all� la gran industria mecanizada), y luego da su apreciaci�n de la misma   [239•** .

p “La peque�a burgues�a y los estamentos de peque�os campesinos de la Edad Media fueron los precursores de la burgues�a moderna. En los pa�ses de una industria y un comercio menos desarrollado esta clase contin�a vegetando al lado de la burgues�a en ascenso.

240

p “En los pa�ses donde se ha desarrollado la civilizaci�n moderna, se ha formado—y, como parte complementaria de la sociedad capitalista, sigue form�ndose sin cesar—un estamento de burgueses medios que (oscila entre el proletariado y la burgues�a). Pero los individuos que componen esa clase son continuamente desplazados hacia las filas del proletariado a causa de la competencia, y, con el desarrollo de la gran industria, ven aproximarse el momento en que desaparecer�n por completo como fracci�n independiente de la sociedad moderna y en que ser�n remplazados en el comercio, la manufactura y la agricultura, por capataces y empleados.

p “En pa�ses como Francia, donde los campesinos constituyen bastante m�s de la mitad de la poblaci�n, es natural que surgieran escritores que se colocaban del lado del proletariado, criticaban las condiciones capitalistas con el rasero del peque�o burgu�s y del peque�o campesino, y defend�an la causa obrera desde el punto de vista de la peque�a burgues�a. As� naci� la doctrina social peque�oburguesa. Sismondi es el m�s alto exponente de esta literatura, no s�lo en Francia, sino tambi�n en Inglaterra.

p “Esta doctrina supo captar con mucha sagacidad las contradicciones inherentes a las modernas condiciones de producci�n. Puso al desnudo el hip�crita optimismo de los economistas. Se�al� los efectos destructores de la producci�n mecanizada y de la divisi�n del trabajo, la concentraci�n de los capitales y de la propiedad de la tierra, la superproducci�n y las crisis, la inevitable ruina de la peque�a burgues�a y de los campesinos, la miseria del proletariado, la anarqu�a en la producci�n, las indignantes injusticias en la distribuci�n de la riqueza, la exterminadora guerra industrial de las naciones entre s�, la disoluci�n de las viejas costumbres de las antiguas relaciones familiares, de las viejas nacionalidades   [240•* .

p “El contenido positivo de esa corriente consiste, o bien en su anhelo de restablecer los antiguos medios de producci�n y de cambio, y con los mismos las antiguas relaciones de propiedad y el antiguo r�gimen social; o bien en querer encajar por la fuerza los medios modernos de producci�n y de cambio en el estrecho marco 241 del antiguo r�gimen de propiedad, que ha sido roto, y fatalmente roto por los mismos. En uno y otro caso, esa corriente es a la vez reaccionaria y ut�pica.

p “Para la industria, la organizaci�n gremial; para la agricultura, el r�gimen patriarcal: he aqu� su �ltima palabra"   [241•* .

p Hemos procurado demostrar la justeza de esta caracterizaci�n cuando analizamos cada uno de los elementos que componen la doctrina de Sismondi. Ahora nos limitaremos a se�alar un curioso procedimiento utilizado por Efrussi que culmina todos los errores de su exposici�n cr�tica y apreciaci�n del romanticismo. El lector recordar� que en el comienzo mismo de su art�culo (n�m. 7 de la revista R�sskoie Bogatstvo), Efrussi declar� que incluir a Sismondi entre los reaccionarios y los utopistas es “injusto” y “ falso" (loe. cit., p�g. 138). Para demostrar esta tesis se ingeni� primero en guardar silencio absoluto sobre lo principal, a saber, la relaci�n del punto de v�ta de Sismondi con la situaci�n e intereses de una clase particular de la sociedad capitalista, la de los peque�os productores; segundo, al analizar las diferentes tesis de la doctrina de Sismondi, present� su posici�n respecto de la teor�a moderna, bien bajo una luz completamente falsa—tal como lo hemos demostrado m�s arriba—, o bien ignor� simplemente la teor�a moderna al hacer la defensa de Sismondi invocando a sabios alemanes que “no fueron m�s all�" que �ste; y tercero, quiso por �ltimo resumir su juicio sobre Sismondi de la siguiente manera: “ Nuestra [!] opini�n sobre la importancia de Simonde de Sismondi —dice—podemos resumirla [!!] con las siguientes palabras" de un economista alem�n (R�sskoie Bogatsitvo, n�m. 8, p�g. 57). Sigue el extracto citado m�s arriba, o m�s bien apenas un fragmento de la caracterizaci�n dada por aquel economista, ¡puesto que se excluye precisamente la parte donde se explica cu�l es el v�nculo de la teor�a de Sismondi con una clase particular de la sociedad moderna, y la otra parte cuya conclusi�n establece de manera 242 definitiva el car�cter reaccionario y ut�pico de Sismondil Mas a�n. Efrussi no se limit� a entresacar un fragmento del juicio mencionado, que no da idea alguna de la apreciaci�n integral, y a mostrar as� bajo una luz completamente falsa la actitud de este economista frente a Sismondi. Adem�s, al aparecer s�lo como trasmisor de las opiniones de aquel economista, pretendi� embellecer a Sismondi.

