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Capítulo noveno
 

p En Moscú vivieron varios días en el local del archivo de una institución, cuyo jefe ayudó a Korchaguin a ingresar en una clínica especial.

p Tan sólo en estos momentos comprendió Pável que ser firme, cuando poseía un cuerpo fuerte y juventud, había sido bastante fácil y sencillo, pero mantenerse ahora, cuando la vida le apretaba con un dogal de hierro, era una cuestión de honor.

p Había transcurrido año y medio desde los días pasados por Korchaguin en el local del archivo. Dieciocho meses de indescriptibles sufrimientos.

p En la clínica, el profesor Averbaj dijo a Pável sin rodeos que era imposible devolverle la vista. En un futuro impreciso, cuando cesara la inflamación, la cirugía probaría a operarle las pupilas. Para terminar con la inflamación, le propusieron medidas de tipo quirúrgico.

p Pidieron su consentimiento, y Pável accedió a que los médicos hicieron con él lo que estimasen necesario.

p En las horas pasadas en las mesas de operaciones, cuando los bisturíes desgarraban su cuello, amputándole la tiroides, la muerte le rozó tres veces con sus alas negras. Pero la vida se aferraba con fuerza a Korchaguin. Después de las terribles horas de espera, Taia encontraba a su amigo pálido como un muerto, pero vivo y, como siempre, tranquilo y cariñoso.

p — No te preocupes, nena, no es tan fácil matarme, aún viviré y armaré jaleo, aunque no sea más que por llevar la contraria a los cálculos aritméticos de los científicos Esculapios. Tienen completa razón en cuanto a mi salud, pero se equivocan de medio a medio al escribir un documento sobre mi inutilidad total para el trabajo. Eso aún lo veremos.

p Pável había escogido firmemente el camino por el que había resuelto volver a las filas de los constructores de la nueva vida.

p Terminó el invierno, la primavera abrió las ventanas, y, Korchaguin, desangrado y habiendo salido con 465 vida de la última operación, comprendió que no podía continuar en el hospital. Vivir tantos meses rodeado de sufrimientos humanos, entre los lamentos y plañideros gritos de la gente condenada a morir, era incomparablemente más difícil que soportar sus propios dolores.

p A la propuesta de hacerse una nueva operación, respondió fría y bruscamente:

p — ¡Punto final! ¡Basta! He dado a la ciencia parte de mi sangre, lo que ha quedado lo necesito para otra cosa.

p Aquel mismo día Pável escribió una carta al CG, pidiendo se le ayudara a quedarse en Moscú, donde trabajaba, su compañera, ya que era inútil continuar yendo de un lado para otro. Era la primera vez que se dirigía al Partido pidiendo ayuda. En respuesta a la carta, el Soviet de Moscú le dio una habitación. Y Pável abandonó el hospital con el único deseo de no volver a él jamás.

p La modesta habitación, en una apacible travesía de la calle Kropótkinskaya, le pareció la cima del lujo. Y frecuentemente, al despertarse por la noche, no creía que el hospital fuera cosa del pasado.

p Taia era ya miembro del Partido. Persistente en el trabajo, a pesar de toda la tragedia de su vida personal, no quedaba a la zaga de las obreras de choque, y el colectivo distinguió a esta obrera poco locuaz con su confianza: fue elegida miembro del Comité Sindical de la fábrica. El orgullo por la compañera que se iba convirtiendo en una bolchevique aliviaba la dura situación de Pável.

p Le visitó Bazhánova, que había venido en comisión de servicio. Charlaron largo rato. Pável hablaba con animación del camino por el que había decidido volver, en un futuro próximo, a las filas de los combatientes.

p Bazhánova vio hebras de plata en las sienes de Korchaguin, y dijo en voz baja:

p — Veo que ha sufrido mucho. Pero, sin embargo, no ha perdido el entusiasmo. ¿Qué más hace falta? Está bien que haya decidido usted comenzar un trabajo para el que se ha preparado durante cinco años. ¿Pero cómo va a trabajar usted?

p Pável sonrió tranquilamente:

