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Capítulo séptimo
 

p Junto al sanatorio del CC se encontraba el gran jardín de la policlínica central. Por él, los del sanatorio se dirigían a sus habitaciones cuando regresaban del mar. Allí, junto a un alto muro de piedra caliza gris, a la sombra de un frondoso platanero, gustaba de reposar Korchaguin. Poca gente se acercaba a aquel sitio. Desde allí se podía observar el animado movimiento de la gente por las avenidas y los senderos del jardín, escuchar la música por las tardes, lejos del irritante ajetreo del gran sanatorio.

p Aquel día, conio de costumbre, Korchaguin se había refugiado allí. Con placer recostóse en la mecedora de mimbre y, extenuado por el baño de mar y el calor, se durmió. La toalla afelpada y la novela El Motín, de Fúrmanov, aún no acabada de leer, yacían en la mecedora vecina. En los primeros días pasados en el sanatorio no le abandonaba el estado de tirante nerviosismo ni cesaban los dolores de cabeza. Los profesores continuaban estudiando su enfermedad, compleja y rara. Los interminables reconocimientos y auscultaciones fastidiaban y dejaban rendido a Pável. A la médica —simpática camarada del Partido, con el extraño apellido de Jerusalímchik— le costaba trabajo encontrar a su enfermo, al que persuadía pacientemente para que fuera con ella a uno u otro especialista.

p — Palabra de honor que estoy harto de todo esto —decía Pável—. Hay que contar lo mismo cinco veces 424 al día: ¿No estaba loca su abuelita? ¿No padecía de reumatismo su bisabuelo? ¡Y el diablo sabe de qué padecía, cuando ni tan siquiera le vi la cara! Luego, cada uno trata de convencerme para que confiese que he padecido de blenorragia y de algo peor, y le digo francamente que, por ello, me entran ganas de sacudirle un golpe a alguno en mitad de la calva. ¡Denme la posibilidad de descansar! De lo contrario, si van a estudiarme durante todo el mes y medio, me convertiré en un elemento socialmente peligroso.

p Jerusalímchik se reía, le contestaba con una broma, pero unos minutos más tarde, cogiéndole del brazo y contándole algo entretenido por el camino, le llevaba al cirujano.

p Él día aquel, no se preveía reconocimiento. Faltaba una hora para la comida. Entre la somnolencia, Pável percibió unos pasos. No abrió los ojos: "Pensará que duermo y se marchará”. Esperanza vana: crujió la mecedora, alguien se había sentado. El fino olor a perfume le apuntó que a su lado se hallaba una mujer.

p Abrió los ojos. Lo primero que vio fue un vestido de deslumbrante blancura y unas bronceadas piernas, cuyos pies calzaban chinelas de tafilete; después, una cabeza con el pelo a lo chico, dos ojos enormes y una hilera de dientes agudos como los de un ratón. La mujer sonreía turbada.

p — Perdone, parece que le he molestado.

p Korchaguin guardó silencio. Esto no era del todo cortés, pero aún tenía la esperanza de que su vecina se marcharía.

p — ¿Es de usted este libro?

p La mujer hojeaba El Motín.

p — Sí, mío.

p Siguió un minuto de silencio.

p — Diga, camarada, ¿es usted del sanatorio Kommunar?

p Korchaguin hizo un movimiento de impaciencia. ¿"Qué vientos la habrán traído por aquí? ¡A esto le llaman reposar! Ahora, seguramente, me preguntará de qué padezco. Tendré que marcharme”. Y dijo secamente:

p — No.

p — Pues me parece haberle visto allí.

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p Pável se disponía ya a levantarse, cuando, a su espalda, sonó una profunda voz femenina:

p — ¿Cómo es que has venido aquí, Dora?

p Una rubia gruesa y tostada por el sol, con traje de playa del sanatorio, se sentó en el brazo de la mecedora y lanzó una fugaz mirada a Korchaguin.

p — Yo le he visto a usted en alguna parte, camarada. ¿No trabaja en Jarkov?

p — Sí, en Jarkov.

p — ¿En qué clase de trabajo?

p Korchaguin decidió terminar la larga conversación.

p — ¡En el carro de la basura! —y la explosión de risa de las mujeres le hizo estremecerse involuntariamente.

p — No se puede decir que sea usted muy cortés, camarada.

p Así comenzó su amistad; y Dora Ródkina, miembro del buró del Comité local del Partido en Jarkov, más de una vez recordaba el cómico comienzo de ella.

p En el jardín del sanatorio Talassa —adonde Korchaguin había ido a uno de los conciertos vespertinos—, se encontró inesperadamente con Zharki. Y, por extraño que parezca, les reunió un foxtrot.

p Después de una cantante gordota, que interpretó con gesticulación furiosa "Ardía la; noche en el frenesí de la voluptuosidad”, salió al escenario una pareja. El, con chistera roja, semidesnudo, con unas hebillas de colores en las caderas, pero con corbata y pechera de cegadora blancura. En una palabra, una mala parodia de salvaje. Ella era bonita y llevaba gran cantidad de tela sobre el cuerpo. Entre los aprobatorios murmullos de los numerosos népmanes, con morrillos de toro, que se agolpaban tras los sillones y las camas de los enfermos del sanatorio, la parejita se retorcía en las tablas en un movido foxtrot. Era imposible imaginarse un cuadro más repugnante. El hombre cebado, con la estúpida chistera, y la mujer se retorcían en poses obscenas, pegados el uno al otro. Detrás de Pável resoplaba un gordinflón. Korchaguin ya se había vuelto para marcharse, cuando en la primera fila, juntó al mismo escenario, alguien se levantó y gritó furiosamente:

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p — ¡Basta de marranadas! ¡Al diablo!

p Pável reconoció a Zharki.

p El piano enmudeció, el violín lanzó un último grito y se calló. La pareja dejó de retorcerse sobre las tablas. Desde detrás de las sillas sisearon al que había gritado:

p — ¡Qué poca vergüenza, interrumpir el número!

p — ¡Toda Europa baila!

p — ¡Es indignante!

