379
3. LA POLÉMICA DE KAUTSKY CON PANNEKOEK
 

p Pannekoek se manifestó contra Kautsky como uno de los representantes de la tendencia "radical de izquierda”, que agrupaba en sus filas a Rosa Luxemburgo, Carlos Rádek y otros y que, defendiendo la táctica revolucionaria, estaba unida por la convicción de que Kautsky se pasaba a la posición del “centro”, el cual, dando de lado los principios, vacilaba entre el marxismo y el oportunismo. Que esta apreciación era acertada vino a demostrarlo por entero la guerra, cuando la corriente del “centro” (erróneamente denominada marxista) o del “kautskismo” se reveló en toda su repugnante mezquindad.

p En el artículo Las acciones de masas y la revolución (Neue Zeit, 1912, XXX, 2), en el que se tocaba el problema del Estado, Pannekoek calificó la posición de Kautsky de "radicalismo pasivo”, de "teoría de la espera inactiva”. "Kautsky no quiere ver el proceso de la revolución" (pág. 616). Al plantear la cuestión en estos términos, Pannekoek abordó el tema que nos interesa aquí: las tareas de la revolución proletaria respecto al Estado.

p “La lucha del proletariado—esc ribió—no es simplemente una lucha contra la burguesía por el poder del Kstado. sino una lucha contra el poder del Estado... El contenido de la revolución proletaria es la destrucción y sustitución (literalmente: disolución, Aujlositng) de los m proletariado... I.a lucha cesa úi destrucción completa de la i

p dios de fuer/.a del Kstado por los medios de fuer/a del icarnc’nte cuando se produce, como resultado final, la rgani/.ación estatal. I.a organización de la mayoría strnir la organi/ación de la minoría dominante" (pág.

p 548).

p La manera en que formula sus pensamientos Pannekoek adolece de defectos muy grandes. Pero, a pesar de todo, la idea está clara, y es interesante ver f orno’la refuta Kautsky.

p “Hasta ahora—escribe—la oposición entre los soc laldemócratas v los anarquistas consistía en que los primeros querían conquistar el poder del Estado, v los segundos, destruirlo. Pannekoek quiere las dos cosas" (pág. 724).

p Si la exposición de Pannekoek adolece de vaguedad y no es lo bastante concreta (sin hablar ya de otros defectos de su artículo, no relacionados con el tema que tratamos), Kautsky toma precisamente la esencia de principio del asunto, esbozada por Pannekoek, y en esta cuestión cardinal y de principio abandona por entero la posición del marxismo y se pasa con armas y bagajes al oportunismo. Kautsky 380 define de un modo talso por completo la diferencia existente entre los socialdemócratas y los anarquistas y tergiversa y envilece definitivamente el marxismo.

p La diferencia entre los marxistas y los anarquistas consiste en lo siguiente: 1) En que los primeros, cuyo fin es la destrucción completa del Estado, reconocen que este fin sólo puede alcanzarse después de que la revolución socialista haya suprimido las clases como resultado de la instauración del socialismo, el cual conduce a la extinción del Estado. Los segundos, en cambio, quieren destruir por completo el Estado de la noche a la mañana, sin comprender las condiciones en que puede realizarse esta destrucción. 2) En que los primeros reconocen la necesidad de que el proletariado, después de conquistar el poder político, destruya totalmente la vieja máquina del Estado, sustituyéndola con otra nueva, formada por la organización de los obreros armados, según el tipo de la Comuna. Los segundos propugnan la destrucción de la máquina del Estado y tienen una idea absolutamente confusa de con qué ha de sustituir esa máquina el proletariado y de cómo ejercerá éste el poder revolucionario. Los anarquistas rechazan incluso la utilización del poder estatal por el proletariado revolucionario, su dictadura revolucionaria. 3) En que los primeros demandan que el proletariado se prepare para la revolución aprovechando el Estado moderno, mientras que los anarquistas lo rechazan.

