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II CONGRESO DE LA INTERNACIONAL COMUNISTA
19 DE JL’UO-7 DF AGOSTO DK KM)
 

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INFORME SOBRE LA SITUACIÓN
INTERNACIONAL
Y LAS TAREAS FUNDAMENTALES
DE LA INTERNACIONAL COMUNISTA
19 DE JULIO

p

(Clamorosa ovación. Todos se ponen en pie y aplauden. El orador intenta hablar, pero siguen los aplausos y las exclamaciones en todas las lenguas. La ovación dura largo rato.)

p Camaradas: Las tesis sobre los problemas relativos a las tareas fundamentales de la Internacional Comunista han sido publicadas en todos los idiomas y no representan algo sustancialinente nuevo (en particular para los camaradas rusos), ya que en grado considerable hacen extensivos a una serie de países occidentales, a Europa Occidental, ciertos rasgos básicos de nuestra experiencia revolucionaria y las enseñanzas de nuestro movimiento revolucionario. Por eso, en mi informe me detendré con algo más de detalle, aunque brevemente, en la primera parte del tema que me ha sido asignado: la situación internacional.

p Las relaciones económicas del imperialismo constituyen la base de la situación internacional hoy existente. A lo largo de todo el siglo XX se ha definido por completo esta nueva fase del capitalismo, su fase superior y última. Todos vosotros sabéis, claro está, que el rasgo más característico y esencial del imperialismo consiste en que el capital ha alcanzado proporciones inmensas. La libre competencia ha sido sustituida por un monopolio gigantesco. Un número insignificante de capitalistas ha podido, a veces, concentrar en sus manos ramas industriales enteras, las cuales han pasado a las alianzas, cárteles, consorcios y trusts, con frecuencia 455 de carácter internacional. De este modo, los monopolistas se han apoderado de ramas enteras de la industria en el aspecto financiero, en el aspecto del derecho de propiedad y, en parte, en el aspecto de la producción, no sólo en algunos países, sino en el mundo entero. Sobre esta base se ha desarrollado el dominio, antes desconocido, de un número insignificante de los mayores bancos, reyes financieros y magnates de las finanzas, que, en la práctica, han transformado incluso las repúblicas más libres en monarquías financieras. Antes de la guerra, esto era reconocido públicamente por escritores que no tienen nada de revolucionarios, como, por ejemplo, Lysis en Francia.

p Este dominio de un puñado de capitalistas alcanzó su pleno desarrollo cuando todo el globo terráqueo quedó repartido no sólo en el sentido de conquista de las distintas fuentes de materias primas y de medios de producción por los capitalistas más fuertes, sino también en el sentido de haber terminado el reparto preliminar de las colonias. Hace unos cuarenta años, la población de las colonias sometidas por seis potencias capitalistas apenas pasaba de doscientos cincuenta millones de seres. En vísperas de la guerra de 1914, en las colonias había ya cerca de seiscientos millones de habitantes, y si agregamos países como Persia, Turquía y China, que entonces eran ya semicolonias, resultará, en cifras redondas, una población de mil millones, que era oprimida mediante la dependencia colonial por los países más ricos, más civilizados y más libres. Y vosotros sabéis que, además de la dependencia jurídica directa de carácter estatal, la dependencia colonial presupone toda una serie de relaciones de dependencia financiera y económica, presupone toda una serie de guerras, que no eran consideradas como tales porque consistían, a menudo, en que las tropas imperialistas europeas y norteamericanas, pertrechadas con las más perfectas armas de exterminio, reprimían a los habitantes inermes e indefensos de las colonias.

p De este reparto de toda la tierra, de este dominio del monopolio capitalista, de este poder omnímodo de un insignificante puñado fie los mayores bancos—dos, tres, cuatro o, a lo sumo, cinco por Estado—nació, de modo ineluctable, la primera guerra imperialista de 1914-1918. Esa guerra se hizo para repartir de nuevo el mundo entero. Se hizo para determinar cuál de los dos grupos insignificantes de los mayores Estados—el inglés o el alemán—recibiría la posibilidad y el derecho de saquear, oprimir y explotar toda la Tierra. Como sabéis, la guerra decidió la cuestión en favor del grupo inglés. Y como resultado de esa guerra, nos encontramos ante una exacerbación incomparablemente mayor de todas las contradicciones capitalistas. La guerra lanzó 456 de golpe a unos doscientos cincuenta millones de habitantes de la Tierra a una situación equivalente a la de las colonias. Lanzó a esa situación a Rusia, en la que deben contarse cerca de ciento treinta millones, a Austria-Hungría, Alemania y Bulgaria, que suman en total no menos de ciento veinte millones. Doscientos cincuenta millones de habitantes de países que, en parte, figuran entre los más avanzados, entre los más cultos e instruidos, como Alemania, y que en el aspecto técnico se encuentran, igual que ella, al nivel del progreso contemporáneo. Por medio del tratado de Versalles, la guerra impuso a esos países condiciones tales que pueblos avanzados se vieron reducidos a la dependencia colonial, a la miseria, el hambre, la ruina y la falta de derechos, pues en virtud del tratado están maniatados para muchas generaciones y puestos en condiciones que no ha conocido ningún pueblo civilizado. He aquí el cuadro que ofrece el mundo: nada más acabada la guerra, no menos de mil doscientos cincuenta millones de seres son víctimas de la opresión colonial, víctimas de la explotación del capitalismo feroz, que se jactaba de su amor a la paz y que tenía cierto derecho a jactarse de ello hace cincuenta años, cuando la Tierra no estaba repartida todavía, cuando el monopolio no dominaba aún, cuando el capitalismo podía desarrollarse de modo relativamente pacífico, sin conflictos bélicos colosales.

p En la actualidad, después de esa época "pacífica”, asistimos a una monstruosa exacerbación de la opresión, vemos el retorno a una opresión colonial y militar mucho peor que la anterior. El tratado de Versalles ha colocado a Alemania, y a toda una serie de Estados vencidos, en una situación que hace materialmente imposible su existencia económica, en una situación de plena carencia de derechos y de humillación.

p ¿Qué número de naciones se ha aprovechado de ello? Para responder a esta pregunta debemos recordar que la población de los Estados Unidos de América—los únicos que han ganado en la guerra de modo pleno y se han transformado por completo, de un país con gran cantidad de deudas, en un país al que todos le deben—no pasa de cien millones de almas. El Japón, que ha ganado muchísimo al permanecer al margen del conflicto europeo-norteamericano y apoderarse del inmenso continente asiático, tiene cincuenta millones cíe habitantes. Inglaterra, que después de esos países ha ganado más que nadie, cuenta con una población de cincuenta millones. Y si agregamos los Estados neutrales, cuya población es muy pequeña y que se han enriquecido durante la conflagración, obtendremos, en cifras redondas, doscientos cincuenta millones.

