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NUESTRA REVOLUCIÓN
(A PROPOSITO DE LAS NOTAS DE N. SUJANOV)
 

I

p Estos días he hojeado las notas de Sujánov sobre la revolución. Salta a la vista, sobre todo, la pedantería de todos nuestros demócratas pequeñoburgueses, así como de todos los "héroes" de la II Internacional. Sin hablar ya de que son cobardes en grado sumo y de que incluso los mejores de ellos se deshacen en excusas cuando se trata de la menor desviación del modelo alemán, omisión hecha de esta cualidad de todos los demócratas pequeñoburgueses, harto manifestada por ellos durante toda la revolución, salta a la vista el servilismo con que imitan el pasado.

p Todos ellos se dicen marxistas, pero entienden el marxismo de una manera pedante hasta lo imposible. No han comprendido en absoluto lo decisivo del marxismo, a saber: su dialéctica revolucionaria. No han comprendido en absoluto ni aun las indicaciones directas de Marx de que en los momentos de revolución hay que mostrar la máxima flexibilidad^^235^^ y ni siquiera se han fijado, por ejemplo, en las indicaciones que hizo Marx en su correspondencia, que, si mal no recuerdo, data del año 1856, en la cual expresaba su esperanza de que la guerra campesina de Alemania, que podía crear una situación revolucionaria, se fundiese con el movimiento obrero^^236^^. Incluso eluden esta indicación directa y dan vueltas y más vueltas alrededor de ella como el gato alrededor de la leche caliente.

p Se muestran en toda su conducta como unos medrosos reformistas que temen apartarse de la burguesía y, más aún, romper con ella, encubriendo al mismo tiempo su cobardía con las más desfachatadas palabrería y jactancia. Pero incluso en el aspecto puramente teórico salta a la vista en tocios ellos su plena incapacidad para comprender las siguientes consideraciones del marxismo: han visto hasta ahora un camino determinado de desarrollo del capitalismo y de la democracia burguesa en Europa Occidental y no les cabe en la cabeza que este camino pueda ser tenido por modelo mutatis mutandis, es decir, sólo introduciendo en él ciertas enmiendas (insignificantes por completo desde el punto de vista del devenir de la historia universal).

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p Primero: una revolución relacionada con la primera guerra imperialista mundial. En tal revolución debían manifestarse rasgos nuevos o modificados, debido precisamente a la guerra, porque jamás ha habido en el mundo una guerra como ésta y en situación semejante. Seguimos viendo aun hoy que la burguesía de los países más ricos no puede “normalizar” las relaciones burguesas después de esta guerra, mientras que nuestros reformistas, pequeños burgueses que se las dan de revolucionarios, tenían y tienen por límite (insuperable, además) las relaciones burguesas normales, comprendiendo esta “normalidad” de una manera harto estereotipada y estrecha.

p Segundo: les es completamente ajena toda idea de que, dentro de las leyes objetivas generales a que está sujeto el desarrollo de toda la historia universal, en modo alguno se excluyen, antes al contrario, se presuponen, períodos determinados de desarrollo que constituyen una peculiaridad bien por la forma bien por el orden del mismo. Ni siquiera se les ocurre, por ejemplo, que Rusia, situada en la divisoria entre los países civilix.ados y los que han emprendido definitivamente la primera vez, a causa de esta guerra, el camino de la civilizaron—los países de todo el Oriente, los países no europeos—, que Rusia, digo, podía y debía mostrar, por eso, ciertas peculiaridades que, claro está, no se salen de la pauta general del desarrollo mundial, pero que distinguen su revolución de todas las revoluciones anteriores habidas en los países de Europa Occidental, introducen algunas innovaciones parciales al desplazarse a los países orientales.

p Por ejemplo, no puede ser más estereotipada la argumentación que ellos emplean, y que se aprendieron de memoria en la época del desarrollo de la socialdemocracia euroccidental, de que nosotros no hemos madurado para el socialismo, de que en nuestro país no existen, como se expresan diversos señores “doctos” de entre ellos, las premisas económicas objetivas para el socialismo. Y a ninguno de ellos se le ocurre preguntarse: un pueblo que afrontó una situación revolucionaria como la formada durante la primera guerra imperialista, ¿no podía, bajo la influencia de su situación desesperada, lanzarse a una lucha que le brindase, por lo menos, alguna probabilidad de conquistar para sí condiciones no corrientes del todo para el progreso sucesivo de la civilización?

