p Escrito entre el /.’i v el 26 de abril de 191H.
p T. 36, paga. 165-208.
Publicado el 28 de abril de 1918 en el núm. 83 de “Pmvdn” y en el Suplemento del núm. 85 de "hvextiii del C.KC de toda Rusia”. Firmado: N. l.rn in
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LA SITUACIÓN INTERNACIONAL
DE LA REPÚBLICA SOVIÉTICA
DE RUSIA Y LAS TAREAS FUNDAMENTALES
DE LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA
p Gracias a la paz lograda—pese a todos los sacrificios que implica v a lo efímera que es—, la República Soviética de Rusia obtiene durante cierto tiempo la posibilidad de concentrar todas sus fuer/as en el punto más importante y difícil de la revolución socialista, en la tarea de organización.
p Esa tarea ha sido planteada con claridad y precisión a todas las masas trabajadoras y oprimidas en el 4° apartado (4’ L parte) de la resolución aprobada el 15 de mar/.o de 1918 por el Congreso Extraordinario de los Soviets celebrado en Moscú, en el mismo apartado (o eu la misma parte) de la resolución en que se habla de la autodisciplina de los trabajadores y de la lucha implacable contra el caos y la desorganización [673•* .
p Lo efímero de la pa/. lograda por la República Soviética de Rusia no depende, como es natural, de que ésta piense reanudar ahora las hostilidades; excepto los contrarrevolucionarios burgueses y sus acólitos (los mencheviques y otros), ningún político que esté en su sano juicio piensa en ello. Lo efímero de la pa/ depende de que en los países imperialistas, que limitan con el Oeste y el Este de Rusia y que poseen inmensa fuerza militar, puede triunfar de un momento a otro el partido belicista, tentado por la debilidad momentánea de Rusia y estimulado por los capitalistas, que odian el socialismo y se desviven por expoliar.
p En tal situación, la única garantía de paz, real y no sobre el papel, nos la ofrecen las disensiones entre las potencias imperialistas, que han alcan/.ado el punto culminante y que se manifiestan, por un lado, en la reanudación de la matanza imperialista entre los pueblos de Occidente y, por otro lado, en la competencia imperialista, exacerbada hasta el extremo, entre el japón y 674 Norteamérica por el dominio en el Océano Pacífico y sus costas.
p Claro está que la situación internacional de nuestra República Socialista Soviética, con protección tan endeble, es sin duda crítica e insegura en extremo. Se necesita una extraordinaria tensión de todas nuestras fuerzas para aprovechar la tregua lograda en virtud de una concurrencia de circunstancias, con objeto de curar las profundas heridas que la guerra ha inferido a todo el organismo social de Rusia y para elevar el nivel económico del país, sin lo cual no puede ni hablarse de un aumento algo serio de nuestra capacidad defensiva.
p Es claro también que únicamente en la medida en que sepamos resolver el problema de organización que tenemos planteado podremos prestar una ayuda seria a la revolución socialista en Occidente, que se ha retrasado en virtud de una serie de causas.
p La condición fundamental para resolver con éxito el problema de organización, planteado ante nosotros en primer término, es que los dirigentes políticos del pueblo, es decir, los afiliados al Partido Comunista (bolchevique) de Rusia y, tras ellos, todos los representantes conscientes de las masas trabajadoras, comprencian perfectamente la diferencia radical existente, en el aspecto que estamos analizando, entre las revoluciones burguesas anteriores y la actual revolución socialista.
p La misión principal de las masas trabajadoras en las revoluciones burguesas estribaba en llevar a cabo la labor negativa o destructora de aniquilamiento del feudalismo, de la monarquía, del régimen medieval. El trabajo positivo o constructivo de organización de la nueva sociedad lo realizaba la minoría poseedora, la minoría burguesa de la población. Y, a pesar de la resistencia de los obreros y campesinos pobres, la burguesía cumplía esta tarea con relativa facilidad no sólo porque la resistencia de las masas explotadas por el capital era entonces, debido a su dispersión y atraso, débil en extremo, sino también porque la principal fuerza organizadora de la sociedad capitalista, sociedad anárquica, es el mercado nacional e internacional, que se amplía y ahonda de manera espontánea.
p En cambio, la misión principal del proletariado y de los campesinos pobres, guiados por él, estriba en toda revolución socialista—por consiguiente, también en la revolución socialista comenzada por nosotros en Rusia el 25 de octubre de 1917—, en el trabajo positivo o constructivo de formación de una red extraordinariamente compleja y sutil de nuevas relaciones de organización que abarquen la producción y distribución metódicas de los productos necesarios para la existencia de decenas de millones de hombres. Una revolución de esta naturale/a sólo 675
Primera página del manuscrito de V.l.l.enin 7’c.si.s acerca At k.s Inrca.s del Poder soviético en el momento actual. Abril de 1918. Tamaño redwido
676 677 puede verse coronada por el éxito cuando la mayoría de la población y, ante todo, la mayoría de los trabajadores, demuestre una iniciativa creadora independiente en el plano histórico. La victoria de la revolución socialista quedará asegurada únicamente en el caso de que el proletariado y los campesinos pobres logren el grado suficiente de conciencia, firmeza ideológica, abnegación y tenacidad. Al crear un nuevo tipo de Estado, el Estado soviético, que ofrece a las masas trabajadoras y oprimidas la posibilidad de participar activamente en la construcción independiente de la nueva sociedad, no hemos resuelto más que una pequeña parte de un difícil problema. La dificultad principal reside en el terreno económico: llevar en todas partes una contabilidad y un control rigurosos de la producción y distribución de los productos, aumentar la productividad del trabajo, socializar la producción en la práctica.p El desarrollo del partido de los bolcheviques, que es en la actualidad el partido gobernante en Rusia, nos muestra de manera palmaria en especial en qué consiste el viraje histórico que estamos dando, viraje que constituye la peculiaridad del momento político actual y que exige una nueva orientación del Poder soviético, es decir, un nuevo planteamiento de las nuevas tareas.
p La primera tarea de todo partido del porvenir consiste en convencer a la mayoría del pueblo de lo acertado de su programa y de su táctica. Esta tarea se colocaba en primer plano tanto en el régimen /arista como en el período de conciliación de los Chernov y los Tsereteli con los Kerenski y los Kishkín. Hoy día esta tarea que, como es lógico, está lejos de haberse cumplido hasta el fin (y que jamás puede cumplirse hasta el fin) se ha cumplido en lo fundamental, pues, como lo ha demostrado de manera irrefutable el último Congreso de los Soviets, celebrado en Moscú, la mayoría de los obreros y campesinos de Rusia apoya a todas luces a los bolcheviques.
p La segunda tarea de nuestro partido consistía en conquistar el poder político y aplastar la resistencia de los explotadores. Esta tarea también se halla lejos de haber sido cumplida hasta el fin, y no se puede pasar por alto, pues los monárquicos y los democonstitucionalistas, por un lado, y sus acólitos y lacayos, los mencheviques y eseristas de derecha, por otro, persisten en sus tentativas de agruparse para derrocar el Poder soviético. Pero, en lo fundamental, el problema de aplastar la resistencia de los explotadores ha sido resuelto ya en el período que media entre el 678 25 de octubre de 1917 y (aproximadamente) febrero de 1918 o la rendición de Bogaievski.
p Ahora, la tercera tarea inmediata que se nos plantea, tarea que caracteriza el momento que atravesamos, es la de oiganizar la labor de gobernar a Rusia. Está claro que esta tarea se planteó y comenzó a cumplirse ya al día siguiente del 25 de octubre de 1917; pero hasta hoy, mientras la resistencia de los explotadores adquiría la forma de guerra civil abierta, la tarea de gobernar el país no podía convertirse en la tarea principal, central.
p Ahora se plantea ya así. Nosotros, el partido de los bolcheviques, hemos convencido a Rusia, se la hemos ganado a los ricos para los pobres, a los explotadores para los trabajadores. Ahora debemos gobernarla. Y toda la peculiaridad del momento en que vivimos, toda la dificultad consiste en saber comprender las particularidades de la transición de una tarea principal, como la de convencer al pueblo y aplastar por la fuerza militar la resistencia de los explotadores, a otra tarea principal, la de gobernar.
Por vez primera en la historia universal, un partido socialista ha logrado coronar, en términos generales, la conquista del poder y el aplastamiento de los explotadores y abordar de lleno la tarea de gobernar el país. Es necesario que resultemos dignos cumplidores de esta dificilísima (y muy grata) tarea de la transformación socialista. Es menester tomar en consideración que para poder gobernar con acierto hace falta, además de saber convencer, además de saber triunfar en la guerra civil, saber organizar de un modo práctico. Esta es la tarea más difícil, pues se trata de organizar de un modo nuevo las más profundas bases de la vida de decenas y decenas de millones de hombres, las bases económicas. Y ésta es la tarea más grata de todas, pues únicamente después de cumplirla (en sus aspectos principales y fundamentales) podrá decirse eme Rusia se ha convertido no sólo en república soviética, sino también en república socialista.
LA CONSIGNA GENERAL DEL MOMENTO
p La situación objetiva que hemos descrito, debida a una paz extremadamente dura y efímera, a una ruina penosísima, al paro y al hambre que nos han legado la guerra y el dominio de la burguesía (representada por Kerenski y los mencheviques y eseristas de derecha que lo apoyaban): todo esto ha dado ineludiblemente lugar a un cansancio inmenso y ha llegado incluso a agotar las fuerzas de las grandes masas trabajadoras. Estas masas exigen imperiosamente—y no pueden menos de hacerlo—cierto 679 descanso. A la orden del día se nos plantean las laicas de restablecer las fuerzas productivas, arrumadas pni !.: uiu-rr.r y por el gobierno de la burguesía; turar las heridas inlerrdas ]>>! la guerra, por la derrota militar, la especulación v ios muñios de la burguesía de restablecer el derrocado poder de los explotadores; elevar el nivel económico del país; mantener con firme/a un orden elemental. Puede parecer paradójico, pero, en realidad y en virtud de las condiciones objetivas indicadas, es absolutamente indudable que en estos momentos el Poder soviético sólo puede asegurar’ el paso de Rusia al socialismo en el caso de que cumpla en la práctica estas tareas, las más elementales, del mantenimiento del orden social, y las cumpla, a pesar de la resistencia de la burguesía, de los mencheviques y eseristas de derecha. Dadas las peculiaridades concretas de la situación actual y la existencia del Poder soviético con sus leyes sobre la socialización de la tierra, el control obrero, etc., el cumplimiento práctico de estas tareas elementalísimas y la superación de las dificultades de organización de los primeros pasos hacia el socialismo constituyen ahora las dos caras de una misma medalla.
