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IV
¿EN LLJCHA CONTRA QUE ENEMIGOS EN EL SENO
DEL MOVIMIENTO OBRERO HA PODIDO CRECER,
FORTALECERSE Y TEMPLARSE EL BOLCHEVISMO?
 

p En primer lugar, y sobre todo, en lucha contra el oportunismo, que en 1914 se transformó definitivamente en socialchovinismo y se pasó para siempre al campo de la burguesía contra el proletariado. Este era, naturalmente, el enemigo principal del bolchevismo en el seno del movimiento obrero y sigue siéndolo a escala mundial. El bolchevismo ha prestado y presta la mayor atención a ese enemigo. Tal aspecto de la actividad de los bolcheviques es ya bastante conocido también en el extranjero.

p Distinta es la situación en lo que respecta a otro enemigo del bolchevismo en el seno del movimiento obrero. En el extranjero se sabe todavía en un grado demasiado insuficiente que el bolchevismo ha crecido, se ha formado y se ha templado en largos años de lucha contra el revolucionarismo pequeñoburgués, parecido al anarquismo o que toma algo de él y se aparta en todo lo esencial de las condiciones y exigencias de una consecuente lucha de clase del proletariado. El pequeño propietario, el pequeño patrono (tipo social que en numerosos países europeos ha alcanzado gran difusión y tiene un carácter masivo), sufre en el capitalismo una presión continua y, con gran frecuencia, un empeoramiento increíblemente brusco y rápido de sus condiciones de vida y la ruina. Para los marxistas está plenamente demostrado desde el punto de vista teórico—y la experiencia de todas las revoluciones y movimientos revolucionarios de Europa lo confirma por entero—que ese pequeño propietario, ese pequeño patrono, cae con facilidad en el revolucionarismo extremista, pero es incapaz de manifestar dominio de sí mismo, espíritu de organización, disciplina y firmeza. El pequeño burgués “enfurecido” por los horrores del capitalismo es, como el anarquismo, un fenómeno social propio de todos los países capitalistas. Son notorias la inconstancia de este revolucionarismo, su esterilidad y la facilidad con que se transforma rápidamente en sumisión, en apatía, en fantasía, incluso en un entusiasmo “furioso” por tal o cual corriente burguesa "de moda”. Pero el reconocimiento teórico, abstracto, de semejantes verdades no basta en modo alguno para poner a un partido revolucionario al abrigo de viejos errores, que 361 aparecen siempre por motivos inesperados, con una ligera variación de forma, con una apariencia o un contorno antes no vistos, en una situación original (más o menos original).

p El anarquismo ha sido a menudo una especie de expiación de los pecados oportunistas del movimiento obrero. Estas dos anomalías se completaban mutuamente. Y si el anarquismo ejerció en Rusia una influencia relativamente insignificante en las dos revoluciones (1905 y 1917) y durante su preparación, pese a que la población pequeñoburguesa era aquí más numerosa que en los países europeos, ello se debe en parte, sin duda alguna, al bolchevismo, que luchó siempre del modo más despiadado e irreconciliable contra el oportunismo. Digo "en parte”, pues lo que más contribuyó a debilitar el anarquismo en Rusia fue la posibilidad que tuvo en el pasado (en los años 70 del siglo XIX) de adquirir un desarrollo extraordinariamente esplendoroso y revelar por completo su carácter falso y su incapacidad para servir como teoría dirigente de la clase revolucionaria.

p Al surgir en 1903, el bolchevismo heredó la tradición de lucha implacable contra el revolucionarismo pequeñoburgués, semianarquista (o capaz de coquetear con el anarquismo), tradición que había existido siempre en la socialdemocracia revolucionaria y que se consolidó, sobre todo, en nuestro país de 1900 a 1903, cuando se sentaron las bases del partido de masas del proletariado revolucionario de Rusia. El bolchevismo hizo suya y continuó la lucha contra el partido que expresaba con mayor fidelidad las tendencias del revolucionarismo pequeñoburgués (es decir, el partido de los “socialistas-revolucionarios”) en tres puntos principales. Primero, este partido, que impugnaba el marxismo, se negaba obstinadamente a comprender (tal vez fuera más justo decir que no podía comprender) la necesidad de tener en cuenta con estricta objetividad las fuerzas de clase y sus relaciones mutuas antes de emprender cualquier acción política. Segundo, este partido veía un signo particular de su “revolucionarismo” o de su “izquierdismo” en el reconocimiento del terrorismo individual, de los atentados, que nosotros, los marxistas, rechazábamos categóricamente. Claro es que nosotros rechazábamos el terrorismo individual sólo por motivos de conveniencia; pero la gente capaz de condenar "por principio" el terror de la gran revolución francesa o, en general, el terror de un partido revolucionario victorioso, asediado por la burguesía del mundo entero, esa gente fue ya ridiculizada y vilipendiada por Plejánov en 1900-1903, cuando éste era marxista y revolucionario. Tercero, ser " izquierdista" consistía para los “socialistas-revolucionarios” en reírse de los pecados oportunistas, relativamente leves, cíe la 362 socialdemocracia alemana, al mismo tiempo que imitaban a los ultraoportunistas de ese mismo partido, por ejemplo, en el problema agrario o en el de la dictadura del proletariado.

