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IV CONGRESO EXTRAORDINARIO
DE LOS SOVIETS
DE TODA RUSIA^^241^^ 14-16 DE MARZO DE 1918
 
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PROYECTO DE RESOLUCIÓN SOBRE
EL MENSAJE DE WILSON^^242^^

p El congreso expresa al pueblo norteamericano, en primer lugar a las clases trabajadoras y explotadas de Estados Unidos de América, su agradecimiento por el mensaje de simpatía que el presidente Wilson ha hecho llegar al pueblo ruso por el conducto del congreso de los Soviets en días de duras pruebas para la República Socialista Soviética de Rusia.

p Convertida en país neutral, la República Soviética de Rusia aprovecha el mensaje del presidente Wilson para expresar a todos los pueblos que sufren y perecen a causa de los horrores de la guerra imperialista su profunda simpatía y su firme convicción de que no está lejano el día feliz en que las masas trabajadoras de todos los países burgueses se sacudan el yugo del capital e instauren la organización socialista de la sociedad, única capaz de asegurar una paz justa y duradera, así como la cultura y el bienestar para todos los trabajadores.

p Escrito el 14 de marzo de 1918.

p T. 36, pág. 91.

Publicado el 15 de marzo de 1918 en el núm. 48 de "Izvestia del CEC de toda Rusia".

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p INFORME SOBRE LA RATIFICACIÓN
DEL TRATADO DE PAZ
14 DE MARZO

p Camaradas: Hoy debemos resolver un problema que implica un viraje en el desarrollo de la revolución rusa, y no sólo rusa, sino internacional; y para resolver con acierto el problema de la gravosísima paz que han concertado los representantes del Poder soviético en Brest-Litovsk y que el Poder soviético propone aprobar, es decir, ratificar; para resolver con acierto este problema, lo que más necesitamos es comprender el sentido histórico del viraje que debemos dar, comprender en qué ha consistido la peculiaridad principal del desarrollo de la revolución hasta ahora y en qué consiste la causa fundamental de la penosa derrota y de la época de duras pruebas que hemos pasado.

p Me parece que la fuente principal de las discrepancias en torno a esta cuestión entre los partidos soviéticos consiste, precisamente, en que algunos se dejan llevar demasiado por un sentimiento de legítima y justa indignación con motivo de la derrota de la República Soviética por el imperialismo; a veces se dejan llevar demasiado de la desesperación, y en lugar de tener en cuenta las condiciones históricas del desarrollo de la revolución tal y como se dieron antes de la presente paz y tal como se nos presentan ahora a nosotros después de la paz, intentan dar una respuesta sobre la táctica de la revolución basándose en los sentimientos espontáneos. Pero la experiencia de todas las historias de las revoluciones nos enseña que cuando se trata de cualquier movimiento de masas o de una lucha entre las clases, sobre todo como la actual, que no se desarrolla únicamente en un solo país, aunque sea inmenso, sino que abarca todas las relaciones internacionales, es preciso basar nuestra táctica, 653 ante todo y sobre todo, en la situación objetiva, analizar cuál ha sido hasta ahora el curso de la revolución y por qué ha cambiado de manera tan amenazadora, brusca y desfavorable para nosotros.

p Si examinamos desde este punto de vista el desarrollo de nuestra revolución, veremos con claridad que ha atravesado hasta ahora un período de independencia relativa y aparente en grado considerable, de independencia temporal de las relaciones internacionales. El camino seguido por nuestra revolución desde fines de febrero de 1917 hasta el 11 de febrero del año actual, día en que empezó la ofensiva alemana, ha sido en general un camino de victorias fáciles y rápidas. Si examinamos el desarrollo de esta revolución a escala internacional, desde el punto de vista únicamente de la revolución rusa, veremos que durante ese año hemos vivido tres períodos. Durante el primer período, la clase obrera de Rusia y cuanto de avanzado, consciente y puesto en movimiento había en el campesinado barrieron en unos cuantos días la monarquía con el apoyo no sólo de la pequeña burguesía, sino también de la gran burguesía. Este éxito vertiginoso se explica, por una parte, porque el pueblo ruso extrajo de la experiencia de 1905 una gigantesca reserva de combatividad revolucionaria y, por otra, porque Rusia, país singularmente atrasado, sufrió de modo especial a causa de la guerra y se encontró con rapidez particular imposibilitada por completo para continuar esta guerra bajo el viejo régimen.

p El corto período de éxito impetuoso en que se creó la nueva organización—la organización de los Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos—, fue seguido para nuestra revolución por los largos meses del período de transición, el período durante el cual el poder de la burguesía, minado en el acto por los Soviets, era sostenido y fortalecido por los partidos conciliadores pequeñoburgueses, los mencheviques y eseristas, que respaldaban ese poder. Era un poder que apoyaba la guerra imperialista y los tratados secretos imperialistas, que alimentaba de promesas a la clase obrera, un poder que no hacía absolutamente nada y mantenía el desbarajuste económico. En ese período largo para nosotros, para la revolución rusa, acumularon fuerzas los Soviets; fue un período largo para la revolución rusa y corto desde el punto de vista de la revolución internacional porque, en la mayoría de los países centrales, el período de superación de las ilusiones pequeñoburguesas, el período de la política conciliadora de los diversos partidos, fracciones y matices no duró meses, sino largos, larguísimos decenios; este período, desde el 20 de abril hasta la reanudación, en junio, de la guerra imperialista por Kerenski, que llevaba en el bolsillo el tratado secreto imperialista, desempeñó un papel decisivo. Durante ese período pasamos por la derrota de julio y la korniloviada, y sólo 654 basándonos en la experiencia de la lucha de las masas, sólo cuando las grandes masas de obreros y campesinos vieron, no por las prédicas, sino por su propia experiencia, toda la esterilidad de la política conciliadora pequeñoburguesa, sólo entonces, después de un largo desarrollo político, después de una larga preparación y de cambios en el estado de ánimo y en los puntos de vista de las agrupaciones de partidos, se creó la base para la Revolución de Octubre. Y llegó el tercer período de la revolución rusa en su primera fase, apartada o temporalmente separada de la revolución mundial.