p En esta controversia es Pannekoek quien representa al marxismo contra Kautsky, pues precisamente Marx nos enseñó que el proletariado no puede limitarse a conquistar el poder del Estado en el sentido de que la vieja máquina estatal pase a nuevas manos, sino que debe destruir, romper dicha máquina y sustituirla con otra nueva.

p Kautsky abandona el marxismo y se pasa a los oportunistas, pues en su concepción desaparece por completo precisamente esta destrucción de la máquina del Estado, inaceptable en absoluto para los oportunistas, a quienes deja una escapatoria a fin de que puedan interpretar la “conquista” como una simple adquisición de la mayoría.

p Para encubrir su adulteración del marxismo, Kautsky procede como un dogmático: nos saca una “cita” del propio Marx. En 1850 Marx había esc rito que era necesaria una "resuelta centralización del poder en manos del Estado”. Y Kautsky pregunta triunfal: ¿No querrá Pannekoek destruir el “centralismo”?

p Eso es ya, sencillamente, un juego de manos, parecido a la identificación que hace Bernstein del marxismo y del proudhonismo en sus concepciones acerca del federalismo, que él opone al centralismo.

381

p La "( ita" aducida por Kautsky no viene al caso. El centralismo es posible tanto con la vieja máquina estatal como con la nueva. Si los obreros unen voluntariamente sus fuerzas armadas, eso será centralismo, pero un centralismo basado en "la destrucción completa" del aparato centralista del Estado, del ejército permanente, de la policía y de la burocracia. Kautsky se comporta como un fullero al eludir las consideraciones, perfectamente conocidas, de Marx y Engels acerca de la Comuna y desgajar una cita que no guarda ninguna relación con el asunto.

p “...;Qui/á quiera l’annekoek abolir las funciones públicas de los tuiu ionarios:* —pregunta Kaulskv—. Ni en el partido ni en los sindicatos, v no digamos en la administración pública, podemos prescindir de los funcionarios. Nuestro programa no pide que sean suprimidos los funcionarios del Kstado, sino que sean elegidos por el pueblo... De lo que se trata no es fie saber qué estructura tendrá el aparato administrativo del "Kstado del porvenir”, sino de saber si nuestra lucha política

p de la (’.nena. "No, ni

p I

p dará al "Kstado del \

p oí Kautsky). -Qué ministerio, con sus funcionarios, podría Hieran los ministerios de Instrucción, de Justicia, de Hacienda y estra lucha política contra el gobierno no suprimirá ninguno de

p orvenir" la socialdemocracia triunfante, sino de cómo nuestra

p oposición modifica el Kstado actual" (pág. 725).

p Esto es una superchería manifiesta. Pannekoek había planteado precisamente el problema de In revolución. Así se dice con toda claridad en el título de su artículo y en los pasajes citados. Al saltar al tema de la "oposición”, Kautsky suplanta precisamente el punto de vista revolucionario por el oportunista. Y resulta lo siguiente: Ahora estamos en la oposición; después de la conquista del poder ya veremos. ¡La revolución desaparece! Que es exactamente lo que deseaban los oportunistas.

p No se trata ni de la oposición ni de la lucha política en general, sino precisamente de la revolución. La revolución consiste en eme el proletariado destruye "el aparato administrativo" y todo el aparato del Estado, sustituyéndolo con otro nuevo, constituido por los obreros armados. Kautsky revela una "veneración supersticiosa" por los “ministerios”; pero ¿por qué estos ministerios no pueden ser remplazados, supongamos, por comisiones de especialistas adjuntas a los Soviets soberanos y omnipotentes de diputados obreros y soldados?