p La historia, dicho sea de paso, ha confirmado hoy a gran escala, a escala histórica universal, la opinión que hemos defendido siempre, a saber: que la socialdemocracia revolucionaria alemana (y téngase en cuenta que Plejánov reclamaba ya en 1900-1903 la expulsión de Bernstein del partido, y que los bolcheviques, siguiendo siempre esta tradición, denunciaron en 1913 toda la villanía, la bajeza y la traición de Legien) estaba más cerca que nadie de ser el partido que necesitaba el proletariado revolucionario para triunfar. Ahora, en 1920, después de todas las ignominiosas bancarrotas y crisis de la época de guerra y de los primeros años posbélicos, se ve con claridad que, de todos los partidos occidentales, la socialdemocracia revolucionaria alemana es precisamente la que ha dado los mejores jefes y la que se ha repuesto, curado y fortalecido con mayor rapidez. Esto se advierte tanto en el partido de los espartaquistas como en el ala izquierda, proletaria, del "Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania”, que sostiene una lucha tenaz contra el oportunismo y la pusilanimidad de los Kautsky, los Hilferding, los Ledebour y los Crispien. Si damos ahora un vistazo general a un período histórico terminado por completo—desde la Comuna de París hasta la primera República Socialista Soviética—, veremos dibujarse con contornos absolutamente definidos e indiscutibles la posición del marxismo ante el anarquismo. En resumidas cuentas, el marxismo ha demostrado estar en lo justo. Y si los anarquistas señalaban con razón el carácter oportunista de las concepciones sobre el Estado que imperaban en la mayoría de los partidos socialistas, debe advertirse, en primer lugar, que ese carácter oportunista era fruto de una deformación, e incluso de una ocultación consciente, de las ideas de Marx sobre el Estado (en mi libro El Estado y la revolución he hecho notar que Bebel mantuvo en el fondo de un cajón durante 36 años, desde 1875 hasta 1911, la carta en que Engels denunciaba con singular relieve, vigor, franqueza y claridad el oportunismo de las concepciones socialdemócratas en boga acerca del Estado). En segundo lugar, que la corrección de estas ideas oportunistas y el reconocimiento del Poder soviético y de su superioridad sobre la democracia parlamentaria burguesa han partido con mayor amplitud y rapidez precisamente de las tendencias más marxistas existentes en el seno de los partidos socialistas de Europa y América.

p Ha habido dos casos en que la lucha del bolchevismo contra las desviaciones “izquierdistas” de su propio partido ha adquirido una 363 magnitud singularmente grande: en 1908, en torno a la participación en un Parlamento ultrarreaccionario y en las sociedades obreras legales regidas por las leyes más reaccionarias, y en 1918 (paz de Brest), en torno a la admisibilidad de tal o cual “compromiso”.

p En 1908, los bolcheviques "de izquierda" l31 fueron expulsados de nuestro partido por su empeño en no querer comprender la necesidad de participar en un “Parlamento” ultrarreaccionario. Los “izquierdistas”, entre los que había muchos revolucionarios excelentes, que fueron después (y continúan siendo) honrosamente miembros del Partido Comunista, se apoyaban, sobre todo, en la feliz experiencia del boicot de 1905. Cuando el zar anunció en agosto de 1905 la convocación de un “Parlamento” consultivo, los bolcheviques, en contra de todos los partidos de oposición y de los mencheviques, declararon el boicot a ese Parlamento, que fue barrido, en efecto, por la revolución de octubre de 1905. Entonces el boicot fue justo, no porque esté bien abstenerse en general de participar en los parlamentos reaccionarios, sino porque se tuvo en cuenta con acierto la situación objetiva, que conducía a la rápida transformación de las huelgas de masas en huelga política; después, en huelga revolucionaria y, luego, en insurrección. Además, la lucha giraba a la sazón en torno a si había que dejar en manos del zar la convocación del primer organismo representativo o si debía intentarse arrancar esa convocación de manos de las viejas autoridades. Por cuanto no había ni podía haber la seguridad de que la situación objetiva fuese análoga y de que su desarrollo se realizase en el mismo sentido y con igual rapidez, el boicot dejaba de ser justo.