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p Así tenéis, pues, trazado en líneas generales, el cuadro del mundo después cíe la guerra imperialista. Colonias oprimidas con una población de mil doscientos cincuenta millones de seres países que son despedazados vivos, como Persia, Turquía y China países que, derrotados, han sido reducidos a la situación de colonias. No más de doscientos cincuenta millones en países que han mantenido su vieja situación, pero que han caído, todos ellos, bajo la dependencia económica de Norteamérica y que durante toda la guerra dependieron en el aspecto militar, pues la contienda abarcó al mundo entero y no permitió ni a un solo Estado permanecer neutral de verdad. Y, por último, no más de doscientos cincuenta millones de habitantes en países en los que, por supuesto, se han aprovechado del reparto de la Tierra únicamente las altas esferas, únicamente los capitalistas. En total, cerca de mil setecientos cincuenta millones de personas que forman toda la población del globo. Quisiera recordaros este cuadro del mundo porque todas las contradicciones fundamentales del capitalismo, del imperialismo, que conducen a la revolución; todas las contradicciones fundamentales en el movimiento obrero, que condujeron a la lucha más encarnizada con la II Internacional, y de lo cual ha hablado el camarada presidente, todo eso está vinculado al reparto de la población de la Tierra.

p Es claro que las cifras citadas ilustran en rasgos generales, fundamentales, el cuadro económico del mundo. Y es natural, camaradas, que sobre la base de ese reparto de la población de toda la Tierra haya aumentado en muchas veces la explotación del capital financiero, de los monopolios capitalistas.

p No sólo las colonias y los países vencidos se ven reducidos a un estado de dependencia; en el interior mismo de cada país victorioso se han desarrollado las contradicciones más agudas, se han agravado todas las contradicciones capitalistas. Lo mostraré brevemente con algunos ejemplos.

p Tomad la deuda pública. Sabemos que las deudas de los principales Estados europeos han aumentado, de 1914 a 1920, no menos de siete veces. Citaré una fuente económica más, que adquiere una importancia muy grande: es Keynes, diplomático inglés y autor del libro Las consecuencias económicas de la paz. Por encargo de su gobierno, Keynes participó en las negociaciones de paz de Versalles, las siguió sobre el terreno con un criterio puramente burgués, estudió el asunto paso a paso, en detalle, y, como economista, tomó parte en las conferencias. Ha llegado a conclusiones que son más tajantes, más evidentes y más edificantes que cualquiera otra de un revolucionario comunista, pues las hace un burgués auténtico, un enemigo implacable del bolchevismo, del 458 cual traza, como filisteo inglés, un cuadro monstruoso, bestial y feroz. Keynes ha llegado a la conclusión de que, con el tratado de Versalles, Europa y el mundo entero van a la bancarrota. Keynes ha dimitido, ha arrojado su libro a la cara del gobierno y ha dicho: Hacen una locura. Os citaré sus cifras que, en conjunto, se reducen a lo siguiente:

p ¿Qué relaciones de deudores y acreedores se han establecido entre las principales potencias? Convierto las libras esterlinas en rublos oro, al cambio de diez rublos oro por libra esterlina, y he aquí lo que resulta: los Estados Unidos tienen un activo de diecinueve mil millones; su pasivo es nulo. Hasta la guerra eran deudores de Inglaterra. En el último Congreso del Partido Comunista de Alemania, el 14 de abril de 1920, el camarada Levi señalaba con razón en su informe que sólo quedan dos potencias que actúan hoy independientes en el mundo: Inglaterra y Norteamérica. Pero sólo Norteamérica sigue siendo independiente en absoluto desde el punto de vista financiero. Antes de la guerra era deudora; hoy es sólo acreedora. Todas las demás potencias del mundo han contraído deudas. Inglaterra se ve reducida a la siguiente situación: activo, diecisiete mil millones; pasivo, ocho mil millones; es ya mitad deudora. Además, en su activo figuran cerca de seis mil millones que le debe Rusia. En esa deuda se incluyen los stocks militares que Rusia compró durante la guerra. No hace mucho, cuando Krasin, en su calidad de representante del Gobierno soviético de Rusia, tuvo ocasión de conversar con Lloyd George sobre los convenios relativos a las deudas, explicó claramente a los científicos y a los políticos dirigentes deKiobierno inglés que se equivocaban de medio a medio si pensaban cobrar estas deudas. Y el diplomático inglés Keynes les había ya revelado este error.

p Por supuesto, la cuestión no depende sólo del hecho, y ni siquiera del hecho, de que el gobierno revolucionario ruso no desee pagar las deudas. Ningún gobierno se avendría a liquidarlas, por la sencilla razón de que estas deudas no representan más que los intereses usurarios de lo que ha sido ya pagado una veintena de veces, y este mismo burgués Keynes, que no siente ninguna simpatía por el movimiento revolucionario ruso, dice: "Está claro que estas deudas no pueden ser tenidas en cuenta".

p Por lo que se refiere a Francia, Keynes aduce cifras como éstas: su activo es de tres mil millones y medio, su pasivo, ¡de diez mil millones y medio! Y éste es el país del cual decían los franceses mismos que era el usurero cíe todo el mundo, porque sus “ahorros” eran colosales y el saqueo colonial y financiero, que le había proporcionado un capital gigantesco, le permitía otorgar 459 préstamos de miles y miles de millones, en particular a Rusia. Francia obtenía de estos préstamos beneficios fabulosos. Y a pesar de ello, a pesar de la victoria, Francia se ha convertido en deudora.

p Una fuente burguesa norteamericana, citada por el camarada Braun, comunista, en su libro ¿Quién debe pagar las deudas de guerra? (Leipzig, 1920), define de la manera siguiente la relación que existe entre las deudas y el patrimonio nacional: en los países victoriosos, en Inglaterra y Francia, las deudas representan más del 50% del patrimonio nacional. En lo que atañe a Italia, este porcentaje es de 60 a 70 y, en cuanto a Rusia, de 90; pero, como sabéis, estas deudas no nos inquietan, pues poco antes de que apareciese el libro de Keynes, habíamos seguido su excelente consejo: habíamos anulado todas nuestras deudas. (Clamorosos aplausos.)

p Keynes no hace más que revelar, en este caso, su habitual rareza de filisteo: al aconsejar la anulación de todas las deudas, declara que, por supuesto, Francia sólo saldrá ganando; que, desde luego, Inglaterra no perderá gran cosa, pues, de todos modos, no se podría sacar nada de Rusia; Norteamérica perderá mucho, pero Keynes cuenta con ¡"la generosidad" norteamericana! En este terreno no compartimos las concepciones de Keynes ni de los demás pacifistas pequeñoburgueses. Creemos que para conseguir la anulación de las deudas tendrán que esperar otra cosa y trabajar en una dirección un tanto diferente, y no en la de contar con "la generosidad" de los señores capitalistas.

p De estas cifras, muy concisas, se infiere que la guerra imperialista ha creado también para los países victoriosos una situación imposible. Así lo indica igualmente la enorme desproporción entre los salarios y la subida de los precios. El 8 de marzo de este año, el Consejo Supremo de Economía, institución encargada de defender el orden burgués del mundo entero contra la creciente revolución, adoptó una resolución que terminaba con un llamamiento al orden, a la laboriosidad y al ahorro, a condición, claro está, de que los obreros sigan siendo esclavos del capital. Este Consejo Supremo de Economía, órgano de la Entente, órgano de los capitalistas de todo el mundo, hizo el siguiente balance.

