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III
 

p La Revolución etíope, afanosa de evitar a toda costa la sangre, no hizo correr siquiera la del culpable máximo de aquellas montañas de huesos blancos, en caminos polvorientos, pertenecientes a no menos de doscientas mil personas.

p El mayor castigo, razonó Mengistu ante el Comité Coordinador, sería hacer de Etiopía un país en manos de quien lo había creado durante siglos de esfuerzo sin jamás poseerlo.

p No era fácil, sin embargo, convertir al pueblo en dueño.

p Al quedar a solas con su nombre y apellido, Haile Selassie dejaba atrás un anecdotario increíble de maldades y ridiculeces. Su tricornio a lo Trujillo; su exigencia de que cada mañana todos sus Ministros fueran, no a verle, pues debían aproximársele con la cabeza baja e inclinados, sino a que él los viera marchar a sus poltronas, a obligar a otros a sufrir la misma humillación por ellos sufrida; su costumbre de cierta época de ordenar, después de él desayunar, a cuatro trompeteros que reunía en el comedor, salir y tocar desde los distintos ángulos de la azotea de Palacio, para así anunciar a los demás reyes del mundo que su Rey les permitía desayunar a continuación; su escenificación de cosas como ésta, que presenció el autor de este libro: llega Haile Selassie a Cambodia en visita oficial en 1969 y cuando, tras el saludo del príncipe Sihanouk que le aguardaba, se empieza a tocar el himno de Etiopía, el Emperador ordena interrumpirlo con un gesto, ya que —explicó— debía esperarse a que descendiera Lulú, la real perrita, del Boeing personal. Luego, el Jefe de Estado de Cambodia comentaría con algunos Embajadores que había tenido que reprimirse para no preguntar: " 15 Majestad, ¿podemos empezar o debe la perrita hacer primero pipí?"

p Desde luego, el Emperador derramó por Lulú, a su muerte, las lágrimas que no le arrancaron los doscientos mil muertos de hambre en la provincia de Wollo. Verdaderas exequias imperiales la dejaron reposando en una tumba con inscripciones en oro, en que se leen el día del nacimiento y el de la muerte, debajo del nombre legendario.

p Hay que decir que también el pueblo lloró con igual sinceridad. Lloraba junto a su Emperador, compartía su dolor, recogido en fotografías y películas y contado de boca en boca.

p El oro gastado en el túmulo de Lulú es el mismo que asoma y asombra en las doscientas habitaciones del Palacio y provino de las minas que en forma oculta poseía el Emperador en la provincia de Sidamo. En ellas, el trabajo era hecho por verdaderos esclavos, reclutados a la fuerza, cazados como en una época los traficantes cazaban negros en África para las colonias europeas en América... Regresaba a su casucha de tablones y zinc un trabajador de la construcción, que durante doce horas había laborado por apenas el doble de lo que sacaba un mendigo algo afortunado, o un desocupado deambulaba al alba, temeroso de que la policía le destrozara la piel a palos, debajo de los periódicos con los cuales se protegió del frío de la madrugada en el portal de algún comercio, cuando de súbito lo capturaban y metían en un camión cerrado, sin ventanas. La luz la volverían a ver al llegar a la mina. Allí, todo el día encorvado a orillas de un riachuelo, con minutos para comer raciones de cárcel y, a la noche, algo increíble, un purgante obligatorio por si en el momento de cernir las arenas en busca de pepitas de oro, se había introducido alguna en la boca. En las heces fecales hurgaban los gendarmes especializados y si relumbraba algo en ellas, la sentencia sería inapelable.

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p Lo más notable es que el conjunto del pueblo ignoraba el secuestro de cientos de hombres cada año y que nadie sospechaba, de saberlo, que podría ser obra del Emperador o siquiera que él lo supiera.

p De hilos de oro las alfombras a pisar cada mañana, sobre las 11, al despertarse en el Palacio con ochocientos criados. De oro macizo la taza del inodoro, la bicicleta sin ruedas para ejercicios antes del baño, los lavabos, la banadera. Las ropas, ya era otra cosa. Dependía de quién iba a verlas. En las salidas vespertinas por las calles, que no hubiera mffcho oro sobre las ropas. En los recibos de Embajadores, las recepciones oficiales, los viajes a otros países, todo el posible, sin que el más elemental buen gusto fuera un limitante.

p El Emperador tenía una angustiosa oromanía que no le daba reposo. He podido saber, por quienes frecuentaron su intimidad en el papel de intelectuales capaces de servirle de traductores con gobernantes extranjeros, sin que se enfangaran sus conciencias con crímenes o abusos, que a Haile Selassie le preocupaban también hasta la obsesión dos temores: la vejez y la muerte. Ya .aquí no acudía a intelectuales educados en Roma o París.

p —Para estas cosas, África, lo nuestro.

