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COMO SE REVELARON SUS CRÍMENES
 

p El “santo” tribunal era una institución secreta. Sus servidores juraban solemnemente no divulgar nada concerniente a su actividad. Las víctimas prestaban el mismo juramento. Los culpables de haber propalado secretos de la Inquisición corrían el peligro de ser castigados tan implacablemente como los herejes.

p Los inquisidores se afanaron por ocultar todos los aspectos de su actividad no sólo, y no tanto, por temor a que la revelación de sus sangrientas fechorías pudiera causarles daño o menoscabar el prestigio de la Iglesia. Esto es lo que menos les preocupaba, porque consideraban sus crímenes como una "santa causa" sancionada por el propio vicario de Jesucristo y por las autoridades laicas. Tenían el orgullo de su título inquisitorial, de ser inquisidores, en prueba de lo cual ejecutaban públicamente a sus víctimas en los "autos de fe" solemnes.

p El afán de velar celosamente sus acciones se explicaba 36 sobre todo por el miedo a que el conocimiento de los métodos por ellos empleados pudiera amenguar su eficacia y los herejes lo aprovecharan para oponer resistencia al “santo” tribunal, borrar las huellas y perfeccionar las organizaciones “ clandestinas”. Porque cuanto menos sabía un hereje de los procedimentos de la Inquisición, tanto más temblaba por su vida y más fácil era identificarlo, prenderlo, obligarle a reconocer su “culpa” y a “reconciliarse” con la Iglesia.

p El Renacimiento quitó el velo de misterio que ocultó la actividad de la Inquisición católica por espacio de muchos siglos. Los humanistas y los protestantes denunciaron las acciones monstruosas del “santo” tribunal   [36•79 . En los países protestantes se publicaron memorias de algunos antiguos presos de la Inquisición que se habían evadido de sus cárceles. En ellas describían detalladamente las ferocidades cometidas por los “santos” padres, los suplicios y torturas que padecían sus víctimas. Esas publicaciones se extendían con extraordinaria rapidez por toda Europa, suscitando en todas partes la ira e indignación contra el Santo Oficio. Una de ellas titulada Acciones de la santa Inquisición (Sanctae Inquisitionis Hispanicae Artes aliquot detectae et palam traductae), obra de Raimundo González de Montes, ex recluso de la Inquisición en Sevilla, vio la luz en Heidelberg en 1567 y al cabo de dos años estaba ya traducida al francés, alemán, inglés y holandés.

p Tuvo resonante éxito también la narración hecha por el francés Gabriel Dellon, sobre los infortunios que había padecido en las mazmorras de la Inquisición portuguesa en Goa (la India)  [36•80 ; se dio a la imprenta en Leyde (Holanda) en 1687 y durante los dos siglos posteriores fue editada 20 veces en varios países y en diversos idiomas.

p Esa literatura acusatoria dio lugar a muchas obras teológicas apologéticas, cuyos autores abogaron por el derecho de la Inquisición a perseguir a los herejes; pero al hacerlo, propalaban involuntariamente los secretos de la misma, 37 facilitando con ello a sus adversarios nuevos argumentos para atacar el “santo” tribunal.

p Además, los eclesiásticos se denunciaron a sí mismos al encomiar obras tan feroces como El martillo de las brujas. Esa composición de los inquisidores J. Sprenger y E. Institoris, utilizada como guía por sus colegas en la obra de aniquilar a las “brujas”, se publicó por primera vez en la novena década del siglo XV y alcanzó varias ediciones en los países católicos.

p En 1692 vio la luz un extenso trabajo de Felipe Limborch dedicado a la historia de la Inquisición, en el que se describían por primera vez sus actividades en Francia, Italia y otros países, con alegatos respecto a los documentos pontificios y a las disposiciones de varios concilios. En la literatura del siglo XVIII sobre la Inquisición predominaron los panfletos. Y no podía ser de otro modo, puesto que los archivos del Santo Oficio no estaban al alcance de los autores que denunciaban sus acciones.

p Como resultado de la revolución francesa de 1789, la burguesía triunfante acabó con la Inquisición y arrancó los candados de sus archivos secretos en varios países. Napoleón suprimió la Inquisición en todos sus dominios, comprendida España. Precisamente en España, donde ella hacía los mayores estragos, se publicaron por primera vez, en 1812—1813, dos tomos de documentos auténticos relativos a su actividad  [37•81 . Lo hizo Juan Antonio Llórente (1756—1823), ex secretario de la Inquisición española, de cuya pluma salió poco después la primera historia documentada de la Suprema.

