p Junto a la entrada de la sala de conciertos del hotel había dos hombres. Uno de ellos, alto y con lentes, llevaba en la manga un brazalete rojo con la inscripción “comandante”.
p — ¿Es aquí la reunión de la delegación ucraniana? —preguntó Rita.
p El hombre alto respondió oficialmente:
p — ¡Sí! ¿Qué desea?
p — Permítame pasar.
p El hombre alto cubría a medias la entrada Miró a Rita y dijo:
p — ¿Su credencial? Sólo se permite la entrada a los delegados provistos de credenciales con derecho a voz y voto y con derecho a voz.
408p Rita sacó del bolso un carnet impreso con letras doradas. El alto leyó: "Miembro del Comité Central”. El tono oficial del hombre desapareció como si se lo hubiese llevado el viento y, repentinamente, se hizo amable y afectuoso:
p — Tenga la bondad, pase usted, allí a la izquierda hay asientos libres.
p Rita pasó por entre las filas de sillas y, al ver un sitio vacío, se sentó.
p Por lo visto, la reunión de delegados tocaba ya a su fin. Rita prestó atención al discurso del presidente. Su voz le pareció conocida.
— Bueno, camaradas, los representantes de las delegaciones a la Convención del Congreso de toda Rusia [408•* y al Consejo de las delegaciones han sido elegidos. Hasta el comienzo quedan dos horas. Permitidme comprobar otra vez la relación de delegados que han llegado al Congreso.
p ,
p Rita reconoció a Akim en el que leía rápidamente la relación de apellidos.
p En respuesta, se levantaban manos con credenciales rojas o blancas.
p Rita escuchaba con enorme atención.
p Sonó un apellido conocido:
p — Pankrátov.
p Rita miró hacia la mano levantada, pero entre las filas de la gente sentada no pudo distinguir el rostro conocido del cargador. Corrían los nombres, y entre ellos volvió a oír uno conocido: “Okunev”, al que siguió otro: “Zharki”.
p Rita vio a Zharki. Estaba sentado cerca, medio vuelto hacia ella. Vio su perfil olvidado... Sí, era él. Hacía varios años que no le había visto.
p Seguía la rápida enumeración de apellidos y uno de ellos hizo estremecerse a Rita.
p — Korchaguin.
p Lejos, delante, se levantó y bajó una mano, y, cosa extraña, Rita Ustinóvich sintió deseos imperiosos de ver 409 al que llevaba el mismo apellido que su difunto amigo. No apartaba sus ojos del lugar en donde se había levantado la mano, pero todas las cabezas parecían iguales. Rita se levantó y por el pasillo, arrimada a la pared, dirigióse hacia las filas delanteras. Akim se calló. Se arrastraron con estrépito las sillas; los delegados comenzaron a conversar en voz alta; sonaron risas juveniles, y Akim, tratando de dominar con su voz el ruido de la sala gritó:
p — ¡No lleguéis tarde!... ¡En el Gran Teatro... a las siete!...
p La gente se aglomeró en la puerta, y Rita comprendió
p 3ue en aquel torrente humano no encontraría a ninguno e los camaradas que acababa de oír nombrar. Lo que debía hacer era no perder de vista a Akim; por él, podría encontrar a los demás. Se dirigió hacia Akim, dejando pasar al último grupo de delegados.
p — ¡Ea, Korchaguin, vamonos, viejo! —oyó decir a su espalda.
p Y una voz, tan conocida y memorable, respondió:
p — Vamos.
p Rita volvió rápidamente la cabeza. Ante ella se encontraba un joven alto y moreno, vestido con guerrera caqui, ceñida por un estrecho cinturón caucasiano, y pantalones azules de montar.
p Rita le miró con ojos dilatados por el asombro, y cuando unos brazos la enlazaron cariñosamente y una voz temblorosa le dijo muy quedo: “Rita”, comprendió que era Pável Korchaguin.
p — ¿Estás vivo?
p Estas palabras dijeron todo a Pável, Rita no sabía que la noticia de su muerte había sido falsa.
p El salón había quedado vacío; por la ventana abierta penetraba el ruido de la calle Tverskaya, de aquella poderosa arteria de la ciudad. El reloj dio sonoramente las seis, y a ambos les pareció haberse encontrado hacía tan sólo unos minutos. Pero el reloj llamaba al Gran Teatro. Cuando bajaban por la escalinata hacia la salida, Rita miró de nuevo a Pável. Ahora, el joven le llevaba media cabeza. Era el mismo de antes, sólo que más varonil y reposado.