p Y con ello quería decir el "Ton Kuai”, el Brujo. Era ante él que toda la contenida soberbia de creerse Elegido de Dios, se disolvía como la neblina que sirve de hermosa, tensa sábana otoñal a Addis Ababa. La humildad más sincera, la plegaria pagana, el ruego de que le buscara fuerza y vida, de rodillas, las ofrecía a su propio amo espiritual, el amo físico de todo un pueblo.

p En Addis Ababa, en el Kebele 08-0312, precisamente por ello con el número 12 en el carnet de identidad, en la casa 845, vive una cubana singular, Rogelia Emiliana 17 León, descendiente de un abuelo congolés y ciudadana etíope actualmente. Nacida y criada en Guanabacoa, en 1952 emigró a Etiopía al casarse con un joven etíope que había ido a Cuba a estudiar, llevado por un médico veterinario cubano, de apellido Barrera, quien no se sabe cuándo ni cómo empezó a trabajar en un criadero de caballos del Emperador. El padre de ese joven había presentido la guerra de 1935 (ataque de Mussolini) y logrado que su amigo Barrera regresara a Cuba con su hijo para hacerlo maestro rural. El matrimonio —hoy disuelto— se efectuó en Guanabacoa. Una vez en Addis Ababa, Rogelia aprendió el amarice y se hizo etíope por insistencia del destino, sin perder las ideas socialistas conocidas desde niña de sus padres cubanos. Ella es testigo de un hecho que talmente parece sacado de una película como "El exorcista".

"Recuerdo como si fuera hoy que un día, la directora de la escuela donde yo era conserje, cerca de donde vivo, trajo —cuenta Rogelia— doce muchachitas negras. No sólo más que yo. Más que todos los etíopes que he conocido en veinticinco años. Es tanta su negrura que no tienen pelo. Mínimo. Vive esa raza en la frontera con Sudán. Son fuertes. Las doce niñas lo eran. ¡Hermosas! No se abren las orejas porque no son cristianas, sino musulmanas. Al verlas llegar a la escuela, pensé que el propósito era educarlas bien, enseñarles el amárico, pues hablaban un dialecto, hacerlas finas. Imaginé que llegarían a amantes de algún personaje de la Corte. El mismo Emperador tal vez. ¡Quién podía saber! Pero un día la directora me dijo la verdad. De dos en dos las llevaban en diciembre, por el cumpleaños del Emperador, a Palacio. No al de aquí, sino al que está en Bishoust, como a sesenta kilómetros. Es el Palacio Debre-Sait. Esas dos nunca regresaban. Las veían salir vestiditas de blanco, lindas, perfumadas. Allá eran sacrificadas. Su sangre se arrojaba al lago 18 del Palacio y el Emperador, desnudo, tomaba un baño, él solo, y bebía aquella agua. Después dejaba que se metieran en tropel los criados, la gente del lugar. Las niñas eran tan inocentes, que al ver el retrato del Emperador en que aparecía junto a ’3 Selassies’, ¿cómo se dice? ¡la Santísima Trinidad!, como el cuarto santo o algo así, ellas se inclinaban y decían ’Padre’. Durante cinco años se repetía aquello. Cada diciembre. No sé qué les dirían a las que quedaban, pero cualquier cosa iban a creerlo. Es probable que les hicieran creer que las desaparecidas habían regresado a sus aldeas. Al quedar sólo dos, la directora no pudo con el sufrimiento. Y se propuso salvar a Debritu, la más gordita, muy inteligente, y a la otra cuyo nombre olvidé. Todavía más linda, delgada. A mediados del 73, o del 72, a las dos les abrió las orejas como si se hubieran bautizado. ¡Así no servían para el baño de sangre! Y nadie dijo nada, que yo sepa. Porque la religión copta era tan fuerte, que hasta la Corona la respetaba... Hace un año supe que Debritu terminó sus doce grados y la otra el noveno... El baño de sangre, bueno, la explicación era que en el lago vivía el Diablo y que el Diablo quería que el Emperador se volviera viejo y perdiera fuerza. Para complacerle, había que darle sangre musulmana, de esa raza pura, inocente. ¡Qué sé yo...! Pero es que el Emperador llegó al Trono matando. La Reina estaba casada con lyasu, un Príncipe. Haile Selassie aspiraba a Rey. En una comida envenenó al Príncipe y se casó con la viuda. Dicen que ella ya estaba en estado de gestación y que eso explica por qué el Emperador despreciaba a su hijo mayor, que no era de él, y prefería a Makonnen, el segundo, el que murió en un accidente, aunque aseguran lo mató un capitán de aviación, por celos. Yo también era conserje en el Hospital, por las noches, para ganar algo más. No dejaron a ningún médico ni a nadie ver el cadáver. Historias como esas, conozco muchas. El Emperador era un hombre terrible, un verdadero demonio."

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Notes