445
Capítulo octavo
 

p Las olas se rompían allá abajo, contra las rocas amontonadas desordenadamente. El seco viento marino, que llegaba de la lejana Turquía, acariciaba el rostro. 446 Formando una media luna quebrada, penetraba en la orilla el puerto, separado del mar por el dique de hormigón. La cadena montañosa se cortaba junto a las aguas. Y las albas casitas de los suburbios de la ciudad, que parecían de juguete, ascendían hacia lo alto de las montañas.

p En el viejo pargue de las afueras todo estaba en calma. La hierba había invadido sus senderos, no limpiados desde hacía mucho, y las amarillas hojas de arce, muertas por el otoño, caían lentamente sobre ellos.

p A Korchaguin lo había traído desde la ciudad un viejo cochero persa que, cuando vio descender al extraño viajero, no pudo contenerse y le dijo:

p — ¿Por qué viene? Mochacha no hay, teatro no hay. Sólo chacal anda... ¿Qué vas hacer aquí? No entiendo. ¡Vamos de vuelda, señor camarada!

p Korchaguin le pagó, y el viejo emprendió el regreso.

p El parque estaba desierto. Pável encontró un banco, en un promontorio que se adentraba en el mar, sentóse y expuso su rostro a los rayos del sol, que ya no calentaba.

p Había llegado a aquel silencio para pensar en el giro que tomaba la vida y en cómo orientarla. Ya era hora de hacer el balance y tomar una decisión.

p Con su segunda arribada a aquellos lugares, las contradicciones en la familia Kiutsam se habían exacerbado. El viejo, al enterarse de su llegada, se enfureció y armó un escándalo inenarrable. La dirección de la resistencia recayó de por sí en Korchaguin. El viejo encontró inesperadamente una posición enérgica por parte de las hijas y de la madre, y desde el primer día de la llegada de Korchaguin, la casa se dividió en dos sectores hostiles, que se odiaban entre sí. La entrada a la mitad de la casa en que vivían los viejos fue condenada con tablas, y una de las habitacioncillas laterales le fue alquilada a Korchaguin. El viejo recibió por adelantado el importe del alquiler y, al pronto, hasta pareció tranquilizarse, porque las hijas, que se habían separado de él, no le pedirían dinero para vivir.

p Albina, por razones diplomáticas, se quedó a vivir en la mitad de la casa perteneciente al viejo. Este no asomaba por las habitaciones de las jóvenes, para no verse con el hombre a quien odiaba; en cambio, en el patio 447 resoplaba como una locomotora, deseando demostrar que allí no había más amo que él.

p Antes de trabajar en la cooperativa, el viejo conocía dos oficios —el de zapatero y el de ebanista— y, para ganar más, había montado un taller en un cobertizo, donde trabajaba en las horas libres. Pronto, para hacer rabiar al inquilino, trasladó su banco de trabajo junto a la propia ventana de Pável. Se deleitaba martilleando furiosamente los clavos. Sabía bien que con esto molestaba a Korchaguin cuando leía.

p "Espera, ya te haré salir de tu cubil...”, gruñía para sus adentros.

p Lejos, casi en el horizonte, se extendía, como una nube oscura, la humeante estela de un barco. Una bandada de gaviotas lanzaba penetrantes graznidos, arrojándose al mar.

p Korchaguin apoyó la cabeza en ambas manos y se sumió en penosas meditaciones. Ante.sus ojos discurrió toda su vida, desde la infancia hasta los últimos días. ¿Cómo había vivido sus veinticuatro años, bien o mal? Analizando en su memoria un año tras otro, como un juez ecuánime, comprobó con profunda satisfacción que no había vivido tan mal. Pero había también no pocos errores, cometidos poi* torpeza, por su juventud, y, más que nada, por ignorancia. Lo fundamental era que no se había dormido en los días de mayor tensión, que había sabido encontrar su puesto en los encarnizados combates por el Poder, y que en la purpúrea bandera de la revolución había también algunas gotas de su sangre.

p No había salido de filas hasta no haber agotado todas sus fuerzas. Ahora, derribado, no podía mantenerse en el frente y tan sólo le quedaban los hospitales de retaguardia. Recordó que una vez, cuando marchaban en avalancha sobre Varsovia, una bala derribó a un combatiente. Y éste cayó en tierra, bajo los cascos del caballo. Los camaradas vendaron de prisa y corriendo al herido, lo entregaron a los sanitarios y siguieron veloces en persecución del enemigo. El escuadrón no detuvo su carrera por la pérdida de un combatiente. En la lucha por la gran causa, así era y así debía ser. Cierto que se daban excepciones. También había visto, en las tachankas, ametralladores sin piernas, gente terrible para el enemigo, cuyas máquinas sembraban 448 la muerte y la destrucción. Por su férrea resistencia y ojo certero, aquellos hombres constituían el orgullo de los regimientos. Pero eran casos contados.

