p La ley del 2 de junio de 1897 limita a once horas y media la jornada cuando se trata de trabajo diurno, y a diez horas los s�bados y v�speras de fiestas. Por lo tanto, la reducci�n de la jornada que estipula la nueva ley es de lo m�s insignificante. Son muchos los obreros—y en Petersburgo quiz� la mayor�a—para quienes la nueva ley no implica reducci�n alguna de la jornada, e inclusive encierra m�s bien el peligro de verla aumentada. En las empresas industriales de Petersburgo, la jornada es por lo com�n de diez o 269 diez horas y media. El hecho de que se fije una jornada tan excesivamente larga prueba, con toda evidencia, que dicha ley fue la respuesta a las reivindicaciones de los obreros de las f�bricas de hilados y tejidos de algod�n de Petersburgo. Es posible que la nueva ley reduzca la jornada a esos obreros, pues ven�an trabajando, en su mayor parte, de 12 a 14 horas diarias. (M�s adelante explicaremos por qu� decimos “esposible”.) La ley se�ala la jornada do diez horas para los artesanos y para las f�bricas que dependen del ministerio de Guerra. ¡Sin embargo, el gobierno ha decidido que se puede obligar a los obreros fabriles a trabajar m�s! ¡Hasta los fabricantes de Petersburgo solicitaron al gobierno que la jornada fuera reducida a 11 horas! Pero �ste acord� agregar media horita m�s para complacer a los fabricantes moscovitas, quienes obligan a los obreros a trabajar en dos turnos las veinticuatro horas del d�a, y a quienes, por lo visto, los obreros a�n no les han dado todav�a una buena lecci�n. El gobierno ruso, que se jacta de su preocupaci�n por los obreros, ha resultado en la pr�ctica tan tac �o como un m�sero mercachifle. Ha resultado m�s taca�o que los propios fabricantes, los cuales extraen de los obreros unos cuantos millares de rublos m�s por cada media horita de trabajo suplementario. Este ejemplo les muestra con claridad a los obreros que el gobierno defiende los intereses, no s�lo de los fabricantes, sino precisamente de los peores fabricantes; que es un enemigo mucho m�s feroz de los obreros que la clase de los capitalistas. Los obreros de Petersburgo habr�an conseguido una jornada de trabajo m�s corta para s� y para todos los obreros rusos si no lo h’ibiera impedido el gobierno. Unidos, obligaron a los fabricantes a hacer concesiones; los fabricantes de Petersburgo estaban dispuestos a satisfacer las reivindicaciones obreras; el gobierno prohibe a los fabricantes que cedan para no dar un ejemplo a los obreros. V�as tarde, la mayor�a de los fabricantes de Petersburgo se convence de que es necesario hacer concesiones a los obreros y solicita del gobierno la reducci�n de la jornada de trabajo a once horas. Pero �ste no defiende s�lo los intereses de los fabricantes de Petersburgo, sino de todos los del Imperio ruso, y como en la santa Rusia hay fabricantes mucho m�s taca�os que los de Petersburgo, el gobierno, que desea ser “justo”, no puede permitir que los fabricantes de la capital saqueen demasiado poco a sus obreros; los fabricantes de Petersburgo no deben adelantarse mucho a los dem�s fabricantes de Rusia, y el gobierno a�ade media horita 270 a la jornada de trabajo que hab�an solicitado los capitalistas. Es evidente que de esta conducta del gobierno se desprenden tres ense�anzas para los obreros:
Primera ense�anza: los obreros rusos de vanguardia deben procurar con todas sus fuerzas atraer al movimiento a los m�s atrasados. Si no incorporan a la lucha por su causa a toda la masa de obreros rusos, los obreros de vanguardia, los de la capital, lograr�n pocas cosas, aunque obliguen a sus propios fabricantes a hacer concesiones, pues el gobierno se distingue por un grado de “justicia” tan elevado, que no permitir� a los mejores fabricantes hacer concesiones esenciales a los obreros. Segunda ense�anza: el gobierno ruso es un enemiga de los obreros mucho peor que los fabricantes rusos, pues no s�lo defiende los intereses de �stos, no s�lo recurre para ello a la salvaje persecuci�n de los obreros, a detenciones y deportaciones, al empleo de las tropas contra obreros inermes sino que, adem�s, defiende los intereses de los fabricantes m�s mezquinos e impide a los mejores fabricantes hacer concesiones a los obreros. Tercera ense�anza: para conquistar condiciones humanas de trabajo y lograr la jornada de ocho horas, a la que aspiran hoy los obreros de todo el mundo, los obreros rusos s�lo deben confiar en la fuerza de su uni�n y arrancar sistem�ticamente al gobierno una concesi�n tras otra. �ste parece regatear, trata de conseguir agregar otra media horita, pero los obreros le demostrar�n que saben defender sus reivindicaciones. El gobierno parece poner a prueba la paciencia de los obreros, intenta desembarazarse de ellos con una peque��sima concesi�n que cueste poco; pero �stos le demostrar�n que tienen paciencia suficiente para librar la lucha m�s tenaz, pues se trata de la lucha por su vida, de la lucha contra la humillaci�n y la opresi�n m�s completas del pueblo trabajador.
Notes