p Pero Seriozha Zhbánov, secretario de la Juventud del distrito de Cherepovets, que se encontraba en el grupo de los del sanatorio Kommunar, silbó con ayuda de cuatro dedos, a lo bandolero. Le apoyaron otros, y la parejita desapareció de las tablas como si se la hubiera llevado el viento. El charlatán, anunciador, parecido a un lacayo avispado, anunció al público que la troupe se marchaba.

p — ¡Arreando, que vienen pegando! ¡Dile al abuelo que a Moscú vuelo! —le gritó en señal de despedida un muchacho, con bata del sanatorio, apoyado por la risa general.

p Korchaguin buscó en las primeras filas a Zharki. Los amigos pasaron largo rato en la habitación de Pável. Vania trabajaba de secretario de agitación y propaganda en uno de los comités comarcales del Partido.

p — ¿No sabes que me he casado? Pronto tendremos una hija o un hijo —le comunicó Zharki.

p — ¡Vaya, hombre! ¿Y quién es tu mujer? —preguntó asombrado Korchaguin.

p Zharki sacó del bolsillo interior de la chaqueta una fotografía y se la mostró a Pável.

p — ¿La conoces?

p En la foto estaban Vania y Anna Borjart.

p — ¿Y dónde está Dubava? —preguntó Pável, más asombrado aún.

p — Dubava está en Moscú. Después de su expulsión del Partido, salió de la Universidad Comunista, y ahora estudia en el Instituto Técnico Superior. Según rumores, le han vuelto a admitir. ¡En vano! Es un hombre envenenado. . . ¿Sabes dónde está Ignat? Ahora es el subdirector de unos astilleros. De los restantes sé poco. Hemos perdido el contacto. Trabajamos en diferentes confines del país, pero, sin embargo, ¡qué agradable es encontrarse y recordar lo viejo! —dijo Zharki.

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p En la habitación entró Dora, y_ con ella unas cuantas personas más. Un camarada de Tambov, hombre de gran estatura, cerró la puerta. Dora miró la Orden de Zharki y preguntó a Pável.

p — ¿Tu camarada es miembro del Partido? ¿Dónde trabaja?

p Sin comprender de qué se trataba, Korchaguin relató brevemente quién era Zharki.

p — Entonces, que se quede. Los camaradas acaban de llegar de Moscú. Nos contarán las últimas novedades del Partido. Hemos decidido celebrar en tu cuarto una especie de reunión cerrada —explicó Dora.

p A excepción de Pável y Zharki, casi todos los reunidos eran viejos bolcheviques. Bartashov, miembro de la Comisión de Control de Moscú, habló de la nueva oposición encabezada por Trotski, Zinóviev y Kámenev.

p — En un momento tan crítico, nuestra presencia en nuestros puestos es indispensable —terminó Bartashov—. Yo parto mañana.

p Unos tres días después de la reunión celebrada en el cuarto de Pável, el sanatorio quedó vacío antes de la fecha prevista. También Pável se marchó sin haber terminado su tratamiento.

p En el CC de la Juventud no le retuvieron mucho tiempo. Korchaguin fue nombrado secretario del Comité de la Juventud de una de las comarcas industriales, y, una semana más tarde, los activistas de la organización local escuchaban su primer discurso.

p Avanzado el otoño, el automóvil del Comité comarcal del Partido, en el que Pável y otros dos camaradas se dirigían a uno de los distritos alejados de la ciudad, se metió en una cuneta y dio la vuelta de campana.

p Todos resultaron heridos. Korchaguin se aplastó la rodilla en la pierna derecha. Unos días más tarde, fue llevado al Instituto Quirúrgico de Jarkov. La consulta de médicos, después de examinar la rodilla hinchada y de ver las radiografías, se manifestó por la operación inmediata.

p Korchaguin no objetó nada.

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p — Entonces, mañana por la mañana —dijo como conclusión el obeso profesor que encabezaba la consulta, y se levantó. Tras él, salieron los demás.

p Era una pequeña sala individual. En ella había una limpieza irreprochable y flotaba el olor específico a hospital, olvidado hacía tiempo por Pável. Korchaguin miró a su alrededor. Una mesita cubierta con tapete de nivea albura y un taburete blanco fue cuanto vieron sus ojos.

p Una enfermera le trajo la cena.

p Pável no quiso comer nada. Recostado en la cama, escribía unas cartas. El dolor en la pierna le dificultaba el pensar; no sentía apetito.

p Al terminar la cuarta carta, la puerta de la sala se abrió silenciosamente, y Korchaguin vio junto a su cama a una mujer joven con bata y gorrito blancos.

p En la penumbra vespertina percibió solamente sus cejas de fino trazo y sus grandes ojos, que parecían negros. En una mano sostenía una cartera y en la otra una hoja de papel y un lápiz.

p — Soy su médico —dijo—; hoy estoy de guardia. Ahora me ocuparé de su interrogatorio y, quiera o no, tendrá que contarme todo acerca de su persona.

p La mujer sonrió cordialmente. La sonrisa hizo el " interrogatorio" menos desagradable. Durante una hora entera Korchaguin habló no sólo de sí mismo, sino también de sus bisabuelos.

p En la sala de operaciones había varias personas cuya nariz estaba cubierta con gasas.

p El níquel de los instrumentos quirúrgicos despedía destellos; en el centro de la sala había una mesa estrecha y, debajo de ella, una enorme jofaina. Cuando Korchaguin se acostó en la mesa, el profesor estaba terminando de lavarse las manos. Detrás preparaban con premura la operación. Korchaguin volvió la cabeza. La enfermera ponía en orden los bisturíes y las pinzas. La doctora Bazhánova, le quitaba la venda de la pierna.

p — No mire allí, camarada Korchaguin, eso repercute desagradablemente en los nervios —le aconsejó la mujer en voz baja.