Lleva con puntualidad y honradez la cuenta del dinero, administra con economía, no seas perezoso, no robes, observa la mayor disciplina en el trabajo: éstas son precisamente las consignas que, ridiculizadas con razón por el proletariado revolucionario cuando la burguesía encubría con ellas su dominio como clase explotadora, se transforman hoy día, después del derrocamiento de la burguesía, en las consignas principales y propias del momento. Por un lado, la aplicación práctica de estas consignas por la masa de trabajadores constituye la única condición para salvar al país, desangrado casi totalmente por la guerra imperialista y por los rapaces imperialistas (con Kerenski a la cabeza); y, por otro lado, la aplicación práctica de estas consignas por el Poder soviético, con sus métodos, basándose en sus leyes, es necesaria y suficiente para asegurar la victoria definitiva del socialismo. Esto es lo que no pueden comprender quienes rechazan con desdén el planteamiento en primer plano de consignas tan “gastadas” y “triviales”. En un país de pequeños campesinos que apenas hace un año ha derrocado el zarismo y menos de medio año que se ha librado de los Kerenski, han quedado, naturalmente, bastantes elementos de anarquismo espontáneo, acrecentados por el embrutecimiento y la barbarie, eternos acompañantes de toda guerra prolongada y reaccionaria, y se ha propagado a escala bastante grande, el espíritu de desesperación y de irritación abstracta, y si añadimos a esto la política provocadora de los lacayos de la burguesía (mencheviques, eseristas de derecha y otros) se 680 comprenderá claramente cuántos esfuerzos prolongados y tenaces deben realizar los obreros y campesinos mejores y más conscientes para lograr un viraje completo en i-l estado de ánimo de las masas y su paso a un trabajo ordenado, cousec urnte y disciplinado. Este paso dado por la masa pobre (los proletarios y semiproletanos) es el único capaz de coronar la victoria sobre la burguesía y. particularmente, sobre la burguesía campesina, la más obstinada y numerosa.
NUEVA FASE DE LA LUCHA CONTRA LA BURGUESÍA
p Hemos vencido a la burguesía, pero todavía no hemos logrado desarraigarla, aún no está aniquilada, ni sicjuiera quebrantada por completo. Por eso se plantea a la orden del día una nueva forma de lucha contra la burguesía, una forma superior: la de pasar de la tarea elemental de la expropiación consecutiva de los capitalistas a una tarea mucho más compleja y difícil, la de crear unas condiciones que imposibiliten la existencia y el resurgimiento de la burguesía. Es evidente que esta tarea es incomparablemente más elevada y que el socialismo puede darse por inexistente si no se cumple.
p Si tomamos por punto de referencia las revoluciones del occidente de Europa, nosotros nos encontramos aproximadamente al nivel alcanzado en 1793 y 1871. Podemos estar orgullosos, y con plena razón, de haber alcanzado este nivel y, en cierto sentido, es indudable que hemos avanzado algo más, pues hemos decretado e implantado en toda Rusia un tipo superior de Estado: el Poder soviético. Pero en modo alguno podemos darnos por satisfechos con lo que hemos logrado, pues estamos tan sólo en el comienzo de la transición al socialismo, sin haber aplicado todavía las medidas decisivas en este sentido.
p Lo decisivo en este caso es organizar la contabilidad y el control severísimos de la producción y distribución de los productos a cargo de todo el pueblo. Sin embargo, no hemos logrado todavía establecer esa contabilidad ni ese control en las empresas, en las diversas ramas de la economía e industrias que hemos confiscado a la burguesía, sin lo cual no puede ni hablarse de la otra condición, la condición material de la realización del socialismo, tan sustancial como la anterior: el aumento de la productividad del trabajo a escala nacional.
p Por eso, no sería posible definir la tarea del momento presente con una simple fórmula: continuar la ofensiva contra el capital. A pesar de que no cabe duda de que no hemos dado el golpe de gracia 681 al capital y de que es incuestionablemente necesario continuar la ofensiva contra este enemigo cíe los trabajadores, este planteamiento de nuestras tareas no sería exacto ni concreto, pues no se tendría en cuenta la peculiaridad del momento presente, cuando en aras del éxito de la ulterior ofensiva hay que “interrumpir” la desplegada en estos momentos.
p Esto puede explicarse mediante la comparación de nuestra situación en la guerra contra el capital con la situación de un ejército victorioso que se ha apoderado, digamos, de la mitad o de los dos tercios del territorio enemigo y se ve obligado a interrumpir la ofensiva para reagrupar sus fuerzas, aumentar sus efectivos y pertrechos, reparar y reforzar las vías de comunicación, construir nuevos depósitos, reunir nuevas reservas, etc. Precisamente en aras de la conquista del resto del territorio enemigo, o sea, de la victoria completa, la interrupción de la ofensiva del ejército victorioso es, en las condiciones descritas, una necesidad. Quien no haya comprendido que tal es, precisamente, el carácter de la "interrupción" de la ofensiva contra el capital, impuesta por la situación objetiva del momento actual, no ha comprendido una palabra del momento político que vivimos.
p Por supuesto, de una "interrupción" de la ofensiva contra el capital puede hablarse sólo entre comillas, es decir, sólo en metáfora. En una guerra corriente puede darse una orden general sobre la interrupción de la ofensiva y se puede, efectivamente, detener el avance. En la guerra contra el capital no es posible detener el avance y no cabe ni hablar de que renunciemos a seguir expropiando al capital. Se trata de cambiar el centro de gravedad de nuestra labor económica y política. Hasta ahora se destacaban en primer plano las medidas encaminadas a la expropiación inmediata de los expropiadores. Hoy colocamos en primer plano la organización de la contabilidad y del control en las haciendas y empresas ya expropiadas a los capitalistas y en todas las demás.
p Si quisiéramos hoy continuar expropiando al capital al ritmo anterior, sufriríamos, sin duda, un fracaso, puesto que nuestra labor en el terreno de la organización de la contabilidad y del control proletarios se ha retrasado a todas luces (esto es evidente para toda persona que piense) de la labor directa de "expropiación de los expropiadores”. Si ahora aplicamos todas nuestras fuerzas a organizar la contabilidad y el control, podremos resolver este problema, recuperaremos lo perdido, ganaremos toda nuestra "campaña" contra el capital.
p Pero reconocer que hay que recuperar lo perdido ¿no implica, acaso, reconocer algún error cometido? En modo alguno. Hagamos de nuevo una comparación de carácter militar. Si podemos derrotar 682 y hacer retroceder al enemigo, empleando sólo destacamentos de caballería ligera, debemos hacerlo. Ahora bien, si esto puede hacerse con éxito sólo hasta cierto límite, es lógico pensar que, a partir de ese límite, surgirá la necesidad de traer la artillería pesada. Al reconocer que ahora hay que recuperar lo perdido en cuanto a la utilización de la artillería pesada, en modo alguno reconocemos que la carga victoriosa de la caballería ha sido un error.
p I.os lacayos de la burguesía nos han reprochado con frecuencia que atacábamos al capital a lo "Guardia Roja”. Reproche absurdo, digno justamente de los lacayos cíe la bolsa de oro. Pues es indudable que, ¡i su debido lieinfio, el ataque a lo "Guardia Roja" contra el capital estuvo dictado por las circunstancias: primero, el capital oponía entonces una resistencia militar, personificada en Kerenski y Krasnov, Sávinkov y («oís (aun hoy Gueguechkori resiste de esta manera), Dútov y Bogaievski. l’na resistencia militar no puede romperse más que por medios militares, y los guardias rojos realizaban la obra histórica más noble v grande de- liberar a los trabajadores y explotados de! yugo de los explotadores.
p Segundo, por entonces no hubiésemos podido colocar en primer plano los métodos dr gobierno en lugar del método de represión, aunque solo fuese porque el arte- de gobernar no es innato en los hombres, sino producto de- la experiencia. Entonces no poseíamos esta experiencia, ahora sí. Tercero, entonces no podíamos tener a nuestra disposición a especialistas de las diferentes ramas de la ciencia y de la técnica, pues estos especialistas hit liaban en las tilas de los líogaievski o tenían aún la posibilidad de oponer, mediante el sabotaje, una resistencia pasiva regular y tena/. Ahora, este sabotaje ha sido vencido. El ataque a lo "Guardia Roja" contra el capital ha sido c-ficax v victorioso porque hemos vencido tanto la resistencia militar del capital como la que éste’ oponía mediante el sabotaje.
p .{Quiere decir esto, acaso, que el ataque a lo "Guardia Roja" contra el capital es apropiado siembre, en Indas las circunstancias, que no poseemos otros medios de^^1^^ combatirlo? Sena infantil pensar así. Hemos vencido con caballería ligera, pero también disponemos de artillería pesada. Hemos vencido reprimiendo, pero también sabremos vencer gobernando. Hay que saber variar los métodos de^^1^^ lucha contra el enemigo cuando cambian las circunstancias. No renunciaremos ni por un instante a aplastar a lo "Guardia Roja" a los señóles Sávinkov y Gueguec hkoi i, así como a todos los demás terratenientes v burgueses contrarrevolucionarios. Pero no seremos tan tontos que pongamos en primer plano los métodos a lo "Guardia Roja" cuando, en lo fundamental, ha terminado la época en que eran necesarios los ataques de este tipo (y ha terminado en nuestro triunfo) v cuando llama a la puerta la época cíe- la mili/ación de los espcci.iliM.is 683 burgueses por el poder estatal proletario para remover el terreno de manera que en él no pueda crecer en absoluto ninguna burguesía.
p Es una época peculiar o, más bien, una fase peculiar del desarrollo, y, para vencer definitivamente al capital, tenemos que saber adoptar las formas de nuestra lucha a las condiciones peculiares de esta fase.
