p Cuando a las 8 horas del día 12 de setiembre de 1974 ó 2 Meskerem 1967 (es decir, 2 de setiembre 7 años atrás en el almanaque etíope, donde los días cuentan sólo 12 horas: las de una misma jornada de sol) un pequeño “VW” de color blanco llegó a las puertas del Palacio Imperial de Addis Ababa, [3•* después de atravesar velozmente el vasto jardín de altísimos eucaliptos y raras flores gigantes, de esas que nacen varias en un mismo tallo y que a veces tienen distintas tonalidades de rojo o amarillo, muy pocas personas sabían que era para detener al emperador Haile Selassie I, Rey de Reyes, Elegido de Dios, León de Judea, descendiente directo de la Reina de Saba y el Rey Salomón.
p Aquella operación había sido muy celosamente guardada, un verdadero "top secret”. Los tres soldados escogidos 4 para efectuarla sólo conocieron su objetivo minutos antes de presentarse en Palacio en un “VW”. El arresto y deposición del soberano había sido exigido a los generales y coroneles por un anónimo capitán, el mismo que el 28 de junio estableciera en la Cuarta División Militar el Cuartel General del Comité Coordinador de las Fuerzas Armadas, la Policía y el Ejército Territorial.
p No existe ninguna versión oficial de por qué fue empleado un automóvil tan pequeño. He oído varias extraoficiales: que no había otro vehículo disponible; que se le quiso dar una lección al Emperador; en fin, que se trataba de evitar el disgusto y la posible cólera de un pueblo que, no obstante protagonizar un levantamiento espontáneo masivo, se suponía excluía a Haile Selassie de la lista de .los culpables. Llevado del fanatismo más primitivo, inculcado hasta la intoxicación, hubiera podido quizá intentar libertar a su eterno jefe político y religioso, decano absoluto del poder en el mundo, quien había sobrevivido a un número casi incontable de reyes, presidentes, papas y patriarcas desde la Primera Guerra Mundial.
p Súbitamente, sin embargo, el secreto dejó de serlo. Al doblar a máxima velocidad el vehículo, cerca del crucero del ferrocarril de Djiboutí, alguien reconoció la Augusta Persona, treinta siglos de dinastía ininterrumpida dentro de un cuerpo frágil de cuervo asustado, engarrotado, cogido por las náuseas del miedo y la tenaz esperanza de la inverosimilitud, y lo chilló a pulmón rompiente: "fEs el Emperador! ¡Lo llevan preso!" Todos, inclusive los que no tuvieron tiempo de verlo, lo vieron. Y, sorpresa mayor aún, la gente que se encontraba en la calle por donde pasaba el “VW” empezó a gritar lo que todavía no se atrevían a decir ni en voz baja los jefes militares: "¡Ladrón! ¡Asesino! ¡Monstruo!" Era la misma gente que cada tarde se aglomeraba en ciertas esquinas 5 previamente tomadas por el ejército y la policía, al detenerse el gran vehículo a prueba de balas durante unos minutos, en el afán de entregar al Emperador cartas con ingenuas peticiones. Era la misma gente que tenía por aspiración suprema que en la ancha avenida que cruza frente al Addis Ababa Hilton, el domingo, sus hijos recibieran la bendición y algún dinero de las manos sagradas, luego de las bodas en la tradición religiosa copta. La misma gente, en fin, que cada quince días acudía a Palacio a las audiencias que también presenciaban iodos los nobles, aunque para ellos, naturalmente, había asientos en el gran salón. Las audiencias del Emperador eran definitivas sobre pleitos entre pobres y ricos, entre pobres y pobres. Aquellos entre ricos y ricos se efectuaban sin tanto público, en los círculos íntimos de cortesanos perfumados, elegantes, duchos en reverencias y medio-sonrisas. A veces las audiencias despertaban gran interés, al constituirse el "Alfa Negus" (literalmente "Boca del Emperador”) al que se remitían en apelación final los casos que el Tribunal Supremo aceptaba dejar al juicio excelso del impoluto hacedor de justicia. Generalmente las risotadas que se levantaban de los asientos dejaban sin eco las lágrimas vertidas de pie, pero nadie llevaba los records y la fe se mantenía intacta. El pueblo seguía creyendo que el Emperador era bueno, que se trataba de malos colaboradores, de malos jueces, de malos ministros, de malos espíritus, a los cuales El también vencería. ¿Cómo iba a ser de otro modo si Etiopía contaba con un semidiós que los adolescentes creían libre de necesidades fisiológicas? [5•*
6p Ahora, mientras el “VW” se empeñaba en huir, eran otros los sentimientos hacia el Emperador. "¡Ladróní ¡Asesino! ¡Monstruo!" Y, en algunas esquinas, monedas contra el techo, contra los cristales del parabrisas y las ventanas. Fracciones de “birs”, precisamente con la efigie del mismo atemorizado animal ya incapaz de volar altivo, picotear, sacar entrañas. De sacos hechos de piel de chivo, de latas viejas, de algún que otro sQmbrero de copa recogido en el basurero de alguna mansión, negras manos huesudas, comidas a veces por la lepra, antes de crisparse, sacaban las monedas y las lanzaban al vehículo, que de frenar, habría sido detenido para siempre, y el Emperador habría perecido, destrozado, a manos de los mendigos que tan generosamente había creado.