p La esencia de la cuestión no radica, ni mucho menos, en si seguirán existiendo los “ministerios” o habrá "comisiones de especialistas" u otras instituciones. La esencia de la cuestión radica en saber si se conserva la vieja máquina estatal (enlazada por miles de hilos a la burguesía y empapada hasta la médula de rutina e inercia) o 382 si se la destruye, sustituyéndola con otra nueva. La revolución debe consistir no en que la nueva clase mande y gobierne con ayuda de la vieja máquina del Estado, sino en que destruya esta máquina y mande y gobierne con ayuda de otra nueva: Kautsky escamotea, o no ha comprendido en absoluto, esta idea fundamental del marxismo.

p Su pregunta acerca de los funcionarios demuestra palpablemente que no ha comprendido las enseñan/as de la Comuna ni la doctrina de Marx. "Ni en el partido ni en los sindicatos podemos prescindir de los funcionarios..."

p No podemos prescindir de los funcionarios en el capitalismo, bajo la dominación de la burguesía. El proletariado está oprimido, las masas trabajadoras están esclavizadas por el capitalismo. En él, la democracia es limitada, coartada, cercenada y adulterada por todo el ambiente de esclavitud asalariada, de penuria y miseria de las masas. Por eso, y sólo por eso, los funcionarios de nuestras organizaciones políticas y sindicales se corrompen (o, para ser más exactos, muestran la tendencia a corromperse) en el ambiente del capitalismo; muestran la tendencia a convertirse en burócratas, es decir, en personas privilegiadas, divorciadas de las masas y situadas por encima de las masas.

p En esto consiste la esencia del burocratismo, y mientras los capitalistas no sean expropiados, mientras la burguesía no sea derribada, será inevitable cierta "burocratización" incluso de los funcionarios proletarios.

p Kautsky presenta las cosas así: puesto que siguen existiendo funcionarios electivos, en el socialismo seguirá habiendo funcionarios, ¡seguirá habiendo burocracia! Y ahí radica precisamente la falsedad. Justamente en el ejemplo de la Comuna, Marx mostró que, en el socialismo, quienes ocupan cargos oficiales dejan de ser "burócratas”, dejan de ser “funcionarios”; dejan de serlo a medida que se implanta, además de la elegibilidad, la amovilidad en todo momento; y, además de esto, los sueldos equiparados al salario medio de un obrero; y, además de esto, la sustitución de los organismos parlamentarios por "corporaciones de trabajo”, es decir, "ejecutivas v legislativas al mismo tiempo".

p En el fondo, toda la argumentación de Kautsky contra Pannekoek—y, en particular, su estupendo argumento de que tampoco en las organizaciones sindicales y del partido podemos prescindir de los funcionarios—revelan que Kautsky repite los viejos “argumentos” de Bernstein contra el marxismo en general. En su libro de renegado Las premisas del socialismo, Bernstein combate las ideas de la democracia “primitiva”, lo que él llama "democracia doctrinaria": mandatos imperativos, funcionarios sin sueldo, representación 383 central impotente, etc. Como prueba de que esta democracia “primitiva” es inconsistente, Bernstein aduce la experiencia de las tradeuniones inglesas, tal y como la interpretan los esposos Webb. Según ellos, en los setenta años de existencia de las tradeuniones, que se han desarrollado "en completa libertad" (página 137 de la edición alemana), dichas organizaciones se han convencido precisamente de la inutilidad de la democracia primitiva y la han sustituido por la democracia corriente: el parlamentarismo combinado con el burocratismo.

p En realidad, las tradeuniones no se han desarrollado "en completa libertad”, sino en completa esclavitud capitalista, bajo la cual es lógico que "no pueda prescindirse" de una serie de concesiones a los males imperantes, a la violencia, a la mentira, a la exclusión de los pobres de los asuntos de la “alta” administración. En el socialismo resucitarán de manera inevitable muchas cosas de la democracia “primitiva”, pues la masa de la población se elevará y llegará, por vez primera en la historia de las sociedades civilizadas, a intervenir por cuenta propia no sólo en votaciones y elecciones, sino también en la labor diaria de administración. En el socialismo, todos intervendrán por turno en la dirección y se habituarán rápidamente a que nadie dirija.

