p El artículo fue escrito a fines de julio y el epHt>«i>. el ’i (!’>) de .^’¡¡liemlne de 1917.
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210 211p Toda revolución significa un brusco viraje en la vida de las grandes masas populares. Si este viraje no ha madurado, es imposible una verdadera revolución. Y de la misma manera que todo viraje en la vida de un individuo le enseña y le hace conocer y sentir muchas cosas, la revolución brinda al pueblo entero, en poco tiempo, las más profundas y preciosas enseñanzas.
p Durante la revolución, millones y millones de hombres aprenden en una semana más que en un año de vida rutinaria y monótona. Pues en estos virajes bruscos de la vida de todo un pueblo se ve con especial claridad qué fines persiguen las diferentes clases sociales, de qué fuerzas disponen y con qué medios actúan.
Todo obrero, soldado y campesino consciente debe meditar atentamente en las enseñanzas de la revolución rusa; sobre todo hoy, a fines de julio, cuando se ve ya claramente que la primera fase de nuestra revolución ha terminado en un fracaso.
I
p En efecto, veamos cuáles eran las aspiraciones de las masas obreras y campesinas cuando hicieron la revolución. ¿Qué esperaban de la revolución? Esperaban, como se sabe, libertad, paz, pan y tierra.
p ¿Y qué vemos hoy?
p En vez de la libertad, se empieza a restaurar la vieja arbitrariedad. Se implanta la pena de muerte para los soldados en el frente, y los campesinos, que se apoderan por propia iniciativa de las tierras de los latifundistas, son llevados ante los tribunales. Las imprentas de los periódicos obreros son asaltadas, y los periódicos, suspendidos sin juicio previo. Se encarcela a bolcheviques, a menudo sin formular contra ellos acusación alguna o presentando acusaciones a todas luces calumniosas.
p Se objetará, acaso, que las persecuciones de bolcheviques no representan ningún atentado contra la libertad, pues se persigue sólo a ciertas personas por determinadas imputaciones. Pero esta objeción es una falacia evidente y a sabiendas. Porque aun 212 suponiendo que unas personas cometan delitos, y que éstos sean probados y reconocidos por los tribunales, ¿cómo se puede, por ello, destruir una imprenta y clausurar periódicos? Otra cosa sería si el gobierno declarase delictivo, por medio de una ley, a todo el Partido Bolchevique, su orientación misma y sus ideas. Pero nadie ignora que el gobierno de la Rusia libre no podía hacer, ni ha hecho, nada semejante.
p La demostración principal del carácter calumnioso de las acusaciones lanzadas contra los bolcheviques es que la prensa de los terratenientes y los capitalistas venía cubriendo de furiosos insultos a los bolcheviques por su lucha contra la guerra, contra los terratenientes y los capitalistas, y exigía públicamente que se les encarcelase y persiguiese cuando no se había inventado aún ni una sola acusación contra ningún bolchevique.
p El pueblo quiere la paz. Pero el gobierno revolucionario de la Rusia libre ha reanudado la guerra de rapiña, tomando como base los mismos tratados secretos que concertara el ex zar Nicolás II con los capitalistas ingleses y franceses en aras del saqueo de otros pueblos por los capitalistas rusos. Estos tratados secretos siguen sin darse a la publicidad. En vez de proponer a todos los pueblos una paz justa, el gobierno de la Rusia libre ha salido del paso con unos subterfugios.
p No hay pan. El hambre se acerca de nuevo. Todo el mundo ve que los capitalistas y los ricos engañan desvergonzadamente al fisco con los suministros al ejército (cada día de guerra le cuesta hoy al pueblo 50 millones de rublos); que, con los altos precios de hoy, los capitalistas se embolsan ganancias fabulosas, sin que se haga absolutamente nada para implantar un verdadero control obrero de la producción y de la distribución. Los capitalistas se vuelven cada vez más insolentes; arrojan a los obreros a la calle, y lo hacen en momentos en que el pueblo pasa calamidades por falta de mercancías.
p En toda una serie de congresos, la inmensa mayoría de los campesinos ha declarado con energía y claridad eme considera una injusticia y un robo la propiedad terrateniente. Y el gobierno, que se dice revolucionario y democrático, lleva varios meses embaucando a los campesinos y engañándolos con promesas y dilaciones. Durantevarios meses, los capitalistas impidieron al ministro Chernov dictar leyes que prohibiesen la compraventa de la tierra. Y cuando, por fin, fue promulgada esta ley, los capitalistas desencadenaron contra Chernov una infame campaña de calumnias, que continúa hasta hoy. Y el gobierno llega tan lejos en su descaro al defender a los terratenientes que empieza a enjuiciar a los campesinos que se adueñan de las tierras "por propia iniciativa".