p En los Estados Unidos de América, los precios de los productos alimenticios han subido en un promedio de 120%, mientras que los salarios han aumentado sólo en el 100%. En Inglaterra, los productos alimenticios han subido en el 170%; los salarios, en el 130%. En Francia, los precios de los víveres han aumentado en el 300%; los salarios, en el 200%. En el Japón, los precios han subido en el 130%; los salarios, en el 60% (confronto las cifras indicadas 460 por el camarada Braun en su folleto y las del Consejo Supremo de Economía publicadas por el Times el 10 de marzo de 1920).

p Está claro que, en semejante situación, son inevitables el crecimiento de la indignación de los obreros, el desarrollo de las ideas y del estado de ánimo revolucionarios y el aumento de las huelgas espontáneas de masas. Porque la situación de los obreros se hace insoportable. Estos se convencen por propia experiencia de que los capitalistas se han enriquecido inmensamente con la guerra, cuyos gastos y deudas hacen recaer sobre las espaldas de los obreros. Recientemente, un telegrama nos comunicaba eme Norteamérica quiere repatriar a Rusia a quinientos comunistas más para desembarazarse de estos "peligrosos agitadores".

p Pero aunque Norteamérica nos enviase no quinientos, sino quinientos mil “agitadores” rusos, norteamericanos, japoneses o franceses, las cosas no cambiarían, pues subsistiría la desproporción de los precios, contra la que no pueden hacer nada. Y no pueden hacer nada porque la propiedad privada se protege allí rigurosamente, porque para ellos es “sagrada”. No debe olvidarse eme la propiedad privada de los explotadores ha sido abolida sólo en Rusia. Los capitalistas no pueden hacer nada contra esa desproporción de los precios, y los obreros no pueden vivir con los antiguos salarios. Contra esta calamidad no sirve ningún viejo método; ni las huelgas aisladas, ni la lucha parlamentaria, ni la votación pueden hacer nada, porque "la propiedad privada es sagrada”, y los capitalistas han acumulado tales deudas que el mundo entero está avasallado por un puñado de personas. Por otra parte, las condiciones de existencia de los obreros se hacen más y más insoportables. No hay más salida que abolir "la propiedad privada" de los explotadores.

p En su folleto Inglaterra y la revolución mundial, del cual nuestro Noticiero del (lomisariado del Pueblo de Negocios Extranjeros de febrero de 1920 ha publicado valiosos extractos, el camarada Lapinski indica eme en Inglaterra los precios del carbón de exportación han sido el doble más elevados que los previstos por los medios industriales oficiales.

p En Lancashire se ha llegado a una alza del valor de las acciones de un 400%. Los beneficios de los bancos constituyen del 40 al 50%, como mínimo; además se debe señalar que, cuando se trata de determinar sus beneficios, todos los banqueros saben encubrir la parte leonina no llamándola beneficios, sino disimulándola bajo la forma de primas, bonificaciones, etc. Así pues, también en este caso, los hechos económicos indiscutibles muestran eme la riqueza de un puñado ínfimo de personas ha crecido de manera increíble, que un lujo inaudito rebasa tochas los límites, mientras que la 461 miseria de la clase obrera se agrava sin cesar. Por otra parte, hay que señalar, en particular, una circunstancia que el camarada Levi ha subrayado con extraordinaria claridad en su informe: la modificación del valor del dinero. A consecuencia de las deudas, de la emisión de papel moneda, etc., el dinero se ha desvalorizado en todas partes. La misma fuente burguesa que he citado ya, es decir, la cleclaración del Consejo Supremo de Economía del 8 de marzo de 1920, estima eme, en Inglaterra, la ciepreciación de la moneela con relación al dcilar es aproximadamente de un tercio; en Francia y en Italia, cíe dos tercios, y en Alemania, llega al 96%.

p Este hecho muestra que el “mecanismo” de la economía capitalista mundial se está descomponiendo por entero. Es imposible continuar las relaciones comerciales de las que dependen, bajo el régimen capitalista, la obtención de materias primas y la venta de los productos manufacturados; no pueden continuar precisamente porque toda una serie de países se hallan sometidos a uno solo a causa de la depreciación monetaria. Ninguno de los países ricos puede vivir ni comerciar, porque no puede vender sus productos ni recibir materias primas.

p Resulta, pues, que Norteamérica misma, el país más rico, al que están sometidos tóelos los demás países, no pueele comprar ni vender. Y ese mismo Keynes, que ha conocido todos los recovecos y peripecias de las negociaciones de Versalles, se ve obligado a reconocer esta imposibilidad, pese a su firme decisión de defender el capitalismo y a despecho de todo su odie) al bolchevismo. Dicho sea de paso, no creo que ningún llamamiento comunista, o, en general, revolucionario, pueda compararse, por su vigor, con las páginas en eme Keynes pinta a Wilson y "el wilsonismo" en acción. Wilson fue el íelolo de los pequeños burgueses y cíe los pacifistas tipo Keynes y de cierteis "héroes" de la II Internacional (e incluso de la Internacional "II y media"^^155^^) cjue han exaltado sus "14 puntos" 15fi y escrito hasta libros “sabios” acerca de "las raíces" de la política wilsoniana, esperando que Wilson salvaría "la paz social”, reconciliaría a los explotadores con los explotados y efectuaría reformas sociales. Keynes ha mostrado con toda evidencia que Wilson ha resultado ser un tonto y que tóelas esas ilusiones se han esfumado al primer contacto con la política práctica, mercantilista y traficante del capital, encarnada por los señores Clemenceau y Lloyd Cee>rge. Las masas obreras ven ahora con claridad creciente por la experiencia de su propia vida, y los sabie>s pedantes podrían verlo con la sola lectura ciel libro de Keynes, que "las raíces" de la política de Wilson estribaban seSlo en la necedad clerical, la fraseología pequeñoburguesa y la total incomprensión de la lucha de clases.

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p De todo eso dimanan de modo completamente inevitable y natural dos condiciones, dos situaciones fundamentales. De una parte, la miseria y la ruina de las masas se han acrecentado de manera inaudita, principalmente en lo que concierne a mil doscientos cincuenta millones de seres humanos, o sea, al 70% de la población del globo. Se trata de las colonias y los países dependientes, cuya población está privada de todo derecho jurídico, de países colocados "bajo el mandato" de los bandidos de las finan/as. Y, además, la esclavitud de los países vencidos ha sido refrendada por el tratado de Versalles y los acuerdos secretos relativos a Rusia, que, a decir verdad, tienen a veces tanto valor como los papeluchos en que se ha escrito que debemos tantos y cuantos miles de millones. Presenciamos en la historia mundial el primer caso de confirmación jurídica de la expoliación, la esclavitud, la dependencia, la miseria y el hambre de mil doscientos cincuenta millones de seres humanos.