p El arresto del monarca que durante cincuenta años había sido amo y señor, juez y verdugo, liberó de su última atadura ideológica a la más espontánea revolución popular de la historia africana y quizá de la universal, iniciada el 13 de febrero de 1974 a partir de otro grito, el que dio un donnadie en algún garaje o alguna gasolinera de Addis Ababa contra el aumento de precio del combustible. Se supone que fue un taxista que, como enloquecido y como imitando a un vendedor ambulante, abandonó su automóvil y empezó a gritar por las calles. Pronto fueron muchos los protestantes, generándose tan fácil como inesperadamente una manifestación. Decenas, cientos, miles, marchando con una consigna: "¡Abajo el aumento de la gasolina!" Al llegar a la entrada de la Universidad, la manifestación se vio engrosada por dos contingentes de signos opuestos. Primero, los estudiantes. Después, los policías colocados previamente en los alrededores, a quienes les resultó realmente difícil disolver a palos y tiros al aire lo que ya era un motín callejero. Una suerte similar conoció una segunda manifestación, ésta originada por los estudiantes. Sin embargo, la tercera —el 16— fue permitida: verdad que sumaban casi cien mil personas, según 7 testigos presenciales. En fin, por primera vez en medio siglo, el día 23, el gobierno imperial volvió sobre sus pasos y anuló el aumento de precio provocador de las protestas. Pero ya entonces Addis Ababa estaba de cabeza y no se veía como regañar la tranquilidad. El 18 los maestros habían ido a la huelga en inusitada oposición a la llamada Revisión del Sector Educacional que lesionaba sus intereses. El 20 los estudiantes y los obreros salían a la vía pública con las primeras demandas abiertamente políticas de la conmoción en ciernes, acusando al gobierno de traicionar al Emperador. A su paso fueron aclamados por los choferes de taxi que cuarenta y ocho horas antes habían entrado en huelga, la cual sólo finalizarían al lograr la anulación del precio de la gasolina. Los claxons sonaban alegremente, mientras entre los gritos de la multitud, se escuchaban las primeras canciones revolucionarias del proletariado internacional jamás oídas en Etiopía, entremezcladas con el ritual grito de "¡Viva el Emperador!"
Sentado en el “VW” que conducía un soldado, de lampiño rostro infantil, aunque solemne por la cicatriz que le marcaba la frente diagonaimente, en el asiento posterior derecho, mientras otro soldado ocupaba el izquierdo y un tercero hacía compañía al chofer, Haile Selassie apretaba los dientes, contenía el aliento casi tan glacial como la temperatura ambiente de ese mes, sin atreverse a pensar, como si todo aquello le sucediera a otro, como si se tratara de ese momento de las pesadillas en que uno se dice "pero esto es un sueño”. Sólo cuando las altas rejas en que culmina la avenida central del jardín se abrieron, comprendió a plenitud que esta vez no se abrían por él puesto que no le saludaban, o nadie sabía quién iba o... "¡imposible!" Aún entonces su reflexión instintiva no fue dramática. Se concentró en pensar que nunca antes en su existencia octogenaria había siquiera imaginado montar en un vehículo tan pequeño. Recordó que pocas semanas atrás había 8 regalado varios a sus nietos y que hasta un bisnieto de seis años había demandado —y obtenido— el suyo, entre las risas de todos, inclusive de los criados, con el solo leve reproche de la madre... Así entretenía su mente el Emperador cuando oyó los gritos y el golpear de las monedas contra el techo y los cristales. "¡Dios mío! ¡Todos se han vuelto locos!" Casi de milagro, el pequeño automóvil, con el pequeño hombre dentro, consiguió escapar. La gran revolución podía seguir adelante pacíficamente, sin violencia ni sangre, tal como querían sus anónimos dirigentes militares.
Notes
[3•*] El autor ha querido mantener el nombre de Addis Ababa y no de Addis Abeba para utilizar el mismo que emplean los etíopes. Addis quiere decir “Nueva” y Ababa, “Flor”.
[5•*] Eso me lo contaron varios redactores del diario Herald Etiopian, y hay que pensar que era el razonamiento, no de embrutecidos campesinos, sino de hijos de burgueses con cierto nivel cultural. Cuando a uno de ellos le entró la duda (tenía ya trece años de edad) y le preguntó a la maestra, ésta le replicó airadamente: "Claro que no tiene necesidad de orinar. Y si muere algún día, el Sol perderá su luz. Pero, ¿quién no sabe eso?" (Sic.)
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