p Sin la dirección de las diversas ramas de la ciencia, de la técnica, de la práctica por parte de los especialistas es imposible la transición al socialismo, ya que el socialismo exige un avance consciente y masivo hacia una productividad del trabajo superior a la del capitalismo y basada en lo alcanzado por éste. El socialismo debe impulsar este avance a su manera, con métodos propios, y para ser más concretos, con métodos soviéticos. Pero, debido a las condiciones de la vida social que ha permitido a los especialistas hacerse especialistas, éstos pertenecen por fuerza y en masa a la burguesía. Si después de tomar el poder, nuestro proletariado resolviera rápidamente el problema de la contabilidad, del control y de la organización a escala que abarque a todo el pueblo (todo esto era irrealizable a causa de la guerra y del atraso de Rusia), entonces, una vez vencido el sabotaje y llevando a cabo una contabilidad y un control generales, subordinaríamos también por completo a los especialistas burgueses. Como vamos muy “atrasados” en la contabilidad y el control en general, pese a haber conseguido vencer el sabotaje, no hemos creado todavía las condiciones que puedan poner a nuestra disposición a los especialistas burgueses. El grueso de los saboteadores "acepta el empleo”, pero los mejores organizadores y los más grandes especialistas pueden ser utilizados por el Estado, ya sea a la antigua, a lo burgués (es decir, mediante una elevada remuneración), o a lo nuevo, a lo proletario (es decir, creando las condiciones que permitan ejercer la contabilidad y el control desde abajo, por todo el pueblo, condiciones que, por sí solas, subordinarían y atraerían inevitablemente a los especialistas).
p Hemos tenido que recurrir ahora al viejo método burgués y aceptar los “servicios” de los especialistas burgueses más reputados a cambio de una remuneración muy elevada. Quienes conocen la situación lo comprenden; pero no todos se detienen a meditar sobre el significado de semejante medida tomada por un Estado proletario. Es evidente que tal medida constituye un compromiso, una desviación de los principios sustentados por la Comuna de París y por todo poder proletario, que exigen la reducción de los sueldos al nivel del salario del obrero medio, que exigen se combata el arribismo con hechos y no con palabras.
p Pero esto no es todo. Es evidente que semejante medida no es sólo una interrupción—en cierto terreno y en cierto grado—de la 684 ofensiva contra el capital (ya que el capital no es una simple suma de dinero, sino determinadas relaciones sociales), sino también un paso atrás de nuestro poder estatal socialista, soviético, que desde el primer momento proclamó y comenzó a poner en práctica la política de reducción de los sueldos elevados hasta el nivel del salario del obrero medio^^24^^’.
p Naturalmente, los lacayos de la burguesía, sobre todo los de poca monta, como los mencheviques, los de Nóvaya Zhizny los eseristas de derecha, soltarán la carcajada por haber reconocido nosotros que damos un paso atrás. Pero no debemos hacer caso de esas risitas. Debemos estudiar las peculiaridades del camino, tortuoso en extremo y nuevo, que lleva al socialismo, sin velar nuestros errores ni debilidades, sino procurando coronar a tiempo lo que aún nos queda por hacer. Ocultar a las masas que la incorporación de los especialistas burgueses mediante sueldos muy elevados es apartarse de los principios de la Comuna sería descender al nivel de los politicastros burgueses y engañar a las masas. En cambio, explicar abiertamente cómo y por qué hemos dado este paso atrás, discutir públicamente los medios de que disponemos para recuperar lo perdido significa educar a las masas y, con la experiencia reunida, aprender junto a ellas a construir el socialismo. No es probable que la historia conozca una sola campaña militar victoriosa en la que el vencedor no haya cometido algunos errores, no haya sufrido derrotas parciales, no haya tenido que retroceder temporalmente en algo y en alguna parte. Y la "campaña" contra el capitalismo, comenzada por nosotros, es un millón de veces más difícil que la peor expedición militar; por lo tanto, sería necio y bochornoso dejarse dominar por el abatimiento a causa de una retirada particular y parcial.
p Abordemos ahora la cuestión desde el lado práctico. Admitamos que, para dirigir el trabajo del pueblo con objeto de alcanzar el más rápido ascenso económico del país, la República Soviética de Rusia necesita mil especialistas y sabios de primera fila en los diversos dominios de la ciencia, la técnica y la práctica. Admitamos que a cada una de estas "estrellas de primera magnitud" (la mayoría de ellas está tanto más corrompida por las costumbres burguesas cuanto más grato le es vociferar sobre la corrupción de los obreros) hay que pagarle 25.000 rublos al año. Admitamos que esta suma (25 millones de rublos) tiene que ser duplicada (en concepto de pago de primas por el cumplimiento más rápido y mejor de los encargos técnicos y de organización más importantes) o, incluso, cuadruplicada (por haber invitado a varios centenares de especialistas extranjeros, que exigen más). Cabe preguntar: ¿puede considerarse excesivo o imposible para la República Soviética el gasto de cincuenta o cien 685 millones de rublos al año para reorganizar el trabajo del pueblo según la última palabra de la ciencia y de la técnica? Claro que no. La inmensa mayoría fie los obreros y campesinos conscientes aprobará este gasto; aleccionados por la práctica, saben que nuestro atraso nos hace perder miles de millones de rublos y que no hemos alcanzado aún el grado suficiente de organización, contabilidad y control en nuestro trabajo para lograr la participación general y voluntaria de las “estrellas” de la intelectualidad burguesa.
p Por supuesto, el problema tiene también otro aspecto. Es indiscutible que los sueldos altos influyen también, corrompiendo, tanto en el Poder soviético (con tanto mayor motivo que la rapidez de la revolución no ha podido impedir que se arrime a este poder cierto número de aventureros y granujas, eme, junto con algunos comisarios ineptos o sin escrúpulos, no tienen inconveniente en llegar a “estrellas” de... la malversación de fondos públicos) como en la masa obrera. Pero todos los obreros y campesinos pobres honrados y que piensan convendrán con nosotros y reconocerán que no podemos librarnos de golpe y porrazo de la herencia nociva del capitalismo, que no podemos librar a la República Soviética del “tributo” de cincuenta o cien millones de rublos (tributo que pagamos por nuestro atraso en la organización de la contabilidad y del control ejercidos desde abajo por todo el pueblo), sino únicamente organizándonos, disciplinándonos más, depurando nuestras filas de cuantos "guardan la herencia del capitalismo" y "siguen las tradiciones del capitalismo”, es decir, de los haraganes, de los parásitos y de los malversadores de fondos públicos (ahora toda la tierra, todas las fábricas, todas las vías férreas constituyen el “Tesoro” de la República Soviética). Si los obreros y los campesinos pobres conscientes y avanzados, ayudados por las instituciones soviéticas, logran en un año organizarse, disciplinarse, poner sus fuerzas en tensión y crear una fuerte disciplina del trabajo, podremos librarnos en un año de este “tributo” que incluso podrá ser reducido antes... proporcionalmente a los éxitos de nuestra disciplina y de nuestra organización laborales, obreras y campesinas. Cuanto antes aprendamos nosotros mismos, los obreros y campesinos, a tener una disciplina laboral mejor y una técnica del trabajo más elevada, aprovechando para ello a los especialistas burgueses, tanto antes nos libraremos de todo “tributo” a estos especialistas.
p Nuestro trabajo, dirigido por el proletariado, de organización de la contabilidad y el control de la producción y distribución de los productos por todo el pueblo se halla muy rezagado de nuestra labor directa de expropiación de los expropiadores. Es éste un principio fundamental para comprender las peculiaridades del momento presente y las tareas del Poder soviético que de aquí se derivan. El 686 centro de gravedad en la lucha contra la burguesía se desplaza hacia la organización de esta contabilidad y de este control. Únicamente partiendo de esto podremos determinar con acierto las tareas inmediatas de la política económica y financiera en el terreno de la nacionalización de los bancos, del monopolio del comercio exterior, del control del Estado sobre la circulación fiduciaria, del establecimiento de un impuesto sobre los bienes y los ingresos aceptable desde el punto de vista proletario, de la implantación del trabajo obligatorio.
p En todos estos dominios (que son muy esenciales, esencialísimos), nuestra labor de transformación socialista se ha retrasado de un modo extraordinario, y el retraso se debe precisamente a la insuficiente organización de la contabilidad y del control en general. Por supuesto, ésta es una de las tareas más difíciles, que, con el desbarajuste causado por la guerra, sólo admite una solución a la larga; pero no hay que olvidar que es aquí justamente donde la burguesía—sobre todo la pequeña burguesía y la burguesía campesina, particularmente numerosas—nos presenta una batalla muy seria, socavando el control que vamos estableciendo, socavando, por ejemplo, el monopolio del trigo, conquistando posiciones para la especulación y el trapicheo. Estamos aún lejos de haber llevado suficientemente a la práctica lo que ya ha sido decretado, y la tarea principal del momento consiste precisamente en concentrar todos los esfuerzos en la realización práctica, efectiva, de las bases de las transformaciones que se han convertido ya en leyes (pero que no son todavía una realidad).
p Para proseguir la nacionalización de los bancos y marchar tesoneros hacia la transformación de los mismos en puntos centrales de la contabilidad social en el régimen socialista, es necesario, ante todo y sobre todo, lograr éxitos reales en el aumento del número de sucursales del Banco Nacional, atraer las imposiciones, facilitar al público las operaciones cuentacorrentistas, acabar con las “colas”, detener y fusilar a los concusionarios y granujas, etc. Hay que empezar por poner en práctica con eficacia lo más simple, organizar de manera satisfactoria lo existente y, luego ya, preparar lo más complicado.
p Afianzar y poner en orden los monopolios del Estado (del trigo, el cuero, etc.) ya implantados y, con ello, preparar la monopolización del comercio exterior por el Estado sin la cual no podremos “librarnos” del capital extranjero mediante el pago de “tributos”. Ahora bien, todas las posibilidades de la construcción socialista dependen de que logremos poner a salvo durante cierto período de transición nuestra independencia económica interior, pagando cierto tributo al capital extranjero.
687p En cuanto a la recaudación de impuestos en general, y de los establecidos sobre los bienes e ingresos en particular, también llevamos mucho retraso. La imposición de contribuciones a la burguesía—medida que, en principio, es absolutamente aceptable y que merece la aprobación del proletariado—nos demuestra que, en este terreno, nos hallamos todavía más cerca de los métodos de ganar (Rusia a los ricos para los pobres) que de los métodos de gobernar. Pero, para fortalecernos y pisar más firmes, debemos pasar a estos últimos métodos, debemos sustituir la contribución exigida a la burguesía por un impuesto sobre los bienes e ingresos, aplicado con regularidad y acierto, impuesto que rendirá más al Estado proletario y que requiere de nosotros precisamente una organización mayor de la contabilidad y del control y más orden en su ejercicio.