p Llorente experimentó la influencia de las ideas de la Ilustración del siglo XVIII y, lo mismo que algunos otros liberales españoles, colaboró con José Bonaparte esperando que los franceses aplicarían en España las reformas progresistas indispensables. Por encargo de las autoridades francesas, Llórente empezó a escribir la historia de la Inquisición española, cuyos archivos estaban a su disposición. La derrota de Napoleón le obligó a huir de España; se instaló en París y publicó allí, en 1817—1818, su trabajo de cuatro tomos en francés. Habiendo regresado a Madrid, después de la revolución triunfante de 1820, editó en esa capital 38 y en Barcelona la misma obra en español. El libro de Llórente, traducido a muchos idiomas europeos, alcanzó 24 ediciones  [38•82 . Su versión rusa apareció en 1936 en Moscú.

p La Historia crítica de la Inquisición en España—así se llama esa mongrafía basada en muchísimos documentos de archivo—presentó al mundo el auténtico cuadro de la cruenta actividad de los “santos” tribunales españoles. La Iglesia Católica y sus apologistas hasta hoy tratan en vano de refutar a Llórente, acusándole de imprecisiones, exageraciones y defectos de estilo; además se esfuerzan por desprestigiarlo en el plano personal; dicen que era criatura de los franceses y punto menos que truhán, insinuando que se había apropiado de fondos de la Inquisición.

p Sin embargo, sean cuales fueren las deficiencias de la obra de Llórente, ella sigue siendo también hoy, siglo y medio después de su primera publicación, una de las fuentes principales para la historia de la Inquisición española. Ningún investigador, sea adversario o panegirista del “santo” tribunal, puede pasar por alto ese trabajo.

p El valor de la investigación realizada por el ex secretario general de la Inquisición española consiste sobre todo en que el autor aduce hechos y documentos cuya autenticidad está fuera de dudas.

p Cabe decir que en el siglo XIX, la historiografía de la Inquisición estuvo en pleno florecimiento. Aparecieron muchísimas obras de la más diferente especie, entre ellas monografías y recopilaciones de documentos sobre la historia de la Inquisición y de las doctrinas heréticas en España, Francia, Italia y Alemania. Dadas la abundancia y variedad de esas publicaciones, parecía que todo intento individual de escribir una historia de la Inquisición que abarcara todos los países y todas las épocas sería, según la expresión del historiador francés Carlos Molinier, una "empresa casi quimérica”.

p Sin embargo, se encontró un investigador capaz de realizar esta empresa verdaderamente grandiosa. Por paradójico que parezca fue el ya mencionado Henry Charles Lea, editor y librero, que, lejos de ser historiador profesional, se dedicó a la historia de la Inquisición como diletante en los ratos 39 de ocio. No pudo estudiar personalmente los archivos de Europa porque nunca estuvo en ese continente. Mas como era un hombre rico, encargó de ello a unos corresponsales, que a su pedido escudriñaron todos los archivos europeos accesibles en busca de los documentos necesarios y durante muchos años enviaron sus copias a Estados Unidos. Disponiendo de estos datos, y gracias a sus relevantes dotes de literato e investgador, Lea escribió una historia de la Inquisición medieval en tres tomos (1888)  [39•83  obra completa para su tiempo, así como una historia de la Inquisición española en cuatro tomos (1906—1907) y una historia de la Inquisición en las posesiones de España en América (1908). Esas monografías, traducidas a diversos idiomas, recorrieron muchos países y se reeditan también en nuestro tiempo.

p El renombre mundial de los trabajos de H. Ch. Lea, en los que se revelaba por primera vez de manera completa, argumentada y convincente el aborrecible cuadro del terrorismo desencadenado por la Inquisición en muchos países, obligó a los historiadores clericales a desistir del mutismo, que ya les ponía en una situación ridicula, para dedicarse al estudio de los asuntos ligados con la historia del tribunal eclesiástico. Pero el Vaticano, por causas enteramente comprensibles, obstaculizó al máximo el trabajo de los investigadores de la Inquisición, aunque fueran suyos propios, impidiendo el acceso a los archivos secretos de la Congregación del Santo Oficio, donde permanecen sepultados hasta ahora muchos misterios de los juicios inquisitoriales.

p A comienzos del siglo XX, Ludwig von Pastor, conocido apologista del Papado, se quejó de que no se le hubiera permitido ojear los expedientes inquisitoriales depositados en el archivo secreto del Vaticano. "Al seguir ocultando rigurosamente los documentos históricos de hace tres siglos y medio—dijo—, la Congregación del Santo Oficio causa daño no sólo a la ciencia histórica, sino también a sí misma, ya que la opinión pública considerará también en adelante como justificadas las acusaciones más graves contra la Inquisición romana"   [39•84 .