p De otra parte, en cada país que se ha convertido en acreedor, la situación de los obreros se ha hecho insoportable. La guerra ha agravado al máximo todas las contradicciones capitalistas, y en ello está el origen de esa profunda efervescencia revolucionaria, que se acrecienta, porque durante la guerra los hombres se hallaban bajo el régimen de la disciplina militar, eran lanzados a la muerte o amenazados de una represión militar inmediata. Las condiciones impuestas por la guerra no dejaban ver la realidad económica. Los escritores, los poetas, los curas y toda la prensa no hacían más que glorificar la guerra. Ahora, cuando la guerra ha terminado, han comenzado los desenmascaramientos. Se ha desenmascarado el imperialismo alemán con su paz de Brest-Litovsk. Está desenmascarada la paz de Versalles, que debía ser la victoria del imperialismo y ha resultado ser su derrota. El ejemplo de Keynes muestra, entre otras cosas, que decenas y centenares de miles de pequeños burgueses, de intelectuales o simplemente de personas un tanto desarrolladas y cultas de Europa y EE. UU. se han visto obligados a emprender la misma senda que él, que ha presentado su dimisión y arrojado a la cara de su gobierno el libro que lo desenmascara. Keynes ha mostrado lo que ocurre y ocurrirá en la conciencia de miles y centenares de miles de personas cuando comprendan que todos los discursos sobre "la guerra por la libertad”, etc., han sido puro engaño y que, a consecuencia de la guerra, se ha enriquecido sólo una ínfima minoría, mientras que los demás se han arruinado y han quedado sojuzgados. Porque el burgués Keynes declara que los ingleses, para proteger su vida y para salvar la economía inglesa, deben conseguir ¡que entre Alemania y Rusia se reanuden las relaciones comerciales libres! 463 Pero ¿romo conseguirlo? ¡Anulando todas las deudas, como propone él! Esta es una idea que no pertenece sólo al científico economista Keynes. Millones de personas llegan y llegarán a esta idea. Y millones de personas oyen declarar a los economistas burgueses que la única salida consiste en anular las deudas; que, por consiguiente, "¡malditos sean los bolcheviques!" (que las han anulado) y ¡¡hagamos un llamamiento a "la generosidad" de Norteamérica!! Creo que se debería enviar en nombre del congreso de la Internacional Comunista un mensaje de gratitud a estos economistas que hacen agitación a favor del bolchevismo.

p Si, de una parte, la situación económica de las masas se ha hecho insoportable; si, de otra parte, en el seno de la ínfima minoría de los omnipotentes países vencedores se ha iniciado y se acelera la descomposición que ilustra Keynes, presenciamos en realidad cómo maduran las dos condiciones de la revolución mundial.

p Tenemos ahora ante nuestra vista un cuadro algo más completo del mundo. Sabemos lo que significa esta dependencia de un puñado de ricachones, a la que están sujetos mil doscientos cincuenta millones de seres colocados en condiciones de existencia inaguantables. De otro lado, cuando se ofreció a los pueblos el Pacto de la Sociedad de Naciones, en virtud del cual ésta declara que ha puesto fin a las guerras y que en adelante no permitirá a nadie quebrantar la paz; cuando este pacto—última esperanza de las masas trabajadoras del mundo entero—entró en vigor, eso fue para nosotros la victoria más grande. Cuando no había entrado aún en vigor, decían: Es imposible no imponer condiciones especiales a un país como Alemania; cuando haya un tratado, ya verán que todo marchará bien. Pero cuando este pacto se publicó, ¡los furibundos enemigos del bolchevismo tuvieron que renegar de él!’Tan pronto como el pacto empezó a entrar en vigor, resultó que el grupito de países más ricos, este "cuarteto de gente gorda" —Clemenceau, Lloyd George, Orlando y Wilson—¡quedó encargado de arreglar las nuevas relaciones! ¡Y cuando pusieron en marcha la máquina del pacto, ésta llevó a la ruina total!

p Lo hemos visto en las guerras contra Rusia. Débil, arruinada y abatida, Rusia, el país más atrasado, lucha contra todas las naciones, contra la alianza de Estados ricos y poderosos que dominan al mundo, y sale vencedora de esta lucha. No podíamos oponer fuerzas un tanto equivalentes, y, sin embargo, salimos vencedores. ¿Por qué? Porque no había ni sombra de unidad entre ellos, porque cada potencia actuaba contra otra. Francia quería que Rusia le pagase las deudas y se convirtiese en una fuerza temible contra Alemania; Inglaterra deseaba el reparto de Rusia, intentaba apoderarse del petróleo de Bakú y firmar un tratado 464 con los países limítrofes cíe Rusia. Entre los documentos oficiales ingleses figura un libro en el que se enumeran con extraordinaria escrupulosidad todos los Estados (se cuentan 14) que, hace medio año, en diciembre de 1919, prometían tomar Moscú y Petrogrado. Inglaterra basaba su política en estos Estados y les daba a préstamo millones y millones. Pero hoy han fracasado todos estos cálculos y se han perdido todos los empréstitos.

p Tal es la situación que ha creado la Sociedad de Naciones. Cada día de existencia de este pacto constituye la mejor agitación en favor del bolchevismo. Porque los partidarios más poderosos del “orden” capitalista nos muestran que, en cada cuestión, se ponen la zancadilla unos a otros. Por el reparto de Turquía, Persia, Mesopotamia y China se entablan querellas feroces entre el Japón, la Gran Bretaña, Norteamérica y Francia. La prensa burguesa de estos países está llena de los más violentos ataques y de las invectivas más acerbas contra sus “colegas” porque les quitan el botín ante sus propias narices. Somos testigos del total desacuerdo que reina en las alturas entre este puñado ínfimo de países más ricos. Es imposible que mil doscientos cincuenta millones de seres, que representan el 70% de la población de la Tierra, vivan en las condiciones de avasallamiento que quiere imponerles el capitalismo “avanzado” y civilizado. En cuanto al puñado ínfimo de potencias riquísimas, Inglaterra, Norteamérica y el Japón (este último tuvo la posibilidad de saquear a los países de Oriente, los países de Asia, pero no puede poseer ninguna fuerza independiente, ni financiera ni militar, sin la ayuda de otro país), estos dos o tres países no están en condiciones de organizar las relaciones económicas y orientan su política a hacer fracasar la de sus asociados y “partenaires” de la Sociedad de Naciones. De aquí se deriva la crisis mundial. Y estas raíces económicas de la crisis son la causa principal de que la Internacional Comunista consiga brillantes éxitos.

p Camaradas: Vamos a abordar ahora el problema de la crisis revolucionaria como base de nuestra acción revolucionaria. Y en este terreno necesitamos señalar, ante todo, dos errores extendidos. De un lado, los economistas burgueses presentan esta crisis como una simple “molestia”, según la elegante expresión de los ingleses. De otro lado, los revolucionarios procuran demostrar a veces que la crisis no tiene absolutamente salida.

p Esto es un error. Situaciones absolutamente sin salida no existen. La burguesía se comporta como una fiera insolentada que ha perdido la cabeza y comete una tontería tras otra, empeorando la situación y acelerando su muerte. Todo eso es así. Pero no se puede “demostrar” que no hay absolutamente ninguna posibilidad 465 de que adormezca a cierta minoría de explotados con determinadas concesiones, de que aplaste cierto movimiento o sublevación de una parte de oprimidos y explotados. Intentar “demostrar” con antelación la falta “absoluta” de salida sería vana pedantería o juego de conceptos y palabras. En esta cuestión, y en otras parecidas, la verdadera "demostración" puede ser únicamente la práctica. El régimen burgués está pasando en todo el mundo por una grandísima crisis revolucionaria. Ahora hay que “demostrar” con la práctica de los partidos revolucionarios que éstos tienen suficiente grado de conciencia, organización, ligazón con las masas explotadas, decisión y habilidad a fin de aprovechar esta crisis para el éxito, para la victoria de la revolución.