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p — ¿A qué nervios se refiere usted, doctor? —sonrió Korchaguin burlón.

p Unos minutos más tarde, una compacta mascarilla le tapaba el rostro. El profesor dijo:

p — No se inquiete, ahora le daremos el cloroformo. Respire profundamente por la nariz, y cuente.

p Pável respondió con voz ahogada y tranquila, bajo la mascarilla:

p — Está bien. Pido anticipadamente perdón por las posibles expresiones que no se presten a publicación.

p El profesor no pudo evitar una sonrisa.

p Siguieron las primeras gotas de cloroformo, y el olor asfixiante y repulsivo.

p Korchaguin aspiró profundamente y, tratando de pronunciar con claridad, comenzó a contar. Así inició Pável el primer acto de su tragedia.

p Artiom rompió el sobre casi por la mitad y emocionándose sin saber por qué, desdobló la carta. Sus ojos cayeron sobre las primeras líneas y corrieron por los renglones sin apartarse de ellos.

p "Artiom: Nos escribimos muy de tarde en tarde. ¡Una vez o, a lo sumo, dos al año! ¿Acaso el asunto consiste en la cantidad? Dices que te has marchado de Shepetovka, con la familia, al depósito de locomotoras de Kasatin, para arrancar las raíces. Comprendo que esas raíces son la atrasada psicología de pequeño propietario de Stesha, sus parientes y demás. Es muy difícil transformar a la gente del tipo de Stesha, incluso me temo que no puedas conseguirlo. Dices que "a la vejez, es difícil estudiar”, pero he de comunicarte, que no vas mal. No estás en lo justo cuando te niegas tercamente a pasar de la producción al trabajo de presidente del Soviet de la ciudad. ¿Has luchado por el Poder? Entonces, tómalo. Mañana mismo hazte cargo del Soviet y comienza el trabajo.

p Ahora, de mí. Me ocurre algo anormal. He comenzado a visitar con frecuencia los hospitales. Ya me han operado dos veces; he vertido mucha sangre y gastado no pocas fuerzas, pero hasta ahora nadie me ha dicho cuándo terminará todo esto.

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p Me he apartado del trabajo y he encontrado una nueva profesión, la de “enfermo”; soporto un montón de sufrimientos y, como resultado de todo ello, tengo paralizada la rodilla de la pierna derecha, varios costurones en el cuerpo y, por fin, el último descubrimiento médico: hace siete años recibí un golpe en la columna vertebral, y ahora me dicen que me puede costar caro. Estoy dispuesto a soportarlo todo, con tal de volver a filas.

p Para mí no existe en la vida nada más terrible que quedar fuera de combate. No puedo ni pensar en ello. He aquí por qué estoy dispuesto a todo, pero no existe mejoría, y las nubes se hacen cada vez más densas. Después de la primera operación, en cuanto comencé a andar, volví al trabajo, pero pronto me trajeron aquí de nuevo. Ahora he recibido una plaza en el sanatorio Mainak, en Eupatoria. Parto mañana. No te desanimes, Artiom, pues es difícil enterrarme. En mí, hay vida más que suficiente para tres. Aún trabajaremos, hermanito. Cuida tu salud, y no te cargues de golpe diez puds. Luego, al Partido le cuesta cara la reparación. Los años nos dan experiencia; el estudio, conocimientos; y todo ello no es para que holguemos en los hospitales. Te estrecha la mano.

p Pável Korchaguin".

p Mientras Artiom, frunciendo sus tupidas cejas, leía la carta de su hermano, Pável se despedía de Irina Bazhánova en el hospital. Al darle la mano, la mujer le preguntó:

p — ¿Se marcha mañana a Crimea? ¿Dónde va a pasar el día de hoy?

p Korchaguin respondió:

p — Ahora vendrá la camarada Ródkina. Hoy pasaré el día y la noche en casa de su familia, y mañana ella me acompañará a la estación.

p Bazhánova conocía a Dora, que visitaba con frecuencia a Pável.

p — ¿Recuerda, camarada Korchaguin, que una vez hablamos de que antes de partir debería ir a ver a mi padre? Le he contado, con todo detalle, cuál es su estado de salud. Quisiera que él }e reconociese. Esto se podría hacer hoy por la tarde.

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p Korchaguin accedió inmediatamente.

p Aquella misma tarde, Irina Vasílievna introdujo a Pável en el espacioso despacho de su padre.

p El célebre cirujano reconoció atentamente a Korchaguin, en presencia de su hija. Irina trajo de la clínica las radiografías y todos los análisis. Pável no pudo por menos de notar la súbita palidez que cubrió el rostro de Irina Vasílievna después de una extensa réplica de su padre, pronunciada en latín. Korchaguin miró la gran cabeza calva del profesor y trató de leer algo en sus ojos de aguda mirada, pero Bazhánov era impenetrable.

p Cuando Pável se vistió, Bazhánov despidióse de él amablemente, pues tenía que marchar a una reunión, y encargó a su hija que comunicara a Korchaguin su diagnóstico.

p En la habitación de Irina Vasílievna, amueblada con gusto refinado, Korchaguin se recostó en el diván, esperando que Bazhánova comenzara a hablar, pero ella no sabía cómo empezar, no sabía qué decir. Su padre le había comunicado que la medicina no contaba aún con medios capaces de detener la funesta labor del proceso de inflamación que se desarrollaba en el organismo de Korchaguin. El profesor se manifestó en contra de las intervenciones quirúrgicas. "A este joven le espera la tragedia de la inmovilidad, y nosotros somos impotentes para evitarla".

p Como doctora y amiga, Irina no creyó posible decirlo todo y, con frases cautelosas, transmitió a Korchaguin nada más que una pequeña parte de la verdad.

p — Estoy segura, camarada Korchaguin, de que los barros de Eupatoria provocarán un cambio, y en otoño podrá usted reintegrarse al trabajo.

p Al decir esto, se olvidó de que todo el tiempo la observaban dos ojos penetrantes.

p — Por sus palabras, mejor dicho, por todo lo que usted se calla, veo la gravedad de la situación. Recuerde que le pedí que me hablara siempre con franqueza. No hay por qué ocultarme nada, no me voy a desmayar ni intentaré degollarme. Pero siento enormes deseos de saber qué me espera en el futuro —dijo Pável.

p Bazhánova eludió la respuesta con una broma.