p “Agreguemos a ello—dice Efrussi—que, de acuerdo con algunas opiniones te�ricas, Sismondi es el precursor de los m�s destacados economistas modernos   [242•* : recordemos sus opiniones sobre la renta del capital y las crisis, su clasificaci�n de la renta nacional, etc.” (ib�d.). De esta manera, en vez de agregar, a la comprobaci�n de los m�ritos de Sismondi hecha por el economista alem�n, la comprobaci�n por ese mismo economista de su punto de vista peque�oburgu�s y del car�cter reaccionario de su utop�a, Efrussi agrega a la cantidad de m�ritos de aqu�l precisamente las partes de su doctrina (la "clasificaci�n de la renta nacional”, por ejemplo) que no tienen una sola palabra cient�fica, seg�n el juicio del economista a que nos referimos.

p Se nos puede replicar: Efrussi puede no compartir en general la opini�n de que hay que buscar la explicaci�n de las doctrinas econ�micas en la realidad econ�mica; puede estar profundamente convencido de que la teor�a de A. Wagner sobre “la clasificaci�n de la renta nacional" es “la m�s notable”. Accedemos a ello gustosamente. ¿Pero qu� derecho ten�a entonces de coquetear con la teor�a con la cual los se�ores populistas gustan tanto decir que est�n “de acuerdo”, si en realidad no comprendi� para nada la posici�n adoptada por esa teor�a frente a Sismondi, y si hizo todo lo posible (y aun lo imposible) para presentar dicha posici�n bajo un aspecto completamente falso?

p No habr�amos dedicado tanto especio a esta cuesti�n si se tratara s�lo de Efrussi, escritor cuyo nombre aparece poco menos que por primera vez en la literatura populista. Lo que m�s importa no es su personalidad, y menos aun sus concepciones, sino la posici�n de los populistas frente a la teor�a—que dicen compartir—del eminente economista alem�n. Efrussi no es, en modo alguno, una excepci�n. Por el contrario, su ejemplo es t�pico en todo 243 sentido y para probarlo hemos hecho constantemente un paralelo entre los puntos de vista y la teor�a de Sismondi y los puntos de vista y la teor�a del se�or N.-on   [243•* . La analog�a result� completa: tanto las concepciones te�ricas y la manera de abordar el capitalismo como el car�cter de las deducciones y las aspiraciones concretas de ambos escritores, son similares. Y como las concepciones del se�or N.-on pueden ser consideradas la �ltima palabra del populismo, tenemos el derecho de llegar a la conclusi�n de que la doctrina econ�mica de los populistas no es m�s que una variedad rusa del romanticismo europeo en general.

p Se sobrentiende que las particularidades hist�ricas y econ�micas de Rusia, por un lado, y su atraso incomparablemente mavor, por otro, confieren al populismo pronunciados rasgos distintivos. Pero estas diferencias no son de calidad y en consecuencia no modifican la similitud del populismo y el romanticismo peque�oburgu�s.

p Quiz�s el rasgo distintivo m�s destacado de los economistaspopulistas, y el que m�s llama la atenci�n, sea la tendencia a disfrazar su romanticismo declarando su “acuerdo” con la teor�a moderna, y cit�ndola el mayor n�mero de veces posible, aun cuando �sta sea netamente hostil al romanticismo y se haya desarrollado en encarnizada lucha contra las m�s variadas doctrinas oeque�oburguesas.

p El an�lisis de la teor�a de Sismondi ofrece particular inter�s precisamente porque permite examinar los procedimientos generales utilizados para los disfraces de tal tipo.