p ¿Qué debía hacer con su persona, ahora, después de la derrota, cuando ya no había esperanzas de volver a las filas de combate? Pues había conseguido de Bazhánova la confesión de que en el futuro debía esperar algo aún más terrible. ¿Qué hacer? Esta interrogante sin respuesta se abría ante él, como un precipicio negro y amenazador.

p ¿Para qué vivir cuando ya había perdido lo más preciado, la capacidad de luchar? ¿Con qué justificar su vida ahora, y en el triste mañana? ¿Con qué llenarla? ¿ Simplemente con comer, beber y respirar? ¿Quedar como un espectador impotente ante los camaradas que avanzarían combatiendo? ¿Convertirse en una carga para el destacamento? ¿Y si enviaba al otro mundo el cuerpo que le había traicionado? Una bala en el corazón, y... ¡fuera penas! Había sabido vivir no mal y había que saber acabar a tiempo. ¿Quién iba a condenar al combatiente que no deseaba agonizar?

p Su mano palpó en el bolsillo el cuerpo plano de la pistola, y los dedos, con movimiento acostumbrado, empuñaron la culata. Lentamente sacó el arma.

p "¿Quién iba a pensar que llegarías a este día?"

p El cañón le miró despectivamente al ojo. Pável dejó la pistola sobre sus rodillas y blasfemó colérico.

p "¡Todo esto es heroísmo novelesco, hermanito! Siempre y en todo tiempo, cualquier idiota puede pegarse un tiro. Es la salida más cobarde y fácil de la situación. ¡Si te es difícil vivir, pégate un tiro! ¿Pero has probado tú a vencer esta vida? ¿Has hecho todo para romper.el cerco de hierro? ¿Te has olvidado acaso de cómo en NovogradVolinski os lanzasteis al ataque diecisiete veces en un día y, a pesar de todo, lo tomasteis? Guarda la pistola y no se lo cuentes nunca a nadie. Aprende también a vivir cuando la vida se hace insoportable. Hazla útil".

p Se levantó y dirigióse hacia el camino. Un montañés que pasaba le llevó en su carreta hasta la ciudad. Una vez allí, en uno de los cruces, compró un periódico local. En éste se comunicaba que en el club Demián Bedni se celebraría una reunión’ de activistas de la organización del 449 Partido. Pável regresó a casa ya avanzada la noche. Había hablado en la reunión, sin saber él mismo que era aquél su último discurso ante un público numeroso.

p Taia no dormía. Estaba inquieta por la prolongada ausencia’de Korchaguin. ¿Qué le habría pasado? ¿Dónde estaría? Aquella mañana, ella había visto en sus ojos, antes siempre vivos, un brillo duro y frío. Korchaguin solía hablar poco de sí mismo, pero Taia notaba que alguna desgracia le ocurría.

p El reloj de la habitación de la madre daba las dos cuando se oyó cerrar el portillo del jardín, y Taia, echándose la chaquetilla sobre los hombros, fue a abrir la puerta. Liolia dormía en su habitación, balbuceando algo entre sueños.

p — Ya estaba intranquila por ti —susurró cuando Korchaguin entró en la casa, contenta de que hubiera llegado.

p — A mí no me ocurrirá nada hasta la misma muerte, Taiusha. ¿Qué, Liolia, duerme? ¿Sabes?, no tengo ningunas ganas de dormir. Quiero contarte algunas cosas del día de hoy. Vamos a tu habitación, si no, despertaremos a Liolia —respondió Pável también muy quedo.

p Taia vaciló. ¿Cómo iba a conversar con Pável por la noche? ¿Qué podría pensar su madre si se enteraba? Pero a él no se le podía decir, se ofendería. ¿Y de qué querría hablarle? Y mientras pensaba esto, se dirigía ya a su habitación.

p — Bien, mira lo que pasa, Taia —comenzó Pável con voz ahogada, una vez que se hubieron sentado en el oscuro cuarto, el uno frente al otro, y tan cerca, que ella sentía su respiración—. La vida toma un giro que incluso me parece un poco extraño. He pasado todos estos días no del todo bien. No veía claro cómo continuar viviendo en el mundo. En toda mi existencia jamás he sentido ia desesperación que me ha embargado en estos días. Pero hoy he organizado una reunión del "buró político" y he adoptado una decisión de enorme importancia. No te asombres de que te inicie en ello.

p Le habló de todo lo sufrido en los últimos meses y de mucho de lo pensado en el parque suburbano.

p — Tal es la situación. Paso a lo fundamental. El lío en la familia no ha hecho más que iniciarse. De aquí hay que escapar al aire libre, lo más lejos posible de este 450 nido. Hay que dar comienzo a una vida nueva. Ya que me he enzarzado en esta pelea, la llevaremos hasta el fin. Tanto tu vida personal, como la mía, son tristes ahora. He decidido darles fuego. ¿Comprendes lo que esto significa? ¿Quieres ser mi compañera, mi mujer?

p Hasta este momento, Taia le había escuchado con profunda emoción. Lo inesperado de sus últimas palabras hizo que se estremeciera.