p Este tercer período, el de octubre, fue el período de organización, el más difícil y, al mismo tiempo, el de los triunfos más importantes y rápidos. A partir de octubre, nuestra revolución, que puso el poder en manos del proletariado revolucionario, implantó la dictadura de éste y le aseguró el apoyo de la inmensa mayoría de los proletarios y de los campesinos pobres; a partir de octubre, nuestra revolución avanzó victoriosa, en marcha triunfal. En todos los confines de Rusia comenzó la guerra civil en forma de resistencia de los explotadores, de los terratenientes y la burguesía, apoyados por una parte de la burguesía imperialista.

p Empezó la guerra civil. Y en esta guerra civil, las fuerzas de los enemigos del Poder soviético, las fuerzas de los enemigos de las masas trabajadoras y explotadas resultaron ser insignificantes; la guerra civil fue un triunfo continuo del Poder soviético porque sus enemigos, los explotadores, los terratenientes y la burguesía, carecían de todo apoyo político y económico y su ataque fracasó. La lucha contra ellos consistió no tanto en acciones militares como en agitación; sector tras sector, masas tras masas, hasta los cosacos trabajadores fueron desembarazándose de los explotadores que intentaban apartarlos del Poder soviético.

p Este período de marcha victoriosa, triunfal, de la dictadura del proletariado y del Poder soviético, en el que este último conquistó de modo absoluto, decidido e irrevocable a gigantescas masas de trabajadores y explotados de Rusia, fue el punto último y superior del desarrollo de la revolución rusa que, durante todo ese tiempo, parecía avanzar independientemente del imperialismo internacional. Esa fue la causa de que el país más atrasado y más preparado para la revolución por la experiencia de 1905 promoviera al poder tan rápida, fácil y metódicamente a una clase tras otra, superando distintas combinaciones políticas, y, por último, llegara a la combinación política que representaba la última palabra tanto de la revolución rusa como de las revoluciones obreras de Europa Occidental. Porque el Poder soviético se afianzó en Rusia y se ganó las simpatías inextinguibles de los trabajadores y explotados 655 debido a que destruyó la vieja máquina de opresión, el viejo poder del Estado; debido a que creó desde la base un tipo de Estado nuevo y superior, como el que fue en germen la Comuna de París, la cual derribó la vieja máquina y puso en su lugar directamente la fuerza armada de las masas, sustituyendo la democracia parlamentaria burguesa con la democracia de las masas trabajadoras, excluyendo a los explotadores y aplastando con regularidad la resistencia de estos últimos.

p He ahí lo que hizo la revolución rusa en ese período. He ahí el motivo de que en una pequeña vanguardia de la revolución rusa se creara la impresión de que esta marcha triunfal, este rápido avance de la revolución rusa podía contar con la victoria consecutiva. Y en eso consistía el error, pues el período en que se desarrollaba la revolución rusa, haciendo pasar el poder de una clase a otra y acabando con la conciliación de las clases en los límites sólo de Rusia, ese período pudo existir desde el punto de vista histórico únicamente porque las más gigantescas fieras voraces del imperialismo mundial habían sido detenidas temporalmente en su ofensiva contra el Poder soviético. Una revolución que en unos cuantos días había derrocado la monarquía, que en unos cuantos meses había agotado todos los intentos de conciliación con la burguesía y que en unas cuantas semanas había vencido en la guerra civil toda la resistencia de la burguesía; una revolución así, la revolución de la república socialista, pudo existir entre las potencias imperialistas, rodeada de fieras voraces, al lado de las fieras del imperialismo mundial, únicamente porque la burguesía, empeñada en una lucha intestina a muerte, se encontraba paralizada en su ofensiva contra Rusia.

Y empezó el período que no podemos menos de sentir de modo tan patente y tan penoso; un período de durísimas derrotas, de durísimas pruebas para la revolución rusa; un período en el que, en lugar de una ofensiva franca, directa y rápida contra los enemigos de la revolución, tenemos que sufrir durísimas derrotas y replegarnos ante una fuerza incomparablemente mayor que la nuestra: ante la fuerza del imperialismo y del capital financiero internacionales, ante la fuerza del poderío militar, que toda la burguesía, con su técnica moderna y su organización, ha agrupado contra nosotros con el propósito de saquear, oprimir y ahogar a las naciones pequeñas. Hemos tenido que pensar en equilibrar las fuerzas, nos hemos visto ante una tarea infinitamente difícil, hemos tenido que hacer frente, en la pelea directa, no a un enemigo como Románov y Kerenski, que no pueden ser tomados en serio, sino a las fuerzas de la burguesía internacional con todo su poderío bélico imperialista, hemos tenido que luchar cara a cara con los buitres mundiales. Y es comprensible que, al retrasarse la ayuda del proletariado socialista internacional,

656 hayamos tenido que resistir solos este choque y sufrir una durísima derrota.