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p No obstante, pese a todos los esfuerzos del Vaticano por disimular a la opinión mundial la verdad sobre los crímenes de la Inquisición, en los siglos XIX y XX vieron la luz algunos documentos importantísimos concernientes, en particular, a los procesos seguidos a Galileo y a Giordano Bruno. La historia de su publicación recuerda por sus peripecias una novela de aventuras.

p Veamos, por ejemplo, cómo se publicaron los documentos del proceso promovido contra Galileo. La primera tentativa de hacerlos del dominio público se emprendió por orden de Napoleón. Con este fin, los documentos correspondientes fueron retirados del archivo pontificio de Roma y llevados a París. Pero la caída de Napoleón impidió su publicación. Los Borbones regresaron a París y se entronizó en Francia el rey Luis XVIII. En Roma volvió a establecerse el Papa Pío VIL Su nuncio en París, Gaetano Marini, exigió inmediatamente al Gobierno francés la devolución de los documentos concernientes al caso de Galileo. Pero poco después Napoleón volvió de Elba a París. Luis y su corte huyeron de Francia y Gaetano Marini falleció, sin haber conseguido recuperar los papeles apetecidos.

p En cuanto habían reaparecido en París los Borbones, después de los "cien días”, Marino Marini, sobrino del difunto Gaetano y nuevo representante del Papa, en nombre de éste pidió otra vez que se le devolviese el “caso” de Galileo. El ministro del Interior, a quien se había dirigido el nuncio, le aconsejó que fuese a ver al conde de Blacas, ministro de la Casa del Rey. Al cabo de cierto tiempo, el conde informó que los documentos se habían descubierto y serían devueltos. Pero no se apresuró a cumplir su promesa, con el pretexto de que aquéllos habían sido transmitidos a Luis XVIII, interesado en examinarlos personalmente.

p Mientras tanto, Marini fue retirado a Roma, reemplazándolo en su cargo Ginnasi, pero en 1817 volvió a ser nombrado nuncio en París y pidió nuevamente la devolución de los papeles concernientes a Galileo. Esta vez, el conde de Pradel, ministro interino de la Casa del Rey, le avisó que la documentación sobre el “caso” Galileo había desaparecido y, por consiguiente, el Gobierno francés no estaba en condiciones de devolverlo a la Santa Sede.

p Adviértase que ya en 1809 se llevó de Roma a París, también por orden de Napoleón, una parte considerable de los expedientes de la Inquisición papal. Después de regresar 41 en 1817 a la capital francesa, Marini exigió también esos documentos, pero ellos ya habían sido entregados a su sucesor, Ginnasi. Luego supo que éste había vendido muchos expedientes del Santo Oficio a los tenderos para envolver sus mercancías. "Conseguí—citamos a Marini—encontrar más de seiscientos volúmenes en las tiendas de comerciantes en arenques y carne"  [41•85 .

p Pero el propio Marini no se comportó mejor que Ginnasi. Habiendo recibido del Vaticano la instrucción de quemar algunos documentos del Santo Oficio—por lo visto, aquellos que comprometían en mayor grado a la Iglesia—, prefirió venderlos a una empresa papelera como maculatura. Cobró por su “mercancía” 4.300 francos, suma respetable para aquel tiempo; cabe concluir, pues, que la cantidad de documentos vendidos era muy grande.

p Por lo que respecta a los papeles relativos a la acción promovida contra Galileo, la Santa Sede tardó 30 años en recuperarlos. ¿Cómo lo consiguió, al fin y al cabo? Según el informe del científico francés J.-B. Biot, publicado en 1858, los documentos fueron devueltos al Papa Gregorio XVI, en 1846, por el rey francés Luis Felipe. Pero en 1927 apareció una nueva versión, lanzada por el cardenal Mercati, guardián principal del archivo secreto del Vaticano, según la cual el Papa recobró dichos documentos en 1843, proporcionándoselos, por conducto del nuncio apostólico en Viena, la viuda del conde de Blacas, que residía entonces en la citada ciudad.

p Sea como fuera, los documentos retornaron al Vaticano en la quinta década del siglo pasado. Fueron a parar a manos del ya mencionado Marini, entonces guardián principal del archivo secreto del Vaticano. La revolución de 1848 en Roma convirtió esta ciudad en República. El Papa Pió IX huyó a Civitavecchia. Marini se escondió, habiendo retirado del archivo pontificio el “caso” de Galileo. Un año después, cuando se había restablecido la potestad apostólica en Roma, Marini volvió a desempeñar su antiguo cargo. En 1850 editó un libro titulado Galileo y la Inquisición, en el que se citaban por primera vez algunos documentos relativos al mismo “caso”, pero estaban preparados de manera tal que permitiesen justificar las acciones de la Inquisición contra el ilustre sabio   [41•86 .