p —No te pido que me respondas hoy, Taia. Piénsalo todo bien. Tú no comprendes cómo se pueden decir tales cosas sin hacer antes la corte. Todas esas zarandajas no son necesarias; aquí tienes mi mano, tómala, nena. Si esta vez crees, no te engañarás. Tengo mucho de lo que tú necesitas, y viceversa. Ya lo he decidido: nuestra alianza se concierta hasta que tú te conviertas en una persona de verdad, de las nuestras; y yo puedo transformarte, de lo contrario valdría menos que medio kopek en un día de feria. Hasta entonces no debemos romper la alianza. Luego quedarás libre de toda obligación para conmigo. ¡Quién sabe! Puede ocurrir que yo, físicamente, me convierta en una ruina completa; en tal caso, recuérdalo bien, tampoco encadeno tu vida.

p Luego de unos segundos de silencio, continuó con voz cálida y cariñosa:

p — Ahora te propongo amistad y amor.

p Retenía la mano de la muchacha y estaba tan tranquilo como si ella le hubiera ya contestado afirmativamente.

p — ¿Y no me abandonarás?

p — Las palabras, Taia, no son pruebas. Tan sólo te queda una cosa: tener fe en que los hombres como yo no traicionan a sus amigos... Lo que hace falta es que ellos no me traicionen a mí —terminó Pável con un dejo de amargura.

p — Hoy no respondo aún nada; todo ha sido tan inesperado —dijo la muchacha.

p Korchaguin se levantó.

p — Acuéstate, Taia, pronto amanecerá.

p Y retiróse a su habitación. Se acostó sin desnudarse; y apenas hubo reclinado la cabeza sobre la almohada, se quedó dormido.

p En la habitación de Korchaguin, sobre la mesa que se encontraba junto a la ventana, había montones de libros 451 traídos de la biblioteca del Partido, una pila de periódicos y varios cuadernos escritos. El resto del mobiliario lo componían, una cama de los dueños de la casa, dos sillas y, extendido sobre la puerta que conducía a la habitación de Taia, un enorme mapa de China en el que había clavadas banderitas negras y rojas. En el Comité del Partido, Korchaguin se puso de acuerdo para que le abastecieran de literatura de su propia biblioteca; además, le prometieron que le facilitaría libros el director de la biblioteca portuaria, que era la mayor de la ciudad. Pronto comenzó a recibir de allí libros, por paquetes enteros. Liolia observaba con asombro cómo Pável, con cortos intervalos para el almuerzo y la comida, leía y tomaba notas desde por la mañana temprano hasta la anochecida, que siempre pasaban los tres juntos en la habitación de Liolia. Korchaguin compartía con las hermanas lo leído.

p Ya de madrugada, al salir al patio, el viejo veía constantemente una franja de luz entre las contraventanas de la habitación del odiado inquilino. Sigiloso, el viejo se acercaba de puntillas a la ventana y observaba la cabeza inclinada sobre la mesa.

p "La gente duerme, y éste se pasa la noche en vela, gastando luz. Anda por la casa como si fuera el dueño. Las muchachas han comenzado a mostrarme los dientes”, pensaba con maldad el viejo, y se marchaba.

p Por primera vez en ocho años, Korchaguin tenía tanto tiempo libre y ninguna obligación. Y leía con el ansia hambrienta de un recién iniciado. Trabajaba dieciocho horas diarias. Y no se sabe cómo se habría reflejado tal lectura en su salud, de no haberle dicho Taia un buen día:

p — He trasladado de sitio la cómoda, la puerta a tu habitación ahora se abre. Si necesitas hablarme de algo, puedes entrar directamente, sin pasar por el cuarto de Liolia.

p Pável se sonrojó. Taia sonrió alegre: la alianza quedó concertada.

p El viejo no volvió a ver a medianoche las franjas de luz en la ventana de la esquina, y la madre comenzó a notar en los ojos de Taia una alegría mal oculta. Unas 452 ojeras apenas perceptibles se dibujaron bajo los ojos, brillantes por el fuego interior, denunciando las noches sin sueño. Los acordes de la guitarra y las canciones de Taia comenzaron a oírse en la casita con mayor frecuencia.

p La mujer que se había despertado en ella sufría, porque su amor era como robado. El más leve ruido le hacía estremecerse, todo se le figuraba que eran los pasos de su madre. Era un tormento para ella no saber qué contestar, si le preguntaban por qué había comenzado a echar por las noches el pestillo a la puerta de su cuarto. Korchaguin se daba cuenta, y le decía cariñoso y tranquilizador:

p¿De qué tienes miedo? Pues, si se mira bien, tú y yo somos aquí los amos. Duerme tranquila. En nuestra vida, los extraños tienen prohibida la entrada.

p Taia apretaba la mejilla contra su pecho y, desaparecidos los temores, se dormía abrazada al hombre amado. Korchaguin permanecía largo rato escuchando su respiración, sin moverse, temeroso de interrumpir su sueño tranquilo: le embargaba una profunda ternura por aquella muchacha que le había confiado su vida.

p Liolia fue la primera en conocer el motivo del fuego inextinguible en los ojos de Taia, y, a partir de aquel día, entre las dos hermanas tendióse la sombra dé la frialdad. También lo supo la madre. Mejor dicho, lo intuía, llena de zozobra. No era aquello lo que esperaba de Korchaguin.

p — Taiusha no es pareja para él —dijo una vez a Liolia—. ¿Qué va a salir de todo esto?

p La desazonaban inquietos pensamientos, pero no se decidía a hablar con Korchaguin.