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p Así, pues, aquella tarde Pável no logró saber la verdad sobre su futuro. Cuando se despidieron, Bazhánova le dijo en voz baja:

p — No olvide mi amistad, camarada Korchaguin. En su vida toda situación es posible. Si necesita mi ayuda o consejo, escríbame. Haré todo lo que esté a mi alcance.

p Irina miró por la ventana y vio la alta figura con cazadora de cuero que, apoyándose pesadamente en el bastón, salía del portal y se dirigía a un coche de alquiler.

p De nuevo Eupatoria. Calor meridional. Gente vocinglera y bronceada, con gorritos bordados de oro. En diez minutos el automóvil llevó a los pasajeros al sanatorio Mainak, edificio de dos pisos, de piedra caliza gris.

p El médico de guardia distribuía por habitaciones a los recién llegados.

p — ¿Quién le envía, camarada? —preguntó a Korchaguin, deteniéndose frente a la habitación N° 11.

p — El Comité Central del Partido Comunista Bolchevique de Ucrania.

p — Entonces, le alojaremos aquí, con el camarada Ebner. Es alemán y ha rogado que le demos un vecino ruso —replicó el médico y llamó a la puerta. De la habitación respondieron en mal ruso:

p — Adelante.

p Al entrar en la habitación, Korchaguin dejó la maleta en el suelo y se volvió hacia un hombre rubio y de ojos azules, bellos, y muy vivos, que yacía en cama. El alemán le recibió con sonrisa cordial.

pGut Margen, Genossen —pero corrigiéndose, al tiempo que tendía a Pável su mano pálida ’de largos dedos, añadió—: Quise decir salud.

p Unos minutos más tarde, Korchaguin estaba sentado junto a su cama, y entre ellos se desarrollaba una animada conversación en esa "lengua internacional" donde las palabras desempeñan un papel auxiliar y la frase incomprendida la completan la imaginación, los ademanes, la mímica: en general, todos los medios del esperanto no escrito. Pável sabía ya que Ebner era un obrero alemán.

p En la insurrección de Hamburgo, en 1923, Ebner había recibido un balazo en la cadera, y ahora la vieja herida se había abierto y le tenía postrado en cama. A pesar de 433 sus sufrimientos; no había perdido el ánimo, y con ello se ganó inmediatamente el aprecio de PáveL

p Korchaguin no podía soñar con tener mejor vecino. Este no hablaría de sus enfermedades, Hesde por la mañana hasta por la noche, ni se lamentaría. Por el contrario, con él se olvidaría de sus propios sinsabores.

p "Únicamente es una lástima que yo no sepa ni una sola palabra de alemán”, pensó.

p En un rincón del jardín había varias mecedoras, una mesa de bambú y dos sillones con ruedas. Allí, después de las curas, pasaban todo el día cinco personas^ a las que los enfermos habían denominado "Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista".

p En los sillones permanecían recostados Ebner y Korchaguin, a quien habían prohibido andar. Los otros tres eran: el fornido estoniano Vaiman, funcionario del Comisariado del Pueblo de Comercio de una República; Marta Laurin, letona, mujer joven de ojos castaños, que parecía una muchacha de dieciocho abriles, y Ledenev, gigantón siberiano de sienes plateadas. En efecto, se habían reunido cinco nacionalidades diferentes: un alemán, un estoniano, una letona, un ruso y un ucraniano. Marta y Vaiman dominaban el alemán, y Ebner les utilizaba como intérpretes. A Pável y Ebner les hacía intimar la habitación común; en cuanto a Marta y Vaiman, les acercaba a Ebner el conocimiento de su idioma, y a Ledenev y Korchaguin les unía el ajedrez.

p Hasta que llegó Innokenti Pávlovich Ledenev, Korchaguin fue el campeón de ajedrez del sanatorio. Había arrebatado el título a Vaiman, después de una empeñada lucha por la supremacía. Vaiman fue vencido, cosa que desconcertó al flemático estoniano. Durante mucho tiempo no pudo perdonar a Korchaguin la derrota. Pero pronto en el sanatorio hizo su aparición un cincuentón alto, de aspecto extremadamente joven, y propuso a Korchaguin jugar una partida. Pável, sin sospechar el peligro, comenzó tranquilamente con un gambito de reina. Y Ledenev respondió debutando con los peones centrales. Como "campeón”, Pável tenía que jugar con cada ajedrecista recién llegado. Siempre se congregaban muchos mirones 434 para presenciar estas partidas. Ya desde la novena jugada, Korchaguin vio cómo le presionaban los peones de Ledenev, que avanzaban mesuradamente. Pável comprendió que tenía ante sí un adversario peligroso: en vano había adoptado una actitud tan despreocupada en la partida. Después de una contienda de tres horas, a pesar de todos los esfuerzos y de toda la tensión, Pável se vio obligado a entregarse. Vio que había perdido antes de que lo advirtieran los que les rodeaban. Miró a su contendiente. Ledenev le sonrió con bondad paternal. Estaba claro que también él veía la derrota de Korchaguin. El estoniano, emocionado y con el deseo manifiesto de que Korchaguin fuese derrotado, aún no se había dado cuenta de nada.

p — Siempre aguanto hasta el último peón —dijo Pável, y Ledenev asintió aprobador con un movimiento de cabeza, respondiendo así a la frase que sólo él había comprendido.

p En el transcurso de cinco días, Pável jugó con Innokenti Pávlovich diez partidas, de las que perdió siete, ganó dos e hizo tablas en una.

p Vaiman estaba entusiasmado.

p —¡Ay, gracias, camarada Ledenev! ¡Cómo le ha zurrado usted! ¡Buena falta le hacía! A nosotros, a los viejos ajedrecistas, nos ganó a todos, pero él mismo se ha estrellado contra un viejo. ¡Ja, ja, ja!...

p — ¿Qué, es desagradable perder? —preguntaba, para hacer rabiar a su vencedor vencido.

p Korchaguin perdió el título de campeón, pero, en vez de este honor de oropel, encontró en Innokenti Pávlovich un hombre que llegó a serle querido y entrañable. La derrota de Korchaguin no fue casual. Había dominado solamente la estrategia superficial del ajedrez, y el ajedrecista perdió frente al maestro que conocía todos los secretos del juego.