Nuestro retraso en la implantación del trabajo obligatorio nos demuestra una vez más que es precisamente la labor preparatoria y de organización la que se plantea a la orden del día, labor que, por un lado, debe consolidar definitivamente lo conquistado y, por otro, es necesaria para preparar la operación que "cercará" al capital y le obligará a “entregarse”. Deberíamos comenzar inmediatamente la implantación del trabajo obligatorio, pero hay que hacerlo de una manera muy gradual y cautelosa, comprobando cada paso en la práctica y, naturalmente, implantándolo en primer término para los ricos. La implantación de la cartilla de trabajo y de la libreta de consumo y entradas y salidas para todo burgués, incluida la burguesía rural, representaría un avance serio hacia el “cerco” total del enemigo y hacia la creación de una contabilidad y de un control verdaderamente populares de la producción y de la distribución de los productos.
IMPORTANCIA DE LA LUCHA
POR UNA CONTABILIDAD
Y UN CONTROL POPULARES
p El Estado, que ha sido durante siglos un órgano de opresión y expoliación del pueblo, nos ha dejado en herencia un odio y una desconfianza inmensos de las masas por todo lo estatal. Vencerlos es una tarea ardua que sólo está al alcance del Poder soviético, pero que también requiere de éste largo tiempo y gran perseverancia. Sobre el problema de la contabilidad y del control—problema cardinal con que la revolución socialista se enfrenta ya al otro día de haber derrocado a la burguesía—, esta “herencia” se deja sentir con mucha agudeza. Pasará inevitablemente cierto tiempo hasta que las masas, que se vieron libres por primera vez después del derrocamiento de los terratenientes y de la burguesía, comprendan—no por los libros, 688 sino por su propia experiencia soviética—y sientan que sin una contabilidad y un control muy amplios y ejercidos por el Estado sobre la producción y la distribución de los productos, el poder de los trabajadores, la libertad de los trabajadores n o puede sostenerse y que el retorno al yugo del capitalismo es ineludible.
p Todos los hábitos y todas las tradiciones de la burguesía en general, especialmente de la pequeña burguesía, se oponen también al control estatal y defienden la inviolabilidad de la "sacrosanta propiedad privada”, de la “sacrosanta” empresa privada. Hoy vemos con la mayor claridad hasta qué grado es exacta la tesis marxista de que el anarquismo y el anarcosindicalismo son corrientes burguesas; de que están en pugna inconciliable con el socialismo, la dictadura del proletariado, el comunismo. La lucha por inculcar a las masas la idea de la contabilidad y del control ejercidos por el Estado, de la contabilidad y del control soviéticos, la lucha por llevar a la práctica dicha idea, por romper con el maldito pasado que ha acostumbrado a la gente a tener la conquista del pan y del vestido por asunto “privado”, la compraventa por un negocio que "sólo a mí me incumbe" es una lucha grandiosa, de importancia histórica universal, de la conciencia socialista contra la espontaneidad anárquica burguesa.
p Hemos implantado el control obrero como una ley; pero en la práctica cotidiana, y aun en la conciencia de las grandes masas proletarias, no hace más que empezar a penetrar. En nuestra agitación hablamos poco, y nuestros obreros y campesinos avanzados piensan y hablan poco, de que el no llevar la contabilidad ni ejercer el control sobre la producción y la distribución de los productos es la muerte de los gérmenes del socialismo, es malversar los fondos públicos (ya que todos los bienes pertenecen al Tesoro, y el Tesoro es precisamente el Poder soviético, el poder de la mayoría de los trabajadores), y que la negligencia en la contabilidad y en el control significa una complicidad directa con los Kornílov alemanes y rusos, que sólo pueden derrocar el poder de los trabajadores en caso de que no logremos resolver el problema de la contabilidad y del control, y que con la ayuda de toda la burguesía campesina, con ayuda de los democonstitucionalistas, los mencheviques y los eseristas de derecha nos “acechan” en espera del momento propicio. Pero en tanto el control obrero no sea un hecho, en tanto los obreros avanzados no hayan organizado y llevado a efecto su cruzada victoriosa e implacable contra los infractores de este control o contra los negligentes en este dominio, no podremos, después de haber dado este primer paso (el del control obrero), dar el segundo hacia el socialismo, es decir, pasar a la regulación de la producción por los obreros.
689p El Estado socialista puede surgir únicamente como una red de comunas de producción y consumo que calculen concienzudamente su producción y consumo, economicen el trabajo, aumenten incesantemente la productividad del mismo y consigan con ello reducir la jornada laboral hasta siete, seis y aun menos horas. Aquí no es posible eludir la organización de una contabilidad y un control completos rigurosísimos, ejercidos por todo el pueblo, sobre el trigo y la obtención del trigo (y, a continuación, de los demás productos indispensables). El capitalismo nos ha legado organizaciones de masas capaces de facilitar el tránsito a la contabilidad y al control a vasta escala de la distribución de productos: las cooperativas de consumo. En Rusia están menos desarrolladas que en los países avanzados, pero, no obstante, han abarcado a más de diez millones de asociados. El decreto promulgado hace unos días sobre las cooperativas de consumo’"’ tiene una significación extraordinaria y demuestra palpablemente la peculiaridad de la situación y de las tareas de la República Socialista Soviética en el momento presente.
p El decreto es un acuerdo concertado con las cooperativas burguesas y con las cooperativas obreras que siguen manteniendo un punto de vista burgués. El acuerdo o compromiso consiste, primero, en que los representantes de estas instituciones no sólo han participado en la discusión del decreto, sino que, de hecho, han gozado durante la discusión del derecho de voto, pues las partes del decreto a las que dichas cooperativas se oponían con denuedo, fueron suprimidas. Segundo, el compromiso consiste, en realidad, en que el Poder soviético renuncia al principio del ingreso gratuito en las cooperativas (único principio consecuentemente proletario), así como a la asociación de toda la población de un lugar dado en una sola cooperativa. Al renunciar a este principio, único principio socialista que responde al objetivo de la supresión de las clases, se ha autorizado a las "cooperativas obreras de clase" (que se llaman "de clase" en este caso únicamente porque se subordinan a los intereses de clase de la burguesía) para seguir subsistiendo. Por último, la propuesta del Poder soviético de excluir totalmente a la burguesía de la dirección de las cooperativas también ha sido muy debilitada, y la prohibición de entrar en las directivas de las cooperativas se ha hecho extensiva sólo a los propietarios de las empresas comerciales e industriales de tipo capitalista privado.
p No habría necesidad de tales compromisos si el proletariado hubiese conseguido, a través del Poder soviético, organizar la contabilidad y el control a escala nacional o, aunque sólo fuese, sentar las bases de dicho control. Mediante las secciones de abastecimiento de los Soviets y los organismos similares anejos a los Soviets agruparíamos a la población en una cooperativa única, 690 dirigida por el proletariado y sin la ayuda de las cooperativas burguesas, sin hacer concesiones al principio puramente burgués de que la cooperativa obrera ha de seguir subsistiendo como tal al lado de la cooperativa burguesa en vez de supeditar totalmente la cooperativa burguesa, uniendo las dos y asumiendo toda la dirección, tomando en sus manos el control del consumo de los ricos.
Al concertar semejante acuerdo con las cooperativas burguesas, el Poder soviético ha determinado de un modo concreto sus tareas tácticas y sus métodos peculiares de obrar en la presente fase de desarrollo, a saber: aprovechar y dirigir a los elementos burgueses, haciéndoles algunas concesiones parciales, con lo cual creamos las condiciones para un avance que será más lento de lo que en un comienzo suponíamos, pero que, al mismo tiempo, será más firme, tendrá mejor aseguradas la base y las vías de comunicación y mejor fortificadas las posiciones conquistadas. Por lo demás, los Soviets pueden (y deben) evaluar hoy día sus éxitos en la obra de la edificación del socialismo con un criterio extraordinariamente claro, sencillo y práctico: en qué número exacto de comunidades (comunas, pueblos o barrios, etc.) y en qué grado se aproxima el desarrollo de las cooperativas a abarcar a toda la población.
EL AUMENTO DE LA PRODUCTIVIDAD DEL TRABAJO
p En toda revolución socialista, una vez resuelto el problema de la conquista del poder por el proletariado y en la medida en que se va cumpliendo en lo fundamental la tarea de expropiar a los expropiadores y aplastar su resistencia, va colocándose necesariamente en primer plano una tarea cardinal: la de crear un tipo de sociedad superior a la del capitalismo, es decir, la tarea de aumentar la productividad del trabajo y, en relación con esto (y para esto), dar al trabajo una organización superior. Nuestro Poder soviético se encuentra precisamente en una situación en que, gracias a las victorias sobre los explotadores, desde Kerenski hasta Kornílov, ha obtenido la posibilidad de abordar de lleno esta tarea y entregarse a ella por entero. Y aquí es donde se ve en el acto que, si bien es posible apoderarse en pocos días del poder central del Estado, si bien es posible aplastar en pocas semanas la resistencia militar (y el sabotaje) de los explotadores, incluso en los diversos confines de un país grande, no lo es menos que para cumplir con eficacia la tarea de elevar la productividad del trabajo se necesitan, en todo caso (especialmente después de una guerra de las más penosas y devastadoras), varios años. Lo prolongado de esta labor se debe sin duda a circunstancias objetivas.
691p El aumento de la productividad del trabajo exige, ante todo, que se asegure la base material de la gran industria: el incremento de la extracción de combustible y de la fabricación de hierro, maquinaria y productos químicos. En este sentido, la República Soviética de Rusia se encuentra en condiciones favorables porque dispone, incluso después de la paz de Brest, de reservas gigantescas de minerales (en los Urales); de combustible en Siberia Occidental (hulla), en el Cáucaso y Sureste (petróleo) y en el Centro (turba); posee también inmensas riquezas forestales, energía hidráulica y materias primas para la industria química (Kara-Bugás), etc. La explotación de estas riquezas naturales con los medios técnicos modernos pondrá los cimientos para un progreso jamás visto de las fuerzas productivas.
p Otra de las condiciones del aumento de la productividad del trabajo es elevar el nivel de cultura e instrucción de las grandes masas de la población. Esta elevación marcha ahora con gran celeridad, cosa que no ven los obcecados por la rutina burguesa, incapaces de comprender cuan grandes son el ansia de luz y el espíritu de iniciativa que se extienden hoy entre las capas “bajas” del pueblo gracias a la organización soviética. También son condiciones del fomento de la economía el fortalecimiento de la disciplina de los trabajadores, la mejora de la maestría y de la aplicación en el trabajo, el aumento de la intensidad y una organización mejor del mismo.