La juventud comenzó a visitar a Korchaguin. A veces, la pequeña habitación resultaba estrecha. Un rumor semejante al de un enjambre de avispas llegaba hasta el viejo. Más de una vez cantaban a coro:

Está desierto nuestro mar,
Ruge día y noche...
y la canción predilecta de Pável:
El mundo está lleno de lágrimas...

453

p Ocurría eso cuando se reunía el círculo de obreros activistas del Partido, cuya dirección había sido confiada a Korchaguin por el Comité, después de su carta en la que pedía que se le encargase trabajo de propaganda. Así transcurrían los días de Pável.

p Korchaguin reempuñó el timón con ambas manos, y la vida, después de hacer varios zigzags, viró hacia un nuevo objetivo. Era éste el sueño de reincorporarse a filas por medio del estudio y de la literatura.

p Pero la vida amontonaba un obstáculo tras otro, y él recibía su aparición pensando, inquieto, en qué grado frenarían su avance hacia el objetivo.

p Inesperadamente, llegó de Moscú, con su mujer, el fracasado estudiante George. Se instaló en casa de su suegro —que era abogado— y desde allí venía a sacar dinero a la madre.

p La llegada de George empeoró considerablemente las relaciones íntimas de la familia. George se pasó sin titubeos al lado del padre, y con la familia de su mujer, de moral antisoviética, comenzó a realizar labor de zapa, tratando a toda costa de arrojar a Korchaguin de la casa y de apartar de él a Taia.

p Dos semanas después de la llegada de George, Liolia se puso a trabajar en uno de los distritos cercanos. Se marchó allí con la madre y su hijito, y Korchaguin y Taia partieron para una lejana ciudad costera.

p Artiom recibía rara vez carta de su hermano, pero los días en que encontraba sobre su mesa del Soviet local el sobre gris con la conocida letra angulosa, perdía su habitual tranquilidad. Y esta vez, al abrir el sobre, pensó con honda ternura:

p "¡Ay, Pavlusha, Pavlusha! Deberíamos vivir cerca, muchacho, me aprovecharían tus consejos".

p "Artiom, quiero relatarte lo sufrido. De no ser a ti, me parece que a nadie escribo semejantes cartas. Me conoces, y comprenderás cada palabra. La vida continúa haciéndome retroceder en el frente de lucha por la salud.

p Recibo un golpe tras otro. Apenas tengo tiempo de ponerme en pie después de uno de ellos, cuando uno nuevo, más implacable aún que el anterior, cae sobre mí. 454 Lo más terrible es que soy impotente para resistirme. La mano izquierda se negó a obedecerme. Eso era penoso, pero después me han traicionado las piernas, y yo, que ya sin ello apenas podía moverme (en la habitación) ahora llego con dificultad de la cama a la mesa. Pero esto, seguramente, no es aún todo. No sé qué me traerá el mañana.

p Ya no salgo de casa. Por la ventana veo únicamente un trocito de mar. ¿Puede haber una tragedia más horrorosa que la del hombre en quien se unen un cuerpo traidor, que se niega a obedecerle, un corazón de bolchevique y una voluntad que le arrastra inconteniblemente al trabajo, hacia vosotros, el ejército activo que avanza por todo el frente, allí donde se va al asalto en férrea avalancha?

p Aún creo que volveré a filas, que en las columnas de asalto aparecerá también mi bayoneta. No puedo no creerlo, no tengo derecho a ello. El Partido y la Juventud me han educado diez años en el arte de la resistencia, y las palabras del Jefe se refieren también a mí: "No hay fortaleza que no pueda ser tomada por los bolcheviques".

p Ahora, mi vida es el estudio. Libros, libros y más libros. He hecho mucho, Artiom. He estudiado toda la literatura clásica. He terminado y enviado los trabajos del primer curso por correspondencia de la Universidad Comunista. Por las tardes dirijo un círculo de jóvenes del Partido. La ligazón con el trabajo práctico de la organización va a través de estos camaradas. Después, Taiusha, su crecimiento y avance, y también su amor, las tiernas caricias de mi compañera. Vivimos en buena armonía. Nuestra economía es simple y sencilla: los treinta y dos rublos de mi pensión y el sueldo de Taia. Taia va al Partido por mi mismo camino: ha trabajado de sirvienta y ahora es fregona en un comedor, pues en esta ciudad no hay industria.