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p La publicación de Marini, evidentemente falsaria por su carácter, provocó la indignación general en el mundo científico de Europa. Hombres de ciencia exigieron al Vaticano que sacara a luz, en definitiva, todos los documentos referentes a la persecución inquisitorial de Galileo. La opinión pública obligó al Vaticano a ceder. Encargó de, hacerlos del dominio público al historiador clerical francés H. de l’Epinois, y en 1867 aparecieron reproducidos en su artículo Galileo, su proceso, su condenación, publicado por la revista Revue des questions historiques. No se conoce hasta ahora si se trataba de todos los documentos relativos al juicio de Galileo. Es posible que en el Vaticano se guarden todavía algunos otros. En todo caso—esto es muy significativo—, el Vaticano negó en su tiempo el acceso a los expedientes del proceso incluso al historiador alemán M. Cantor, católico ortodoxo, cuando escribía, por encargo de Pío IX, una historia apologética del Papado. Y también se lo negó a Alberi, primer editor de las obras completas de Galileo, que se imprimieron en Florencia de 1842 a 1856.

p Tres años después de la aparición del mencionado artículo de l’Epinois, el profesor Silvestre Gherardi publicó 14 documentos nuevos: protocolos de la Inquisición concernientes al “caso” de Galileo  [42•87 . Siendo ministro de Instrucción Pública del Gobierno revolucionario de Roma, en 1848—1849, Gherardi buscó en el archivo secreto del Vaticano documentos relacionados con aquel proceso. No pudo descubrir los expedientes—que después de errar entre París, Praga y Viena habían sido sustraídos, como queda dicho, por Marini—, pero tropezó con otros papeles. Apenas tuvo tiempo para copiar una parte de ellos. La derrota de la República obligó a Gherardi a huir de Roma. Pasó a Genova y 20 años después logró, por medio de sus amigos de Roma, procurarse los textos íntegros y publicarlos  [42•88 .

p También costó mucho trabajo descubrir y hacer públicos los documentos relativos al juicio promovido por la Inquisición contra Giordano Bruno.

p En 1848, Domenico Berti, ministro de Instrucción Pública de la República Romana y biógrafo de Bruno, exigió que se le entregaran los documentos del archivo secreto del 43 Vaticano concernientes al proceso. La respuesta enviada por orden de Pío IX a Berti, decía: "Los archivos del Santo Oficio, examinados de la manera más escrupulosa y estudiados atentamente, demuestran que Giordano Bruno fue procesado en su tiempo. Pero los archivos no proporcionan ningún dato que permita establecer qué sentencia se pronunció con motivo de la acusación que se le había presentado. Es todavía menos posible dilucidar si hubo a continuación veredicto alguno. Un investigador profundo que ha estudiado los papeles conservados en el archivo, informa: "La mayoría de las carpetas con documentos concernientes al caso están llenas de papeles cubiertos de tinta desteñida. Por consiguiente, gran parte de los documentos representan hojas oscurecidas, de las que sólo puede decirse que en tiempos habían sido llenadas"  [43•89 .

p Como veremos más adelante, la respuesta del Papa al ministro era la mentira más descarada. Sin embargo, Berti consiguió varios documentos referentes al proceso contra Bruno y los publicó en 1876, en su libro titulado Suerte del copernicano en Italia. Pero los propios expedientes del proceso continuaron siendo guardados bajo siete llaves en los escondrijos del Vaticano.

p En 1886, Gregorio Palmieri, uno de los encargados del archivo secreto del Vaticano, dio por casualidad con esos expedientes e informó de su hallazgo al Papa León XIII. El sumo pontífice exigió que se los presentasen y ordenó al archivero guardar silencio. En 1925 se publicaron en Italia 26 documentos de la Inquisición, hasta entonces desconocidos, que guardaban relación con el caso de Bruno. En el mismo año, el cardenal Mercati, guardián jefe de dicho archivo, descubrió entre los papeles de Pío IX otro ejemplar de la causa de Bruno. Habiendo llegado hasta la prensa esta noticia, el Vaticano se vio constreñido a autorizar la publicación de los expedientes, lo que tardó en realizarse 15 años, hasta 1942  [43•90 . Así pues, el mundo se enteró detalladamente del proceso inquisitorio contra Giordano Bruno ¡342 años después de su ejecución! Ese documento se editó 44 en ruso en 1958, traducido y comentado por A. Gorfúnkel  [44•91 .