213p Se engaña a los campesinos al tratar de convencerles de que deben esperar hasta la Asamblea Constituyente. Pero los capitalistas continúan aplazando su convocación. Y cuando, por fin, bajo la presión de las demandas bolcheviques, se señala la fecha del 30 de septiembre, los capitalistas gritan a los cuatro vientos que "es imposible" convocar la Asamblea Constituyente en tan breve plazo y exigen un nuevo aplazamiento... Los miembros más influyentes del partido de los capitalistas y los terratenientes, del Partido " Demócrata Constitucionalista" o Partido de la "Libertad del Pueblo”, Pánina, por ejemplo, propugnan sin ambages que la Asamblea Constituyente no debe convocarse hasta el final de la guerra.
¡Esperad hasta la Asamblea Constituyente para resolver el problema de la tierra! ¡Esperad a que termine la guerra para convocar la Asamblea Constituyente! ¡Esperad hasta la victoria definitiva para que acabe la guerra! Eso es lo que resulta. Los capitalistas y los terratenientes, eme son mayoría en el gobierno, se burlan descaradamente de los campesinos.
II
p ¿Cómo pueden ocurrir esas cosas en un país libre que acaba de derribar el poder zarista?
p En un país no libre, el pueblo es gobernado por un zar y un puñado de terratenientes, capitalistas y funcionarios que nadie ha elegido.
p En un país libre, el pueblo es gobernado únicamente por quienes él mismo ha elegido para ese fin. En las elecciones, el pueblo se divide en partidos y, de ordinario, cada clase de la población forma su propio partido; por ejemplo, los terratenientes, los capitalistas, los campesinos y los obreros están agrupados en sus diferentes partidos. Por eso, en los países libres, el pueblo es gobernarlo mediante la lucha franca de los partidos y el libre acuerdo entre ellos.
Después de derribado el 27 de febrero de 1917 el poder zarista, Rusia fue gobernada durante unos cuatro meses, como un país libre, es decir, mediante la lucha franca de partidos formados libremente y el libre acuerdo entre ellos. En consecuencia, para comprender el desarrollo de la revolución rusa es necesario, ante todo, estudiar cuáles fueron los partidos principales, los intereses de qué clases defendían y qué relaciones existían entre todos esos partidos.
III
p Al ser derribado el régimen zarista, el poder del Estado pase’) a manos del primer Gobierno Provisional. Este gobierno estaba compuesto de representantes de la burguesía, es decir, de los 214 capitalistas, a los que se unieron también los terratenientes. El partido de los “democonstitucionalistas”, el partido principal de los capitalistas, figuraba en primer lugar como partido dirigente y gobernante de la burguesía.
p El poder no cayó casualmente en manos de este partido, a pesar de que, como es natural, no habían sido los capitalistas, sino los obreros y los campesinos, los marineros y los soldados quienes habían peleado contra las tropas zaristas, derramando su sangre por la libertad. El poder fue a parar a manos del partido de los capitalistas porque esta clase disponía de la fuerza que representan la riqueza, la organización y el saber. Desde 1905, y sobre todo durante la guerra, la clase de los capitalistas y de los terratenientes, aliados a ellos, ha alcanzado en Rusia los mayores éxitos en lo que respecta a su organización.
p El Partido Demócrata Constitucionalista fue siempre, tanto en 1905 como desde 1905 hasta 1917, un partido monárquico. Después de triunfar el pueblo sobre la tiranía zarista, este partido se declaró republicano. La experiencia de la historia enseña que cuando el pueblo derrota a una monarquía, los partidos de los capitalistas acceden siempre a convertirse en republicanos con tal de salvar los privilegios de los capitalistas y su poder omnímodo sobre el pueblo.