p Con su genial talento crítico-analítico, Marx vio en las medidas prácticas de la Comuna el viraje que temen y no quieren reconocer los oportunistas por cobardía, por falta de deseo de romper irrevocablemente con la burguesía, y que los anarquistas no quieren ver o por apresuramiento o por incomprensión de las condiciones en que se producen las transformaciones sociales masivas en general. "No cabe ni pensar en destruir la vieja máquina del Estado, pues ¿cómo vamos a arreglárnoslas sin ministerios y sin funcionarios?”, razona el oportunista impregnado de filisleísmo hasta la médula y que, en el fondo, lejos de creer en la revolución, en la capacidad creadora de la revolución, la teme como a la muerte (igual que la temen nuestros mencheviques y eseristas).

pSólo hay que pensar en destruir la vieja máquina del Estado, no hay por qué ahondar en las enseñanzas concretas de las anteriores revoluciones proletarias ni analizar con qué y cómo sustituir lo destruido”, razonan los anarquistas (los mejores anarquistas, naturalmente, pero no los que van a la zaga de la burguesía tras los señores Kropotkin y Cía.). De ahí resulta que los anarquistas propugnen la táctica de la desesperación y no la táctica de una labor revolucionaria con objetivos concretos que sea implacable y audaz, pero que tenga en cuenta, al mismo tiempo, las condiciones prácticas del movimiento de masas.

p Marx nos enseña a evitar ambos errores, nos enseña a ser audaces 384 y abnegados Cn la destrucción de toda la vieja máquina del Estado, pero, a la ve/, a plantear la cuestión de un modo concreto: la Comuna pudo en unas cuantas semanas empezar a construir una nuevo máquina del Estado, una máquina proletaria, de tal y tal modo, aplicando las medidas señaladas para ampliar la democracia y desarraigar el burocratismo. Aprendamos de los comuneros audacia revolucionaria, veamos en sus medidas prácticas un esbozo de las medidas prácticamente urgentes e inmediatamente posibles, y entonces, siguiendo este camino, llegaremos al aniquilamiento completo del burocratismo.

p La posibilidad de este aniquilamiento está garantizada por el hecho de que el socialismo reducirá la jornada de trabajo, elevará a las masas a una vida nueva, colocará a la mayoría de la población en condiciones que permitirán a todos sin excepción ejercer las "funciones del Estado”, y esto conducirá a la extinción completa de todo Estado en general.

p “...I.a tarca de la huelga (le masas—prosiga destruir <>l poder del K

p Kautsky—jamás puede consistir en qar a un gobierno a ceder en un til al proletariado por otro dispuesto o jamás ni en modo alguno puede

p un gobierno hostil) "conducir a la

p ustituir un gobierno no ilgegenkannnende) ... Pe >br

p a hacerle (oncesiones ((

p destrucción del poder

p el Kstado, sino

p micamentc a un cierto desplazamiento ’entro del poder del Estado... Y la meta de sido hasta aquí: conquistar el poder del lo v hacer del Parlamento el dueño del

p (Verschiebiiiig) en la correlación de Ineivas nuestra lucha política sigue siendo la que h; Kstado ganando la mayoría en el l’arlamei gobierno" (págs. T¿fi, 727, 7.’Í2).

p Esto es ya el más puro y más vil oportunismo, es ya renunciar de hecho a la revolución, reconociéndola de palabra. La idea de Kautsky no va más allá de "un gobierno dispuesto a hacer concesiones al proletariado”. Y esto significa un paso atrás hacia el filisteísmo, en comparación con 1847, año en eme el Manifiesto Comunista proclamaba "la organización del proletariado en clase dominante".