p En el siglo XX, la publicación de documentos sobre la historia de la Inquisición en varios países aumentó notablemente. Sin embargo, sólo ha visto la luz una parte insignificante de los papeles archivados, mientras que la mayoria sigue siendo inaccesible para los investigadores. Baste decir que en el archivo nacional de España, en Simancas, se guardan unas 400.000 causas no publicadas del “santo” tribunal, y en el de Portugal, situado en Torre do Tombo, casi 40.000  [44•92 . Gran parte de esos documentos no han sido estudiados todavía por nadie. Queda mucho por hacer, en particular, en el estudio de la Inquisición portuguesa. El investigador más destacado de esta última sigue siendo hasta ahora Alejandro Herculano (1810- 1877)  [44•93 , cuya monografía sobre la historia del establecimiento de la Inquisición en Portugal dio principio al estudio científico de la actividad del “santo” tribunal lusitano.

p Romántico, liberal y anticlerical, Alejandro Herculano escribió su trabajo como "ejemplo para los descendientes”, para replicar a los reaccionarios que imputaban a los partidarios contemporáneos de la revolución francesa de 1789 y de las transformaciones burguesas la ferocidad, la inclemencia y el terrorismo. "Cuando nos lanzan todos los días en el rostro los desatinos de las modernas revoluciones, los excesos del pueblo irritado, los crímenes de algunos fanáticos y, si se quiere, de algunos hipócritas que proclaman ideas nuevas, séanos lícito someter a juicio el pasado, para ver a dónde podrán llevarnos otra vez las tendencias reaccionarias y si las opiniones ultramontanas e hipermonárquicas podrán darnos garantías de orden, de paz y de ventura, una vez que 45 renunciemos a los derechos de hombres libres y a las doctrinas de tolerancia...”. A continuación, refiriéndose a los 40.000 expedientes de la Inquisición portuguesa conservados en los archivos, señaló Herculano que "la providencia los ha salvado para que tomen venganza de muchos crímenes, y es posible que, imaginándonos actuar espontáneamente (se suponen los empeñados en denunciar las acciones de la Inquisición.—I. G.). no seamos nada más que un instrumento de la justicia divina"  [45•94 .

p Herculano "reveló la Inquisición portuguesa, tanto para el lector común como para los historiadores. Su investigación basada en los documentos del archivo de Torre do Tombo, que estuvo a sus órdenes durante muchos años, guarda hasta ahora su valor científico”.

p También fue rico en peripecias el descubrimiento de los crímenes perpetrados por la Inquisición en Hispanoamérica.

p Esos crímenes quedaron ocultos, por causas diversas, durante muchos decenios después de la expulsión de los colonizadores españoles y la formación de Estados latinoamericanos independientes. Puesto que los expulsados abrigaban la esperanza de regresar a sus colonias, los patriotas, temiendo la restauración, destruyeron en muchos lugares los archivos del odioso tribunal.

p Los inquisidores a su vez, por miedo al merecido castigo por parte de los patriotas escondieron o destruyeron, durante la Guerra de la Independencia, los papeles que los comprometían. Muchos documentos fueron robados o desaparecieron en el curso de las numerosas intervenciones extranjeras y guerras civiles, o como resultado de los incendios y terremotos. En 1815 se echaron a perder los muy valiosos archivos de la Inquisición depositados en Cartagena (ahora Colombia), cuando esa ciudad estuvo asediada, durante cien días, por las tropas punitivas españolas al mando del general Morillo. Los ocupantes norteamericanos que depredaron la capital de México en 1848, se llevaron no pocos documentos históricos preciosos, algunos de los cuales se referían a la actividad de la Inquisición. Sabido es que en tiempos de la intervención francesa en México, el sacerdote Fisher, confesor personal del emperador Maximiliano (1864-1867), llevó gran cantidad de documentos a Francia y al Vaticano. En 1888 se 46 consumieron en las llamas 12 cajas de documentos de la Inquisición pertenecientes al coronel norteamericano David Fergusson, que residió en México. La guerra chileno-peruana ocasionó la pérdida de valiosos papeles de archivo.