p — ¿Ves?, ni siquiera te he preguntado dónde trabajas.
p — Soy el secretario de un Comité comarcal de la 410 Juventud o, como dice Dubava, "un burócrata" —y Pável sonrió.
p — ¿Le has visto?
p — Sí, le he visto, y el encuentro con él me ha dejado un recuerdo desagradable.
p Salieron a la calle. Por todas partes, el sonido de las bocinas de los automóviles que pasaban raudos, el movimiento y el bullicio de la multitud. Fueron hasta el Gran Teatro casi sin hablar, pensando ambos en lo mismo. Y el teatro era asediado por un mar humano, turbulento, acosador. Fluía hacia la mole pétrea del teatro, trataba de irrumpir en las deseadas puertas, protegidas por soldados rojos, pero los inexorables centinelas dejaban entrar únicamente a los delegados, y éstos pasaban por entre la cadena de contención, mostrando orgullosos sus credenciales.
p El mar que rodeaba el teatro era komsomol. Lo constituían militantes de la Juventud que no habían podido conseguir invitaciones y deseaban, costara lo que costase, asistir a la apertura del Congreso. Los avispados komsomoles se colaban en medio de los grupos de delegados y también mostraban un papel rojo, que debía representar la credencial, logrando, a veces, llegar hasta la propia puerta. Algunos hasta conseguían meterse dentro. Pero allí daban de manos a boca con el miembro del GC que estaba de guardia o con el comandante, quienes enviaban a los invitados a los anfiteatros, a los delegados al patio de butacas y, con gran placer para el resto de los "sin billete”, hacían salir a los que se habían colado.
p El teatro no podía alojar ni la vigésima parte de los que deseaban asistir.
p Rita y Pável se abrieron paso hasta la puerta con gran dificultad. Los delegados llegaban de continuo: en tranvías y automóviles. Junto a la puerta se empujaba la muchedumbre. Los soldados rojos, también komsomoles, se veían apurados; los apretaban contra la pared, y desde el portal llegaba el poderoso grito:
p — ¡Apretad, los del radio de Bauman, apretad!
p — ¡Apretad, hermanos, que son nuestros!
p — ¡A-a-a-a-up!...
p Junto con Korchaguin y Rita se coló por la puerta, como una anguila; un muchacho de ojos vivarachos con 411 una insignia de la IJC, y, escapando del comandante se lanzó precipitadamente hacia el foyer. Un instante después, había desaparecido en el torrente de delegados.
p — Sentémonos aquí —dijo Rita, señalando a las últimas filas, cuando hubieron entrado en el patio de butacas.
p Se sentaron en un rincón.
p — Quiero que me contestes a una pregunta —dijo Rita—. Aunque es cosa del pasado, creo que me lo dirás: ¿por qué rompiste entonces nuestros estudios y nuestra amistad?
p Korchaguin esperaba esta pregunta desde el primer instante, pero, con todo, se turbó. Sus ojos se encontraron, y Pável comprendió que Rita lo sabía.
p — Pienso que lo sabes todo, Rita. Ocurrió hace tres años, y ahora yo únicamente puedo condenar a Pavka por ello... En general, Korchaguin ha cometido en su vida errores pequeños y grandes, y uno de ellos fue ése sobre el que preguntas.
p Rita sonrió.
p — Es un buen preámbulo. ¡Pero aguardo la respuesta! Pável dijo en voz baja: s
p — De ello, no toda la culpa es mía, parte es de El Tábano, de su romanticismo revolucionario. Los libros, en los que se describía brillantemente a los revolucionarios valientes y fuertes de espíritu y de voluntad, temerarios e infinitamente abnegados por nuestra causa, dejaban en mí, a la par que una impresión indeleble, el deseo de ser como ellos. Y mi cariño por ti lo abordé a lo Tábano. Ahora me da risa, pero aún más, pena.