p De palabra, el partido de los democonstitucionalistas propugna la "libertad del pueblo”; pero, en realidad, defiende a los capitalistas. Por eso, todos los terratenientes, todos los monárquicos, todos los ultrarreaccionarios se pusieron inmediatamente a su lado. Prueba de ello son la prensa y las elecciones. Después de la revolución, todos los periódicos burgueses y toda la prensa ultrarreaccionaria cantan a coro con los democonstitucionalistas. Y todos los partidos monárquicos que no se atreven a actuar abiertamente apoyan en las elecciones, como ocurrió, por ejemplo, en Petrogrado, a los democonstitucionalistas.
p Después de adueñarse del poder gubernamental, los democonstitucionalistas orientaron todos sus esfuerzos a proseguir la rapaz guerra anexionista comenzada por el zar Nicolás II, que había concertado expoliadores tratados secretos con los capitalistas ingleses y franceses. En esos tratados se prometía a los capitalistas rusos que, en caso de triunfar, podrían anexionarse Constantinopla, y Galitzia, y Armenia, etc. En cambio, frente al pueblo, el gobierno de los democonstitucionalistas se limitó a subterfugios y vacuas promesas, en las que todas las decisiones sobre los asuntos más importantes y de solución imprescindible para los obreros y los campesinos se aplazaban hasta la Asamblea Constituyente, pero sin fijar la fecha de su convocación.
p Aprovechándose de la libertad, el pueblo empezó a organizarse 215 por su cuenta. La organización principal de los obreros y los campesinos, que constituyen la aplastante mayoría de la población de Rusia, eran los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos. Estos Soviets comenzaron a formarse ya durante la revolución de febrero y, a las pocas semanas, en la mayoría de las ciudades importantes de Rusia y en muchos distritos, todos los elementos avanzados y conscientes de la clase obrera y del campesinado se habían unido ya en Soviets.
p Los Soviets fueron elegidos con absoluta libertad. Eran auténticas organizaciones de las masas del pueblo, de los obreros y los campesinos. Eran verdaderas organizaciones de la inmensa mayoría del pueblo. Los obreros y los campesinos, vestidos con el uniforme militar, estaban armados.
Por supuesto, los Soviets podían y debían haber asumido todo el poder del Estado. Hasta la convocatoria de la Asamblea Constituyente no debería haber existido en el país más poder que el de los Soviets. Sólo así habría sido nuestra revolución verdaderamente popular, verdaderamente democrática. Sólo así habrían podido las masas trabajadoras—que aspiran realmente a la paz, que no están interesadas lo más mínimo en una guerra anexionista—aplicar con resolución y firmeza una política que hubiera puesto fin a la guerra anexionista y conducido a la paz. Sólo así habrían podido los obreros y los campesinos meter en cintura a los capitalistas, que amasan ganancias fabulosas "con la guerra" y han llevado el país a la ruina y al hambre. Pero sólo una minoría de los diputados que formaban los Soviets estaba al lado del partido de los obreros revolucionarios, de los socialdemócratas bolcheviques, que reclamaban el paso de todo el poder a los Soviets. La mayoría de los diputados a los Soviets apoyaba a los partidos de los socialdemócratas mencheviques y de los eseristas, opuestos a la entrega del poder a los Soviets. En vez de propugnar el derrocamiento del gobierno de la burguesía y su sustitución con un gobierno de los Soviets, estos partidos propugnaban que se apoyase al gobierno de la burguesía y se pactase con él, que se formase con él un gobierno de coalición. En esta política de acuerdos con la burguesía, aplicada por los partidos eserista y menchevique, en los que confiaba la mayoría del pueblo, reside el contenido fundamental de todo el desarrollo de la revolución durante los cinco meses transcurridos desde su comienzo.
IV
Veamos, en primer lugar, cómo se desarrolló esa política de conciliación de los eseristas y mencheviques con la burguesía; 216 después buscaremos la explicación de por qué la mayoría del pueblo depositó en ellos su confianza.