p A comienzos del siglo XX, especuladores norteamericanos en México hurtaron muchos documentos de la Inquisición para venderlos con gran provecho a personas particulares en los EE.UU. "La compraventa de papeles históricos mexicanos—citamos al historiador norteamericano Seymour B. Liebman—fue un negocio lucrativo. Esto indujo a varios individuos a robar algunos del Archivo General de la Nación, y a otros, a llevarlos de contrabando fuera de México, violando la legislación penal"  [46•95 .

p Se conocen algunas grandes transacciones de este género. En 1906, el librero norteamericano E. Nott Anable revendió en los EÉ. UU. 31 volúmenes de documentos de la Inquisición redactados entre los años 1601 y 1692. William Blake, otro contrabandista norteamericano, vendió en 1907 a una biblioteca particular de los EE.UU. 47 volúmenes de legajos de la Inquisición mexicana, embolsando 1.500 dólares.

p Aunque los documentos concernientes a la actividad de la Inquisición colonial se han conservado parcialmente en los archivos de los países latinoamericanos   [46•96 , el archivo principal, depositado en España, se consideraba perdido hasta el último cuarto del siglo XIX.

p En la segunda mitad del siglo XIX, al afianzarse la independencia de las naciones latinoamericanas y estabilizarse hasta cierto punto la situación política en algunas repúblicas, aparecieron los primeros trabajos dedicados a la historia de la Inquisición colonial.

p En 1863 se publicaron simultáneamente dos. El primero, titulado Los Anales de la Inquisición de Lima, se debió a Ricardo Palma (1833-1919), publicista y escritor peruano de vanguardia. Esa obra, que fue enmendada constantemente por el autor, alcanzó muchas ediciones y se edita también en nuestro tiempo, como parte de sus ensayos históricos populares unidos por un título común (Tradiciones). El 47 segundo trabajo, Lo que fue la Inquisición en Chile, publicado por la Revista de Buenos Aires, salió de la pluma del historiador liberal chileno Benjamín Vicuña-Mackenna. Al cabo de varios años, en 1868, vio la luz en Valparaíso otra investigación del mismo historiador, dedicada a Francisco Moyen, una de las víctimas del “santo” tribunal en Lima  [47•97 .

p Pero estos trabajos y otros que los siguieron revestían un carácter fragmentario y popular, porque los archivos de la Inquisición colonial habían desaparecido, y sin ellos era imposible reproducir el cuadro de la actividad del Santo Oficio. No se sabe cuánto tiempo habrían permanecido ocultos sus crímenes si no hubiera intervenido una feliz casualidad.

p En 1883 se restablecieron, 17 años después de su ruptura, las relaciones diplomáticas entre Chile y España. Fue nombrado secretario de la legación chilena en Madrid José Toribio Medina, (1852-1930), historiador joven y muy fructífero, autor de una historia (en tres tomos) de la literatura colonial en Chile y otras investigaciones.

p Habiendo empezado a desempeñar su cargo en la capital de España, Medina se apresuró a realizar su antiguo sueño: visitar el castillo del poblado de Simancas, sito en las proximidades de Valladolid, que por orden del emperador Carlos V fue convertido, en 1540, en depósito de documentos del Estado, incluyendo los concernientes a la administración de las colonias americanas.

p Cuando Medina visitó el archivo de Simancas, sus 51 salas estaban abarrotadas de decenas de miles de carpetas con documentos. Fue bastante difícil orientarse en ellos, porque no había inventario alguno. Pero el científico chileno, ávido de saber, no se arredró. Por espacio de muchas semanas, olvidándose de sus obligaciones diplomáticas, revolvió los antiguos legajos.

p Los esfuerzos de Medina culminaron con el éxito merecido. En uno de los sótanos, húmedo y oscuro, denominado Pozo del obispo, dio de repente con el archivo de la Inquisición colonial, que los científicos consideraban perdido desde hacía mucho tiempo. Pero dejemos la palabra al propio descubridor: "Cuando a fines de 1884 penetraba en el monumental archivo que se conserva en la pequeña aldea de Simancas estaba muy lejos de imaginarme que allí se guardaran los 48 papeles de los tribunales de la Inquisición que funcionaron en América, ni jamás se me había pasado por la mente ocuparme de semejante materia. Comencé, sin embargo, a registrar esos papeles en la expectativa de encontrar algunos datos de importancia para la historia colonial de Chile... Fuime engolfando poco a poco en su examen, hasta llegar a la convicción de que su estudio ofrecía un campo tan notable como vasto para el conocimiento de la vida de los pueblos americanos durante el gobierno de la metrópoli. Pude persuadirme, a la vez, que cuanto se había escrito sobre el particular estaba a enorme distancia de corresponder al arsenal de documentos allí catalogados, al interés y a la verdad del asunto que tenía ante mis ojos"  [48•98 .