p En este aspecto, de creer a quienes se han dejado intimidar por la burguesía o la sirven, guiados por intereses egoístas, las cosas marchan entre nosotros muy mal e incluso no tienen solución. Estas gentes no comprenden que no ha habido ni puede haber una revolución en la que los partidarios del viejo régimen no griten a voz en cuello sobre el desbarajuste, la anarquía, etc. Es natural que en las masas, que se acaban de sacudir un yugo de increíble salvajismo, haya una profunda y amplia efervescencia y agitación; que el proceso de formación de las nuevas bases de la disciplina laboral sea muy largo y que ni siquiera pudiera comenzarse antes de la victoria completa sobre los terratenientes y la burguesía.
p Pero, sin dejarnos llevar en absoluto de la desesperación, a menudo fingida, que propagan los burgueses y los intelectuales burgueses (que han perdido las esperanzas de poder defender sus viejos privilegios), nosotros en modo alguno debemos encubrir un mal evidente. Todo lo contrario, lo iremos poniendo de manifiesto y reforzaremos los métodos soviéticos de lucha contra este mal, ya que el triunfo del socialismo es inconcebible sin el triunfo de la disciplina proletaria consciente sobre la anarquía espontánea pequeñoburguesa, verdadera premisa de que pueda ser restaurado el régimen de Kerenski o de Kornílov.
p La vanguardia más consciente del proletariado de Rusia se ha 692 planteado ya la tarea de fortalecer la disciplina en el trabajo. Por ejemplo, el Comité Central del Sindicato de Obreros Metalúrgicos y el Consejo Central de los Sindicatos han comenzado a redactar las medidas y proyectos de decretos respectivos^^247^^. Esta labor debe ser apoyada e impulsada con todas las fuerzas. Se debe poner a la orden del día la aplicación práctica y el ensayo de la remuneración por unidad de trabajo realizado, el aprovechamiento de lo mucho que hay de científico y progresista en el sistema Taylor, la observancia de las proporciones entre el salario y los resultados generales de la producción de artículos o de la explotación del transporte ferroviario, marítimo, fluvial, etc., etc.
El ruso es un mal trabajador comparado con los de las naciones adelantadas. Y no podía ser de otro modo en el régimen zarista, dada la vitalidad de los restos del régimen de servidumbre. La tarea que el Poder soviético debe plantear con toda amplitud al pueblo es la de aprender a trabajar. La última palabra del capitalismo en este terreno—el sistema Taylor—, al igual que todos los progresos del capitalismo, reúne toda la refinada ferocidad de la explotación burguesa y varias conquistas científicas de sumo valor concernientes al estudio de los movimientos mecánicos durante el trabajo, la supresión de movimientos superfluos y torpes, la adopción de los métodos de trabajo más racionales, la implantación de los sistemas óptimos de contabilidad y control, etc. La República Soviética debe adquirir a toda costa las conquistas más valiosas de la ciencia y de la técnica en este dominio. La posibilidad de realizar el socialismo quedará precisamente determinada por el grado en que logremos combinar el Poder soviético y la forma soviética de administración con los últimos progresos del capitalismo. Hay que organizar en Rusia el estudio y la enseñanza del sistema Taylor, su experimentación y adaptación sistemáticas. Al mismo tiempo, y con el propósito de elevar la productividad del trabajo, hay que tener presentes las peculiaridades del período de transición del capitalismo al socialismo que reclaman, por un lado, el establecimiento de las bases de la organización socialista de la emulación y, por otro, la aplicación de medidas coercitivas para que la consigna de la dictadura del proletariado no quede empañada por una blandenguería del poder proletario en la práctica.
LA ORGANIZACIÓN DE LA EMULACIÓN
p Al cúmulo de absurdos que la burguesía difunde gustosa sobre el socialismo pertenece también el de que los socialistas niegan la importancia de la emulación. Pero, en realidad, sólo el socialismo, al suprimir las clases y, en consecuencia, la esclavización de las masas, 693 les abre por vez primera el camino a la emulación a escala amplia de verdad. Y es precisamente el régimen soviético el que, pasando de la democracia formal de la república burguesa a la verdadera participación de las masas trabajadoras en el gobierno, plantea por primera vez a gran escala el problema de la emulación. Es mucho más fácil plantearlo en el terreno político que en el económico; pero, para el éxito del socialismo, este último es precisamente el que importa.
p Examinemos el problema de la publicidad como medio de organizar la emulación. La república burguesa la lleva a cabo únicamente de una manera formal, subordinando de hecho la prensa al capital, distrayendo al “populacho” con nimiedades políticas picantes, ocultando lo que sucede en los talleres, en las transacciones comerciales, en los suministros, etc., bajo el manto del "secreto comercial" que cubre la "sacrosanta propiedad”. El Poder soviético ha suprimido el secreto comercial y emprendido una nueva senda; pero aún no hemos hecho casi nada para aprovechar la publicidad en beneficio de la emulación económica. Debe procurarse periódicamente que, al mismo tiempo que se reprime sin piedad la prensa burguesa, impregnada totalmente de falsedades y calumnias descaradas, se cree una prensa que no se dedique a distraer y embaucar a las masas con anécdotas picantes y nimiedades políticas, sino que someta al juicio de las masas los problemas económicos cotidianos y les ayude a estudiarlos en serio. Cada fábrica y cada aldea es una comuna de producción y consumo que tiene el derecho y el deber de aplicar a su manera las leyes soviéticas generales “(a su manera" no en el sentido de infringirlas, sino de la diversidad de formas de su aplicación), resolver a su manera el problema de la contabilidad de la producción y la distribución de los productos. En el capitalismo, esto era un "asunto privado" de cada capitalista, de cada terrateniente o kulak. En el Poder soviético, esto no es un asunto privado, sino público y de la mayor importancia.
p Apenas si hemos comenzado aún la inmensa, difícil y, a la vez, grata labor de organizar la emulación entre las comunas, de implantar la rendición de cuentas y la publicidad en la producción del trigo, del vestido, etc., de convertir los balances burocráticos, escuetos y sin vida, en ejemplos vivos, unas veces repulsivos y otras atrayentes. Con el modo capitalista de producción, la importancia de cada ejemplo por separado, digamos, de una cooperativa cualquiera de producción, quedaba sin falta limitada hasta el último grado, y sólo la fantasía pequeñoburguesa podía soñar con “corregir” el capitalismo con la influencia de los ejemplos de las instituciones rebosantes de virtudes. Después de pasar el poder político a manos del proletariado, después de la expropiación de los expropiadores, la 694 situación cambia de raíz y—conforme a las reiteradas indicaciones de socialistas destacados—la fuerza del ejemplo adquiere por vez primera la posibilidad de ejercer su influencia a vasta escala. Las comunas modelo deben servir y servirán de ejemplo educador, instructivo y estimulante para las comunas atrasadas. La prensa debe ser un instrumento de la construcción del socialismo que difunde con lujo de pormenores los éxitos de las comunas modelo, analiza las causas de estos éxitos y los métodos de organización de la hacienda de las mismas y pone, por otro lado, en la picota a las comunas que se obstinan en conservar las "tradiciones del capitalismo”, es decir, de la anarquía, la holgazanería, el desorden, la especulación. En la sociedad capitalista, la estadística era de la incumbencia exclusiva de los funcionarios públicos o de profesionales; nosotros debemos llevarla a las masas, popularizarla para que los trabajadores vayan aprendiendo poco a poco a comprender y ver ellos mismos cómo y cuánto hay que trabajar, cómo y cuánto se puede descansar; para que la comparación de los balances económicos de la hacienda de comunas por separado se transforme en objeto de interés y estudio para todos, para que las comunas que se destaquen sean recompensadas en el acto (reduciéndoles la jornada de trabajo durante cierto tiempo, aumentando en ellas la retribución, concediéndoles mayores bienes y valores culturales o estéticos, etc.).
p Cuando en el escenario histórico entra una clase nueva como jefe y dirigente de la sociedad, por un lado,siempre hay un período de grandes “sacudidas”, conmociones, luchas y tempestades, y, por otro lado, tampoco falta un período de titubeos, experimentos, vacilaciones y dudas respecto a la elección de nuevos métodos correspondientes a la nueva situación objetiva. La nobleza feudal agonizante se vengaba de la burguesía que triunfaba y la desplazaba; se vengaba no sólo mediante conspiraciones e intentos de insurrección y restauración, sino también mediante torrentes de burlas a costa de la incapacidad, la torpeza y los errores de esos “advenedizos” e “insolentes” que se atrevían a empuñar el "sagrado timón" del Estado sin poseer la preparación secular que para ello tienen los príncipes, barones, nobles y aristócratas. Del mismo modo, los Kornílov y los Kerenski, los Gots y los Mártov, toda esa cofradía de héroes de la chalanería y del escepticismo burgueses, se están vengando ahora de la clase obrera de Rusia por su “atrevido” intento de tomar el poder.
Se requieren, por supuesto, largos meses y años, y no semanas, para que la nueva clase social, una clase hasta ahora oprimida y aplastada por la miseria y la ignorancia, pueda familiarizarse con la nueva situación, orientarse, organizar su trabajo y destacar a sus organizadores. Se comprende que el partido que dirige al 695 proletariado revolucionario no podía adquirir la experiencia ni los hábitos de las grandes medidas destinadas a organizar a millones y decenas de millones de ciudadanos, que el rehacer los viejos hábitos, que se reducían casi exclusivamente a la agitación, es una obra muy larga. Pero en esto no hay nada imposible, y lo conseguiremos en cuanto tengamos la dará conciencia de que ese cambio es necesario, la firme decisión de realizarlo, la constancia imprescindible en la lucha por este- objetivo grande y difícil. Es inmenso el número de organizadores de talento que existen en el “pueblo”, es decir, entre los obreros y los campesinos que no explotan trabajo ajeno; el capital los oprimía por millares, los aplanaba y lanzaba por la borda. Nosotros aún no sabemos descubrirlos, animarlos, ponerlos en pie, destacarlos. Pero aprenderemos si nos aplicamos a ello con todo el entusiasmo revolucionario, sin c’l cual no puede haber revoluciones victoriosas. No ha habido ningún movimiento popular profundo y caudaloso en la historia que no llevara esa inmunda espuma de aventureros y granujas, de- lanhu ronc’s y vocingleros que se arriman a los innovadores sin experiencia; no ha habido movimiento sin ajetreos absurdos, sin confusión, sin agitación vana, sin que algunos “jefes” intenten hacer veinte’ cosas a la ve/ v no acabar ninguna. Que ladren v gruñan los gozques di^^1^^ la sociedad burguesa, desde Belorússov hasta Máriov. a proposito de cada astilla que salte al talar ese bosque glande v vetusto. Para eso son gozques, para ladrarle al elefante proletario. Que’ ladren. Nosotros seguiremos nuestro camino, t ruando de poner a prueba y estudiar pacientemente, con el mayor (nielado posible, a los verdaderos organizadores, a los hombres de mente clara v visión práctica, a los hombres que reúnan la fidelidad ,il socialismo con la capacidad de organizar sin alboroto (v a pesar del desorden v del alboroto) el trabajo unido, solidario y común de gran numero de personas en el marco de la organización soviética. Sólo a hombres ;isí, después de probarlos diez veces y pasarlos de los trabajos in.ís sencillos a los más complejos, debemos llevarlos a los puestos de responsabilidad de dirigentes del trabajo dc’l pueblo, de dirigentes administrativos. Todavía no hemos aprendido a hacerlo. Pero aprenderemos.