V
p La política de conciliación de los mencheviques y eseristas con los capitalistas ha existido, en una forma o en otra, en todos los períodos de la revolución rusa.
p En las postrimerías de febrero de 1917, apenas triunfó el pueblo y quedó derrocado el régimen zarista, Kerenski fue incluido como “socialista” en el Gobierno Provisional de los capitalistas. En realidad, Kerenski jamás había sido socialista, sino un simple trudovique, que empezó a figurar entre los " socialistasrevolucionarios" sólo a partir de marzo de 1917, cuando eso ya no era peligroso y podía tener sus ventajas. El Gobierno Provisional de los capitalistas se preocupó inmediatamente de uncir a su carreta y domesticar al Soviet, valiéndose de Kerenski como vicepresidente del Soviet de Petrogrado. El Soviet, es decir, los eseristas y mencheviques que predominaban en él, se dejó domesticar: nada más constituirse el Gobierno Provisional de los capitalistas, declaró que estaba dispuesto a “apoyarle” "por cuanto" éste cumplía sus promesas.
p El Soviet se consideraba un organismo encargado de controlar y fiscalizar los actos del Gobierno Provisional. Los dirigentes del Soviet formaron la llamada "Comisión de Enlace”, o sea, un organismo destinado a mantener contacto con el gobierno^^95^^. En esta Comisión de Enlace, los líderes eseristas y mencheviques del Soviet sostuvieron conversaciones incesantes con el gobierno de los capitalistas, viniendo a ocupar, en realidad, la posición de ministros sin cartera o ministros oficiosos.
p Esta situación se mantuvo todo el mes de marzo y casi todo abril. Los capitalistas actuaban con demoras y subterfugios, procurando ganar tiempo. Durante todo este lapso, el gobierno de los capitalistas no dio un solo paso más o menos serio para desarrollar la revolución. No hizo absolutamente nada ni siquiera para cumplir una misión suya directa e inmediata: convocar la Asamblea Constituyente; no llevó el asunto a los organismos locales ni creó una comisión central encargada de estudiar la cuestión. El gobierno tuvo una sola preocupación: renovar en secreto los rapaces tratados internacionales concertados por el zar con los capitalistas de Inglaterra y Francia, frenar lo más cautelosa e inadvertidamente posible la revolución, prometerlo todo y no cumplir nada. Los eseristas y los mencheviques desempeñaban en la "Comisión de Enlace" el papel de esos tontos a quienes se engaña con frases ampulosas, con promesas, con los "vuelva usted mañana”. Y como el cuervo de la conocida fábula, los 217 eseristas y los mencheviques se rendían a las adulaciones y escuchaban satisfechos las aseveraciones de los capitalistas de que tenían en alta estima a los Soviets y no daban un paso sin contar con ellos.
p En realidad, el tiempo fue pasando y el gobierno de los capitalistas no hizo nada en pro de la revolución. Pero en contra de la revolución tuvo tiempo de renovar o, mejor dicho, de confirmar los rapaces tratados secretos, "resucitándolos" por medio de negociaciones complementarias, y no menos secretas, con los diplomáticos del imperialismo anglo-francés. Contra la revolución tuvo tiempo, en dicho período, de echar los cimientos de una organización contrarrevolucionaria (o, al menos, un acercamiento) de los generales y la oficialidad del ejército de operaciones. Contra la revolución tuvo tiempo de comenzar la organización de los industríales, fabricantes y patronos, que, bajo la presión de los obreros, veíanse forzados a hacer concesión tras concesión, pero que, al mismo tiempo, empezaban a sabotear (estropear) la producción y esperaban el momento propicio para paralizarla.
Sin embargo, la organización de los obreros y los campesinos avanzados en Soviets progresaba incontenible. Los mejores elementos de las clases oprimidas percibían que el gobierno, pese a su acuerdo con el Soviet de Petrogrado, pese a la grandilocuencia de Kerenski y pese a la "Comisión de Enlace”, seguía siendo un enemigo del pueblo, un enemigo de la revolución. Las masas comprendían que la causa de la paz, la causa de la libertad, la causa de la revolución, estaba irremediablemente perdida si no se vencía la resistencia de los capitalistas. Y en las masas crecieron la impaciencia y la irritación.