p En dos años de trabajo en el archivo de Simancas, Medina efectuó un trabajo titánico, copiando con su propia mano miles de documentos. Los datos por él recogidos forman 65 volúmenes de gran tamaño, que se guardan ahora en el archivo nacional de Santiago de Chile. Después de regresar con ese equipaje precioso a la patria, el científico trabajó sin desmayo escribiendo una historia de la Inquisición en Hispanoamérica. Es de hacer notar, como testimonio de su fenomenal capacidad de trabajo, que en 1887, pasado sólo un año desde su retorno a Chile, publicó una extensa obra en dos tomos sobre la historia del tribunal de la Inquisición en el Perú. En 1890 apareció otra, también en dos tomos, titulada Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile. En 1899 salieron a luz simultáneamente ^tres investigaciones, sobre la actividad desarrollada por los tribunales inquisitorios en Cartagena, el Virreinato del Río de La Plata y en las Filipinas. En 1905 publicó Medina una monografía en dos tomos dedicada a la historia de la Inquisición en México, y en 1914 vio la luz su último trabajo de la misma serie: La Primitiva Inquisición Americana (1493-1569).

p En esas investigaciones, sin parangón por la amplitud de la documentación abarcada, se puso al desnudo por primera vez, en todos sus pormenores, la tenebrosa actividad del Santo Oficio en las colonias americanas de España. A diferencia de otros historiadores liberales de la Inquisición, que al relatar sus crímenes condenaban tajantemente a la Iglesia Católica 49 y a los colonizadores españoles en general, Medina se servía del método de exposición “objetivista”. Por lo común evitaba sacar conclusiones y lanzar acusaciones a la jerarquía eclesiástica y a las autoridades colegiales españolas; sólo reproducía los expedientes de procesos judiciales, actas de interrogatorios y torturas, sentencias del “santo” tribunal, comunicados oficiales sobre los autos de fe y otros documentos de los archivos de la Inquisición, dejando a cargo del propio lector las deducciones. Ese método se justificó por completo, ya que los eclesiásticos y sus adeptos no tenían pretexto para achacar al científico el deseo de “denigrar” a la Iglesia y a las autoridades coloniales  [49•99 .

p En vida de Medina, sus trabajos no tuvieron mucha difusión en América Latina, principalmente porque se tiraban nada más que 200-400 ejemplares,, y los clericales no tardaban en comprarlos todos para destruirlos.

p Sólo en 1915 se reeditó en Buenos Aires la mencionada monografía sobre la historia de la Inquisición en el Virreinato del Río de la Plata, y sólo en 1952, el Parlamento chileno aprobó, con motivo del centenario del nacimiento de Medina, una ley instituyendo el Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina, encargado de reeditar todas las obras del fecundo historiador. Por entonces aparecieron también en México y Colombia nuevas ediciones de sus libros dedicados a la historia de la Inquisición en esos países.

p Los trabajos de Medina fueron utilizados ampliamente por H. Ch. Lea. En 1908, poco antes de su muerte, publicó un libro titulado La Inquisición en las dependencias españolas, que se reeditó en 1922; por lo que sabemos, no ha sido traducido a otros idiomas.

p En el siglo XX vieron la luz varios trabajos nuevos, en particular sobre la historia de la Inquisición colonial en México. Es muy interesante una recopilación de documentos publicada por el historiador mexicano Jenaro García en 1906, con el título de La Inquisición de México  [49•100 . Contiene nuevos documentos también el libro La Inquisición en Hispanoamérica 50 (judíos, protestantes y patriotas), escrito por el historiador argentino Boleslao Lewin y editado en 1962 en Buenos Aires. Pero todos esos trabajos reportan pocos datos nuevos, en comparación con las investigaciones de José Toribio Medina, que continúan siendo la fuente principal de nuestros conocimientos sobre la actividad de la Inqusición colonial.

Así es cómo se han descubierto y han pasado a ser del dominio público los crímenes de la Inquisición, pero no todos, ni mucho menos, ni en todos los países. Muchos legajos del “santo” tribunal aún permanecen sepultados en archivos inaccesibles para los investigadores. El estudio y la denuncia pública de los mismos ampliarán y precisarán sin duda nuestros conocimientos sobre la actividad de esa peculiar institución eclesiástica.