p Korchaguin y Ledenev tenían en su vida una fecha común: Pável nació el mismo año en que ingresó Ledenev en el Partido. Ambos eran típicos representantes de la joven y de la vieja guardia.de los bolcheviques. El uno tenía gran experiencia de la vida y la política, años de trabajo ilegal, de cárceles zaristas, y más tarde, de importante trabajo en los órganos del Estado; el otro poseía una juventud llena de fuego, y, en total, ocho años de lucha 435 capaces de consumir más de una vida. Y ambos, el viejo y el joven, tenían corazones ardientes y la salud quebrantada.

p Por las tardes, en la habitación de Ebner y Korchaguin, se reunían en tertulia. Allí salían a relucir todas las novedades políticas. Por las tardes, reinaba el bullicio en la habitación N° 11. Habitualmente, Vaiman trataba de contar algún cuento verde, a los que era muy aficionado, pero inmediatamente caía bajo el fuego cruzado de Marta y de Korchaguin. Marta sabía dejarle cortado con una burla fina y mordaz; cuando esto no surtía efecto, intervenía Korchaguin.

p — Vaiman, deberías preguntarnos, pues es posible que tu “agudeza” no sea en absoluto de nuestro agrado...

p — En general, no comprendo cómo cabe en ti ese.. —comenzaba en tono irritado Korchaguin.

p Vaiman entreabría sus labios gruesos, mientras sus ojos estrechos resbalaban burlones por los rostros de los demás.

p — Habrá que crear la inspección de moral, aneja a la Dirección General de Educación Política de las masas, y recomendar a Korchaguin como inspector-jefe. Comprendo a Marta, ella ejerce una oposición femenina profesional, pero Korchaguin quiere parecer un muchachito inocente, algo así como un bebé komsomol... Y, además, no me gusta cuando los cachorros quieren enseñar al perro viejo.

p Después de una de aquellas agitadas discusiones sobre la ética comunista, la cuestión de los cuentos verdes fue objeto de una discusión de principio. Marta tradujo a Ebner los diferentes puntos de vista.

p — Eso de contar cuentos eróticos no está muy bien; me solidarizo con Pavlusha —manifestó Adam.

p Vaiman tuvo que recoger velas. Como pudo se defendió con bromas, pero no volvió a contar más cuentos verdes.

p Korchaguin creía que Marta era del Komsomol. A simple vista le echó unos diecinueve años. Cuál no sería su asombro cuando, conversando con ella en una ocasión, se enteró de que era miembro del Partido desde el año 17, de que tenía treinta y un años y de que era uno de los trabajadores activos del Partido Comunista de Letonia. En el año 18, los blancos la habían condenado al fusilamiento, 436 pero ella y otros cantaradas fueron canjeados por el Gobierno soviético. Ahora trabajaba en Pravda y al mismo tiempo terminaba sus estudios en la escuela superior. Korchaguin no se dio cuenta de cómo empezó su amistad, pero la pequeña letona, que visitaba frecuentemente a Ebner, se hizo inseparable del “quinteto”.

p Eglit, un militante de los tiempos de la ilegalidad, también letón, bromeaba malicioso:

p — Mártochka, ¿qué va a hacer el pobre Ozol en Moscú? ¡No está bien!

p Por las mañanas, un minuto antes de que tocara el timbre en el sanatorio cantaba vocinglero un gallo. Ebner le imitaba maravillosamente. Todos los esfuerzos del personal por encontrar al gallo, que nadie sabía cómo se había metido en el sanatorio, no dieron el menor resultado. Esto causaba gran placer al alemán.

p A fines de mes, Korchaguin comenzó a sentirse mal. Los médicos le obligaron a guardar cama. Esto amargó mucho a Ebner. El alemán había tomado cariño a aquel joven bolchevique que nunca se desanimaba, siempre jovial, de energía tan pujante, y que tan prematuramente había perdido la salud. Cuando Marta le dijo que los médicos predecían a Korchaguin un futuro trágico, Adam se emocionó.

p Hasta que partió del sanatorio, a Korchaguin no le permitieron andar.

p Pável consiguió ocultar sus sufrimientos a cuantos le rodeaban. Marta era la única que los adivinaba, por la palidez de su rostro. Una semana antes del día señalado para la marcha, Pável recibió una carta del Comité Central del Partido Bolchevique de Ucrania en la que se le comunicaba que sus vacaciones habían sido prolongadas por dos meses y que, de acuerdo con el dictamen facultativo del sanatorio, era imposible que se reincorporase al trabajo, en sus condiciones de salud. Con la carta le fue enviado dinero.

p Pável encajó este primer golpe como en un tiempo encajara los de Zhujrái, cuando el marino le enseñaba boxeo: entonces también caía, pero se levantaba inmediatamente.

p Cuando menos lo esperaba, recibió carta de su madre. La vieja le escribía que, no lejos de Eupatoria, en una ciudad portuaria, vivía su vieja amiga Albina Kiutsam, a la que no veía desde hacía ya quince años, y le rogaba 437 encarecidamente que fuera a visitarla. Esta carta casual desempeñó un gran papel en la vida de Pável.

p Una semana más tarde, los amigos del sanatorio acompañaron cariñosamente a Pável al muelle. Al despedirse, Ebner abrazó y besó emocionado a Pável, como a un hermano. Marta había desaparecido, y Pável se marchó sin verla.

p A la mañana siguiente, el coche de caballos que había tomado Pável en el embarcadero se detuvo frente a una casita con pequeño jardín, y Korchaguin envió a su acompañante a preguntar si vivían allí los Kiutsam.

p La familia Kiutsam se componía de cinco personas: Albina Kiutsam, la madre, mujer gruesa, de edad madura, ojos negros, triste mirada y huellas de pasada belleza en su ajado rostro; sus dos hijas, Liolia y Taia; el hijito de Liolia, y el viejo Kiutsam, desagradable gordiflón, parecido a un cerdo.

p El viejo trabajaba en una cooperativa; la hija menor, Taia, de peón; la mayor, Liolia, que antes había sido mecanógrafa, se había separado recientemente del marido, borracho y golfo, y estaba sin trabajo. Pasábase el día en casa, ajetreada con su hijito y ayudando a la madre en los quehaceres domésticos.

p Además de las dos hijas, los Kiutsam tenían también un hijo, llamado George, pero éste se encontraba a la sazón en Leningrado.