p Kautsky tendrá que reali/ar la “unidad”, tan predilecta para él, con los Scheidemann, los Plejánov y los Vandervelde, todos los cuales están de acuerdo en luchar por un gobierno "dispuesto a hacer concesiones al proletariado".

p Pero nosotros iremos a la ruptura con estos traidores al socialismo y lucharemos por la destrucción de toda la vieja máquina del Estado para que el propio proletariado armado sei, el gobierno. Son "dos cosas muy distintas".

p Kaulsky tendrá que seguir en la grata compañía de los Legien y los David, los Plejánov, los Potrésov, los Tsereteli v los Chernov, que 385 están completamente de acuerdo con luchar por "un desplazamiento en la correlación de fuer/as dentro del poder del Estado" y por "ganar la mayoría en el Parlamento y hacer del Parlamento el dueño del gobierno”, nobilísimo fin en el que todo es aceptable para los oportunistas y todo permanece en el marco de la república parlamentaria burguesa.

Pero nosotros iremos a la ruptura con los oportunistas; y todo el proletariado consciente estará con nosotros en la lucha, no por "un desplazamiento en la correlación de fuer/as”, sino por el derrocamiento de la burguesía, por la destrucción del parlamentarismo burgués, por una república democrática del tipo de la Comuna o por una República de los Soviets de diputados obreros y soldados, por la dictadura revolucionaria del proletariado.

* * *

p Más a la derecha que Kautsky están situadas, en el socialismo internacional, corrientes como la cíe los Cuadernos Mensuales Socialistas* " en Alemania (Legien, David, Kolb y muchos otros, incluyendo a los escandinavos Stauning y Branung); los jauresistas y Vandervelde en Francia y Bélgica; Turati, Treves y otros representantes del ala derecha del partido italiano; los fabianos y los “independientes” (el Partido Laborista Independiente, que, en realidad, ha dependido siempre de los liberales) en Inglaterra, etc. Todos estos señores, que desempeñan un papel ingente, muy a menudo predominante, en la actividad parlamentaria y en la labor publicística del partido, niegan francamente la dictadura del proletariado y practican un oportunismo descarado. Para estos señores, la “dictadura” del proletariado ¡¡"está en contradicción" con la democracia!! En el fondo, no se distinguen en nada serio de los demócratas pequeñoburgueses.

p Tomando en consideración esta circunstancia, tenemos derecho a llegar a la conclusión de que la II Internacional, personificada por la mayoría abrumadora de sus representantes oficiales, ha caído de lleno en el oportunismo. La experiencia de la Comuna ha sido no sólo olvidada, sino tergiversada. Lejos de inculcar en las masas obreras que se acerca el día en que deberán lanzarse a la lucha y destruir la vieja máquina del Estado, sustituyéndola con una nueva y convirtiendo así su dominación política en base de la transformación socialista de la sociedad; lejos de eso, se les ha inculcado todo lo contrario, y se ha presentado de tal modo la "conquista del poder" que han quedado miles de escapatorias al oportunismo.

p La tergiversación y el silenciamiento del problema concerniente a

13-74

386 la actitud de la revolución prole!aria ante el Estado no podían por menos de desempeñar un papel gigantesco en el momento en eme los Estados, con su máquina militar refor/ada a consecuencia de la rivalidad imperialista, se convertían en monstruos guerreros que exterminaban a millones de hombres para decidir quién había de dominar el mundo: Inglaterra o Alemania, uno u otro capital financiero  [386•* .

* * *
 

Notes

[386•*]   F.n el manuscrito siguí^^1^^:

LA EXPERIENCIA I)K l.AS RKVOI.UCIONKS RUSAS I)K 1905 Y 1917

El teína si-ñal do en el tí ilo de este capítulo es tan inmensamente grande que aceña de él pin leu v del) n escribirse lomos enteros. Kn el presente folleto ,d

>nadas de

leí Estado”. (Aquí se interrumpe el manuscrito.) (N. de la Edit.)