VI
p Esta irritación y esta impaciencia estallaron los días 20 y 21 de abril. El movimiento comenzó de manera espontánea, sin que nadie lo preparase. Y con una orientación tan marcadamente antigubernamental que incluso un regimiento salió armado a la calle y se presentó delante del Palacio de María con el propósito de detener a los ministros. Para todo el mundo era evidente que el gobierno no podía sostenerse. Los Soviets hubieran podido (y debido) tomar el poder sin encontrar la menor resistencia por parte de nadie. En vez de hacerlo así, los eseristas y los mencheviques apoyaron al gobierno capitalista, que se venía abajo; se embrollaron más aún en la conciliación con él y dieron nuevos pasos, todavía más funestos, hacia la ruina de la revolución.
p La revolución enseña a todas las clases con una rapidez y una 218 profundidad jamás vistas en épocas normales, pacíficas. Y los capitalistas, los mejor organizados y más expertos en materia de lucha de clases y de política, fueron quienes aprendieron con mayor rapidez. Cuando vieron que la posición del gobierno era insostenible, recurrieron a un método que los capitalistas de otros países venían practicando durante decenios, a partir de 1848, para engañar, dividir y debilitar a los obreros. Este método es el de los llamados gobiernos de "coalición”, o sea, los gobiernos mixtos, formados por elementos de la burguesía y tránsfugas del socialismo.
p En Inglaterra y Francia, los países en que la libertad y la democracia coexisten desde hace más tiempo con el movimiento obrero revolucionario, los capitalistas han aplicado este método repetidas veces y con gran éxito. Los líderes “socialistas”, al colaborar en los gabinetes de la burguesía, han sido siempre testaferros, títeres y pantallas de los capitalistas, un instrumento de éstos para engañar a los obreros. Los capitalistas "demócratas y republicanos" de Rusia pusieron en práctica este mismo método. Los eseristas y los mencheviques se dejaron embaucar desde el primer momento, y el 6 de mayo, el gobierno de "coalición”, con participación de Chernov, Tsereteli y Cía., era ya un hecho.
p Los tontos de los partidos eserista y menchevique eran todo júbilo y se sumergían jactanciosos en el resplandor de la fama ministerial de sus líderes. Los capitalistas se frotaban las manos de gusto, pues "los líderes de los Soviets" venían a brindarles una ayuda contra el pueblo y les prometían apoyar "las acciones ofensivas en el frente”, es decir, la reanudación de la expoliadora guerra imperialista, que se había interrumpido. Los capitalistas conocían toda la pretenciosa impotencia de estos líderes, sabían que jamás se cumplirían las promesas hechas por la burguesía: respecto al control e incluso a la organización de la producción, respecto a la política de paz, etc., etc.
p Y así fue, en efecto. La segunda fase de desarrollo de la revolución (desde el 6 de mayo hasta el 9 o el 18 de junio) vino a confirmar por entero los cálculos de los capitalistas de embaucar fácilmente a los eseristas y mencheviques.
p Mientras Peshejónov y Skóbeliev se engañaban a sí mismos y engañaban al pueblo con frases altisonantes, diciendo que se arrebataría a los capitalistas el 100% de sus ganancias, que "su resistencia ha sido vencida”, etc., los capitalistas seguían fortaleciéndose. Durante todo ese tiempo no se hizo, en realidad, nada, absolutamente nada, para frenar a los capitalistas. Los ministros tránsfugas del socialismo resultaron ser simples máquinas parlantes encargadas de desviar la atención de las clases oprimidas, mientras que, en realidad, se dejaban en manos de la burocracia (de los 219 funcionarios públicos) y de la burguesía todos los resortes de gobierno del Estado. El tristemente célebre Palchinski, viceministro de Industria, era el representante típico de esta máquina de gobierno, que obstaculizaba toda medida enfilada contra los capitalistas. Los ministros cotorreaban, y todo seguía como antes.