p El boicot de los bolcheviques al “Parlamento” en 1905 enriqueció al proletariado revolucionario con una experiencia política extraordinariamente preciosa, mostrando que en la combinación de las formas legales e ilegales, parlamentarias y extraparlamentarias de lucha es a veces conveniente, y hasta obligatorio, saber renunciar a las formas parlamentarias. Pero trasladar ciegamente, por simple imitación, sin espíritu crítico, esta experiencia a otras condiciones, a otra situación, es el mayor de los errores. Lo que constituyó ya un error, aunque no grande y fácilmente corregible  [363•* , fue el boicot de los bolcheviques a la Duma en 1906. Fueron errores mucho más serios y difícilmente 364 reparables los boicots de 1907, 1908 y años posteriores, pues, de una parte, no se podía esperar que volviera a levantarse con mucha rapidez la ola revolucionaria y se transformase en insurrección y, de otra, la situación histórica creada por la renovación de la monarquía burguesa dictaba la necesidad de conjugar el trabajo legal e ilegal. Hoy, cuando se echa una mirada retrospectiva a este período histórico, terminado por completo —cuyo enlace con los períodos posteriores se ha manifestado ya plenamente—, se comprende con singular claridad que los bolcheviques no habrían podido conservar (y no digo va afianzar, desarrollar y fortalecer) el firme núcleo del partido revolucionario del proletariado durante el período de 1908 a 1914 si no hubiesen defendido en la más dura contienda la combinación obligatoria de las formas legales de lucha con las formas ilegales, la participación obligatoria en un Parlamento ultrarreaccionario y en diversas instituciones regidas por leyes reaccionarias (mutualidades, etc.).

p En 1918 las cosas no llegaron a la escisión. Los comunistas "de izquierda" constituyeron entonces sólo un grupo especial o "fracción" dentro de nuestro partido, y no por mucho tiempo. En el mismo año, los representantes más señalados del "comunismo de izquierda”, los camaradas Rádek y Bujarin, por ejemplo, reconocieron públicamente su error. Les parecía que la paz de Brest era un compromiso con los imperialistas, inaceptable por principio y funesto para el partido del proletariado revolucionario. Se trataba, en efecto, de un compromiso con los imperialistas; pero precisamente de un compromiso de tal género que era obligatorio en aquellas circunstancias.

p Cuando oigo hoy, por ejemplo, a los "socialistas-revolucionarios" atacar la táctica que seguimos al firmar la paz de Brest, o una observación como la que me hizo el camarada Lansbury durante una conversación: "Los líderes de nuestras tradeuniones inglesas dicen que también pueden permitirse un compromiso, puesto que los bolcheviques se lo han permitido”, respondo habitualmente, ante todo, con una comparación sencilla y “popular”.

p Figuraos que el automóvil en que viajáis es detenido por unos bandidos armados. Les dais el dinero, el pasaporte, el revólver y el automóvil. Mas, a cambio de ello, os veis libres de la agradable vecindad de los bandidos. Se trata, sin duda, de un compromiso. Do ut des “(te doy" mi dinero, mis armas y mi automóvil "para que me des" la posibilidad de marcharme en paz). Pero difícilmente se encontraría un hombre cuerdo que declarase semejante compromiso "inadmisible desde el punto de vista de los principios" o 365 calificase a quien lo ha concertado de cómplice de los bandidos (aunque éstos, una vez dueños del automóvil y de las armas, puedan utilizarlos para nuevos pillajes). Nuestro compromiso con los bandidos del imperialismo alemán fue análogo a éste.

p Pero cuando los mencheviques y los eseristas en Rusia, los secuaces de Scheidemann (y, en parte considerable, los kautskianos) en Alemania, Otto Bauer y Federico Adler (sin hablar de los señores Renner y comparsa) en Austria, los Renaudel, Longuet y Cía. en Francia, los fabianos, los “independientes” y los "laboristas"^^152^^ en Inglaterra concertaron en 1914-19f8 y en 1918-1920 con los bandidos de su propia burguesía, y a veces de la burguesía “aliada”, compromisos dirigidos contra el proletariado revolucionario de su país, esos señores obraron como cómplices de los bandidos.