"BUENA ORGANIZACIÓN" Y DICTADURA
p La tarca primordin! del momento que plantea la resolución del ultimo Congreso df los Soviets, celebrado en Moscú, es crear una "buena organi/ai ion" v lorl.ilccer la disciplina [695•* . Hoy todos “votan” v “suscriben” gustosos resoluciones de este género; mas, por lo 696 común, no se paran a pensar que su aplicación requiere el empleo de la coerción, y, precisamente, de una coerción en forma de dictadura. Sin embargo, sería la mayor torpeza y la más absurda utopía suponer que se puede pasar del capitalismo al socialismo sin coerción y sin dictadura. La teoría marxista se ha pronunciado hace mucho, y del modo más rotundo, contra este absurdo democrático pequeñoburgués y anarquista. La Rusia de 1917-1918 confirma con tal evidencia y de un modo tan palpable y convincente la teoría de Marx sobre el particular que sólo tontos de remate o empeñados en volver la espalda a la verdad pueden todavía desorientarse en este terreno. O dictadura de Kornílov (si lo tomamos por el tipo ruso del Cavaignac burgués) o dictadura del proletariado: no puede haberotra. salida para un país que se desarrolla con extraordinaria rapidez, con virajes de excepcional brusquedad y en medio del terrible desbarajuste económico originado por la más penosa de las guerras. Todas las soluciones intermedias serán o un fraude al pueblo, cometido por la burguesía, que no puede decir la verdad, que no puede declarar que necesita a Kornílov; o una manifestación de la estupidez de los demócratas pequeñoburgueses, de los Chernov, Tsereteli y Mártov, con su charlatanería acerca de la unidad de la democracia, de la dictadura de la democracia, del frente democrático general y demás tonterías por el estilo. Hay que considerar perdidos sin remedio a quienes no han aprendido siquiera en el curso de la revolución rusa de 1917-1918 que las soluciones intermedias son imposibles.
p Por otra parte, no es difícil convencerse de que, en toda transición del capitalismo al socialismo, la dictadura es imprescindible por dos razones esenciales o en dos aspectos fundamentales. Primero, es imposible vencer y desarraigar el capitalismo sin aplastar sin piedad la resistencia de los explotadores, que no pueden ser privados de golpe de sus riquezas, de las ventajas que les proporcionan su organización y sus conocimientos y que, en consecuencia, se esforzarán inevitablemente, durante un período bastante prolongado, por derrocar el odiado poder de los pobres. Segundo, toda gran revolución, especialmente la revolución socialista, es inconcebible sin guerra interior, es decir, sin guerra civil, aunque no exista una guerra exterior. Y la guerra civil lleva implícita una ruina mayor aún que la ocasionada por la guerra exterior; significa millares y millones de vacilaciones y de deserciones de un campo a otro, un estado de terrible incertidumbre, de desequilibrio y de caos. Como es natural, todos los elementos de descomposición de la sociedad vieja, fatalmente numerosísimos y ligados, sobre todo, a la pequeña burguesía (pues es la primera en quedar arruinada y aniquilada por toda guerra y toda crisis), no pueden menos de “manifestarse” en una conmoción tan profunda. Y los elementos de descomposición 697 sólo pueden “manifestarse” en un aumento de la delincuencia, de la golfería, del soborno, de la especulación y de toda clase de escándalos. Para acabar con todo eso se requiere tiempo y hace falta mano de hierro.
p La historia no conoce ninguna gran revolución en la que el pueblo no haya sentido eso por instinto y no haya mostrado una firmeza salvadora, fusilando a los ladrones en el acto. La desgracia de las revoluciones precedentes consistió en que el entusiasmo revolucionario de las masas que las tenía en tensión y les daba energías para reprimir sin piedad a los elementos corruptores duraba poco. La causa social, es decir, de clase, de esa poca duración del entusiasmo revolucionario de las masas residía en la debilidad del proletariado, único capaz (cuando es bastante numeroso, consciente y disciplinado) de atraer a la mayoría de los trabajadores y explotados (a la mayoría de los pobres, empleando un término más sencillo y popular) y sujetar el poder en sus manos el tiempo suficiente para aplastar por completo a todos los explotadores y a todos los elementos corruptores.
p Esta experiencia histórica de todas las revoluciones, esta enseñanza—económica y política—de alcance histórico universal fue resumida por Marx en su fórmula breve, tajante, precisa y brillante: la dictadura del proletariado. Y la marcha triunfal de la organización soviética por todos los pueblos y naciones de Rusia ha demostrado que la revolución rusa ha abordado con acierto esta tarea de alcance histórico universal. Pues el Poder soviético no es otra cosa que la forma de organización de la dictadura del proletariado, de la dictadura de la clase de vanguardia, que eleva a una nueva democracia y a la participación efectiva en el gobierno del Estado a decenas y decenas de millones de trabajadores y explotados, los cuales aprenden de su misma experiencia a considerar que su jefe más seguro es la vanguardia disciplinada y consciente del proletariado.
p Pero la palabra dictadura es una gran palabra. Y las grandes palabras no deben vocearse al viento. La dictadura es un poder férreo, de audacia y rapidez revolucionarias, implacable en la represión tanto de los explotadores como de los malhechores. Sin embargo, nuestro poder es demasiado blando y, en infinidad de ocasiones, se parece más a la gelatina que al hierro. No debe olvidarse ni por un instante que el elemento burgués y pequeñoburgués lucha contra el Poder soviético de dos maneras: por un lado, actuando desde fuera con los métodos de los Sávinkov, Gots, Gueguechkori y Kornílov, con conspiraciones y alzamientos, con su inmundo reflejo "ideológico”, con torrentes de mentiras y calumnias difundidas en la prensa de los democonstitucionalistas, de los 698 eseristas de derecha y de los mencheviques; por otro lado, este elemento actúa desde dentro, aprovechando todo factor de descomposición y toda flaqueza, a fin de practicar el soborno y aumentar la indisciplina, el libertinaje y el caos. Cuanto más nos acercamos al total aplastamiento militar de la burguesía, más peligroso se hace para nosotros el elemento de la anarquía pequeñoburguesa. Y contra este elemento no se puede luchar únicamente con la propaganda, la agitación, la organización de la emulación o la selección de organizadores; hay que oponerle también la coerción.
p A medida que la tarea fundamental del poder deje de ser la represión militar para convertirse en la labor administrativa, la manifestación típica de la represión y coerción no será el fusilamiento en el acto, sino el tribunal. Después del 25 de octubre de 1917, las masas revolucionarias emprendieron el camino justo en este terreno y demostraron la vitalidad de la revolución, empezando a organizar sus propios tribunales obreros y campesinos, sin esperar que se promulgasen los decretos de disolución del mecanismo judicial burocrático burgués. Pero nuestros tribunales revolucionarios y populares son de una debilidad extraordinaria e increíble. Se nota que aún no se ha borrado del todo la opinión que el pueblo tiene de los tribunales como de algo burocrático y ajeno, opinión heredada de la época en que existía el yugo de los terratenientes y de la burguesía. Todavía no se comprende bastante que el tribunal es un órgano llamado a incorporar precisamente a todos los pobres a la gestión pública del Estado (pues la actividad judicial es una de las funciones administrativas del Estado), que el tribunal es un órgano de poder del proletariado y de los campesinos pobres, que el tribunal es un instrumento para inculcar la disciplina. No se comprende bastante el hecho simple y evidente de que si el hambre y el paro son las mayores plagas de Rusia, estas plagas no podrán ser vencidas con ningún movimiento impulsivo, sino sólo con una organización y una disciplina en todos los órdenes, extensivas a todo y a todos, que permitan aumentar la producción de pan para la gente y de pan para la industria (combustible), transportarlo a tiempo y distribuirlo acertadamente; que, por eso, cuantos infringen la disciplina del trabajo en cualquier fábrica, en cualquier empresa o en cualquier obra son los culpables de los tormentos causados por el hambre y el paro; que es necesario saber descubrir a los culpables, entregarlos a los tribunales y castigarlos sin piedad. El elemento pequeñoburgués, contra el que habremos de luchar ahora con el mayor tesón, se manifiesta precisamente en la insuficiente comprensión de la relación económica y política existente entre el hambre y el paro, por un lado, y el relajamiento de todos y cada uno en el terreno de la organización y la disciplina, por otro; en que sigue muy arraigado el 699 punto de vista del pequeño propietario: sacar la mayor tajada posible y, después, ¡lo que sea sonará!
p En el transporte ferroviario—que tal vez sea donde se plasman con mayor evidencia los vínculos económicos del organismo creado por el gran capitalismo—se manifiesta con singular relieve esta lucha entre el elemento relajador pequeñoburgués y el espíritu proletario de organización. El elemento “administrativo” proporciona en gran abundancia saboteadores y concusionarios; la mejor parte del elemento proletario lucha por la disciplina; pero en uno y otro hay, como es natural, muchos vacilantes, muchos "débiles”, incapaces de no caer en la "tentación" de especular, dejarse sobornar y sacar provecho personal a costa de deteriorar todo el mecanismo, de cuyo buen funcionamiento depende el triunfo sobre el hambre y el paro.
p Es sintomática la lucha entablada en este terreno en torno al último decreto sobre la administración de los ferrocarriles, sobre la concesión de poderes dictatoriales (o “ilimitados”) a ciertos dirigentes^^248^^. Los representantes conscientes (y en su mayoría, probablemente, inconscientes) del relajamiento pequeñoburgués han querido ver en la concesión de poderes “ilimitados” (es decir, dictatoriales) a ciertas personas una abjuración de la norma de dirección colectiva, de la democracia y de los principios del Poder soviético. En algunos lugares, entre los eseristas de izquierda se emprendió una agitación francamente propia de maleantes contra el decreto sobre los poderes dictatoriales, es decir, una agitación en la que se apelaba a los bajos instintos y al afán del pequeño propietario de “sacar” la mayor tajada posible. La cuestión planteada tiene, en efecto, inmensa importancia: primero, se trata de una cuestión de principio, de saber si el nombramiento de determinadas personas investidas de poderes dictatoriales ilimitados es, en general, compatible con los principios cardinales del Poder soviético; segundo, de saber qué relación guarda este caso—o este precedente, si se quiere—con las tareas especiales del poder en el momento concreto actual. Ambas cuestiones deben ser examinadas con la mayor atención.