p El ministro Tsereteli fue uno de los que más aprovechó la burguesía para luchar contra la revolución. Fue el encargado de “apaciguar” Cronstadt cuando los revolucionarios de aquella plaza llegaron al colmo de la osadía y destituyeron al comisario que había sido nombrado. La burguesía desencadenó en sus periódicos una campaña increíblemente estrepitosa, rabiosa y perversa, llena de mentiras y calumnias contra Cronstadt, acusándole de querer "separarse de Rusia”, y repitió esta y otras necedades en todos los tonos, tratando de asustar a la pequeña burguesía y a los filisteos. Tsereteli, el más típico representante de esos filisteos aterrados y obtusos, fue el que más “honestamente” picó en el anzuelo de esta campaña burguesa de hostigación, el que se esforzó con mayor celo por "aplastar y reprimir" a Cronstadt, sin darse cuenta de su papel de lacayo de la burguesía contrarrevolucionaria. Resultó ser el instrumento ejecutor del “pacto” concertado con el Cronstadt revolucionario, en virtud del cual el comisario de esta plaza no sería nombrado simple y llanamente por el gobierno, sino elegido por Cronstadt y confirmado por el gobierno. En estas mezquinas componendas y otras semejantes malgastaban su tiempo los ministros que habían desertado del socialismo al campo de la burguesía.
p Allá donde ningún ministro burgués podía comparecer ante los obreros revolucionarios o ante los Soviets para defender al gobierno, presentábase (mejor dicho, era enviado por la burguesía) un ministro “socialista” Skóbeliev, Tsereteli, Chernov u otro, que cumplía a conciencia su misión burguesa, se desvivía por defender al gobierno y limpiar de culpas a los capitalistas, engañando a pueblo con la repetición de promesas, promesas y más promesas y de consejos que se reducían a lo mismo: esperar, esperar y esperar.
p El ministro Chernov centró sus esfuerzos, en particular, en el regateo con sus colegas burgueses: hasta el mismo mes de julio, hasta la nueva "crisis de poder" planteada después del movimiento del 3 y 4 de julio, hasta la salida de los democonstitucionalistas del gobierno, el ministro Chernov vivió consagrado a la misión útil, interesante y profundamente popular de “persuadir” a sus colegas burgueses de que accediesen, por lo menos, a prohibir la compraventa de tierras. Esta prohibición les había sido prometida a los campesinos, del modo más solemne, en Petrogrado, en el Congreso (Soviet) de diputados campesinos de toda Rusia. Pero no se pasó de la promesa. Chernov no pudo cumplirla ni en mayo ni en junio; hasta que la ola 220 revolucionaria de la explosión espontánea del 3 y 4 de julio, que coincidió con la salida de los democonstitucionalistas del gobierno, permitió implantar esa medida. Pero, con todo, seguía siendo una medida aislada, incapaz de mejorar seriamente la lucha de los campesinos contra los terratenientes, por la tierra.
p Entretanto, el "demócrata revolucionario" Kerenski, afiliado de nuevo cuño al partido de los socialistas-revolucionarios, cumplía en el frente, de manera triunfal y brillante, la misión contrarrevolucionaria e imperialista de reanudar la rapaz guerra imperialista, la misión que no había podido cumplir Guchkov, odiado por el pueblo. Kerenski se embriagaba con su propia elocuencia. Y los imperialistas, jugando con él como con un peón de ajedrez, le envolvían en nubes de incienso, le adulaban, le idolatraban porque servía en cuerpo y alma a los capitalistas, esforzándose por convencer a las "tropas revolucionarias" de que accediesen a reanudar la guerra, que se hace, en cumplimiento de los tratados del zar Nicolás II con los capitalistas de Inglaterra y Francia, para que los capitalistas rusos se adueñen de Constantinopla y Lvov, cíe Erzerum y Trebisonda.
Así transcurrió la segunda fase de la revolución rusa, desde el 6 de mayo hasta el 9 de junio. La burguesía contrarrevolucionaria, parapetada tras los ministros “socialistas” y defendida por ellos, se fortaleció y consolide’), preparando la ofensiva contra el enemigo exterior y contra el interior, es decir, contra los obreros revolucionarios.