p Es ésta una época de duras derrotas, una época de repliegues, una época en la que debemos salvar, por lo menos, una pequeña parte de las posiciones, retrocediendo ante el imperialismo, esperando el momento en que cambien las condiciones internacionales en general, en que acudan en nuestra ayuda las fuerzas del proletariado europeo; unas fuerzas que existen, que maduran y que no han podido deshacerse de su enemigo con tanta facilidad como nosotros, pues sería la mayor de las ilusiones y el mayor de los errores olvidar que a la revolución rusa le fue fácil empezar y le es difícil seguir adelante. Era inevitable que ocurriera así porque hubimos de empezar por el régimen político más podrido y atrasado. La revolución europea tiene que empezar por la burguesía, tiene que habérselas con un enemigo increíblemente más serio, en condiciones incomparablemente más difíciles. A la revolución europea le será muchísimo más difícil empezar. Vemos que le es incomparablemente más difícil abrir la primera brecha en el régimen que la aplasta. A la revolución europea le será mucho más fácil pasar a sus etapas segunda y tercera. Y no puede ser de otra manera, dada la correlación de fuerzas que existe actualmente en la palestra internacional entre las clases revolucionarias y las reaccionarias. Ese es el viraje fundamental que pierden de vista en todo momento quienes enfocan la situación actual, la situación extraordinariamente grave de la revolución desde el punto de vista de los sentimientos y de la indignación, y no desde el punto de vista histórico. La experiencia de la historia nos muestra que siempre, en todas las revoluciones—durante el período en que la revolución experimentaba un cambio brusco y pasaba de las rápidas victorias al período de duras derrotas—llegaba una etapa de frases seudorrevolucionarias que causaron siempre el mayor daño al desarrollo de la revolución. Pues bien, camaradas, sólo estaremos en condiciones de apreciar acertadamente nuestra táctica si nos planteamos la tarea de tener en cuenta el viraje que nos ha hecho pasar de las victorias completas, fáciles y rápidas a las duras derrotas. Esta cuestión, infinitamente difícil e infinitamente grave, es resultado del viraje en el desarrollo de la revolución en el momento actual—de las victorias fáciles en el interior a las derrotas extraordinariamente duras en el exterior—y representa un viraje en toda la revolución mundial, un viraje de la época de la labor de agitación y propaganda de la revolución rusa, con una actitud de espera del imperialismo, a las acciones ofensivas del imperialismo contra el Poder soviético. Y ello plantea el problema con especiales gravedad y agudeza ante todo el movimiento internacional de Europa Occidental. Si no olvidamos este momento 657 histórico, deberemos comprender cómo se ha determinado el grupo fundamental de los intereses de Rusia en el problema de la gravosísima paz actual, de la llamada paz indecorosa.

p En la polémica con los que negaban la necesidad de aceptar esta paz he oído más de una vez que el punto de vista de la firma de la paz expresa únicamente los intereses de las masas campesinas cansadas, de los soldados desclasados, etc., etc. Y siempre que oía esas alusiones y esas indicaciones me sorprendía de cómo olvidan los camaradas, hombres que rebuscan sus argumentos con excepcional minuciosidad, el enfoque clasista del desarrollo nacional. Como si el partido del proletariado, que ha tomado el poder, no calculara de antemano que sólo la alianza del proletariado y del semiproletariado, es decir, de los campesinos pobres, o sea de la mayoría del campesinado de Rusia; que sólo semejante alianza está en condiciones de dar el poder en Rusia al poder revolucionario de los Soviets—a la mayoría, a la verdadera mayoría del pueblo—; que sin ello es inconcebible todo intento de implantar el poder, sobre todo en los difíciles virajes de la historia. Presentan las cosas como si fuera posible desembarazarse ahora de esta verdad, reconocida por todos nosotros, y salir del paso alegando despectivamente el cansancio de los campesinos y de los soldados desclasados. Por lo que se refiere al cansancio del campesinado y de los soldados desclasados, debemos decir que el país admitirá la resistencia, que los campesinos pobres podrán ofrecer resistencia únicamente en la medida en que sean capaces de orientar sus fuerzas a la lucha.

Cuando tomamos el poder en octubre, estaba claro que el desarrollo de los acontecimientos llevaba a ello indefectiblemente, que el viraje de los Soviets hacia el bolchevismo significaba un viraje en todo el país, que el poder del bolchevismo era inevitable. Cuando, conscientes de ello, nos lanzamos en octubre a la conquista del poder, nos dijimos a nosotros mismos y dijimos a todo el pueblo con absoluta claridad y precisión que se trataba del paso del poder a manos del proletariado y de los campesinos pobres, que el proletariado sabía que los campesinos lo apoyarían; vosotros mismos sabéis en qué lo apoyarían: en su activa lucha por la paz, en su disposición a proseguir el combate contra el gran capital financiero. En eso no nos equivocamos, y nadie que se mantenga, por poco que sea, en los límites de las fuerzas de clase y de las relaciones de clase podrá abstraerse de la verdad indudable de que no podemos pedir a un país de pequeños campesinos, que tanto ha hecho para la revolución europea y mundial, que sostenga la lucha en condiciones tan duras, las más duras, cuando el proletariado de Europa Occidental acude, sin duda, en nuestra ayuda—como lo demuestran los hechos, las huelgas, etc.—, pero esa ayuda, indudablemente, se

658 retrasa. Por eso digo que semejantes alusiones al cansancio de las masas campesinas, etc., son simplemente resultado de la falta de argumentos y de la impotencia completa de quienes recurren a esos argumentos, testimonian la imposibilidad absoluta por su parte de abarcar todas las relaciones de clase en su conjunto, en su escala general: de la revolución del proletariado y de la masa del campesinado. Sólo si apreciamos en cada viraje brusco de la historia la correlación de las clases en su conjunto, de todas las clases, y no tomamos ejemplos aislados y casos aislados, sentiremos que nos apoyamos firmemente en el análisis de los hechos probables. Comprendo muy bien que la burguesía rusa nos empuja a una guerra revolucionaria, nos empuja en un momento en que la guerra es completamente imposible para nosotros. Así lo exigen los intereses de clase de la burguesía.

p Cuando gritan "paz indecorosa”, sin decir una palabra de quién ha llevado al ejército a esa situación, comprendo perfectamente que son la burguesía y los de Dielo Naroda, los mencheviques de Tsereteli, los adeptos de Chernov y sus voceros (aplausos), comprendo perfectamente que es la burguesía la que habla a gritos de la guerra revolucionaria. Así lo requieren sus intereses de clase, así lo requieren sus anhelos de que el Poder soviético dé un paso en falso. Eso es comprensible en gentes que, de una parte, llenan las páginas de sus periódicos con escritos contrarrevolucionarios... (Voces: "¡Los habéis clausurado todos!”) Por desgracia, no todos aún, pero los clausuraremos todos. (Aplausos.) Me gustaría ver un proletariado que permitiese a los contrarrevolucionarios, a los partidarios de la burguesía y a los conciliadores con ella seguir aprovechando el monopolio de las riquezas para embaucar al pueblo con su opio burgués. Ese proletariado no ha existido nunca. (Aplausos.)