p Hemos visto que, tanto el romanticismo como la teor�a moderna, se�alan las mismas contradicciones en la econom�a social actual. De esto se valen los populistas para sostener que la teor�a moderna reconoce que las contradicciones se manifiestan en las crisis, en la b�squeda de mercados exteriores, en el crecimiento de la producci�n acompa�ado por descenso del consumo, en la protecci�n aduanera, en la acci�n nefasta de la industria mecanizada, etc., etc. Y los populistas tienen toda la raz�n: la teor�a moderna reconoce en efecto, todas estas contradicciones, que 244 tambien el rompnticicmo hab�a reconocido. Pero, cabe preguntar: ¿hav un solo populista que se hava preguntado alguna vez en qu� se distingue el an�lisis cient�fico de esas contradicciones—que las reduce a los difer^n^s intereses engendrados por el r�gimen econ�mico existente—, del m�todo eme s�lo las comprueba para formular buenos deseos? No, en ninguno de los populistas encontraremos un an�lisis de este problema aue, precisamente, caracteriza la diferencia m�e existe entre la teor�a moderna v el romanticismo. Los populistas comprueban esas contradicciones con el solo objeto de formular buenos deseos.

p Cabe preguntar tambi�n: ¿uno solo de los populistas trat� alguna vez de averiguar en au� difiere la cr�tica sentimental del capitalismo de su cr�tica cient�fica, dial�ctica? Ninguno ha pinteado esta cuesti�n que caracteriza la segunda diferencia importante entre la teor�a moderna v el romanticismo. Ninguno consider� necesario tomar como criterio propio de sus teor�as el desarrollo actual de l^s relaciones econ�mico-sociales (en tanto que la anlicac��n de dicho criterio es lo que distingue en esencia a la critica cient�fica).

p Y cabe preguntarse, por �ltimo: ¿uno solo de los nopul’stas pregunt� alfuna ver, en qu� difiere el punto de vista del romanticismo, rt"e idealizo ]« penue�a prod’ieH�n v derVora "1° ruptura" de sus pilles por el “capHalisrnn”, del de la teor�a moderna, que considera como punto de partida de sus razonamientos la erran producci�n capitalista por medio de m�miinas y considera progresicta esa "ruptura de los pilares"? /’Utilizamos esta expresi�n, com�nmente aceptada por los populistas, porque caracteriza, en forma notobl° el proep<-o de trasformaH�n de las relaciones sociales baio la influencia de la gran industria mecanizada, OUQ se ha operado en todas partes, v no s�lo en Rusia, en formo tan brusna y violenta, que sorprendi� al pensamiento social.) Una vez m�s, no. Ninguno de los populistas se plante� ese ir>terro2apt°. ninguno de ellos hizo la menor tentativa de aplicar a ’la ruptura" rusa los mismos criterios que hicieron reconocer como progresista "la ruptura" en la Europa occidental. Todos ellos deploran la suerte de los pilares y recomiendan que cese "la ruptura”; asesaran, con l�grimas en los ojos, que esa es precisamente "la teor�a moderna"...

La comparaci�n de su “teor�a”, que presentan como una nueva y original soluci�n del problema del capitalismo, fundada 245 en la �ltima palabra de la ciencia y de la experiencia de Europa occidental, con la teor�a de Sismondi, muestra claramente a qu� per�odo primitivo de desarrollo del capitalismo y del pensamiento social se remonta la aparici�n de una teor�a de este g�nero. Pero lo esencial no es que esta teor�a sea anticuada. ¡M�s de una teor�a anticuada para Europa podr�a ser modern�sima para Rusia! Lo que importa es que en el momento de su aparici�n esta teor�a era ya peque�oburguesa y reaccionar�a.

* * *
 

Notes

[231•*]   Comp�rese el programa populista de “arrastrar la historia en otra direcci�n" del se�or V. V. Comp�rese con el de Volguin, l. c., p�g. 181.

[232•*]   La cursiva es del autor.

[233•*]   Los populistas cometen exactamente el mismo error, en lo que concierne a otra forma de asociaci�n (la comunidad) que satisfac�a la necesidad limitada de unirse que sent�an los campesinos de una misma localidad, liga, dos entre s� por la posesi�n en com�n de la tierra, de los campos de pastoreo, etc. (y principalmente porque se encontraban bajo el poder de un mismo terrateniente y de los mismos funcionarios); pero que no responde en absoluto a las necesidades de la econom�a mercantil y del capitalismo, que rompe todas las trabas locales, de estamento y de categor�as, y que introduce un profundo antagonismo de intereses econ�micos dentro de la comunidad. En la sociedad capitalista, la necesidad de asociarse, de organizarse, no ha disminuido, sino que, por el contrar�o, ha aumentado inconmensurablemente. Pero es en todo sentido absurdo aplicar el antiguo criterio para satisfacer esta necesidad de la nueva sociedad. Esta nueva sociedad exige ya, en primer t�rmino, que la asociaci�n no sea local, de estamentos, de categor�as; y en segundo lugar, que su punto de partida sea la diversidad de situaciones y de intereses, creados por el capitalismo y por la diferenciaci�n del campesinado. En cambio, una asociaci�n local, de estamento, que agrupe a campesinos muy diferentes por su situaci�n econ�mica y sus intereses, ahora, en virtud de su car�cter obligatorio, se vuelve perjudicial, tanto para los propios campesinos como para todo el desarrollo social.