p Para preparar esa "demostración" nos hemos reunido precisa y principalmente en el presente Congreso de la Internacional Comunista.

p Como ejemplo del grado en que domina aún el oportunismo entre los partidos que desean adherirse a la III Internacional, del grado en que la labor de ciertos partidos está lejos todavía de preparar a la clase revolucionaria para aprovechar la crisis revolucionaria, citaré a Ramsay MacDonald, jefe del Partido Laborista Independiente inglés. En su libro El Parlamento y la Revolución, dedicado precisamente a los problemas cardinales en que también nosotros nos ocupamos ahora, MacDonald describe el estado de cosas, poco más o menos, en el espíritu de los pacifistas burgueses. Reconoce que hay crisis revolucionaria, que aumentan los sentimientos revolucionarios, que las masas obreras simpatizan con el Poder soviético y la dictadura del proletariado (advertid que se trata de Inglaterra) y que la dictadura del proletariado es mejor que la actual dictadura de la burguesía inglesa.

p Pero MacDonald no deja de ser un pacifista y conciliador burgués hasta la médula, un pequeño burgués que sueña con un gobierno situado al margen de las clases. Reconoce la lucha de clases sólo como "un hecho descriptivo”, igual que todos los embusteros, sofistas y pedantes de la burguesía. Silencia la experiencia de Kerenski, los mencheviques y los eseristas en Rusia, la experiencia análoga de Hungría, Alemania, etc., sobre la formación de un gobierno "democrático" y, en apariencia, fuera de las clases. MacDonald adormece a su partido y a los obreros que tienen la desgracia de tomar a este burgués por un socialista, de tomar a este filisteo por un líder, con las siguientes palabras: "Sabemos que esto (o sea, la crisis revolucionaria, la efervescencia revolucionaria) pasará, se calmará.” La guerra originó inevitablemente la crisis, pero después de la guerra, aunque no sea de golpe, "todo se calmará".

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p Así escribe un hombre que es el jefe de un partido que desea adherirse a la III Internacional. En ello vernos una denuncia de excepcional franque/.a, y tanto más valiosa, de lo que se observa con no menos frecuencia en las altas esferas del Partido Socialista Francés y del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania: no sólo no saber, sino también no querer aprovechar la crisis revolucionaria en sentido revolucionario o, dicho de otro modo, no saber y no querer efectuar una verdadera preparación revolucionaria del partido y de la clase para la dictadura del proletariado.

p Ese es el mal fundamental de numerosísimos partidos que hoy se apartan de la II Internacional. Y precisamente por eso, en las tesis que he propuesto al presente congreso analizo con el mayor detenimiento la definición más concreta y exacta posible de las tareas que implica la preparación para la dictadura del proletariado.

p Aduciré un ejemplo más. Recientemente se ha publicado un nuevo libro contra el bolchevismo. Ahora aparecen en Europa y EE. UU. muchísimos libros de ese género, y cuantos más libros se publican contra el bolchevismo, tanto mayores son la fuerza y la rapidez con que crecen en las masas las simpatías por él. Me refiero al libro de Otto Bauer ¿Bolchevismo o socialdemocracia? En él se muestra de modo evidente a los alemanes qué es el menchevismo, cuyo ignominioso papel en la revolución rusa ha sido comprendido suficientemente por los obreros de todos los países. Otto Bauer ha escrito un panfleto menchevique hasta la médula, pese a haber ocultado sus simpatías por el menchevismo. Mas en Europa y EE. UU. es preciso difundir ahora nociones más exactas de lo que es el menchevismo, pues éste es un concepto genérico para todas las tendencias pretendidamente socialistas, socialdemócratas, etc., hostiles al bolchevismo. A nosotros, los rusos, nos aburriría escribir para Europa acerca de qué es el menchevismo. Otto Bauer lo ha mostrado de hecho en su libro, y agradecemos por anticipado a los editores burgueses y oportunistas que lo publiquen y traduzcan a diferentes idiomas. El libro de Bauer será un complemento útil, aunque original, para los manuales de comunismo. Tomad cualquier párrafo, cualquier razonamiento de Otto Bauer y demostrad dónde está en él el menchevismo, dónde las raíces de las concepciones que llevan al proceder de los traidores al socialismo, de los amigos de Kerenski, Scheidemann, etc.: tal será el problema que se podrá proponer con provecho y éxito en los "exámenes" para comprobar si el comunismo ha sido asimilado. Si uno no puede resolver este problema, no será aún comunista y valdrá más que no ingrese en el Partido Comunista. (Aplausos.)

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p Otto Bauer ha expresado magníficamente toda la esencia de las opiniones del oportunismo internacional en una frase, por la que —si pudiéramos mandar libremente en Viena—deberíamos erigirle un monumento en vida. El empleo de la violencia en la lucha de clases de las democracias contemporáneas—ha dicho O. Bauer—sería "violencia sobre los factores sociales de la fuerza".

p Quizá os parezca esto extraño e incomprensible. Es un modelo del grado a que han llevado el marxismo, del grado de banalidad y defensa de los explotadores a que se puede llevar la teoría más revolucionaria. Hace falta la variante alemana de filisteísmo para obtener la "teoría" de que "los factores sociales de la fuerza" son el número, la organización, el lugar en el proceso de la producción y distribución, la actividad y la instrucción. Si un bracero en el campo y un obrero en la ciudad ejercen violencia revolucionaria sobre el terrateniente y el capitalista, eso no es en modo alguno dictadura del proletariado, no es ni mucho menos violencia sobre los explotadores y opresores del pueblo. Nada de eso. Ks "violencia sobre los tactores sociales de la fuerza".

p Quizá el ejemplo que he puesto haya resultado algo humorístico. Pero la naturaleza del oportunismo contemporáneo es tal que su lucha contra el bolchevismo se convierte en humorismo. Para Europa y Norteamérica es de lo más útil y apremiante incorporar a la clase obrera, a cuanto hay de pensante en ella, a la lucha del menchevismo internacional (de los MacDonald, los O. Bauer y Cía.) contra el bolchevismo.

p Aquí debemos preguntarnos: ¿cómo se explica la solidez de semejantes tendencias en Europa y por qué ese oportunismo es más vigoroso en Europa Occidental que en nuestro país? Pues porque los países adelantados han creado y siguen creando su cultura con la posibilidad de vivir a expensas de mil millones de seres oprimidos. Porque los capitalistas de estos países reciben mucho por encima de lo que podrían recibir como ganancia por la expoliación de los obreros de su país.

p Antes de la guerra se consideraba que tres países riquísimos —Inglaterra, Francia y Alemania—tenían unos ingresos de ocho mil a diez mil millones de francos anuales, sin contar otros ingresos, sólo gracias a la exportación de capital al extranjero.