p Comprendo perfectamente que, desde las páginas de semejantes publicaciones, se lancen sin cesar aullidos, chillidos y gritos contra la paz indecorosa; comprendo perfectamente que sean partidarios de esa guerra revolucionaria hombres que, al mismo tiempo, desde los democonstitucionalistas hasta los eseristas de derecha, salen a recibir a los alemanes durante su ofensiva, dicen solemnemente: "¡Aquí están los alemanes!" y dejan que sus oficiales luzcan de nuevo las charreteras en los lugares ocupados por la invasión del imperialismo alemán. Sí, no me sorprende lo más mínimo que esos burgueses, esos conciliadores prediquen la guerra revolucionaria. Quieren que el Poder soviético caiga en una trampa. Esos burgueses y conciliadores han mostrado de lo que son capaces. Los hemos visto y los vemos actuar; sabemos que en Ucrania, los Kerenski ucranios, los Chernov ucranios y los Tsereteli ucranios son los señores Vinnichenko. Estos señores, los Kerenski, los Chernov y los Tsereteli ucranios han 659 ocultado al pueblo la paz que concertaron con los imperialistas alemanes y ahora, con ayuda de las bayonetas alemanas, intentan derribar el Poder soviético en Ucrania. Ahí tenéis lo que han hecho esos burgueses y esos conciliadores y sus secuaces. (Aplausos.) Ahí tenéis lo que han hecho esos burgueses y conciliadores ucranios, cuyo ejemplo podemos ver con nuestros propios ojos; esos burgueses y conciliadores que han ocultado y ocultan al pueblo sus tratados secretos y que se lanzan con las bayonetas alemanas contra el Poder soviético. Ahí tenéis lo que quiere la burguesía rusa, adonde empujan consciente o inconscientemente los voceros de la burguesía: saben que el Poder soviético en modo alguno puede aceptar la guerra imperialista contra un imperialismo poderoso. De ahí que sólo en esta situación internacional, sólo en esta situación general de las clases podamos comprender en toda su profundidad el error de quienes, a semejanza del partido de los eseristas de izquierda, se han dejado arrastrar por una teoría, corriente en todas las historias de las revoluciones en los momentos difíciles, compuesta a partes iguales de desesperación y frases hueras; esa teoría consiste en exhortaros a resolver un serio y dificilísimo problema bajo la presión de los sentimientos, sólo desde el punto de vista de los sentimientos, en vez de mirar serenamente a la realidad y de apreciar desde el punto de vista de las fuerzas de clase las tareas de la revolución respecto a los enemigos interiores y exteriores. La paz es increíblemente dura y vergonzosa. Yo mismo, en mis declaraciones y discursos, la he calificado más de una vez de paz de Tilsit, recordando la paz que el conquistador Napoleón impuso a los pueblos prusiano y alemán después de una serie de durísimas derrotas. Sí, esa paz representa una durísima derrota y humilla al Poder soviético; pero al apelar al sentimiento, al fomentar la indignación e intentar resolver un grandioso problema histórico, basándonos en eso y limitándonos a eso, caemos en la ridicula y lamentable posición en que se encontró ya en una ocasión todo el partido eserista (aplausos), cuando en 1907, en una situación algo semejante en ciertos aspectos, apeló de la misma manera al sentimiento de los revolucionarios; cuando Stolypin, tras la durísima derrota de nuestra revolución en 1906 y 1907, nos impuso las leyes de la III Duma, condiciones vergonzosas y duras en extremo para laborar en una de las más repugnantes instituciones representativas; cuando nuestro partido, después de una pequeña vacilación en su seno (las vacilaciones sobre esta cuestión fueron entonces mayores que ahora), decidió que no teníamos derecho a dejarnos arrastrar por los sentimientos, que, por grandes que fueran nuestra indignación y nuestra irritación contra la vergonzosísima III Duma, debíamos reconocer que no era una casualidad, sino una necesidad histórica de la lucha de las clases en 660 desarrollo, la cual no tenía fuerzas suficientes para seguir adelante y las reuniría incluso en esas vergonzosas condiciones que se nos imponían. Resultó que teníamos razón. Quienes intentaron arrastrar con la frase revolucionaria, con la justicia, por cuanto expresaba un sentimiento tres veces legítimo, recibieron una lección que no olvidará ningún revolucionario capaz de pensar y reflexionar.

p Las revoluciones no se desarrollan tan llanamente que puedan asegurarnos un auge rápido y fácil. No ha habido una sola gran revolución, ni siquiera en el marco nacional, que no haya conocido un duro período de derrotas. Ante la seria cuestión de los movimientos de masas, de las revoluciones en desarrollo, no cabe declarar la paz indecorosa y humillante para que el revolucionario no pueda aceptarla; no basta con pronunciar frases de agitación y cubrirnos de reproches con motivo de esta paz: eso es el abecé evidente de la revolución, es una experiencia evidente de todas las revoluciones. Recordemos nuestra experiencia desde 1905—y si somos ricos en algo, si a la clase obrera y a los campesinos pobres de Rusia les ha correspondido el dificilísimo y honrosísimo papel de iniciar la revolución socialista internacional, ello se debe precisamente a que el pueblo ruso consiguió, gracias a una concurrencia especial de circunstancias históricas, hacer dos grandes revoluciones a comienzos del siglo XX—: hay que estudiar la experiencia de esas revoluciones, hay que saber comprender que sólo teniendo en cuenta los cambios en las correlaciones de los vínculos de clase de un Estado con otro se puede afirmar a ciencia cierta que no estamos en condiciones de aceptar hoy el combate. Debemos tenerlo en cuenta y decirnos: cualquiera que sea la tregua, por efímera, breve, dura y humillante que sea la paz, es mejor que la guerra, ya que permite dar un respiro a las masas populares, ya que permite corregir lo que hizo la burguesía, la cual grita ahora en todas partes donde puede hacerlo, sobre todo bajo la protección de los alemanes en las regiones ocupadas. (Aplausos.)