p La familia Kiutsam recibió a Korchaguin con gran cordialidad. Tan sólo el viejo miró al recién llegado con ojos malévolos y recelosos.

p Pável relató pacientemente a Albina todo lo que sabía de la crónica familiar de los Korchaguin y, de paso, preguntó cómo vivían ellos.

p • Liolia tenía veintidós años. Era una joven sencilla, de pelo castaño, cortado, y rostro franco, que inmediatamente intimó con Pável y le inició en todos los secretos familiares. Por ella, Korchaguin supo que el viejo era un déspota grosero, que oprimía a su familia, matando toda iniciativa y la menor manifestación de voluntad. Limitado, corto de alcances y quisquilloso hasta ser mezquino, mantenía a los suyos en eterno terror, ganándose con ello la enemistad acérrima de los hijos y el profundo odio de su mujer, que llevaba veinticinco años luchando contra su 438 despotismo. Las hijas tomaban constantemente el partido de la madre, y estas continuas querellas familiares les envenenaban la existencia. Así pasaban los días, llenos de infinitos ultrajes, grandes y pequeños.

p El segundo monstruo de la familia era George. A juzgar por los relatos de Liolia, se trataba de un típico botarate, engreído y fanfarrón, aficionado a comer bien, a vestir con elegancia y a empinar el codo. Después de terminar el bachillerato, George, que era el favorito de la madre, pidió dinero a la vieja para marcharse a la capital.

p — Me voy a la Universidad. Que Liolia venda su anillo, y tú, tus cosas. Necesito dinero, y me importa un comino de dónde lo sacáis.

George sabía bien que la madre no podía negarle nada y se aprovechaba de ello de la manera más desvergonzada. Trataba a sus hermanas con desdén, dándose tono y considerándolas inferiores. Cuantos fondos se podían arrancar al viejo y el dinero ganado por Taia, la madre los enviaba al hijo, que, después de fracasar estrepitosamente en los exámenes, vivía alegremente en casa de un tío suyo, aterrorizando a la vieja con telegramas en los que pedía el envío de dinero.

p .

p A la hija menor, Taia, tan sólo pudo verla Korchaguin ya avanzada la noche. En el zaguán, la madre le comunicó en voz baja la llegada del visitante. Al saludar a Pável, le dio la mano con turbación y, ante aquel joven desconocido, enrojeció hasta las orejas. Pável no soltó inmediatamente sus dedos fuertes, en los que se percibían los callos.

p Taia tenía dieciocho años cumplidos. No era bella, pero sus grandes ojos castaños, las finas cejas, de trazo mongol, la hermosa línea de la nariz y los labios frescos y tenaces la hacían atractiva; los senos, jóvenes y firmes, sentíanse estrechos bajo la rayada blusa de trabajo que los aprisionaba.

p Ambas hermanas vivían en dos diminutas habitaciones. En la de Taia había una estrecha cama metálica, una cómoda con diferentes bagatelas y un pequeño espejo sobre ella, y en la pared unas treinta fotografías y postales. En el antepecho de la ventana descansaban dos macetas con geranios rojos y ásteres rosa pálido. El visillo de muselina estaba recogido con una cinta azul.

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p — A Taia no le gusta dejar entrar en su habitación a representantes del sexo masculino, y con usted, como ve, se hace una excepción —dijo Liolia, bromeando con su hermana.

p Al día siguiente, por la tarde, la familia bebía té en la habitación de los viejos. Taia se encontraba en su cuartito y desde allí prestaba oído a la conversación. El viejo Kiutsam, mientras removía pensativo el azúcar en el vaso, miraba malévolo, por encima de los lentes, al visitante, qué estaba sentado frente a él.

p — Condeno las leyes familiares actuales —decía—. Se casan cuando quieren y se descasan cuando les viene en gana. Libertad completa.

p El viejo se atragantó y tosió. Cuando recobró el aliento, señaló a Liolia.

p — Esta se juntó con un chulo, sin preguntar, y sin preguntar se separó. Y ahora, tenga a bien alegrarse y dé usted de comer a ella y a un niño de un cualquiera. ¡Qué escándalo!

p Liolia se sonrojó dolorida y ocultó a Pável sus ojos anegados en lágrimas.

p — ¿Y qué opina usted?, ¿que debería vivir con ese parásito? —preguntó Pável, sin apartar del viejo su centelleante y furiosa mirada.

p — Debía haberse fijado con quién se casaba.

p Albina terció en el diálogo. Conteniendo a duras penas su indignación, dijo con entrecortada voz:

p — Escucha, viejo, ¿para qué sacas a relucir estas conversaciones delante de una persona extraña? Se puede hablar de cualquier otra cosa, y no de eso.

p El viejo volvióse bruscamente hacia ella.

p — ¡Yo sé lo que me digo! ¿De cuándo acá os permitís hacerme indicaciones?

p Por la noche, Pável estuvo largo rato pensando en la familia Kiutsam. Llevado allí por el azar, se había convertido involuntariamente en participante de un drama de familia. Pensaba en cómo ayudar a la madre y a las hijas a liberarse de aquella esclavitud. Pero su propia vida iba perdiendo impulso, él mismo tenía problemas aún no resueltos, y le era más difícil que nunca emprender acciones decisivas.

p No había más que una salida: escindir la familia; que 440 la madre y las hijas se separaran para siempre del viejo. Pero eso no era tan sencillo. Pável no estaba en situación de ocuparse de esta revolución familiar, dentro de unos días tenia que marchar y quizás no volvería a ver a aquellas gentes. ¿No sería mejor dejar que todo siguiese por su cauce y no levantar el polvo en aquella casita baja y estrecha? Pero la imagen repugnante del viejo no le dejaba tranquilo. Pável ideó varios planes, pero todos ellos parecían irrealizables.

p El día siguiente fue domingo; y cuando Korchaguin regresó de la ciudad, encontró a Taia sola en la casa. Los demás habían ido a visitar a unos parientes.

p Pável entró en la habitación de la muchacha y, cansado, tomó asiento en una silla.

p — ¿Por qué no vas a pasear, a divertirte un poco? —le preguntó.

p — No tengo ganas de ir a ninguna parte —respondió quedamente la muchacha.