p Hace unos días, Taia me ha mostrado con entusiasmo su primer carnet de delegada de la sección femenina. Para ella no es un simple pedazo de cartón. Observo en ella el surgimiento de una nueva persona y la ayudo cuanto puedo en este proceso. Llegará un tiempo en que la gran fábrica y el colectivo obrero completarán su 455 formación. Mientras estamos aquí, va por el único camino posible.

p La madre de Taia ha estado aquí dos veces. Sin darse cuenta ella misma, arrastra a Taia hacia atrás, a la vida compuesta de pequeneces, hundida en lo estrecho y personal, en lo suyo propio, en lo aislado. He tratado de convencer a Albina de que las tinieblas de sus días no deben hacer sombra en el camino de su hija. Pero todo ha resultado inútil. Siento que alguna vez la madre se interpondrá en el camino de la hija hacia la nueva vida, y que la lucha con ella será inevitable. Te estrecha la mano, Pável".

p Sanatorio N° 5, en Stáraya Matsesta. Un edificio de piedra, de tres pisos, en la explanada hecha en la roca. En derredor, el bosque. El camino para los coches corría serpenteante hacia abajo. Las ventanas de las habitaciones estaban abiertas, y el vientecillo traía el olor de los manantiales sulfurosos. Korchaguin estaba solo en su habitación. Al día siguiente vendrían nuevos camaradas, y tendría vecino de cuarto. Afuera resonaron pasos y una voz conocida. Hablaban varias personas. ¿Pero en dónde había oído aquella gruesa voz de bajo? La memoria trabajó intensamente, y de un apartado rincón extrajo el nombre allí escondido, pero no olvidado: "Innokenti Pávlovich Ledenev, es él, no puede ser otro”. Y, seguro de ello, Pável le llamó. Un minuto más tarde, ya estaba Ledenev sentado a su lado y le sacudía alegremente la mano.

p — ¡Ah! ¿Estás vivo, buena pieza? Bien, ¿y qué me cuentas de bueno? Vaya, vaya, ¿qué, te has propuesto enfermar en serio? No lo apruebo. Toma ejemplo de mí. Los médicos me habían pronosticado también que tendría que retirarme, y, para su despecho, continúo resistiendo —y Ledenev rió bonachón.

p Korchaguin se daba cuenta de que, tras aquella risa, se ocultaba la condolencia y un dejo de amargura.

p Transcurrieron dos horas en animada plática. Ledenev le contaba las novedades de Moscú. Era el primero que ponía en conocimiento de Korchaguin las importantísimas decisiones del Partido respecto a la 456 colectivización de la agricultura, a la transformación del campo, y Pável absorbía ávidamente cada palabra.

p — Yo pensaba que andarías ajetreado por algún lugar de tu Ucrania. Y me encuentro con este contratiempo. Pero no tiene importancia, yo estuve aún peor, no me levantaba en absoluto de la cama, y ahora, como ves, continúo resistiendo. Ahora, ¿comprendes? no hay manera de vivir ocioso. ¡No lo conseguirás! A veces cometo el pecado de pensar que habría que reposar un poquito, tomar aliento, pues ya va uno haciéndose viejo y a veces es un poco pesado el trabajar diez o doce horas. Bueno; no has hecho más que pensarlo e incluso comienzas ya a dar un vistazo a los asuntos para descargarte un poco de trabajo, y siempre resulta lo mismo. Comienzas a “descargarte” y te absorbes de tal manera con la “descarga” que no vuelves a casa antes de las doce. Cuanto más rápida es la marcha de la máquina, tanto más lo es la de las ruedecillas, y nuestra marcha es cada día más impetuosa, y resulta que nosotros, los viejos, tenemos que vivir como cuando éramos jóvenes.

p Ledenev se pasó la mano por su despejada frente y dijo con cariño paternal:

p — Bien, habíame ahora de tus asuntos.

p Ledenev escuchó el relato de Korchaguin sobre lo vivido, y Pável se dio cuenta de que la mirada aprobadora y vivaz de su amigo estaba fija en él.

p Bajo la sombra de los frondosos árboles, en un rincón de la terraza del sanatorio, había un grupo de enfermos. Tras una pequeña mesa, Jrisanf Chernokósov leía la Pravda, frunciendo apretadamente sus pobladas cejas. La camisa rusa negra, la vieja gorra, el rostro cetrino, flaco y no afeitado desde hacía tiempo, de azules ojos hundidos, denunciaban en él al minero de abolengo. Hacía doce años que aquel hombre, llamado para dirigir la región, había dejado el pico, pero daba la impresión de que acababa de salir de la mina. Esto se ponía de manifiesto en la manera de comportarse, de hablar, en su propio léxico.

p Chernokósov era miembro del Comité regional del Partido y miembro del Gobierno. Una enfermedad 457 torturante consumía sus fuerzas: sufría de gangrena en una pierna. Chernokósov odiaba aquella pierna enferma que le obligaba a permanecer en cama cerca ya de medio año.