p La burguesía grita que son los bolcheviques quienes han descompuesto el ejército, que no hay ejército, y que la culpa de ello la tienen los bolcheviques; pero miremos al pasado, camaradas, miremos, sobre todo, al desarrollo de nuestra revolución. ¿Acaso no sabéis que la huida y la descomposición de nuestro ejército empezaron mucho antes de la revolución, ya en 1916, y que cuantos hayan visto el ejército deben reconocerlo así? ¿Y qué hizo nuestra burguesía para impedirlo? ¿No está claro que la única probabilidad de salvarse de los imperialistas se encontraba entonces en sus manos, que esa probabilidad se presentó en marzo y abril, cuando las organizaciones de los Soviets podían tomar el poder simplemente alzando la mano contra la burguesía? Si los Soviets hubieran tomado 661 entonces el poder, si los intelectuales burgueses y pequeñoburgueses, con los eseristas y los mencheviques, en vez de ayudar a Kerenski a engañar al pueblo, a ocultar los tratados secretos y a llevar el ejército a la ofensiva, hubieran acudido en ayuda del ejército, abasteciéndolo de armamento y de víveres, obligando a la burguesía a ayudar a la patria con el concurso de todos los intelectuales, no a la patria de los mercaderes, no a la patria de los tratados que contribuyen a exterminar al pueblo (aplausos); si los Soviets, obligando a la burguesía a ayudar a la patria de los trabajadores, de los obreros, hubieran prestado su concurso al ejército desnudo, descalzo y hambriento; si hubieran hecho eso, habríamos tenido, quizá, un período de diez meses, suficiente para dar al ejército un respiro y un apoyo unánime, a fin de que, sin dar un paso atrás en el frente, propusiera la paz democrática general, rompiendo los tratados secretos, pero manteniéndose en el frente, sin retroceder un solo paso. En eso residía la oportunidad de paz que concedían y apoyaban los obreros y los campesinos. Era la táctica de defensa de la patria, no de la patria de los Románov, los Kerenski y los Chernov, la patria de los tratados secretos, la patria de la burguesía venal, sino la patria de las masas trabajadoras. Ahí tenéis quiénes han llevado a que el paso de la guerra a la revolución y de la revolución rusa al socialismo internacional vaya acompañado de pruebas tan duras. Ahí tenéis por qué suena como una frase tan huera la propuesta de la guerra revolucionaria cuando sabemos que no tenemos ejército, cuando sabemos que era imposible retener al ejército, y quienes estaban al tanto de las cosas no podían dejar de ver que nuestra orden de desmovilización no era una fantasía, sino un resultado de la necesidad evidente, de la simple imposibilidad de retener al ejército. Era imposible retener al ejército. Y tenía razón aquel militar, no bolchevique, que decía ya antes de la Revolución de Octubre que el ejército no podía combatir y no combatiría^^243^^. Ahí tenéis a lo que han conducido los meses de tira y afloja con la burguesía y todos los discursos en torno a la necesidad de continuar la guerra; por muy nobles que fueran los sentimientos que hacían hablar así a muchos revolucionarios, o a unos pocos revolucionarios, resultaron frases revolucionarias vacías que ayudaban al imperialismo internacional a seguir saqueando tanto y más de lo que había saqueado después de nuestro error táctico o diplomático: después de la negativa a firmar el Tratado de Brest. Cuando decíamos a quienes estaban en contra de que firmásemos la paz que si la tregua fuera más o menos prolongada comprenderían que los intereses del saneamiento del ejército, los intereses de las masas trabajadoras estaban por encima de todo y que la paz debía ser firmada en aras de eso, nos respondían que no podía haber tregua.

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p Pero nuestra revolución se ha distinguido de todas las revoluciones anteriores precisamente en que ha impulsado el afán de construcción y de creación en las masas, en que las masas trabajadoras de las aldeas más remotas—humilladas, aplastadas y oprimidas por los zares, los terratenientes y la burguesía—se han puesto en pie, y este período de la revolución termina sólo ahora, cuando se realiza la revolución en el campo, que está organizando la vida con bases nuevas. Y en aras de esa tregua, por corta y pequeña que sea, teníamos la obligación de firmar dicho tratado, si colocamos los intereses de las masas trabajadoras por encima de los intereses de los espadones burgueses, que blanden las armas y nos llaman al combate. He ahí lo que enseña la revolución. La revolución enseña que cuando cometemos errores diplomáticos, cuando suponemos que los obreros alemanes acudirán mañana en nuestra ayuda, con la esperanza de que Liebknecht vencerá ahora mismo—y nosotros sabemos que de uno u otro modo Liebknecht vencerá, ello es inevitable en el desarrollo del movimiento obrero (aplauso s)—, eso significa que las consignas revolucionarias del difícil movimiento socialista, si se deja uno arrastrar por ellas, se convierten en una frase huera. Y ni un solo representante de los trabajadores, ni un solo obrero honrado se negará a hacer los mayores sacrificios para ayudar al movimiento socialista de Alemania, porque durante todo este tiempo ha aprendido en el frente a distinguir entre los imperialistas alemanes y los soldados, torturados por la disciplina alemana y simpatizantes nuestros en su mayor parte. Por eso digo que la revolución rusa ha corregido en la práctica nuestro error, lo ha corregido con esta tregua. Según todos los indicios, será muy corta, pero tenemos la probabilidad, por lo menos, de una brevísima tregua para que el ejército, extenuado y hambriento, adquiera conciencia de que se le da la posibilidad de descansar. Está claro para nosotros que ha terminado el período de las viejas guerras imperialistas y que amenazan nuevos horrores del comienzo de nuevas guerras; pero los períodos de esas guerras existieron en muchas épocas históricas, adquiriendo el mayor enconamiento en vísperas de su terminación. Y hace falta que se comprenda eso no sólo en los mítines de Petrogrado y Moscú; hace falta que lo comprendan en las aldeas decenas y decenas de millones de personas; hace falta que la parte más aleccionada de los campesinos, al volver del frente después de haber sufrido todos los horrores de la guerra, ayude a comprenderlo y que la inmensa masa de campesinos y de obreros se convenza de la necesidad del frente revolucionario y diga que hemos procedido con acierto.