p — ¿Quiere esto decir que hoy has cambiado de opinión acerca de El Tábano? ¡
p — ¡No, Rita, en lo fundamental no! Ha sido descartada únicamente la tragedia innecesaria de la operación torturante, para poner a prueba la voluntad. Pero, me quedo con lo principal en El Tábano, con su valentía, con su resistencia ilimitada, con ese tipo de hombre que sabe soportar los sufrimientos sin mostrárselos a todos y a cada uno. Estoy por ese tipo de revolucionario para el que lo personal no es nada en comparación con lo común.
p — No nos queda más que lamentar, Pável, que esta conversación la mantengamos tres años después de cuando debía haberse sostenido —dijo Rita, sonriendo pensativa 412
p — ¿No sería eso lástima, Rita, porque yo nunca hubiera podido ser para ti más que un camarada?
p — No, Pável, hubieras podido ser más.
p — Aún estamos a tiempo.
p — Es un poco tarde, camarada Tábano. Y Rita, sonriendo, explicó sus palabras:
p — Tengo una hijita pequeña. La nena tiene padre, que es un gran amigo mío. Los tres vivimos en buena armonía, y este trío es, por ahora, indestructible.
p Sus dedos rozaron la mano de Pável. Era un movimiento de inquietud por él, pero Rita comprendió al instante que era vano. Sí, Pável había crecido en aquellos tres años no sólo físicamente. Rita sabía que estaba sintiendo dolor —lo decían sus ojos—, pero Korchaguin afirmó sin gestos, con franqueza:
p — A pesar de todo, me queda incomparablemente más de lo que acabo de perder.
p Pável y Rita se levantaron. Ya era hora de ocupar localidades más próximas a la escena. Se dirigieron hacia las butacas en donde se encontraba la delegación ucraniana. La orquesta rompió a tocar. Ardían con llama roja los enormes lienzos, y las letras luminosas gritaban: "El futuro es nuestro”. Miles de personas llenaban el patio de butacas, los palcos y los anfiteatros. Aquellos miles de seres se fundían allí en un poderoso transformador único de energía inextinguible. El gigantesco teatro albergaba dentro de sus muros a la flor de la joven guardia, de la gran familia industrial. Millares de ojos, y en cada par de éstos se reflejaba, despidiendo destellos, lo que lucía sobre las pesadas cortinas del escenario: "El futuro es nuestro”. Y la marea continuaba; unos minutos más, y las pesadas cortinas se descorrerían lentamente, y el secretario del Comité Central de la Juventud Comunista de Rusia, emocionándose y perdiendo por un instante el dominio de sí mismo, ante la solemnidad indescriptible del momento, comenzaría:
p — Declaro abierto el VI Congreso de la Juventud Comunista de Rusia.
p Jamás Korchaguin había sentido con tanta brillantez y profundidad la grandeza y el poderío de la revolución, el orgullo inefable y la sin igual alegría que su vida le había deparado al llevarle, como combatiente y 413 constructor, allí, a aquella fiesta triunfante de la joven guardia del bolchevismo.
p El Congreso ocupaba a sus participantes todo el tiempo, desde la mañana temprano hasta bien avanzada la noche, y Pável sólo volvió a ver a Rita en una de las últimas sesiones. La joven se encontraba entre un grupo de ucranianos.
p — Mañana me marcharé en cuanto termine el Congreso —dijo Rita—. No sé si tendremos oportunidad de hablar antes de marcharnos. Por eso, te he preparado hoy dos cuadernos con mis memorias del pasado y una pequeña carta. Léelos y devuélvemelos por correo. Por lo escrito te enterarás de todo lo que no te he contado.
p Pável le estrechó la mano y la miró fijamente, como deseando grabar sus facciones en la memoria.
p Se encontraron al siguiente día, junto a la puerta principal, como habían convenido, y Rita le entregó un paquete y una carta cerrada. Alrededor había gente, por eso se despidieron como simples conocidos, y tan sólo en los ojos de Rita, ligeramente nublados, vio Pável un gran cariño y una leve tristeza.
p Un día más% tarde, el tren les llevaba en distintas direcciones.
p Los ucranianos iban en varios vagones. Korchaguin se encontraba entre los de Kíev. Por la noche, cuando todos se hubieron acostado y Okunev resoplaba soñoliento en la litera vecina, Korchaguin se acercó a la luz y abrió la carta.
p "¡Pavlusha, querido!