p La conclusión es clara: rechazar los compromisos "por principio”, negar la legitimidad de todo compromiso en general, cualquiera que sea, constituye una puerilidad que hasta resulta difícil tomar en serio. El político que desee ser útil al proletariado revolucionario debe saber distinguir los casos concretos de compromisos que son precisamente inadmisibles, que son una manifestación de oportunismo y de traición, y dirigir contra esos compromisos concretos toda la fuerza de la crítica, todo el filo de un desenmascaramiento implacable y de una guerra sin cuartel, no permitiendo a los expertísimos socialistas “utilitarios” ni a los jesuítas parlamentarios que escurran el bulto y eludan la responsabilidad por medio de disquisiciones acerca de "los compromisos en general”. Los señores "líderes" de las tradeuniones inglesas, lo mismo que los de la Sociedad Fabiana y los del Partido Laborista “independiente”, pretenden eludir precisamente así la responsabilidad por la traición que kan cometido, por haber concertado un compromiso semejante, que no es en realidad sino oportunismo, defección y traición de la peor especie.

p Hay compromisos y compromisos. F,s preciso saber analizar la situación y las condiciones concretas de cada compromiso o de cada variedad de compromiso. Debe aprenderse a distinguir al hombre que ha entregado a los bandidos su bolsa y sus armas, para disminuir el mal causado por ellos y facilitar su captura y ejecución, del que da a los bandidos su bolsa y sus armas con objeto de participar en el reparto del botín. En política, esto dista mucho de ser siempre tan fácil como en el ejemplillo de simplicidad infantil. Pero sería sencillamente un charlatán quien pretendiera inventar para los obreros una receta que 366 proporcionase por adelantado soluciones adecuadas en todas las circunstancias de la vida o prometiera que en la política del proletariado revolucionario jamás surgirán dificultades ni situaciones embrolladas.

p Para no dejar lugar a interpretaciones falsas, intentaré esbozar, aunque sea muy brevemente, algunas tesis fundamentales al analizar los casos concretos de compromiso.

p El partido que concertó con los imperialistas alemanes el compromiso consistente en firmar la paz de Brest había venido forjando su internacionalismo de verdad desde finales de 1914. Este partido no temió proclamar la derrota de la monarquía zarista y estigmatizar "la defensa de la patria" en la guerra entre dos aves de rapiña imperialistas. Los diputados de este partido al Parlamento fueron deportados a Siberia, en vez de seguir el camino que conduce a las carteras ministeriales en un gobierno burgués. La revolución, al derribar el zarismo y proclamar la república democrática, sometió a este partido a una prueba nueva y grandiosa: no concertó ningún acuerdo con “sus” imperialistas, sino que preparó su derrocamiento y los derrocó. Este mismo partido, una vez dueño del poder político, no ha dejado piedra sobre piedra ni de la propiedad latifundista ni de la propiedad capitalista. Después de publicar y hacer añicos los tratados secretos de los imperialistas, este partido propuso la paz a todos los pueblos y sólo cedió ante la violencia de los bandidos de Brest cuando los imperialistas anglo-franceses frustraron la pa/ y los bolcheviques habían hecho todo lo humanamente posible para acelerar la revolución en Alemania y en otros países. Es cada día más claro y evidente para todos el acierto completo de semejante compromiso, contraído por ese partido en tales circunstancias.

Los mencheviques y eseristas de Rusia (como todos los jefes de la II Internacional en el mundo entero en 1914-1920) empezaron por la traición, justificando directa o indirectamente "la defensa de la patria”, es decir, la defensa de su burguesía expoliadora. Y persistieron en la traición, coligándose con la burguesía de su país y luchando al lado suyo contra el proletariado revolucionario de su propio país. Su bloque en Rusia con Kerenski y los democonstitucionalistas, primero—y con Kolchak y Denikin después—, así como el bloque de sus correligionarios extranjeros con la burguesía de sus países respectivos, fue una deserción al campo de la burguesía contra el proletariado. SM compromiso con los bandidos del imperialismo consistió, desde el principio hasta el fin, en que se convirtieron en cómplices del bandolerismo imperialista.

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Notes

[363•*]   De la política y de los partidos se puede decir—con las variantes correspondientes—lo mismo que de los individuos. Inteligente no es quien no comete errores. No hay, ni puede haber, hombres que no cometan errores. Inteligente es quien comete errores que no son muy graves y sabe corregirlos bien y pronto.