p Se nos dice, ¡oh, qué vergüenza!, que hemos traicionado a Ucrania y Finlandia. Pero se ha creado una situación en la que 663 estamos cortados de Finlandia, con la que habíamos concertado antes de la revolución un tratado tácito y hemos firmado ahora un tratado formal. Se nos dice que entregamos Ucrania, a la que van a hundir Chernov, Kerenski y Tsereteli; se nos dice: ¡Traidores, habéis traicionado a Ucrania! Yo digo: camaradas, he visto demasiadas cosas en la historia de la revolución para que puedan turbarme las miradas de hostilidad y los gritos de hombres que se dejan dominar por el sentimiento y son incapaces de razonar. Os citaré un sencillo ejemplo. Imaginaos que dos amigos caminan de noche y son atacados súbitamente por diez hombres. Si estos miserables rodean y aislan a uno de ellos, .¡qué le queda al otro? No puede acudir en su ayuda; y si huye, ¿es acaso un traidor? Mas figuraos que no se trata de individuos o de esferas en las que se resuelven cuestiones de sentimiento natural, sino que se encuentran cinco ejércitos de cien mil hombres cada uno y cercan a un ejército de doscientos mil hombres, en ayuda del cual debe acudir otro ejército. Pero si este último ejército sabe que caerá ineludiblemente en una trampa, debe retroceder; no puede dejar de retroceder, incluso en el caso de que para cubrir la retirada sea preciso firmar una paz indecorosa, mala, calificadla como queráis, pero, de todos modos, será necesario firmarla. No se puede tomar en consideración el sentimiento del duelista que desenvaina la espada y dice: Debo morir porque me obligan a firmar una paz humillante. Sin embargo, todos sabemos que, cualquiera que sea la decisión que toméis, carecemos de ejército y ningún gesto nos salvará de la necesidad de retroceder y ganar tiempo para que el ejército pueda tomar aliento. Cuantos miren de cara a la realidad y no se engañen a sí mismos con frases revolucionarias convendrán en eso. Deben saber eso cuantos miren de cara a la realidad sin engañarse a sí mismos con frases y gestos arrogantes.

p Si sabemos eso, nuestro deber revolucionario consiste en firmar el tratado duro, archiduro y expoliador, pues con ello conseguiremos una situación mejor para nosotros y para nuestros aliados. ¿Es que hemos salido perdiendo por haber firmado el 3 de marzo el tratado de paz? Cualquiera que desee enfocar las cosas desde el punto de vista de las relaciones de masas, y no desde el punto de vista de un hidalguillo duelista, comprenderá que aceptar la guerra y denominar revolucionaria a esa guerra cuando se carece de ejército o se tiene únicamente un resto enfermo de ejército significaría engañarse a sí mismo, hacer víctima al pueblo del mayor engaño. Tenemos el deber de decir la verdad al pueblo: Sí, la paz es durísima, Ucrania y Finlandia perecen; pero debemos aceptar esa paz, y la aceptará toda la Rusia trabajadora consciente, porque conoce la verdad desnuda, porque sabe lo que es la guerra, sabe que jugárselo todo a una carta, 664 confiando en que la revolución alemana estallará ahora mismo, es engañarse a sí mismo. Con la firma de la paz hemos recibido lo que nuestros amigos finlandeses recibieron de nosotros: una tregua, una ayuda, y no la muerte.

p Conozco casos de la historia de los pueblos en los que se firmó una paz muchísimo más expoliadora, en los que la paz entregaba a merced del vencedor a pueblos llenos de vida. Comparemos esta paz nuestra con la paz de Tilsit, que el conquistador victorioso impuso a Prusia y Alemania. Fue una paz tan dura que, como consecuencia de ella, no sólo se ocuparon todas las capitales de los Estados alemanes, no sólo se arrojó a los prusianos hasta Tilsit—lo que equivale a que se nos arrojara a nosotros hasta Omsk o Tomsk—, sino que Napoleón (y ello constituye el mayor horror) obligó a los pueblos derrotados a facilitarle tropas auxiliares para sus guerras. Y cuando, pese a todo, se creó una situación en la que los pueblos alemanes hubieron de soportar el embate del conquistador; cuando la época de las guerras revolucionarias de Francia dio paso a la época de las guerras imperialistas de conquista, se puso de relieve con toda claridad lo que no quieren comprender quienes, seducidos por las frases hueras, presentan la firma de la paz como el hundimiento. Esa sicología es comprensible desde el punto de vista del hidalguillo duelista, pero no desde el punto de vista del obrero y el campesino. Este último ha cursado la dura escuela de la guerra y ha aprendido a contar. Ha habido pruebas más duras, de las que han salido airosos pueblos más atrasados. Ha habido una paz más dura, y concluida por los alemanes, en una época en que no tenían ejército o lo tenían enfermo, como lo está el nuestro. Firmaron una durísima paz con Napoleón. Y esa paz no significó el hundimiento de Alemania; antes al contrario, fue un viraje, un acto de defensa y de ascenso nacionales. También nosotros estamos en vísperas de un viraje semejante y nos encontramos en condiciones análogas. Hay que mirar a la verdad cara a cara y desechar las frases y peroratas hueras. Debemos decir que, si es necesario, se debe firmar la paz. La guerra liberadora, la guerra de clase, la guerra popular ocupará el puesto de la guerra napoleónica. El sistema de guerras napoleónicas cambiará, la paz sustituirá a la guerra, la guerra sustituirá a la paz, y cada nueva paz durísima ha derivado siempre en una preparación más amplia para la guerra. El tratado de paz más duro—el de Tilsit—ha entrado en la historia como el punto de arranque hacia el período en que el pueblo alemán iniciaba el viraje, retrocedía hasta Tilsit, hasta Rusia, pero, en realidad, ganaba tiempo, esperaba que la situación internacional, que permitió en otra época triunfar a Napoleón—tan expoliador como ahora Hohenzollern e Hindenburg—, a que esa situación cambiara, a que saneara la conciencia del pueblo 665 alemán, extenuado por decenios de guerras napoleónicas y derrotas, a que el pueblo alemán resucitara a una nueva vida. He ahí lo que nos enseña la historia, he ahí por qué constituyen un crimen la desesperación y las frases hueras y todos dirán: Sí, se están acabando las viejas guerras imperialistas. El viraje histórico ha comenzado.