p Podía habértelo dicho personalmente, pero así será mejor. Sólo quiero que lo que te dije antes del comienzo del Congreso no deje una huella penosa en tu vida. Sé que tienes muchas fuerzas y por ello creo en lo dicho por ti. No miro la vida formalmente, a veces se puede hacer excepción en las relaciones personales —por cierto que en muy raras ocasiones—, si está motivada por un sentimiento profundo. Tú lo mereces, pero yo rechacé el primer impulso de rendir el tributo debido a nuestra juventud. Siento que no nos hubiera proporcionado gran alegría. Pável, no hay que ser tan severo consigo mismo. 414 En nuestra vida no todo es lucha, existe también la alegría de un sentimiento grande.
p Por lo restante de tu vida, es decir, por el contenido fundamental, no siento la menor inquietud. Con un fuerte apretón de manos
p Rita"
p Pável rompió meditabundo la carta, sacó la mano por la ventanilla y sintió cómo el viento arrancaba de entre sus dedos los pedacitos de papel.
p Al amanecer, ios cuadernos, ya leídos, habían sido envueltos y atados. Parte de los ucranianos se apeó del tren en Jarkov, y entre ellos Okunev, Pankrátov y Korchaguin. Nikolái debía ir a Kíev a recoger a Talia, que había quedado en casa de Anna. Pankrátov, elegido miembro del CC de la Juventud Comunista de Ucrania, tenía asuntos que resolver. Korchaguin decidió ir con,ellos hasta Kíev y, de paso, visitar a Zharki y a Anna. Se entretuvo en la estafeta de correos de la estación, para enviar a Rita los cuadernos, y cuando salió al tren, ya no estaba allí ninguno de sus amigos.
p Una vez llegado a Kíev, el tranvía le llevó a la casa donde vivían Anna y Dubava. Pável subió hasta el segundo piso y llamó en la puerta de la izquierda, en la de Anna. Nadie respondió a su llamada. Era muy temprano y Anna no podía haber marchado aún al trabajo. "Debe estar durmiendo”, pensó. La puerta contigua entreabrióse y Dubava salió soñoliento al descansillo.” Su rostro tenía un color grisáceo y grandes ojeras. Mitiay apestaba a cebolla y a vino, cosa que percibió al punto el fino olfato de Korchaguin. Por la rendija de la puerta vio Korchaguin en la cama a una mujer gruesa, mejor dicho, su pierna carnosa y sus hombros.
p Al percibir su mirada, Dubava cerró la puerta, empujándola con el pie.
p — ¿Qué, vienes a ver a la camarada Borjart? — preguntó con voz ronca, sin mirarle a la cara—. Ya no vive aquí. ¿Es que no lo sabes?
p La mirada sombría de Korchaguin escrutó su rostro.
p — No lo sabía. ¿A dónde se ha trasladado? — preguntó.
p Dubava se enfureció repentinamente.
415p — No me interesa. —Y, regoldando, añadió con reprimida cólera—: ¿Es que has venido a consolarla? Vaya, es el momento más oportuno. Está vacante, actúa. Y sobre todo tú no serás rechazado. En más de una ocasión me dijo que le gustabas... o de otra manera, como suelen decir eso las mujeres. Aprovecha la ocasión, entre vosotros habrá unidad de alma y de cuerpo.
p Pável sintió que le ardían las mejillas. Conteniéndose, dijo en voz baja:
p — ¿A dónde has llegado, Mitiay? No esperaba verte convertido en semejante canalla. Pues en un tiempo fuiste un buen muchacho. ¿Por qué te embruteces?
p Dubava se reclinó contra la pared y se estremeció: por lo visto le daba frío permanecer descalzo sobre el piso de cemento. Se abrió la puerta, y asomó, adormilada, una mujer, mofletuda.
p — Gatito, ven aquí, ¿qué hlces ahí?...
p Dubava no la dejó terminar, cerró la puerta violentamente y se apoyó contra ella.
p — Buen principio... —dijo Pável—. ¿A quién metes en tu casa? ¿A dónde vas a ir a parar?
p Dubava, al parecer hastiado de aquella conversación, gritó:
p — ¡Aún vais a indicarme con quién debo dormir! ¡Basta ya de sermones! ¡Puedes largarte por donde has venido! ¡Ve y di que Dubava bebe y que duerme con una prostituta!