VII
p El partido de los obreros revolucionarios, el Partido Bolchevique, preparaba una manifestación para el 9 de junio en Petrogrado, a fin de exponer de una manera organizada el descontento y la indignación, en crecimiento incontenible, de las masas. Los líderes eseristas y mencheviques, enredados en acuerdos con la burguesía y maniatados por la política imperialista de la ofensiva, se sintieron aterrados al percibir que perdían su influencia entre las masas. Resonó un rugido general contra la manifestación, en el que las voces de los democonstitucionalistas contrarrevolucionarios se unieron esta vez a las de los eseristas y mencheviques. Bajo la dirección de estos partidos, y como fruto de su política de conciliación con los capitalistas, se manifestó con toda precisión y asombrosa claridad el viraje de las masas pequeñoburguesas hacia la alianza con la burguesía contrarrevolucionaria. En esto radican la importancia histórica y el sentido clasista de la crisis del 9 de junio.
p Los bolcheviques suspendieron la manifestación, pues no tenían el menor deseo de lanzar en aquellos momentos a los obreros a 221 una lucha desesperada contra los democonstitucionalistas, los eseristas y los mencheviques unidos. Pero estos últimos, queriendo conservar el más mínimo residuo de confianza de las masas, se vieron obligados a convocar una manifestación general para el día 18. El furor sacó de quicio a la burguesía, pues vio en ello, y con razón, un síntoma de que la democracia pequeñoburguesa se inclinaba hacia el proletariado, y decidió paralizar la acción de la democracia con una ofensiva en el frente.
p En efecto, el 18 de junio proporcione) una notable e impresionante victoria de las consignas del proletariado revolucionario, de las consignas del bolchevismo, entre las masas de San Petersburgo. Y el 19 de junio, la burguesía y el bonapartista [221•* Kerenski anunciaron con toda solemnidad el comienzo de la ofensiva en el frente precisamente el día 18.
p La ofensiva significaba, cíe hecho, la reanudación de la guerra de rapiña en provecho de los capitalistas y contra la voluntad de la inmensa mayoría de los trabajadores. Por eso, la ofensiva llevaba aparejados inevitablemente, por una parte, un gigantesco reforzamiento del chovinismo y el paso del poder militar (y, en consecuencia, también del estatal) a una pandilla militar de bonapartistas, y, por otra parte, el paso a un régimen que implicaba violencias contra las masas, persecución de los internacionalistas, supresión de la libertad de agitación, detenciones y fusilamientos de quienes se oponían a la guerra.
Y si el 6 de mayo unció a los eseristas y mencheviques con una soga a la carroza triunfal de la burguesía, el 19 de junio los enyugó con cadenas como criados de los capitalistas.
VIII
p Como es natural, la cólera de las masas creció con mayor rapidez y fuerza al reanudarse la guerra de rapiña. Los días 3 y 4 de julio estalle’) la indignación popular. Los bolcheviques intentaron moderar la explosión y, por supuesto, darle la forma más organizada posible.
p Los eseristas y los mencheviques, como esclavos de la burguesía encadenados por su dueño y señor, accedieron a todo: a que fuesen trasladadas a Petrogrado tropas reaccionarias, a que se 222 restableciese la pena de muerte, a que se desarmase a los obreros y a las tropas revolucionarias, a las detenciones, a las persecuciones y las suspensiones de periódicos sin juicio previo. Y el poder, que la burguesía no podía asumir por entero en el gobierno y que los Soviets se negaron a tomar, cayó en manos de una camarilla militar, de los bonapartistas, respaldados en todo, como es de suponer, por los democonstitucionalistas y los ultrarreaccionarios, los terratenientes y los capitalistas.
p Los eseristas y los mencheviques rodaron de escalón en escalón. Puestos ya en la pendiente de su conciliacionismo con la burguesía, rodaron inconteniblemente hasta que cayeron en el fondo del abismo. El 28 de febrero prometieron en el Soviet de Petrogrado un apoyo condicional al gobierno burgués. El 6 de mayo le salvaron de la catástrofe y se dejaron convertir en sus lacayos y defensores al dar su conformidad a la ofensiva. El 9 de junio se unieron a la burguesía contrarrevolucionaria en la desenfrenada campaña de odio, mentiras y calumnias contra el proletariado revolucionario. El 19 de junio aprobaron la reanudación de la guerra expoliadora. El 3 de julio accedieron a que se llamasen tropas reaccionarias: era el comienzo de la entrega definitiva del poder a los bonapartistas. Rodaron de escalón en escalón.