p Desde octubre, nuestra revolución ha marchado de triunfo en triunfo; mas ahora han empezado tiempos difíciles y para largo; no sabemos por cuánto tiempo, pero sí que será un período largo y difícil de derrotas y repliegues, porque tal es la correlación de fuerzas, porque con ese repliegue daremos al pueblo la posibilidad de descansar. Daremos la posibilidad a cada obrero y cada campesino de asimilar la verdad que le permitirá comprender que se acercan nuevas guerras de los voraces imperialistas contra los pueblos oprimidos, comprender que debemos alzarnos en defensa de la patria, ya que desde octubre somos defensistas. Desde el 25 de octubre hemos proclamado abiertamente que somos partidarios de la defensa de la patria, pues hoy tenemos esa patria, de la que hemos expulsado a los Kerenski y los Chernov, pues hemos roto los tratados secretos y hemos aplastado a la burguesía, por ahora mal, pero aprenderemos a hacerlo mejor.

p Existe, camaradas, una diferencia más importante aún entre la situación en que se encuentra el pueblo ruso, que ha sufrido las más duras derrotas por parte de los conquistadores de Alemania, y la situación en que se encontraba el pueblo alemán; existe una grandísima diferencia, de la que es necesario hablar, aunque me he referido a ella brevemente en la parte anterior de mi discurso. Camaradas, cuando el pueblo alemán cayó, hace más de cien años, en el período de las más duras guerras de conquista, en el período en que se vio obligado a retroceder y firmar una paz vergonzosa tras otra, antes de que el pueblo alemán despertara, la situación era la siguiente: el pueblo alemán era solamente débil y atrasado, solamente así. No sólo tenía enfrente la fuerza militar y la potencia del conquistador Napoleón; tenía enfrente un país que era superior a él en el aspecto político y revolucionario, que era superior a Alemania en todos los aspectos, que se había elevado infinitamente más que los otros países y había dicho la última palabra. Ese país estaba muy por encima de un pueblo que vegetaba sometido a los imperialistas y los terratenientes. Un pueblo que era, repito, solamente débil y atrasado, supo aprender de las amargas lecciones y ponerse en pie. Nosotros estamos en mejor situación: no somos solamente un pueblo débil y atrasado, somos el pueblo que ha sabido —no por méritos especiales o por predestinación histórica, sino en virtud de una concatenación especial de circunstancias históricas— 666 asumir el honor de enarbolar la bandera de la revolución socialista internacional. (Aplausos.)

p Sé muy bien, camaradas, y lo he dicho claramente más de una vez, que esta bandera se encuentra en manos débiles y que los obreros del país más atrasado no podrán sostenerla mientras no acudan en su ayuda los obreros de todos los países avanzados. Las transformaciones socialistas que hemos efectuado son en muchos aspectos imperfectas, débiles e insuficientes; serán una indicación a los obreros avanzados de Europa Occidental, los cuales se dirán: "Los rusos no han empezado como es debido la obra que era preciso empezar”. Pero lo importante es que nuestro pueblo, en comparación con el pueblo alemán, no es un pueblo solamente débil y solamente atrasado, sino que es el pueblo que ha enarbolado la bandera de la revolución. Si la burguesía de cualquier país llena todas las columnas de sus publicaciones con calumnias a los bolcheviques, si en este terreno se funden las voces de la prensa de los imperialistas de Francia, Inglaterra, Alemania, etc., recriminando a los bolcheviques, en cambio no existe un solo país donde se puedan celebrar reuniones obreras en las que los nombres y las consignas de nuestro poder socialista susciten explosiones de indignación. (Una voz: "¡Eso es mentira!”) No, no es mentira, es verdad. Y cualquiera que haya estado durante los últimos meses en Alemania, en Austria, en Suiza y en Norteamérica os dirá que eso no es mentira, sino verdad; que los obreros acogen con extraordinario entusiasmo los nombres y las consignas de los representantes del Poder soviético en Rusia; que, a despecho de todas las mentiras de la burguesía de Alemania, Francia, etc., las masas obreras han comprendido que, por muy débiles que seamos, aquí, en Rusia, se está haciendo realidad su propia causa. Sí, nuestro pueblo tiene que soportar el abrumador peso con que ha cargado; pero un pueblo que ha sabido crear el Poder soviético no puede sucumbir. Y lo repito: ningún socialista consciente, ningún obrero que reflexione sobre la historia de la revolución puede discutir que, pese a todos sus defectos—que conozco demasiado bien y aprecio perfectamente—, el Poder soviético es un tipo superior de Estado, es la continuación directa de la Comuna de París. Ha subido un peldaño más que las otras revoluciones europeas, y por eso no nos encontramos en condiciones tan graves como el pueblo alemán hace cien años. El único recurso que les quedaba entonces a los oprimidos por el régimen de la servidumbre era esperar que cambiara esa correlación de fuerzas entre los expoliadores, aprovechar el conflicto y satisfacer las exigencias del expoliador Napoleón, del expoliador Alejandro I, de los expoliadores de la monarquía inglesa. Sin embargo, el pueblo alemán no sucumbió a consecuencia de la paz de Tilsit. Nosotros, lo 667 repito, estamos en mejores condiciones, pues contamos con un grandísimo aliado en todos los países de Europa Occidental: el proletariado socialista internacional, que está con nosotros, digan lo que digan nuestros enemigos. (Aplausos.) Sí, a este aliado no le es fácil hacer oír su voz, como no nos fue fácil a nosotros hacerlo hasta finales de febrero de 1917. Este aliado vive en la clandestinidad, en las condiciones del presidio militar en que han sido convertidos todos los países imperialistas, pero nos conoce y comprende nuestra causa; le es difícil acudir en nuestra ayuda, y, por ello, las tropas soviéticas necesitan mucho tiempo, mucha paciencia y duras pruebas para esperar que llegue ese momento. Y nosotros aprovecharemos la menor oportunidad para ganar tiempo, pues el tiempo obra a nuestro favor. Nuestra causa se fortalece, las fuerzas de los imperialistas se debilitan y, cualesquiera que sean las pruebas y las derrotas derivadas de la paz de “Tilsit”, emprendemos la táctica del repliegue. Lo repito una vez más: no cabe la menor duda de que tanto el proletariado consciente como los campesinos conscientes están con nosotros, y no sólo sabremos atacar heroicamente, sino también replegarnos heroicamente; esperaremos a que el proletariado socialista internacional acuda en nuestra ayuda y empezaremos la segunda revolución socialista ya a escala mundial. (Aplausos.)