p Es claro que de esta respetable suma se pueden echar quinientos millones, por lo menos, como migajas a los dirigentes obreros, a la aristocracia obrera, como sobornos de todo género. Y todo se reduce precisamente al soborno, que se hace por mil vías distintas: elevando la cultura en los mayores centros, creando establecimientos de enseñanza e instituyendo miles de cargos para dirigentes de cooperativas, líderes tradeunionistas y parlamentarios. Pero eso se 468 hace por doquier donde existen relaciones capitalistas civilizadas contemporáneas. Y esos miles de millones de superganancias son la base económica en que descansa el oportunismo en el movimiento obrero. En EE. UU., Inglaterra y Francia se observa una obstinación mucho más tenaz de los líderes oportunistas, de las altas esferas de la clase obrera, de la aristocracia de los obreros: oponen una resistencia mucho mayor al movimiento comunista. Y por eso debemos estar preparados para el hecho de que la curación de esta enfermedad de los partidos obreros europeos y americanos resulte más difícil que en nuestro país. Sabemos que desde la fundación de la III Internacional se han obtenido éxitos grandiosos en el tratamiento de esta enfermedad, pero aún no hemos llegado a extirparla definitivamente: está todavía muy lejos de haber terminado la obra de depurar en todo el mundo los partidos obreros, los partidos revolucionarios del proletariado, de la influencia burguesa y de los oportunistas en su propio medio.

p No me detendré a examinar las formas concretas en que debemos realizar eso. De ello se habla en mis tesis, que han sido publicadas. Aquí me incumbe señalar las profundas raíces económicas de este fenómeno. Esta enfermedad se ha prolongado y su tratamiento se ha dilatado más de lo que pudieran esperar los optimistas. Nuestro enemigo principal es el oportunismo. El oportunismo en las altas esferas del movimiento obrero no es socialismo proletario, sino burgués. Se ha demostrado en la práctica que los políticos del movimiento obrero pertenecientes a la tendencia oportunista son mejores defensores de la burguesía que los propios burgueses. La burguesía no podría mantenerse si ellos no dirigieran a los obreros. Así lo demuestran no sólo la historia del régimen de Kerenski en Rusia, sino también la república democrática en Alemania, con su gobierno socialdemócrata al frente y la actitud de Alberto Thomas ante su gobierno burgués. Lo demuestra la experiencia análoga de Inglaterra y de los Estados Unidos. Ahí está nuestro enemigo principal, y debemos vencerlo. Tenemos que salir del congreso con la firme decisión de llevar hasta el fin esa lucha en todos los partidos. Tal es la tarea principal.

p En comparación con esta tarea, la corrección de los errores de la tendencia “izquierdista” en el comunismo será una obra fácil. En toda una serie de países se observa el antiparlamentarismo, no tanto aportado por gente salida de la pequeña burguesía como apoyado por algunos destacamentos avanzados del proletariado a causa del odio que tienen al viejo parlamentarismo, de un odio lógico, justo y necesario a la conducta de los miembros de los parlamentos en Inglaterra, Francia, Italia y todos los países. Hay que proporcionar directrices de la Internacional Comunista, hay que dar a conocer 469 mejor, más a fondo, a los camaradas la experiencia rusa, el alcance del verdadero partido político proletario. Nuestra labor consistirá en cumplir esta tarea. Y la lucha contra estos errores del movimiento proletario, contra estos defectos, será mil veces más fácil que la lucha contra la burguesía que, encubriéndose con el manto de reformistas, penetra en los viejos partidos de la II Internacional y orienta tocia su labor no en un espíritu proletario, sino en un espíritu burgués.

p Camaradas: Para concluir, me detendré a examinar otro aspecto de la cuestión. El camarada presidente ha dicho aquí que esta asamblea merece el calificativo de Congreso Mundial. Creo que tiene razón, sobre todo porque se encuentran aquí no pocos representantes del movimiento revolucionario de las colonias y de los países atrasados. Esto no es más que un modesto comienzo, pero lo importante es que se ha dado ya el primer paso. La unión de los proletarios revolucionarios de los países capitalistas, de los países avanzados, con las masas revolucionarias de los países que carecen o casi carecen de proletariado, con las masas oprimidas de las colonias, de los países de Oriente, se está produciendo en este congreso. La consolidación de esta unión depende de nosotros, y yo estoy seguro de que lo conseguiremos. El imperialismo mundial debe caer cuando el empuje revolucionario de los obreros explotados y oprimidos de cada país, venciendo la resistencia de los elementos pequeñoburgueses y la influencia de la insignificante élite constituida por la aristocracia obrera, se funda con el embate revolucionario de centenares de millones de seres que hasta ahora habían permanecido al margen de la historia y eran considerados sólo objeto de ésta.

p La guerra imperialista ayudó a la revolución. La burguesía sacó soldados de las colonias, de los países atrasados, del estado de abandono en que se encontraban, para hacerlos participar en esa guerra imperialista. La burguesía inglesa inculcaba en los soldados de la India la idea de que los campesinos hindúes debían defender a la Gran Bretaña de Alemania; la burguesía francesa inculcaba en los soldados de las colonias francesas la idea de que los negros debían defender a Francia. Y les enseñaron a manejar las armas. Este aprendizaje es extraordinariamente útil, y por ello podríamos expresar a la burguesía nuestra profunda gratitud en nombre de todos los obreros y campesinos rusos y, en particular, en nombre de todo el Ejército Rojo ruso. La guerra imperialista ha hecho que los pueblos dependientes se incorporen a la historia universal. Y una de nuestras principales tareas consiste hoy en pensar en cómo colocar la primera piedra de la organización del movimiento soviético en los países no capitalistas. Los Soviets son allí posibles; no serán Soviets obreros, sino Soviets campesinos o Soviets de los trabajadores.

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p Habrá que realizar un gran trabajo, los errores serán inevitables y se tropezará con muchos obstáculos en ese camino. La tarea fundamental del II Congreso consiste en elaborar o trazar los principios de carácter práctico, a fin de que la labor efectuada hasta ahora en forma no organizada entre centenares de millones de personas transcurra en forma organizada, cohesionada y sistemática.

p Ha pasado poco más de un año desde que se celebró el I Congreso de la Internacional Comunista y aparecemos ya como vencedores de la II Internacional. Las ideas soviéticas se difunden ahora no sólo entre los obreros de los países civilizados y las conocen y comprenden no sólo ellos. Los obreros de todos los países se ríen de esos sabihondos—muchos de los cuales se llaman socialistas—que con aire doctoral o casi doctoral se lanzan a disquisiciones sobre "el sistema" soviético, como les gusta expresarse a los sistemáticos alemanes, o sobre "la idea" soviética, término empleado por los socialistas “gremiales” ingleses^^157^^. Tales disquisiciones acerca del “sistema” soviético o de "la idea" soviética suelen enturbiar a menudo los ojos y la conciencia de los obreros. Pero los obreros desechan esa basura pedantesca y empuñan el arma proporcionada por los Soviets. También en los países de Oriente se va comprendiendo el papel y la importancia de los Soviets.

p El movimiento soviético se ha iniciado en todo el Oriente, en toda Asia, entre los pueblos de todas las colonias.