Este vergonzoso final de los partidos eserista y menchevique no tiene nada de casual: es el resultado, confirmado más de una vez por la experiencia de Europa, de la situación económica de los pequeños propietarios, de la pequeña burguesía.
IX
p Todo el mundo ha podido observar, naturalmente, cómo se esfuerzan los pequeños propietarios, cómo tratan de "abrirse camino”, de llegar a ser verdaderos propietarios, de escalar la posición del amo “poderoso”, la posición de la burguesía. Mientras impere el capitalismo, el pequeño propietario no tendrá más que esta salida: o conquistar la posición del capitalista (posibilidad que, en el mejor de los casos, sólo se abre ante uno de cada cien pequeños propietarios) o pasar a la situación del pequeño propietario arruinado, del semiproletario y, después, del proletario. Así ocurre también en política: la democracia pequeñoburguesa, sobre todo personificada por sus dirigentes, se arrastra tras la burguesía. Los líderes de la democracia pequeñoburguesa consuelan a sus masas con promesas y protestas de que es posible llegar a un acuerdo con los grandes capitalistas. En el mejor de los casos, obtienen de éstos, durante muy poco tiempo, concesiones insignificantes, que sólo benefician a la pequeña cúspide de las masas trabajadoras. Pero en 223 todos los problemas decisivos, importantes, la democracia pequeñoburguesa se ha encontrado siempre a la cola de la burguesía, ha sido un impotente apéndice suyo, un instrumento sumiso en manos de los reyes de las finanzas. La experiencia de Inglaterra y cíe Francia lo ha confirmado muchas veces.
p La experiencia de la revolución rusa, en la que los acontecimientos se han desarrollado con singular celeridad, sobre todo bajo la influencia de la guerra imperialista y de la profundísima crisis originada por ella; esta experiencia, que comprende desde febrero hasta julio de 1917, ha venido a confirmar con extraordinaria claridad y evidencia la vieja verdad marxista referente a la inconsecuencia de la pequeña burguesía.
La revolución rusa enseña que las masas trabajadoras sólo tienen un camino para salvarse de la férrea tenaza de la guerra, del hambre y de su esc lavización por los terratenientes y capitalistas: romper por completo con los partidos eserista y menchevique, comprender claramente su papel de traidores, renunciar a toda conciliación con la burguesía y ponerse resueltamente al lado de los obreros revolucionarios. Estos últimos, si los apoyan los campesinos pobres, son los únicos que pueden quebrantar la resistencia de los capitalistas, llevar al pueblo a la conquista de la tierra sin indemnización, a la plena libertad, al triunfo sobre el hambre, al triunfo sobre la guerra, a una pa/. justa y duradera.
EPILOGO
p Este artículo fue escrito, como se deduce de su texto, a fines de julio.
p La historia de la revolución durante el mes de agosto ha confirmado cuanto se dice en él. Además, la sublevación de Kornilov*’ a finales de agosto imprimió a la revolución un nuevo viraje y mostró palpablemente a todo el pueblo que los democonstitucionalistas, aliados a los generales contrarrevolucionarios, pretenden disolver los Soviets y restaurar la monarquía. ¿Será este nuevo viraje de la revolución lo suficientemente fuerte para poner fin a la funesta política de conciliación con la burguesía? El futuro inmediato lo dirá...
p N. Lenin
Notes
[221•*] Se denomina bonapartismo (palabra derivida de Bonaparte, apellido de dos emperadores franceses) a un gobierno que pretende aparecer al margen de los partidos, aprovechando la durísima lucha que sostienen entre sí los partidos de los capitalistas y de los obreros. Semejante gobierno, sirviendo de hecho a los capitalistas, es el que más engaña a los obreros con promesas y pequeñas limosnas.
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