p La experiencia irrefutable de la historia muestra que la dictadura de ciertas personas ha sido con mucha frecuencia, en el curso de los movimientos revolucionarios, la expresión de la dictadura de las clases revolucionarias, su portadora y su vehículo. No ofrece duda alguna que la dictadura personal ha sido compatible con la democracia burguesa. Pero los detractores burgueses del Poder soviético, así como sus segundones pequeñoburgueses, recurren siempre al escamoteo y dan pruebas de gran destreza en este punto: por una parte, declaran que el Poder soviético es algo simplemente absurdo, anárquico, salvaje, eludiendo con el mayor cuidado todos nuestros paralelos históricos y las pruebas teóricas de que los Soviets 700 son la forma superior de democracia, más aún, el comienzo de la forma socialista de democracia; por otra parte, exigen de nosotros una democracia superior a la burguesa y dicen: la dictadura personal es absolutamente incompatible con vuestra democracia soviética, bolchevique (o sea, no burguesa, sino socialista).
p Los razonamientos no pueden ser peores. Si no somos anarquistas, debemos admitir la necesidad del Estado, es decir, la coerción, para pasar del capitalismo al socialismo. La forma de coerción está determinada por el grado de desarrollo de la clase revolucionaria correspondiente, por circunstancias especiales—como es, por ejemplo, la herencia recibida de una guerra larga y reaccionaria—y por las formas de resistencia de la burguesía y de la pequeña burguesía. Así pues, no existe absolutamente ninguna contradicción de principio entre la democracia soviética (es decir, socialista) y el ejercicio del poder dictatorial por ciertas personas. La dictadura proletaria se diferencia de la dictadura burguesa en que la primera dirige sus golpes contra la minoría explotadora, a favor de la mayoría explotada; además, en que la primera es ejercida—también por el conducto de ciertas personas—no sólo por las masas trabajadoras y explotadas, sino asimismo por organizaciones estructuradas de manera que puedan despertar precisamente a esas masas y elevarlas a hacer la historia (a este género de organizaciones pertenecen los Soviets).
p Por lo que se refiere a la segunda cuestión (el significado precisamente del poder dictatorial unipersonal desde el punto de vista de las tareas específicas del momento presente), debemos decir que toda gran industria mecanizada—es decir, precisamente el origen y la base material, de producción, del socialismo—requiere una unidad de voluntad absoluta y rigurosísima que dirija el trabajo común de centenares, miles y decenas de miles de personas. Esta necesidad es evidente desde tres puntos de vista—técnico, económico e histórico—, y cuantos pensaban en el socialismo la han tenido siempre por una condición para llegar a él. Pero, ¿cómo puede asegurarse la más rigurosa unidad de voluntad? Supeditando la voluntad de miles de personas a la de una sola.
p Si quienes participan en el trabajo común poseen una conciencia y una disciplina ideales, esta supeditación puede recordar más bien la suavidad con que conduce un director de orquesta. Si no existen esa disciplina y esa conciencia ideales, la supeditación puede adquirir las formas tajantes de la dictadura. Pero, de uno u otro modo, la supeditación incondicional a una voluntad única es absolutamente necesaria para el buen éxito de los procesos del trabajo, organizado al estilo de la gran industria mecanizada. Para los ferrocarriles, ello es el doble y el triple necesario. Y esta transición de una tarea política 701 a otra, que no se le parece en nada por fuera, constituye la peculiaridad del momento que vivimos. La revolución acaba de romper las cadenas más antiguas, más fuertes y pesadas, con las que se sometía a las masas por la fuerza. Eso sucedía ayer. Pero hoy, esa misma revolución, en beneficio precisamente de su desarrollo y robustecimiento, en beneficio del socialismo, exige la supeditación incondicional de las masas a la voluntad única de los dirigentes del proceso de trabajo. Está claro que semejante transición es inconcebible de golpe. Está claro que sólo puede llevarse a cabo a costa de enormes sacudidas y conmociones, con retornos a lo viejo, mediante una tensión colosal de las energías de la vanguardia proletaria que conduce al pueblo hacia lo nuevo. En esto no piensan quienes se dejan arrastrar por el histerismo pequeñoburgués de NóvayaZhizn o Vperiod^^249^^, Dielo Naroda o Nash ViekK".
p Tomemos la sicología del individuo medio, de base, de la masa trabajadora y explotada y comparémosla con las condiciones objetivas, materiales, cíe la vida social del mismo. Hasta la Revolución de Octubre no había visto aún en la práctica que las clases poseedoras, las clases explotadoras le hubiesen sacrificado o cedido realmente algo de importancia para ellas. No había visto aunque esas clases le hubiesen dado la tierra y la libertad, tantas veces prometidas, que le hubiesen dado la paz, que hubiesen renunciado a sus intereses de "nación dominante" y a los tratados secretos imperialistas, que hubiesen sacrificado algo de su capital y de sus ganancias. Lo ha visto únicamente después del 25 de octubre de 1917, cuando él mismo hubo de conquistarlo todo esto por la fuer/a y defenderlo también por la fuerza frente a los Kerenski, los Gots, los Gueguechkori, los Dútov y los Kornílov. Se comprende que, durante cierto tiempo, toda su atención, todos sus pensamientos, todas sus fuerzas espirituales hayan tendido a una sola cosa: a respirar libremente, a erguirse, explayarse y gozar de los bienes inmediatos que le ofrecía la vida y le negaban los explotadores derrocados. Se comprende que haga falta cierto tiempo para que el individuo de las masas vea, se convenza y, además, sienta que no se puede simplemente “tomar”, echar el guante a algo y llevárselo, que esto aumenta el desbarajuste, el desastre, que trae de vuelta a los Kornílov. El viraje correspondiente en las condiciones de vida (y, por tanto, en la sicología también) de las masas trabajadoras sencillas no hace más que empezar. Y toda nuestra misión, la misión del Partido Comunista (bolchevique), intérprete consciente del afán de emancipación de los explotados, es conocer este viraje, comprender que es necesario, ponerse a la cabeza de las masas cansadas, que buscan con ansiedad una salida, guiarlas por el buen camino, por el camino de la disciplina laboral, enseñarles a compaginar las discusiones públicas acerca de las 702 condiciones de trabajo con el sometimiento incondicional a la voluntad del dirigente soviético, del dictador, durante el trabajo.
p Los burgueses, los mencheviques, los de Nóvaya Zhizn, que sólo ven caos, desorden y explosiones de egoísmo de pequeños propietarios, se burlan de las "discusiones públicas" o las denigran, furiosos, con más frecuencia aún. Pero sin las discusiones públicas, la masa de oprimidos jamás podría pasar de la disciplina impuesta por los explotadores a la disciplina consciente y voluntaria. Las discusiones públicas son, precisamente, la verdadera democracia, el enderezamiento, el despertar de los trabajadores a la nueva vida; son los primeros pasos que dan por un terreno que ellos mismos han limpiado de reptiles (explotadores, imperialistas, terratenientes y capitalistas) y que ellos mismos quieren aprender a organizar a su manera, para sí, respaldándose en los principios de su propio poder, del Poder soviético, y no de un poder ajeno, señorial o burgués. Ha sido precisa la victoria conquistada en octubre por los trabajadores sobre los explotadores, ha sido precisa toda una etapa histórica de discusión inicial por los propios trabajadores de las nuevas condiciones de vida y de las nuevas tareas, para poder pasar con firmeza a formas superiores de la disciplina de trabajo, a una asimilación consciente de la idea de que es necesaria la dictadura del proletariado, a un sometimiento incondicional a las órdenes personales de los representantes del Poder soviético en las horas de trabajo.
p Esta transición ha comenzado ahora.
p Hemos cumplido con éxito la primera tarea de la revolución, hemos visto cómo preparan las masas trabajadoras en su propio seno la condición fundamental para el triunfo de esa revolución: la unificación de los esfuerzos contra los explotadores a fin de lograr su derrocamiento. Etapas como las de octubre de 1905 y febrero y octubre de 1917 tienen una importancia histórica universal.
p Hemos cumplido con éxito la segunda tarea de la revolución: despertar y alzar a esos mismos "sectores bajos" de la sociedad que los explotadores habían echado al fondo y que sólo después del 25 de octubre de 1917 obtuvieron la plena libertad de derrocar a esos explotadores y de comenzar a orientarse y a organizar la vida a su manera. Esta segunda gran etapa de la revolución estriba en las discusiones públicas precisamente de las masas trabajadoras más oprimidas, más atrasadas y menos preparadas, el paso de éstas a los bolcheviques, la instauración por ellas de su organización soviética en todas partes.
p Empieza la tercera etapa. Hay que afianzar lo conquistado por nosotros mismos, lo que hemos decretado, legalizado, discutido y proyectado; hay que afianzarlo mediante formas estables de una 703 disciplina de trabajo diaria. Es la tarea más difícil, pero también la más grata, pues únicamente su cumplimiento nos permitirá implantar el orden socialista. Hay que aprender a conjugar la democracia de las discusiones públicas de las mysas trabajadoras, que fluye tumultuosa como las aguas primaverales desbordadas, con la disciplina férrea durante el trabajo, con el sometimiento incondicional a la voluntad de una sola persona, del dirigente soviético, en las horas de trabajo.
p Todavía no hemos aprendido a hacerlo.
p Pero aprenderemos.
La amenaza de restauración de la explotación burguesa, personificada por los Kornílov, los Gots, los Dútov, los Gueguechkori y los Bogaievski, se cernía ayer sobre nosotros. Pero los hemos vencido. Esta restauración, esta misma restauración nos amenaza hoy bajo otra forma, bajo la forma del elemento de relajación y anarquismo pequeñoburgués, del espíritu del pequeño propietario: "Eso no reza conmigo”; bajo la forma de ataques e incursiones cotidianos, pequeños, pero numerosos, de este elemento contra la disciplina proletaria. Debemos vencer este elemento de anarquía pequeñoburguesa, y lo venceremos.