p Korchaguin recordó sus planes nocturnos y decidió ponerlos a prueba.

p Apresurándose, para que nadie les estorbara, comenzó sin rodeos:

p — Oye, Taia, vamos a tutearnos, ¿qué necesidad tenemos de andar con estas ceremonias chinas? Pronto me iré. Nos hemos encontrado en mala hora, cuando yo mismo estoy metido en un atolladero; de lo contrario, la cosa tomaría otro giro. De haber sido hace un año, nos habríamos marchado de aquí todos juntos. ¡Para manos como las tuyas y las de Liolia se habría encontrado trabajo! ¡Hay que romper con el viejo, a ése no hay quien le convenza! Pero ahora no es posible hacerlo. Yo mismo no sé lo que va a ser de mí; he aquí por qué, digámoslo así, estoy desarmado. ¿Qué hacer ahora? Voy a tratar de volver al trabajo. El diablo sabe lo que los médicos habrán escrito allí de mí, y los camaradas me obligan a curarme eternamente. Pero esto lo haremos cambiar. . . Escribiré a mi madre y veremos cómo poner fin a este lío. Sin embargo, así no voy a abandonaros. Pero, mira, Taiusha, vuestra vida, y en particular la tuya, habrá que cambiarla de raíz. ¿Tienes para ello fuerzas y deseo?

p Taia levantó la cabeza y respondió en voz baja:

p — Deseos tengo; fuerzas, no sé.

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p Esta falta de firmeza en la respuesta era comprensible para Korchaguin.

p •— ¡No te preocupes, Taiusha! Eso lo arreglaremos, con tal de que tengas deseo de ello. Y dime, ¿tienes mucho apego a la familia? Taia, cogida por sorpresa, no respondió en seguida.

p — Me da mucha pena de mi madre —dijo por fin—. Mi padre la ha torturado toda la vida; ahora George le saca hasta el último kopek, y me da mucha pena. .., aunque no me quiere tanto como a George...

p Aquel día hablaron mucho, y poco antes de que llegaran los demás, Pável le dijo en broma:

p — Es asombroso que el carácter del viejo no te haya impulsado a casarte con cualquiera.

p Taia agitó asustada las manos:

p — ¡No me casaré! He tenido bastante con ver cómo le ha salido a Liolia. ¡No me casaré por nada del mundo!

p Pável sonrió.

p — Es decir, ¿juramento por toda la vida? ¿Y si te hace la corte un muchacho templado, en una palabra, un buen chico, entonces que?

p — ¡No me casaré! Todos son buenos mientras rondan las ventanas.

p Pável, conciliador, le puso la mano en el hombro.

p — Bueno. Sin marido también se puede vivir bien. Sólo que tú eres muy arisca con ios muchachos. Menos mal que no sospechas en mí intenciones matrimoniales. De lo contrario, ¡pobre de mí! —y, amistosamente, pasó por la mano de la turbada muchacha sus fríos dedos.

p — Los hombres como tú se buscan otras mujeres. ¿Qué falta les hacemos nosotras? —repuso Taia en voz baja.

p Unos días más tarde, el tren se llevaba a Korchaguin a Jarkov. Taia, Liolia, Albina y su hermana Rosa le acompañaron a la estación. Al despedirse, Albina le exigió palabra de que no olvidaría a las jóvenes y las ayudaría a salir del hoyo. Se despidieron de él como de uno de la familia, y Taia lo hizo con lágrimas en los ojos. Por la ventanilla, vio Pável durante largo rato el pañuelo blanco en las manos de Liolia y la blusa rayada de Taia.

p En Jarkov se detuvo en casa de su amigo Petia 442 Novikov, pues no deseaba molestar a Dora. Descansó y fue al Comité Central. Esperó a Akim y, cuando quedaron solos, le pidió que le enviara inmediatamente a trabajar. Akim movió negativamente la cabeza.

p — ¡No se puede hacer eso, Pável! En nuestro poder obra una orden de la comisión médica y del Comité Central del Partido, en la que se dice: "En vista de su grave estado de salud, enviarle al Instituto Neuropatológico para su curación, no permitiéndole que se reintegre al trabajo".

p — ¿Qué importa lo que ellos hayan escrito, Akim? Te ruego que me des la posibilidad de trabajar. Este deambular por las clínicas es inútil.

p Akim se negó.

p — No podemos infringir las decisiones. Comprendes, Pavlusha, que se hace por tu bien.

p Pero Korchaguin insistió con tanto ardor, que Akim no pudo resistir y acabó por acceder.

p Al día siguiente, Korchaguin ya trabajaba en la sección secreta del secretariado del Comité Central. Había pensado que bastaría con ponerse a trabajar, para que le volvieran las fuerzas perdidas. Pero desde el primer día vio que se equivocaba. Se pasaba ocho horas seguidas en su sección sin probar bocado, pues bajar desde el tercer piso a desayunar y comer, en el comedor vecino, resultó ser superior a sus fuerzas: se le entumecían ya el brazo, ya la pierna. A veces, todo su cuerpo perdía la facultad de movimiento y tenía fiebre. Cuando había que ir al trabajo, se encontraba, de pronto, sin fuerzas para levantarse de la cama. Mientras le pasaba esto, convencíase, desesperado, de que llegaba con una hora de retraso. Al fin y a la postre le llamaron ia atención por llegar tarde y comprendió que aquello era el comienzo de lo más terrible en su vida: la salida de filas.

p Akim le ayudó dos veces más, pasándole a otros trabajos, pero sucedió lo inevitable: al segundo mes, Pável cayó en cama. Entonces recordó las palabras de despedida de Bazhánova y le escribió una carta. La mujer acudió aquel mismo día, y de ella supo lo fundamental: que no era obligatorio que permaneciera en una clínica.

p — Quiere decir que todo marcha tan bien, que ni siquiera vale la pena de curarme —dijo Pável, tratando de bromear, pero sin conseguirlo.