p Publicado el 16 y 17 (3 y 4) de marzo de 1918 en los núms. 47 f 48 de “Pravda” “(SotsialDemokrat”).

T. 36, págs. 92-111.

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3

RESOLUCIÓN SOBRE LA RATIFICACIÓN DEL TRATADO DE BREST

p El congreso ratifica el tratado de paz suscrito por nuestros representantes en Brest-Litovsk el 3 de marzo de 1918.

p El congreso considera justo el proceder del Comité Ejecutivo Central y del Consejo de Comisarios del Pueblo, que acordaron concluir esta paz, extraordinariamente penosa, impuesta por la violencia y humillante, en vista de que carecemos de ejército y de que la guerra ha agotado hasta el extremo las fuerzas del pueblo, que, lejos de recibir en su calamidad el apoyo de la burguesía y de la intelectualidad burguesa, ha visto cómo éstas utilizaban esa calamidad para sus egoístas fines de clase.

p El congreso considera también absolutamente justo el proceder de la delegación que ha participado en las negociaciones, la cual se negó a entrar en un examen detallado de las condiciones alemanas de paz, puesto que tales condiciones se nos han impuesto por vía de ultimátum manifiesto y de una violencia descarada.

p El congreso plantea con la mayor insistencia ante todos los obreros, soldados y campesinos, ante todas las masas trabajadoras y oprimidas la tarea principal e impostergable del momento: elevar la disciplina y autodisciplina de los trabajadores, crear por doquier organizaciones fuertes y bien cohesionadas, que abarquen a ser posible toda la producción y toda la distribución, y emprender una lucha sin cuartel contra el caos, la desorganización y el desbarajuste, históricamente inevitables como legado de una guerra tan penosa, pero que al mismo tiempo son el primer impedimento para la victoria definitiva del socialismo y para la consolidación de las bases de la sociedad socialista.

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p Ahora, después de la Revolución de Octubre, después del derrocamiento del poder político de la burguesía en Rusia, después de que hemos roto v hecho públicos todos los tratados secretos imperialistas, después de que hemos anulado los empréstitos extranjeros, después de que el Gobierno Obrero y Campesino ha propuesto una paz justa a todos los pueblos sin excepción, Rusia, que se ha librado de las zarpas de la guerra imperialista, tiene derecho a declarar que no participa en el saqueo y sometimiento de países ajenos.

p Desde ahora, la República Soviética Federativa de Rusia, condenando unánimemente las guerras de rapiña, reconoce su derecho y su obligación cíe defender la patria socialista contra todos los posibles ataques de cualquier potencia imperialista.

p Por eso, el congreso reconoce que las masas trabajadoras tienen el deber inexcusable de desplegar todas sus fuerzas para restablecer y elevar la capacidad defensiva de nuestro país, para restablecer su potencia militar sobre la base de una milicia socialista y de la instrucción militar obligatoria de todos los adolescentes y ciudadanos adultos de ambos sexos.

p El congreso expresa la seguridad absoluta de que el Poder soviético, que ha cumplido con firmeza todas las obligaciones de la solidaridad internacional de los obreros de todos los países en su lucha contra el yugo del capital y por el socialismo, seguirá haciendo todo lo que esté a nuestro alcance para coadyuvar al movimiento socialista internacional, para asegurar y acelerar la marcha por el camino que conduce a la humanidad a liberarse del yugo del capital y de la esclavitud asalariada, a crear la sociedad socialista y una paz duradera y justa entre los pueblos.

p El congreso expresa la convicción más profunda de que la revolución obrera internacional no está lejana y de que la plena victoria del proletariado socialista está asegurada, a pesar de que los imperialistas de todos los países no se detienen ante los medios más feroces para aplastar el movimiento socialista.

p K.srrtín el ¡3 ó 14 de marzo de 1918. Publicada el 16 (3) de marzo de 1918 en el núrn. 47 de “Pravda” (“Sotsial-nemokrot”).

T. 36, páK!>. 122-123.

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Notes