EL DESARROLLO DE LA ORGANIZACIÓN SOVIÉTICA
p El carácter socialista de la democracia soviética—es decir, proletaria, en su aplicación concreta presente—consiste, primero, en que los electores son las masas trabajadoras y explotadas, quedando excluida la burguesía; segundo, en que desaparecen todas las formalidades y restricciones burocráticas en las elecciones: las propias masas determinan las normas y el plazo de las elecciones, gozando de plena libertad para revocar a los elegidos; tercero, en que se crea la mejor organización de masas de la vanguardia trabajadora, del proletariado de la gran industria, la cual le permite dirigir a las más vastas masas de explotados, incorporarlas a una vida política independiente y educarlas en el aspecto político, basándose en su propia experiencia; en que, de este modo, se aborda por vez primera la tarea de que aprenda a gobernar y comience a gobernar realmente toda la población.
p Tales son los principales rasgos distintivos de la democracia aplicada en Rusia, que constituye un tipo superior de democracia, que significa la ruptura con la deformación burguesa de la misma y el paso a la democracia socialista y a condiciones que permitan el comienzo de la extinción del Estado.
p Por supuesto, el elemento de la desorganización pequeñoburguesa (que se dejará sentir inevitablemente, bajo una u otra forma, en toda 704 revolución proletaria, y que en nuestra revolución se manifiesta con fuerza singular en virtud del carácter pequeñoburgués del país, de su atraso y de las consecuencias de la guerra reaccionaria) no puede menos de imprimir también su sello en los Soviets.
p Hay que trabajar infatigablemente para desarrollar la organización de los Soviets y el Poder soviético. Existe la tendencia pequeñoburguesa a convertir a los miembros de los Soviets en “parlamentarios” o, de otro lado, en burócratas. Hay que luchar contra esto, haciendo participar prácticamente a todos los miembros de los Soviets en el gobierno del país. En muchos lugares, las secciones de los Soviets se están transformando en órganos que se funden paulatinamente con los comisariados. Nuestro objetivo es hacer participar prácticamente a toda la población pobre en el gobierno del país; y todos los pasos que se den para lograr este objetivo —cuanto más variados, tanto mejor—deben ser registrados, analizados y sistematizados minuciosamente, deben ser contrastados con una experiencia más amplia y refrendados por la ley. Nuestro objetivo es lograr que enría trabajador, después de "cumplir la tarea" de ocho horas de trabajo productivo, desempeñe sin retribución las funciones estatales. El paso a este sistema es particularmente difícil, pero sólo en él está la garantía de que se consolide definitivamente el socialismo. Como es natural, la novedad y la dificultad del cambio motivan la abundancia de pasos que se dan a tientas, por decirlo así; originan multitud de errores y titubeos, sin los cuales no puede haber ningún avance rápido. Toda la originalidad de la situación actual consiste, desde el punto de vista de muchos que desean considerarse socialistas, en que la gente se ha acostumbrado a oponer en forma abstracta el capitalismo al socialismo, intercalando entre uno y otro, con aire grave, la palabra “salto” (algunos, recordando fragmentos aislados de cosas leídas en las obras de Engels, agregaban con aire aún más grave: "salto del reino de la necesidad al reino de la libertad"^^251^^). La mayoría de los llamados socialistas, que del socialismo "han leído en los libros”, pero que jamás han profundizado en serio en este problema, no saben pensar que los maestros del socialismo denominaban “salto” al cambio brusco, considerado desde el punto de vista de los virajes de la historia universal, y que los saltos de esta naturaleza abarcan períodos de diez e incluso más años. Es lógico que la famosa “intelectualidad” suministre en momentos como éste una infinidad de plañideras: una llora por la Asamblea Constituyente; otra, por la disciplina burguesa; la tercera, por el orden capitalista; la cuarta, por el terrateniente civilizado; la quinta, por el espíritu imperialista de nación dominante, etc., etc.
p El verdadero interés de la época de los grandes saltos consiste en que la abundancia de escombros de lo viejo, amontonados a veces 705 con mayor rapidez que despuntan los brotes de lo nuevo (no siempre perceptibles al primer golpe de vista), requiere que se sepa destacar lo más esencial en la línea o en la cadena del desarrollo. Hay momentos históricos en que lo más importante para asegurar el éxito de la revolución consiste en amontonar la mayor cantidad posible de escombros, es decir, hacer saltar el mayor número de instituciones caducas; hay momentos en que, logrado esto en grado suficiente, se plantea a la orden del día la labor “prosaica” (“tediosa” para el revolucionario pequeñoburgués) de descombrar el terreno; hay momentos en que lo más importante es cuidar con solicitud los brotes de lo nuevo, que surgen de entre los escombros en un terreno aún mal descombrado.
p No basta con ser revolucionario y partidario del socialismo o comunista en general. Es necesario saber encontrar en cada momento peculiar el eslabón particular al cual hay que aferrarse con todas las fuerzas para sujetar toda la cadena y preparar sólidamente el paso al eslabón siguiente. El orden de los eslabones, su forma, su engarce, la diferencia entre unos y otros no son tan simples ni tan burdos en la cadena histórica de los acontecimientos como en una cadena corriente forjada por un herrero.
p La lucha contra la deformación burocrática de la organización soviética está garantizada por la solidez de los vínculos de los Soviets con el “pueblo”—entendiendo por tal a los trabajadores y explotados—, por la flexibilidad y elasticidad de esos vínculos. Los pobres jamás consideran instituciones “suyas” los parlamentos burgueses, ni siquiera en la república capitalista más democrática del mundo. Los Soviets, en cambio, son instituciones “propias”, y no ajenas, para la masa de obreros y campesinos. A los actuales "socialdemócratas" del matiz de Scheidemann o, lo que es casi igual, de Mártov les repugnan los Soviets y les atrae el respetable Parlamento burgués o la Asamblea Constituyente, del mismo modo que a Turguénev, hace sesenta años, le atraía la moderada constitución monárquica y aristocrática y le repugnaba el espíritu democrático “plebeyo” de Dobroliúbov y Chernyshevski.
p Es precisamente esta proximidad de los Soviets al “pueblo” trabajador la que crea formas especiales de control desde abajo —derecho de revocación, etc.—, que deben ser desarrolladas ahora con un celo singular. Por ejemplo, los Consejos de Instrucción Pública, como conferencias periódicas de los electores soviéticos con sus delegados para discutir y controlar la labor de las autoridades soviéticas en este terreno, son dignos de la mayor simpatía y apoyo. No hay nada más necio que transformar los Soviets en algo anquilosado que se basta por sí solo. Cuanto mayor sea la decisión con que debamos defender hoy la necesidad de un poder firme e
706 implacable, de dictadura de ciertas personas para determinados procesos de trabajo, en determinados momentos del ejercicio de funciones puramente ejecutivas, tanto más variadas habrán de ser las formas y los métodos de control desde abajo, a fin de paralizar toda sombra de posible deformación del Poder soviético, a fin de arrancar reiterada y constantemente la mala hierba burocrática.CONCLUSIÓN
p Una situación internacional extraordinariamente dura, difícil y peligrosa; la necesidad de maniobrar y replegarse; un período de espera de nuevas explosiones revolucionarias, que maduran con agobiante lentitud en los países occidentales; dentro del país, un período constructivo lento y de implacable “acicate”, de lucha prolongada y tenaz de una severa disciplina proletaria contra los elementos amenazadores de la relajación y de la anarquía pequeñoburguesas: tales son, en pocas palabras, los rasgos distintivos de la etapa peculiar de la revolución socialista que estamos atravesando. Tal es el eslabón de la cadena histórica de los acontecimientos al que debemos aferramos ahora con todas nuestras fuerzas para estar a la altura de nuestras tareas hasta el momento de pasar al eslabón siguiente, eslabón que nos atrae por su singular esplendor, por el esplendor de las victorias de la revolución proletaria internacional.
p Intentemos comparar con el concepto corriente, habitual, del “revolucionario” las consignas que surgen de las condiciones peculiares de la etapa que atravesamos: maniobrar, replegarse, esperar, construir lentamente, espolear implacablemente, disciplinar con severidad, combatir la relajación... ¿Qué hay de extraño en que, al oír esto, algunos “revolucionarios” sean presa de una noble indignación y comiencen a “fulminarnos”, acusándonos de haber olvidado las tradiciones de la Revolución de Octubre, de conciliarnos con los especialistas burgueses, de concertar compromisos con la burguesía, de tener un espíritu pequeñoburgués, de haber caído en el reformismo, etc., etc.?
p La desgracia de estos malhadados revolucionarios consiste en que ni siquiera los impulsados por las mejores intenciones del mundo ni los adictos por completo a la causa del socialismo llegan a comprender el estado singular y particularmente “desagradable” por el que debe pasar sin falta un país atrasado, devastado por una guerra reaccionaria y maldita y que ha iniciado la revolución socialista mucho antes que los países más adelantados, consiste en que les falta la firmeza imprescindible en los momentos difíciles de una difícil transición. Naturalmente, la oposición “oficial” de este género a nuestro partido se la hace el partido de los eseristas de 707 izquierda. Es evidente que existen y existirán siempre excepciones individuales que se apartan cíe los modelos típicos de un grupo o de una clase. Pero los tipos sociales quedan. En un país donde el predominio de los pequeños propietarios sobre la población puramente proletaria es enorme, la diferencia entre el revolucionario proletario y el revolucionario pequeñoburgués tiene que reflejarse de manera ineludible (y en ciertas ocasiones con extraordinario contraste). El revolucionario pequeñoburgués duda y vacila ante cada giro de los acontecimientos; pasa de un revolucionarismo furibundo, en marzo de 1917, a glorificar la "coalición" en mayo, odiar a los bolcheviques (o lamentar su “aventurerismo”) en julio, a apartarse temeroso de ellos a fines de octubre, a apoyarles en diciembre y, por último, a decir en marzo y abril de 1918, haciendo una mueca despectiva: "No soy de los que cantan loas al trabajo "orgánico”, al practicismo y al avance pasito a paso".
La base social de semejantes tipos es el pequeño propietario exasperado por los horrores de la guerra, por la ruina súbita, por los insoportables sufrimientos del hambre y el desbarajuste económico y que se debate histéricamente, buscando salida y salvación, vacilando entre la confianza y el apoyo al proletariado, por un lado, y los accesos de desesperación, por otro. Hay que comprender claramente y recordarlo muy bien que con tal base social no es posible construir el socialismo. Sólo la clase que sigue su camino sin vacilaciones, que no se desanima ni desespera en los tránsitos más duros, difíciles y peligrosos puede dirigir a las masas trabajadoras y explotadas. No necesitamos accesos de histeria. Lo que necesitamos es el paso acompasado de los batallones de hierro del proletariado.
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