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p Apenas recuperó parcialmente las fuerzas, presentóse de nuevo en el Comité Central. Esta vez Akim fue inexorable. A su proposición categórica de ingresar en la clínica, Korchaguin respondió sordamente:

p — No iré a ninguna parte. Es inútil. Lo sé de fuente autorizada. Me queda una salida: recibir la pensión y retirarme. Pero no será así. No podéis apartarme del trabajo. Tengo, en total, veinticuatro años y no puedo terminar mis días con el carnet de inválido del trabajo, yendo de hospital en hospital, cuando ya sé que es en vano. Debéis darme un trabajo en concordancia con mi estado físico. Puedo trabajar en casa o vivir en alguna de las instituciones. .., sólo que no como oficinista de los que ponen el número de salida en los documentos. El trabajo debe producirme cierta satisfacción para que no me sienta al margen de la vida.

p La voz de Pável resonaba cada vez más emocionada y fuerte.

p Akim comprendía qué sentimientos impulsaban al muchacho, aún hacía poco lleno de fuego. Comprendía la tragedia de Pável. Sabía que para Korchaguin, que había dado su corta vida al Partido, el apartarse de la lucha y pasar a la profunda retaguardia era horroroso, y decidió hacer todo cuanto estuviese a su alcance.

p — Está bien, Pável, no te alteres. Mañana tenemos reunión del secretariado. Plantearé tu problema. Te doy palabra de que haré todo lo que pueda.

p Korchaguin se levantó con dificultad y le dio la mano.

p — ¿Acaso puedes pensar, Akim, que la vida me arrinconará y me aplastará? Mientras lata aquí mi corazón —con fuerza llevó a su pecho la mano de Akim, y éste sintió distintamente los latidos sordos y rápidos— no se me podrá apartar del Partido. Sólo la muerte me arrancará de las filas. Recuérdalo, hermanito.

p Akim guardó silencio. Sabía que lo dicho no era una frase brillante, sino el grito de un combatiente herido de gravedad. Comprendía que un hombre como Korchaguin no podía hablar ni sentir de otra manera.

p Dos días más tarde, Akim comunicó a Pável que se le daba la posibilidad de un trabajo responsable en la redacción del órgano central, pero que para ello era necesario comprobar si se le podía utilizar en el frente literario. 444 En la redacción recibieron a Pável muy afablemente. La subdirector a, vieja militante de los tiempos de la ilegalidad y miembro del Presidium de la Comisión Central de Control de Ucrania, le hizo varias preguntas.

p — ¿Cuál es su instrucción, camarada?

p — Tres años de escuela primaria.

p — ¿Ha estado usted en las escuelas políticas del Partido?

p — No.

p — No importa; a veces, sin esto salen también buenos periodistas. El camarada Akim nos ha hablado de usted. Podemos darle trabajo, no para que venga obligatoriamente aquí, sino para que lo haga en casa, y en general, crearle condiciones adecuadas. Pero este trabajo requiere amplios conocimientos. En particular, en la esfera de la literatura y de la lengua.

p Todo aquello auguraba a Pável la derrota. En la media hora de conversación púsose de manifiesto su falta de conocimientos; y en el artículo, escrito por él, la mujer subrayó con lápiz rojo más dejreinta faltas de estilo y no pocas ortográficas.

p — ¡Camarada Korchaguin! Tiene usted grandes condiciones. Si se preocupa de profundizar sus conocimientos, en el futuro podrá convertirse en un trabajador literario, pero ahora escribe usted mal. Por su artículo se ve que no conoce la lengua rusa. No es extraño, no ha tenido tiempo para estudiar. Pero, sintiéndolo mucho, no podemos utilizarle. Le repito de nuevo que tiene usfed grandes condiciones. Si se corrigiese su artículo, sin cambiarle de contenido, sería magnífico. Pero nosotros necesitamos, precisamente, personas que sepan corregir los artículos de otros.

p Korchaguin se levantó, apoyándose en el bastón. Un temblor convulsivo estremecía su ceja derecha.

p — ¡Qué le vamos a hacer!, tiene usted razón. ¿Qué literato puede salir de mí? He sido un buen fogonero, un mecánico no malo. Montaba bien a caballo, sabía agitar a los komsomoles; pero en el frente de ustedes, no soy un combatiente.

p Despidióse y salió.

p En el recodo del pasillo estuvo a punto de caerse. Le sostuvo una mujer que llevaba una cartera.

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p — ¿Qué le pasa, camarada? ¡Está usted pálido como un muerto!

p Korchaguin tardó unos segundos en recobrarse. Después, apartó suavemente a la mujer y siguió andando, apoyándose en el bastón.

p A partir de aquel día, la vida de Korchaguin se deslizó cuesta abajo. De trabajar en algo no se podía ni hablar. Cada vez con mayor frecuencia se pasaba el día en la cama. El Comité Central le eximió del trabajo y pidió a la Dirección General de Seguros Sociales que le designara una pensión. Esta le fue dada junto con el carnet de inválido del trabajo. El Comité Central le entregó dinero y sus fichas, con el derecho a marchar donde quisiera. Recibió una carta de Marta. Esta le llamaba para que fuera a verla y reposara en su casa. De todas formas, Pável se disponía a ir a Moscú, con la esperanza vaga de tener más suerte en el Comité Central de la Unión, es decir, con la esperanza de encontrar un trabajo sedentario. Pero en Moscú también le propusieron que se curase y prometiéronle una plaza en un buen hospital. Pável lo rechazó.

p Sin que se diera cuenta, pasaron volando los diez y nueve días vividos en casa de Marta y de su amiga Nadia Péterson. Pável se quedaba solo todo el día. Marta y Nadia se marchaban por la mañana y volvían por la noche. Pável leía con verdadera ansia —Marta tenía muchos libros—, y por las tardes venían amigas y amigos.

p Llegaban cartas de la ciudad portuaria. La familia Kiutsam le llamaba. La vida apretaba su nudo. Allí esperaban su ayuda.

Una buena mañana, Korchaguin desapareció del apacible pisito de la travesía Gusiátnikov. El tren le llevaba raudo al Sur, hacia el mar, alejándole del otoño húmedo y lluvioso, hacia las cálidas orillas meridionales de Crimea. Korchaguin, fruncido apretadamente el ceño, observaba la veloz carrera de los postes tras la ventanilla, y en lo más profundo de sus oscuros ojos se ocultaba la obstinación.

* * *
 

Notes