p Frente a él, fumando pensativa, estaba sentada Zhiguiriova. Alexandra Alexéievna Zhiguiriova tenía treinta y siete años, y llevaba diecinueve en el Partido. " Shúrochka la metalúrgica”, como la llamaban en Petersburgo durante la ilegalidad, había conocido la deportación a Siberia cuando era casi una niña.

p La tercera persona en torno a la mesa era Pankov. Tenía inclinada su bella cabeza, de perfil clásico, y leía una revista alemana, ajustándose de tarde en tarde las enormes gafas de concha. Resultaba absurdo ver cómo aquel atleta de treinta años levantaba con dificultad la pierna que se negaba a obedecerle. Mijaíl Vasílievich Pankov era redactor, escritor, funcionario del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, conocía Europa y sabía varios idiomas extranjeros. En su cabeza se acumulaban no pocos conocimientos, y hasta el adusto Chernokósov le trataba con respeto.

p — ¿Ese es tu compañero de habitación? —preguntó en voz baja Zhiguiriova a Chernokósov, señalando con la cabeza hacia el sillón de ruedas en que estaba sentado Korchaguin.

p Chernokósov apartó sus ojos del periódico, y su rostro pareció iluminarse repentinamente:

p — Sí, ése es Korchaguin. Es necesario que os hagáis amigos, Shura. La enfermedad le ha atado de pies y manos; de lo contrario este muchacho nos serviría de mucho en los sitios donde eL trabajo es difícil. Pertenece a la primera generación de jóvenes comunistas. En una palabra, si le apoyamos, y esto lo tengo decidido, el muchacho trabajará aún.

p Pankov prestaba oído a las palabras de Chernokósov.

p — ¿De qué padece? —preguntó Shura sin levantar la voz.

p — Restos del 20. Anormalidades en la columna vertebral. He hablado aquí con el médico; ¿comprendes?, temen que la contusión pueda producirle la parálisis total. ¡Imagínate qué desgracia!.

p — Voy a traerle aquí —dijo Shura.

p Así comenzó su amistad. Y no sabía Pável que 458 Chernokósov y Zhiguiriova habrían de convertirse para él en personas queridas y que, en los años de la penosa enfermedad que le esperaba, serían su primer apoyo.

p La vida seguía su antiguo cauce. Taia trabajaba. Korchaguin estudiaba. Apenas había comenzado el trabajo en el círculo, le atacó, sigilosamente, una nueva desgracia. La parálisis hizo presa de sus piernas. Ahora no le obedecía más que la mano derecha. Cuando después de vanos esfuerzos comprendió que ya no era capaz de moverse, se mordió los labios hasta hacerse sangre. Taia ocultaba con valentía su desesperación y la amargura de su impotencia para ayudarle. Y él decía sonriendo con aire culpable:

p — Debemos divorciarnos, Taiusha, pues no hubo acuerdo de sacrificarte así. Hoy lo pensaré como es debido, nena.

p Taia no le dejaba hablar. ¡Era tan difícil contener el llanto! Y lloraba a lágrima viva, apretando contra su pecho la cabeza de Pável.

p Cuando Artiom se enteró de la nueva desgracia ocurrida a su hermano, lo comunicó por carta a su madre, y María Yákovlevna, abandonándolo todo, fue a ver a su hijo. Comenzaron a vivir los tres juntos. La viejecita y Taia se llevaban muy bien.

p Korchaguin continuaba sus estudios.

p Una tarde de aquel crudo invierno, Taia trajo la nueva de su primera victoria, el carnet de miembro del Soviet local. Desde entonces, Korchaguin comenzó a verla de tarde en tarde. De la cocina del sanatorio, donde fregaba, Taia marchaba a la sección femenina y al Soviet, y regresaba ya avanzada la noche, cansada, pero rebosante de impresiones. Aproximábase el día en que sería admitida como candidato al Partido. Taia se preparaba para ello con gran emoción. Pero entonces ocurrió de improviso una nueva desgracia. La enfermedad seguía minando a Pável. El fuego de un dolor insufrible encendió el ojo derecho de Korchaguin, se propagó al izquierdo. Y por vez primera en su vida, Pável comprendió lo que era la ceguera: a su alrededor, todo se cubrió de un velo negro.

459

p Una barrera terrible, insuperable, se había levantado silenciosamente en su camino, impidiéndole el paso. La desesperación de la madre y de Taia no tuvo límites, pero él decidió con fría tranquilidad:

p "Hay que esperar. Si efectivamente no existen más posibilidades de avanzar, si todo lo que se ha hecho por volver al trabajo ha quedado anulado por la ceguera y volver a filas es ya imposible, habrá que terminar"

p Korchaguin escribió a sus amigos. De éstos llegaban cartas invitándole a mantenerse firme y a continuar la lucha.

p En aquellos días difíciles para él, Taia excitada y alegre, le comunicó:

p — Pavlusha, soy candidato al Partido.

p Y Pável, al escuchar cómo la célula había admitido en sus filas a la nueva camarada, recordó sus primeros pasos en el Partido.