[234•*]   En lat�n en el original. (Ed.)

[234•**]   V�ase m�s arriba, por ejemplo, el t�tulo del cap�tulo del cual entresacamos los razonamientos sobre los gremios (que tambi�n cita Efrussi: p�g. 147).

[235•*]   La circunstancia! de que demostraba la existencia de esas necesidades lo coloca —repetimos— muy por encima de los estrechos economistas burgueses.

[236•*]   Pero tampoco en esta cuesti�n se hab�a “adelantado” Sismondi a su �poca, puesto que no hac�a m�s que aprobar lo que estaba realiz�ndose ya en Inglaterra, sin comprender el v�nculo de esas reformas con la gran industria mecanizada y su papel hist�rico progresista.

[237•*]   No queremos decir que en ese afecto no haya diferencias entre los escritores mencionados; pero esto no aclara nada y sit�a falsamente a Sismondi con respecto a los miamos: resultar�a as� que todos ellos sustentar�an un mismo punto de vista, difiriendo s�lo en el car�cter m�s o menos radical y consecuente de sus deducciones. La cuesti�n no estriba en que Sismondi no “iba” tan leios. sino en nue “iba” hac�a atr�s, mientras que los escritores indicados “iban” hacia adelante.

[237•**]   “Roben Owen—dice Marx—, padre de las f�bricas y los almacenes cooperativos, a pesar de que estaba lejos de compartir las ilusiones de sus imitadores sobre la importancia [Tragweite] de estos elementos aislados de trasfonnaci�n, no s�lo tomaba el sistema fabril como punto de partida de sus ensayos, sino que declaraba adem�s, que era te�ricamente el punto de partida de la revolusi�n social."^^25^^

[238•*]   “El problema que tendr� que resolver la sociedad rusa, va complic�ndose d�a a d�a. Con cada d�a que trascurre el capitalismo se apodera de dominios cada vez m�s amplios [...]" (Ib�d.)

[238•**]   Campesinos chinsh: los que ten�an derecho a la posesi�n hereditaria de la tierra a perpetuidad, y que deb�an pagar una cauci�n solidaria casi fija, conocida con el nombre de chinsh. En la Rusia zarista el sistema de chinsh reg�a principalmente en Polonia, Lituania, Bielorrusia y el litoral de Ucrania sobre el mar Negro. (Ed.)

[239•*]   “La sociedad rusa deber� resolver un problema dif�cil, pero no insoluble: desarrollar las fuerzas productivas de la poblaci�n en forma tal que pueda aprovecharlas, no una insignificante minor�a, sino la totalidad del pueblo.” (N.-on, 343.)

[239•**]   V�anse las citas en R�sskoie Bogatstvo, n�m. 8, p�g. 57 y tambi�n en la misma revista, n�m. 6, p�g. 94, en el art�culo del se�or N.-on.

[240•*]   Este pasaje es citado por Efrussi en el n�m. 8 de R�sskoie Bogatstvo, p�g. 57 (a partir del �ltimo p�rrafo).

[241•*]   En R�sskoie Bogatstvo, art�culo indicado, 1894, n�m. 6, p�g. 88, el se�or N.-on comete en la traducci�n de ese fragmento dos inexactitudes y una omisi�n. En vez de “peque�oburgu�s” y “peque�o campesino" traduce: “ estrechamente burgu�s" y “estrechamente campesino”. En vez de “causa obrera" traduce “causa del pueblo”, aun cuando en el original figura “der Arbeiter", Y ha omit-’do las palabras: “fatalmente rotos por los mismos" (gesprengt werden musiten).

[242•*]   ¿Tal vea al «stilo de Adolpb Wagner? K. T.

[243•*]   Otro economista populista, el se�or V. V., es completamente solidario con el se�or N.-on en cuanto a las cuestiones m�s importantes se�aladas m�s arriba, y s�lo se diferencia por su punto de vista m�s primitivo a�n.