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p — Mañana me traerán una especie de falsilla de cartón. Sin ella no puedo escribir. Unas líneas se montan sobre las otras. He estado buscando la solución por largo tiempo y he hallado que las tirillas de cartón no dejan que mi lápiz se salga del marco de la línea recta. Escribir sin ver lo escrito es difícil, pero no imposible. Me he convencido de ello. Durante mucho tiempo no me salía nada, pero ahora he comenzado a escribir con mayor lentitud, trazando cuidadosamente cada letra, y resulta bastante bien.

p Pável comenzó a trabajar.

p Pensaba escribir una novela dedicada a la heroica división de Kotovski. El título salió de por sí:

p Engendrados por la tempestad.

p Desde aquel día, toda su vida se dedicó a la creación del libro. Lentamente, línea tras línea, iban naciendo las páginas. Pável se olvidaba de todo, aprisionado por las imágenes, y por vez primera sufría las torturas de la creación cuando no conseguía transmitir al papel los cuadros brillantes e inolvidables, sentidos tan nítidamente, y las líneas resultaban pálidas, sin fuego ni pasión.

p Todo lo que escribía debía recordarlo palabra por palabra. La pérdida del hilo frenaba el trabajo. La madre miraba con temor la ocupación del hijo.

p En el proceso del trabajo, tenía que leer de memoria páginas enteras, a veces incluso capítulos, y en ocasiones, a la madre le parecía que el hijo se había viíelto loco. Mientras escribía no se decidía a acercarse a él, y sólo al recoger las hojas que resbalaban al suelo, decía tímidamente:

p — Deberías ocuparte de cualquier otra cosa, Pavlusha. ¿Pues dónde se ha visto esto de escribir sin fin?...

p El se reía, con toda su alma, de las inquietudes de la vieja y le aseguraba que aún no había "perdido los tornillos" del todo.

p Tres capítulos del libro ideado habían sido ya concluidos. Pável los envió a Odesa, a los viejos combatientes de la división de Kotovski, para que le comunicaran su parecer, y pronto recibió de ellos una carta encomiando la obra, pero el manuscrito perdióse en correos, en el 467 camino de vuelta. El trabajo de seis meses había desaparecido. Esto fue para Pável un golpe terrible. Se lamentó amargamente de haber enviado el único ejemplar que tenía sin haberse quedado con una copia. Contó a Ledenev su pérdida.

p — ¿Por qué has obrado con tan poca cautela? Tranquilízate, ahora ya no lo vas a arreglar regañando. Comienza de nuevo.

p — ¡Pero, Innokenti Pávlovich! Ha sido robado el trabajo de seis meses. ¡Esto equivale a ocho horas de tensión cada día! ¡Ahí es donde están metidos los parásitos, malditos sean tres veces!

p Ledenev trataba de calmarle.

p Hubo que comenzarlo todo de nuevo. Ledenev conseguía papel, ayudaba a pasar a máquina lo escrito. Al cabo de mes y medio renació el primer capítulo.

p En el mismo piso de Korchaguin vivía la familia de los Alexéiev. El hijo mayor, Alexandr, trabajaba de secretario en uno de los comités de radio de la Juventud. Tenía una hermana de dieciocho años, llamada Galia, que había terminado sus estudios en una escuela fabril. Galia era una muchacha llena de vida y alegría. Pável encargó a su madre que hablara con ella, para ver si accedía a ayudarle como “secretaria”. Galia aceptó de muy buena gana. Llegó sonriente y cordial y, al saber que Pável estaba escribiendo una novela, dijo:

p — Le ayudaré con mucho gusto, camarada Korchaguin. Esto no será como escribir aburridas circulares para mi padre sobre el mantenimiento de la limpieza en las habitaciones.

p A partir de aquel día, los trabajos literarios avanzaron con velocidad duplicada. En un mes hicieron tanto, que Pável llegó a asombrarse. Galia, con su vivísima participación y su simpatía, le ayudaba en el trabajo. El lápiz corría por el papel, con leve susurro, y, lo que le gustaba más, lo volvía a leer varias veces, alegrándose sinceramente del éxito. En la casa era casi la única persona que tenía fe en el trabajo de Pável; a los demás parecíales que no saldría nada, y que él no hacía más que tratar de llenar con algo su inactividad forzosa.

p Ledenev regresó a Moscú de un viaje en comisión de servicio, y, después de leer los primeros capítulos, dijo:

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p — Continúa, amigo. La victoria es nuestra. Aún tendrás grandes alegrías, camarada Pável. Creo firmemente que tu sueño de volver a filas se realizará pronto. No pierdas la esperanza, hijito.

p El viejo se marchaba satisfecho: siempre encontraba a Pável rebosante de energías.

p Venía Galia, su lápiz se deslizaba susurrante sobre el papel y crecían las hileras de palabras sobre el pasado inolvidable. En los momentos en que Pável, sumido en sus pensamientos, caía bajo el poder de los recuerdos, Galia observaba el temblar de sus pestañas y el mutable brillo de sus ojos, reflejando el cambio de sus pensamientos, y en aquellos instantes no podía creer que estuviese ciego, pues en sus pupilas límpidas, sin una sola manchita, palpitaba la vida.

p Cuando terminaban el trabajo, la muchacha leía lo escrito durante el día y observaba cómo Korchaguin fruncía el ceño, escuchando atentamente.

p — ¿Por qué frunce el ceño, camarada Korchaguin? ¡Si está bien escrito!

p — No, Galia, está mal.

p Después de las páginas poco felices comenzaba a escribir él mismo. Encadenado en la estrecha franja de la falsilla, a veces no aguantaba, y dejaba de escribir. Y entonces, en una furia infinita contra la vida que le había quitado la vista, rompía los lápices, y en sus labios, mordidos, aparecían unas gotitas de sangre.

p Hacia el final del trabajo, comenzaron, con más frecuencia que de costumbre, a escapar de las tenazas de la voluntad vigilante los sentimientos prohibidos. Estaba prohibida la tristeza, como asimismo toda una cadena de sencillos sentimientos humanos, ardientes y tiernos, que tenían derecho a la vida casi en cada hombre, pero no en él. De entregarse, aunque no fuera más que a uno de ellos, todo habría terminado en una tragedia.

p Taia regresaba de la fábrica avanzada la noche y, luego de intercambiar a media voz unas palabras con María Yákovlevna, se acostaba.

p Fue escrito el último capítulo. Durante unos días, Galia leyó a Korchaguin la novela.

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p Al día siguiente, el manuscrito sería enviado a Leningrado, a la sección de propaganda y cultura del Comité regional. Si allí daban al libro "billete para la vida”, lo entregarían a la editorial, y entonces...

p Su corazón latía con inquietud. Entonces... sería el comienzo de una nueva vida, lograda con años de trabajo intenso y tenaz.

p La suerte del libro decidía la de Pável. Si era derrotado, marcaría su postrer crepúsculo. Pero si el fracaso fuera sólo parcial, si fuese posible remediarlo con más estudio, comenzaría inmediatamente una nueva ofensiva.

p La madre llevó a correos el pesado paquete. Llegaron días de tensa expectación. Jamás en su vida había Korchaguin esperado cartas con una impaciencia tan torturante como entonces. Vivía contando los minutos entre el correo de la mañana y el de la tarde. Leningrado callaba.

p El silencio de la editorial se hizo amenazante. Con cada día el presentimiento de derrota se iba fortaleciendo, y Korchaguin se confesaba que si desechaban sin reservas el libro, aquello sería su muerte. Entonces no podría continuar viviendo. No tendría ya sentido.

p En aquellos momentos recordaba el parque de las afueras, junto al mar, y una y otra vez se preguntaba:

p "¿Lo hiciste todo para salir del anillo de hierro, para volver a filas, para hacer útil tu vida?"

p Y respondía:

p "¡Sí, me parece que todo!"

p Muchos días después, cuando la espera ya se había hecho insoportable, la madre, emocionándose no menos que el hijo, gritó al entrar en la habitación:

p — ¡ ¡ ¡Correo de Leningrado! ! !

p Era un telegrama del Comité regional. En el papel había unas breves palabras: "Novela calurosamente aprobada. Se pasó a publicación. Le felicitamos por la victoria".

p Su corazón latía presuroso. He aquí que el sueño dorado habíase convertido en realidad. Había sido roto el anillo de hierro y otra vez, con un arma nueva, volvía a filas y a la vida.

1930-1934

* * *
 

Notes