p — Así, pues, camarada Korcháguina, tú y yo componemos una fracción comunista —le dijo estrechándole la mano.

p Al día siguiente Pável escribió una carta al secretario del Comité de distrito, pidiéndole que fuese a verle. Por la tarde, junto a la casa, se detuvo un coche salpicado de barro, y Wólmer, un letón ya entrado en años y barbudo, estrechó con fuerza la mano de Korchaguin.

p — ¿Qué, cómo va la vida? ¿Qué manera de comportarse es ésa? Levántate ahora mismo, te enviaremos al campo —y se echó a reír.

p El secretario del Comité de distrito pasó dos horas con Korchaguin, olvidándose incluso de que tenía una reunión por la noche. El letón iba de un lado a otro del cuarto, escuchando las palabras emocionadas de Pável, y por fin exclamó:

p — ¡Deja de hablar del círculo! Necesitas descansar, y luego aclarar eso de los ojos. Es posible que aún no esté todo perdido. ¿No te parece que deberías ir a Moscú, eh? Piénsalo. ..

p Korchaguin le interrumpió:

p — ¡Lo que yo necesito es gente, camarada Wólmer, gente viva! ¡No puedo vivir solo! Ahora me es más. necesaria que nunca. Envíame aquí la juventud menos formada. Esa, en las aldeas, se desvía hacia la izquierda, 460 a la comuna, se siente estrecha en el koljós. Pues los komsomoles, si no se tiene cuidado de ellos, tratan frecuentemente de adelantarse a la formación. Yo mismo he sido así, lo sé.

p Wólmer se detuvo.

p — ¿Cómo te has enterado de esto? Te lo digo, porque esa noticia acaba de llegar hoy del distrito.

p Korchaguin sonrió.

p — Quizás recuerdes a mi mujer. Ayer la admitieron en el Partido. Ella me lo ha contado.

p — ¡Ah! ¿La Korcháguina, la que friega? ¿Esa es tu mujer? ¡Vaya, no lo sabía! —Después de pensar por unos instantes, Wólmer se dio una palmada en la frente. —Ya sé a quién te vamos a enviar, a Liev Berséniev. Mejor camarada no se puede encontrar. Incluso por vuestro carácter os parecéis. Resultará algo así como dos transformadores de alta frecuencia. ¿Comprendes?, en un tiempo he sido electricista, de aquí que emplee» estas palabrejas, estas comparaciones. Sí, Liev, además, te montará un aparato de radio, es maestro en esas cuestiones. ¿Comprendes?, a veces me paso en su casa hasta las dos de la madrugada con los auriculares puestos. Mi mujer ya ha comenzado a sospechar: "¿Dónde te metes por las noches, viejo del diablo?"

p Korchaguin le preguntó sonriendo:

p — ¿Quién es Berséniev?

p Wólmer, cansado de ir de un lado para otro, tomó asiento en la silla y dijo:

p — Berséniev es nuestro notario, pero es tan notario como yo bailarina. Hace poco aún, Liev ocupaba un alto cargo. Participa en el movimiento revolucionario desde el año 12 y lleva en el Partido desde los días de OctubreDurante la guerra civil ocupó un destacado cargo en el ejército, en el Tribunal Revolucionario del 2° de caballería; estuvo en el Cáucaso, aplastando piojos blancos. Estuvo también en Tsaritsin y en el frente Sur; en el Extremo Oriente era el mandamás en el Tribunal Militar Supremo de la República. Ha pasado por todo. La tuberculosis derribó al muchacho. Del Extremo Oriente vino a estas tierras. Aquí en el Cáucaso ha sido presi^ dente del Tribunal Provincial y vicepresidente del Tribunal Territorial. Por fin se le han hecho polvo los 461 pulmones. Ahora, bajo la amenaza de que se va a morir, le han metido aquí. Esa es la causa de que tengamos un notario tan singular. El cargo es tranquilo, y respira. Aquí poco a poco le hemos dado una célula; después, le metimos en el Comité de distrito, más tarde, le endosamos la Escuela política; luego, la Comisión de Control; no hay comisión responsable en asuntos confusos e intrincados en la que el no figure. Además, es cazador; luego, ardiente aficionado a la radio, y, aunque le falta un pulmón, es difícil creer que está enfermo. Irradia energía. Seguramente se morirá corriendo del Comité de distrito al Tribunal.

p Pável le cortó, preguntando bruscamente:

p — ¿Por qué le habéis recargado tanto? Ahora trabaja aquí más que antes.

p Wólmer miró a Korchaguin de reojo, por entre sus entornados párpados.

p — Vaya, si te damos a ti el círculo, y algo más, también dirá Liev en ese caso: "¿Por qué le cargáis?" Y él mismo dice: "Vale más vivir un año en un trabajo activo que vegetar cinco en los hospitales”. A lo que parece/ sólo podremos cuidar de la gente cuando tengamos construido el socialismo.