* * *
 

Notes

[36•79]   Según datos muy incompletos de la bibliografía compuesta por E. van der Vekené, en el siglo XVI se editaron 109 libros y folletos sobre la Inquisición; eran 191 en el siglo XVII, 137 en el XVIII, 710 (todo género de publicaciones, comprendidos los artículos de revista) en el XIX y 859 en el XX hasta 1961, inclusive (E. van der Vekené. Bibliographie der Inquisition...).

[36•80]   G. Dellon. Relation de l’Inquisition de Goa. Leyde, 1687.

[37•81]   J. A. Llórente. Anales de ¡a Inquisición en España. Desde el establecimiento de la Inquisición por los reyes católicos hasta el año 1808, v. I-II. Madrid, 1812-1813.

[38•82]   Su exposición popular por Leonard Gallois, publicada en París en 1822, se imprimió 16 veces en varios idiomas (dos veces en ruso); otro libro al alcance de todos, basado en el de Llórente, obra de la escritora francesa Suberwick (conocida con el seudónimo V. de Féréal) alcanzó en 88 años (de 1845 a 1933) 40 ediciones.

[39•83]   La monografía Historia de ¡a Inquisición en la Edad Media de H. Ch. Lea, en dos tomos, se publicó en 1911-1912 en San Petersburgo, traducida al ruso por A. V. Bashkírov.

[39•84]   Ludwig von Pastor. Geschichte der Papste, Bd. 5. Freiberg in Breisgau, 1909, S. 712.

[41•85]   Véase V. S. Rozhitsin. Giordano Bruno y la Inquisición, p. 335.

[41•86]   Véase M. Ya. Vygodski. Galilea y la Inquisición,parlel, pp. 200—206.

[42•87]   S. Gherardi. // processo Galileo riveduto sopra documenti di nuova fonte. Firenze, 1870.

[42•88]   Véase V. S. Rozhitsin. Giordano Bruno y la Inquisición, p. 336.

[43•89]   Ibíd.

[43•90]   A. Mercati. // sommario del processo di Giordano Bruno con appendice di Documenti sull’eresia e l’Inquisizione a Modena nel secólo XVI. Cittá del Vaticano, 1942.

[44•91]   Giordano Bruno ante el tribunal de la Inquisición (resumen de la formación de causa). Traducción y comentarios de A. Gorfúnkel. En: Problemas de la historia de la religión y del ateísmo, Recopilación 6. M., 1958, pp. 349-416.

[44•92]   Muchos documentos de la Inquisición portuguesa han desaparecido. El palacio de la Inquisición en Lisboa, donde estaban depositados todos ellos, se incendió dos veces. En 1755 le causó grandes estragos un terremoto. Durante la ocupación francesa (1808-1812) sirvió de sede para el Estado Mayor de las tropas invasoras y en 1821 fue destruido por la población insurrecta de la capital portuguesa. En tales circunstancias, la conservación más o menos completa del archivo era completamente imposible.

[44•93]   A. Herculano. Historia de origem e establecimento da Inquisic,ao em Portugal, v. I-III. Lisboa, 1854-1859; A. Herculano. History of the Origin and Establishment of the Inquisition in Portugal. Stanford, 1926.

[45•94]   A. Herculano. History of the Origin and Establishment of the Inquisition in Portugal. Stanford, 1926, p. 200.

[46•95]   S. B. Liebman. A Cuide to Jewish References in the Me\ican Colonial Era. 1521-1821. Philadelphia, 1964, p. 109.

[46•96]   La mayor colección de documentos sobre la historia de la Inquisición colonial se encuentra en el Archivo General de México: cuenta con 1.553 volúmenes, que abarcan desde 1521 hasta 1823. Su registro consta de 15 tomos.

[47•97]   B. Vicuña-Mackenna. Francisco Moyen o lo que fue la Inquisición en América. Valparaíso, 1868.

[48•98]   J. Toribio Medina. Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Chile. Santiago de Chile, 1952, p. XI.

[49•99]   J. Toribio Medina fue un científico extraordinariamente fecundo. De su pluma salieron más de 300 libros y folletos y más de 500 artículos. Tuvo una biblioteca única en su género, de 40.000 volúmenes, que donó al Estado, legándole también su colección de documentos obre la historia de la Inquisición.

[49•100]   J. García. La Inquisición de México. 1906.