p “Rusia no ha alcanzado tal nivel de desarrollo de las fuerzas productivas que haga posible el socialismo.” Todos los "héroes" de la II Internacional, y entre ellos, naturalmente, Sujánov, van y vienen con esta tesis como chico con zapatos nuevos. Repiten de mil maneras esta tesis indiscutible y les parece decisiva para enjuiciar nuestra revolución.

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p Pero ¿y si lo peculiar de la situación llevó a Rusia a la guerra imperialista mundial, en la que intervinieron todos los países más o menos importantes de Europa Occidental, y puso su desarrollo al borde de las revoluciones de Oriente, que estaban comenzando y en parte habían comenzado ya, en unas condiciones que nos permitían poner en práctica precisamente esa alianza de la "guerra campesina" con el movimiento obrero, de la que escribió como de una perspectiva probable en 1856 un “marxista” como Marx, refiriéndose a Prusia?

p ¿Y si una situación absolutamente sin salida que, por lo mismo, decuplicaba las fuerzas de los obreros y los campesinos, nos brindaba la posibilidad de pasar de distinta manera que en todos los demás países de Occidente de Europa a la creación de las premisas fundamentales de la civilización? ¿Ha cambiado a causa de eso la pauta general del devenir de la historia universal? ¿Ha cambiado por ello la correlación esencial de las clases fundamentales en cada país que entra, que ha entrado ya en el curso general de la historia universal?

p Si para crear el socialismo se exige un determinado nivel cultural (aunque nadie puede decir cuál es este determinado "nivel cultural”, va que es diferente en cada uno de los países de Europa Occidental), ¿por qué, pues, no podemos comenzar primero por la conquista revolucionaria de las premisas para este determinado nivel, y lanzarnos luego, respaldados con el poder obrero y campesino y con el régimen soviético, a alcanzar a otros pueblos?

16 de enero de 1923.

II

p Para crear el socialismo—decís—hace falta civilización. Muy bien. ¿Y por qué no hemos de poder crear primero en nuestro país premisas cíe civilización como la expulsión de los terratenientes y de los capitalistas rusos y comenzar luego ya el avance hacia el socialismo? ¿En qué libros habéis leído que semejantes alteraciones del orden histórico habitual sean inadmisibles o imposibles?

p Recuerdo que Napoleón escribió: " On s’engage et puis... on voit”, lo que, traducido libremente, quiere decir: "Primero se entabla el combate serio, y ya se verá lo que pasa”. Pues bien, nosotros entablamos primero, en octubre de 1917, el combate serio y luego vimos ya pormenores del decurso (desde el punto de vista de la historia universal, son, sin duda, pormenores) como la paz de Brest o la nueva política económica, etc. Y hoy no cabe ya duda de que, en lo fundamental, hemos triunfado.

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p Nuestros Sujánov, sin hablar ya de los socialdemócratas que están más a la derecha, no se imaginan siquiera que, en general, Jas revoluciones no pueden hacerse de otra manera. Nuestros pequeños burgueses europeos no ven ni en sueños que las revoluciones venideras en los países de Oriente, incomparablemente más poblados, los cuales se distinguen incomparablemente más por la diversidad de condiciones sociales, les ofrecerán, sin duda, más peculiaridades que la revolución rusa.

p Ni que decir tiene que un manual escrito según las ideas de Kautsky era algo muy útil en su tiempo. Pero ya va siendo hora de cambiar de pensamiento de que este manual prevé todas las formas de desarrollo de la historia universal. Sería oportuno declarar simples mentecatos a quienes así lo creen.

p 17 de enero de 1923.

p Publicado el 30 de mayo de 1923 en el núm. 117 de “Pravda”. Firmado: N. Le ni n.

T. 45, págs. 378-382.

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Notes