p — Cierto. Yo también voto por un año de vida en contra de cinco de existencia vegetativa, pero en estos casos a veces somos pródigos hasta la delincuencia al gastar nuestras fuerzas. Y ahora he comprendido que en esto no hay tanto heroísmo como anarquía e irresponsabilidad. Solamente ahora he comenzado a comprender que no tenía ningún derecho a tratar tan cruelmente mi salud. Ha resultado que en ello no hay heroísmo. De no haber hecho el espartano, quizás hubiese aguantado unos cuantos años más. En una palabra, la enfermedad infantil del izquierdismo es uno de los peligros fundamentales para mi situación.

p "Fíjate lo que dice, pero en cuanto le pusieras’ en pie se olvidaría de todo lo del mundo”, pensó Wólmer, pero guardó silencio.

p Dos días después, Liev vino a visitar a Pável por la tarde. Se separaron a media noche. Liev se marchó de casa de su nuevo amigo con el sentimiento de quien ha encontrado un hermano perdido hace muchos años.

462

p A la mañana siguiente, unos hombres se arrastraban por el tejado, instalando la antena, y Liev montaba la radio en la habitación, refiriendo interesantes episodios de su pasado. Pável no le veía, mas por los relatos de Taia sabía que era rubio, de ojos claros, apuesto, impetuoso de movimientos, es decir, tal y como se lo había figurado desde los primeros instantes de su conocimiento.

p Al anochecer se encendieron en la habitación las tres lámparas “micro”. Liev entregó solemnemente a Pável los auriculares. En el éter había un caos de sonidos. Gomo paj arillos, piaban los Mor se del puerto; en algún sitio (al parecer, cerca de la costa) lanzaba sus cortas pitadas la emisora de un barco. En aquella barabúnda de ruidos y sonidos, el variómetro encontró y atrajo una voz reposada y firme:

p — Atención, atención, habla Moscú. ..

p El pequeño aparato atrapaba con su antena sesenta estaciones del mundo. La vida, de la que Pável había sido apartado bruscamente, irrumpía a través de la membrana de acero, y él sentía su aliento poderoso.

p Y al ver que se encendían sus ojos, Berséniev, cansado, sonrió.

p En la gran casa dormían. Taia murmuraba algo en su intranquilo sueño. Volvía tarde, cansada y aterida. Pável apenas si tenía ocasión de hablar con ella. Cuanto más se iba adentrando. Taia en el trabajo, tanto menos frecuentes eran sus tardes libres, y Pável recordaba las palabras de Berséniev.

p "Si la mujer del bolchevique es su camarada de Partido, se ven rara vez. En ello hay dos ventajas: ¡no se cansan el uno del otro y no tienen tiempo para regañar!"

p ¿Qué objeción podía hacer? Era de esperar. En otros tiempos Taia le dedicaba todas sus tardes. Entonces había más cordialidad, mayor ternura. Pero en aquellos días era solamente compañera, mujer; ahora era, además, discípula y camarada de Partido.

p Comprendía que cuanto más se desarrollara Taia, tantas menos horas le dedicaría, y aceptó esto como cosa justa.

463

p Pável se hizo cargo de un círculo.

p Por las tardes volvió a reinar el bullicio en la casa. Las horas pasadas con la juventud eran para Pável una inyección de ánimo.

p En el tiempo restante, la madre le quitaba con trabajo los auriculares, para alimentarle.

p La radio le daba lo que le había arrebatado la ceguera: la posibilidad de estudiar; y en esta aspiración, que no reconocía obstáculos, olvidaba los torturantes dolores de su cuerpo, que continuaba ardiendo, olvidaba el incendio en los ojos y toda la vida, ruda y dura para con él.

p Cuando las ondas trajeron de Magnitostrói la noticia de las hazañas de los jóvenes que habían sustituido bajo la bandera de la IJC a la generación de los Korchaguin, Pável sintió una gran alegría.

p Se imaginaba la tormenta de nieve, feroz como una manada de lobos, los fríos crueles de los Urales. Aullaba el vendaval, y, por las noches, el destacamento de la segunda generación de komsomoles, en medio de la ventisca, en el incendio de los arcos voltaicos, cubría de cristales las claraboyas de los pabellones gigantescos, salvando de la nieve y del frío los primeros eslabones de aquel combinado mundial. La costrucción del ferrocarril a través del bosque, en la que había luchado contra la tempestad la primera generación de komsomoles de Kíev, parecía algo muy pequeñito. Había crecido el país, y con él, los hombres.

Y en el Dniéper, el agua había roto los diques de acero e irrumpido impetuosa, hundiendo en su torrente a máquinas y a hombres. Y de nuevo, la Juventud Comunista se lanzaba contra los elementos y, después de una furiosa lucha de dos días, sin sueño ni descanso, hacía retroceder al líquido elemento desencadenado, sujetándole otra vez tras los diques de acero. En esta grandiosa lucha marchaba en vanguardia la nueva generación de la Juventud Comunista. Entre los nombres de los héroes, Pável oyó con alegría uno que le era muy querido: el de Ignat Pankrátov.

* * *
 

Notes