p La tesis de que los explotados deben rebelarse contra los explotadores y crear sus Soviets no es demasiado complicada. Después de nuestra experiencia, después de dos años y medio de República Soviética en Rusia, después del I Congreso de la III Internacional, la comprensión de esa tesis está al alcance de centenares de millones de seres oprimidos por los explotadores en el mundo entero. Y si ahora, en Rusia, nos vemos obligados con frecuencia a hacer concesiones y a dar tiempo al tiempo, pues somos más débiles que los imperialistas internacionales, sabemos, en cambio, que mil doscientos cincuenta millones de habitantes del globo constituyen esa masa cuyos intereses defendemos. De momento tropezamos con los obstáculos, los prejuicios y la ignorancia, que hora tras hora van siendo relegados al pasado. Pero cuanto más tiempo transcurre, más nos vamos convirtiendo en los representantes y defensores efectivos de ese 70% de la población de la Tierra, de esa masa de trabajadores y explotados. Podemos decir con orgullo que en el I Congreso éramos, en el fondo, sólo unos propagandistas, que nos limitábamos a lanzar al proletariado del mundo entero unas ideas fundamentales, un llamamiento a la lucha, y preguntábamos: ¿dónde están los hombres capaces de seguir ese camino? Ahora tenemos en todas partes un proletariado de vanguardia. En todas 471 partes hay un ejército proletario, aunque a veces esté mal organizado y exija una reorganización, y si nuestros camaraclas internacionales nos ayudan ahora a organizar un ejército único, no habrá tallas que nos impidan realizar nuestra obra. Esa obra es la revolución proletaria mundial, es la creación de la República Soviética universal. (Prolongados aplausos.)

p Publicado el 24 de julio de 1920 en el núm. 162 de “Pravda”.

p i. 41, p<íg.s. 215-235.

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INFORME DE LA COMISIÓN PARA
LOS PROBLEMAS NACIONAL Y COLONIAL
26 DE JULIO^^158^^

p Camaradas: Me limitaré a una breve introducción, después de la cual el camarada Maring, que ha sido secretario de nuestra comisión, presentará un detallado informe sobre las modificaciones que hemos introducido en las tesis. A continuación hará uso de la palabra el camarada Roy, que ha formulado algunas tesis adicionales. La comisión ha aprobado por unanimidad tanto las tesis originales, con las correspondientes modificaciones, como las tesis adicionales. Así pues, hemos conseguido una absoluta unidad de criterio en todos los problemas de importancia. Ahora haré algunas breves observaciones.

p Primero. ¿Cuál es la idea más importante, la idea fundamental de nuestras tesis? Es la distinción entre naciones oprimidas y naciones opresoras. Nosotros subrayamos esta distinción, en oposición a la II Internacional y a la democracia burguesa. Para el proletariado y para la Internacional Comunista tiene particular importancia en la época del imperialismo observar los hechos económicos concretos y tomar como base, al resolver los problemas coloniales y nacionales, no tesis abstractas, sino fenómenos de la realidad concreta.

p El rasgo distintivo del imperialismo consiste en que actualmente, como podemos ver, el mundo se halla dividido, por un lado, en un gran número de naciones oprimidas y, por otro, en un número insignificante de naciones opresoras, que disponen de riquezas colosales y de una poderosa fuerza militar. La inmensa mayoría de la población del globo, más de mil millones de seres—seguramente mil doscientos cincuenta millones, si consideramos que aquélla es de mil setecientos cincuenta millones—, es decir, alrededor del 473 70% de la población de la Tierra, corresponde a las naciones oprimidas, las cuales se encuentran sometidas a una dependencia colonial directa, o son semicolonias (como, por ejemplo, Persia, Turquía y China), o, después de haber sido derrotadas por el ejército de una gran potencia imperialista, han sido obligadas por los tratados de paz a depender en gran medida de dicha potencia. Esta idea cíe la diferenciación, de la división de las naciones en opresoras y oprimidas informa todas las tesis; no sólo las primeras, las que aparecieron con mi firma y fueron publicadas originariamente, sino también las tesis del camarada Roy. Estas últimas han sido escritas teniendo en cuenta, sobre todo, la situación cíe la India y de otros grandes pueblos de Asia oprimidos por Inglaterra, y en esto reside la magna importancia que tienen para nosotros.

p La segunda idea que orienta nuestras tesis es que, en la actual situación del mundo, después de la guerra imperialista, las relaciones entre los pueblos, así como todo el sistema mundial de Estados, vienen determinados por la lucha de un pequeño grupo de naciones imperialistas contra el movimiento soviético y contra los Estados soviéticos, a cuya cabeza figura la Rusia Soviética. Si no tenemos en cuenta este hecho, no podremos plantear correctamente ningún problema nacional o colonial, aunque se trate del rincón más apartado del mundo. Sólo partiendo de este punto de vista, los partidos comunistas podrán plantear y resolver acertadamente los problemas políticos tanto en los países civilizados como en los países atrasados.

p Tercero. Quisiera destacar de manera especial la cuestión del movimiento democrático burgués en los países atrasados. Precisamente esta cuestión ha suscitado algunas divergencias. Nuestra discusión ha girado en torno a si es o no acertado, desde el punto de vista de los principios y de la teoría, afirmar que la Internacional Comunista y los partidos comunistas deben apoyar el movimiento democrático burgués en los países atrasados. Después de la discusión hemos llegado a la conclusión unánime de que debe hablarse de movimiento nacional-revolucionario, en vez de movimiento "democrático burgués”. No cabe la menor duda de que todo movimiento nacional sólo puede ser un movimiento democrático burgués, pues la masa fundamental cíe la población en los países atrasados la constituyen los campesinos, que representan las relaciones capitalistas burguesas. Sería utópico suponer que los partidos proletarios, si es que pueden formarse en general en esos países atrasados, sean capaces de aplicar en ellos una táctica y una política comunistas sin mantener determinadas relaciones con el movimiento campesino y sin apoyarlo en la 474 práctica. Ahora bien, en este punto se hizo la objeción cíe que si hablásemos de movimiento democrático burgués, se borraría toda diferencia entre el movimiento reformista y el movimiento revolucionario. Sin embargo, en los últimos tiempos, esta diferencia se ha manifestado con plena claridad en las colonias y en los países atrasados, ya que la burguesía imperialista trata por todos los medios de que el movimiento reformista se desarrolle también entre los pueblos oprimidos. Entre la burguesía de los países explotadores y la de las colonias se ha producido cierto acercamiento, debido a lo cual muy a menudo—y quizá incluso en la mayoría de los casos—, la burguesía de los países oprimidos, pese a prestar su apoyo a los movimientos nacionales, lucha al mismo tiempo de acuerdo con la burguesía imperialista, es decir, al lado de ella, contra todos los movimientos revolucionarios y las clases revolucionarias. En la comisión, este hecho ha sido demostrado de manera irrefutable, por lo que hemos estimado que lo único justo era tomar en consideración dicha diferencia y sustituir casi en todos los lugares la expresión "democrático burgués" por " nacional-revolucionario”. El sentido de este cambio consiste en que nosotros, como comunistas, debemos apoyar y apoyaremos los movimientos burgueses de liberación en las colonias sólo en el caso de que estos movimientos sean verdaderamente revolucionarios, sólo en el caso de que sus representantes no nos impidan educar y organizar en un espíritu revolucionario a los campesinos y a las grandes masas de explotados. Si no se dan esas condiciones, los comunistas deben luchar en dichos países contra la burguesía reformista, a la que pertenecen también los "héroes" de la II Internacional. En las colonias existen ya partidos reformistas, y sus representantes se denominan a veces socialdemócratas y socialistas. La diferencia mencionada ha quedado establecida en todas las tesis, v gracias a ello, nuestro punto de vista aparece formulado, a mi juicio, de un modo mucho más preciso.

p Quisiera hacer una observación más, relativa a los Soviets campesinos. La labor práctica de los comunistas rusos en las antiguas colonias del zarismo, en países tan atrasados como Turquestán, etc., nos ha planteado el problema de corno aplicar la táctica y la política comunistas en las condiciones precapitalistas, pues el rasgo distintivo más importante de estos países es el dominio en ellos de las relaciones precapitalistas, por lo cual allí no cabe hablar siquiera de un movimiento puramente proletario. En tales países casi no hay proletariado industrial. No obstante, también en ellos hemos asumido y debemos asumir el papel de dirigentes. Nuestro trabajo nos ha mostrado que en esos países hay que vencer dificultades inmensas, pero los resultados prácticos 475 nos han enseñado asimismo que, pese a dichas dificultades, hasta en los países que casi carecen de proletariado se puede también despertar en las masas el deseo de tener ideas políticas propias y de desplegar su propia actividad política. Esta tarea presentaba para nosotros más dificultades que para los camaradas de Europa Occidental, pues el proletariado de Rusia está abrumado por el trabajo de organización del Estado. Se comprende perfectamente que los campesinos, colocados en una dependencia semifeudal, puedan asimilar muy bien la idea de la organi/ación soviética y sean capaces de ponerla en práctica. Es evidente asimismo que las masas oprimidas—explotadas no sólo por el capital mercantil, sino también por los señores feudales y por un Estado que se asienta sobre bases feudales—pueden aplicar asimismo esta arma, este tipo de organización, en las condiciones en que se encuentran. La idea de la organización soviética es sencilla y capaz de ser aplicada no sólo a las relaciones proletarias, sino también a las relaciones campesinas feudales y semifeudales. Nuestra experiencia en este aspecto no es aún muy grande; pero los debates en la comisión —en los que han participado varios representantes de países coloniales—nos han demostrado de un modo absolutamente irrefutable que en las tesis de la Internacional Comunista debe indicarse que los Soviets campesinos, los Soviets de los explotados, son un instrumento válido no sólo para los países capitalistas, sino también para los países con relaciones precapitalistas, y que es un deber indeclinable de los partidos comunistas y de quienes están dispuestos a organizarlos propagar la idea de los Soviets campesinos, de los Soviets de trabajadores, en todas partes, tanto en los países atrasados como en las colonias. Y dondequiera que las condiciones lo permitan, deberán intentar sin pérdida de tiempo organizar Soviets del pueblo trabajador.

p Ante nosotros surge aquí la posibilidad de realizar un trabajo práctico de gran interés e importancia. Nuestra experiencia general en este terreno no es aún muy grande, pero poco a poco iremos reuniendo datos. Es indiscutible que el proletariado de los países avanzados puede y debe ayudar a las masas trabajadoras atrasadas, y que el desarrollo de los países atrasados podrá salir de su etapa actual cuando el proletariado victorioso de las repúblicas soviéticas tienda la mano a esas masas y pueda prestarles apoyo.

p Este problema suscitó en la comisión debates bastante vivos, y no sólo en torno a las tesis que llevan mi firma, sino más aún en torno a las del camarada Roy, que él defenderá aquí y en las cuales se han introducido por unanimidad algunas enmiendas.

p La cuestión ha sido planteada en los siguientes términos: Apodemos considerar justa la afirmación de que la fase capitalista 476 de desarrollo de la economía nacional es inevitable para los pueblos atrasados que se encuentran en proceso de liberación y entre los cuales ahora, después de la guerra, se observa un movimiento en dirección al progreso? Nuestra respuesta ha sido negativa. Si el proletariado revolucionario victorioso realiza entre esos pueblos una propaganda sistemática y los gobiernos soviéticos les ayudan con todos los medios a su alcance, es erróneo suponer que la fase capitalista de desarrollo sea inevitable para los pueblos atrasados. En todas las colonias y en todos los países atrasados no debemos limitarnos a formar cuadros propios de luchadores v organizaciones propias de partido, no debemos limitarnos a realizar una propaganda inmediata en pro de la creación de Soviets campesinos, tratando de adaptarlos a las condiciones precapitalistas. Además de eso, la Internacional Comunista habrá de formular, dándole una base teórica, la tesis de que los países atrasados, con la ayuda del proletariado de las naciones adelantadas, pueden pasar al régimen soviético—y, a través de determinadas etapas de desarrollo, al camunismo—soslayando en su desenvolvimiento la fase capitalista.

p Es imposible señalar de antemano los medios que serán necesarios para que esto ocurra. La experiencia práctica nos los irá sugiriendo. Pero es un hecho firmemente establecido que la idea de los Soviets es afín a todas las masas trabajadoras de los pueblos más lejanos; que estas organizaciones, los Soviets, deben ser adaptadas a las condiciones de un régimen social precapitalista, y que los partidos comunistas deben comenzar inmediatamente a trabajar en este sentido en el mundo entero.

p Quisiera señalar, además, la importancia de que los partidos comunistas realicen su labor revolucionaria no sólo en su propio país, sino también en las colonias, y sobre todo entre las tropas que utili/an las naciones explotadoras para mantener sometidos a los pueblos de sus colonias.

p El camarada Quelch, del Partido Socialista Británico, se refirió a este problema en nuestra comisión. Dijo que el obrero de filas inglés consideraría una traición ayudar a los pueblos sojuzgados cuando se sublevan contra el dominio inglés. Es verdad que la aristocracia obrera de Inglaterra y Norteamérica, imbuida de un espíritu jingoísta y chovinista, representa un grandísimo peligro para el socialismo y presta un vigoroso apoyo a la II Internacional. Aquí nos hallamos ante una tremenda traición de los líderes y obreros afiliados a esa Internacional burguesa. En la II Internacional también se discutió el problema colonial. El Manifiesto de Basilea se refirió a él en términos inequívocos. Los partidos de la II Internacional prometieron actuar revolucionariamente, pero no 477 vemos por su parte ninguna verdadera labor revolucionaria ni ningún apoyo a los levantamientos de los pueblos explotados y dependientes contra las naciones opresoras. Como tampoco lo vemos, a mi parecer, entre la mayoría de los partidos que han abandonado la II Internacional y desean ingresar en la III. Debemos .decirlo en voz alta, para que todos se enteren. Esto no puede ser refutado, y ya veremos si se hace algún intento de refutarlo.

p Todas estas consideraciones han servido de base a nuestras resoluciones, que son, sin duda, demasiado largas; pero confío en que, pese a todo, resultarán útiles y contribuirán a desarrollar y organizar una labor verdaderamente revolucionaria en los problemas nacional y colonial, que es, en el fondo, nuestro objetivo principal.

p Publicado el 7 de agosto de 1920 en el núm. 6 del "Boletín del II Congreso d< la Internacional Comunista".

T. 41, págs. 241-247.

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Notes