p Pável se acercó a él y le dijo emocionado:
p — Mitiay, echa de aquí a esa fulana. Quiero hablar contigo otra vez, la última...
p Dubava, ensombrecido, volvió la espalda y se metió en la habitación.
p — ¡Canalla! —susurró Korchaguin al bajar lentamente la escalera.
p Pasaron dos años. El tiempo, imparcial, descontaba días, meses, y la vida, impetuosa y policromada, llenaba esos días —al parecer monótonos— siempre con algo nuevo, no semejante a lo anterior. Los ciento sesenta millones que componían el gran pueblo —primero en el mundo en hacerse dueño de su tierra inmensa y de sus 416 incalculables riquezas naturales— hacían renacer con su trabajo heroico e intenso la economía nacional arruinada por la guerra. El país se fortalecía, llenábase de savia vital, y ya no se veían las chimeneas sin humo en las fábricas, aún hacía poco muertas y sombrías en su abandono.
p Estos dos años los pasó Korchaguin en vertiginoso movimiento, y ni siquiera se apercibió de ellos. Pável rio sabía vivir tranquilamente, recibir la mañana con un bostezo lento y perezoso y dormirse a las diez en punto. Se apresuraba a vivir. Y no sólo se apresuraba él, sino que aguijaba a los demás.
p Al sueño se le administraba el tiempo con parquedad. Más de una vez, hasta avanzada la noche, se podía ver luz en la ventana de su habitación y gente inclinada sobre la mesa. Se estudiaba. En dos años habían estudiado el tercer tomo de El Capital. Se hizo comprensible el finísimo mecanismo de la explotación capitalista.
p Rasvalijin se presentó en la comarca en donde trabajaba Korchaguin, Le había enviado el Comité provincial con la proposición de que se le utilizara como secretario de un Comité de distrito de la Juventud. Korchaguin se encontraba de viaje, y, en su ausencia, el buró envió a Rasvalijin a uno de los distritos. Korchaguin regresó, enteróse de esto y no dijo nada.
p Pasó un mes, y Korchaguin se presentó de improviso en el distrito de Rasvalijin. Encontró no muchos hechos, pero entre ellos ya había los siguientes: borracheras, reunión de los tiralevitas en torno a Rasvalijin y anulación de los buenos muchachos. Korchaguin planteó todo esto en el buró y, cuando todos se pronunciaron por que se llamara severamente la atención a Rasvalijin, dijo inesperadamente:
p — Expulsarle sin derecho al reingreso.
p Todos se asombraron, les pareció demasiado fuerte,
p pero Korchaguin repitió:
p — Expulsar al canalla. A ese estudiantillo se le han dado posibilidades de convertirse en un hombre, pero no ha hecho más que enchufarse. —Pável contó lo ocurrido en Beresdov.
p — Protesto categóricamente contra las manifestaciones de Korchaguin. Son rencillas personales, todo el que se le antoje puede hablar mal de mí. Que Korchaguin 417 presenté documentos, datos, hechos. También yo puedo inventar que él se dedicaba al contrabando, ¿quiere decir esto que habría que expulsarle? ¡Que presente documentos! —gritaba Rasvalijin.
p — Espera, también escribiremos un documento —le repuso Korchaguin.
p Rasvalijin salió. Media hora más tarde, Korchaguin consiguió que se tomara la resolución siguiente: " Expulsarle, como elemento ’ajeno, de las filas de la Juventud Comunista".
p Durante el verano, los amigos se marchaban de vacaciones, uno tras otro. Los que estaban peor de salud se dirigían al mar. En el verano los sueños sobre las vacaciones dominaban a todos, y Korchaguin, al enviar al descanso a sus compañeros, les conseguía plazas en los sanatorios y ayuda económica. Los muchachos partían pálidos y agotados, pero alegres. Su trabajo recaía sobre las espaldas de Pável, y éste lo arrastraba, como un buen caballo arrastra el carro cuesta arriba. Volvían tostados por el sol y joviales, rebosantes de energías. Entonces se marchaban otros. Pero durante todo el verano siempre faltó alguien, y la vida no detenía su paso, y era inconcebible un día de ausencia de Korchaguin en el despacho.
p Así transcurría el verano.
p Pável no amaba el otoño ni el invierno: le traían muchos sufrimientos físicos.
p Esperaba aquel verano con particular impaciencia. Le causaba enorme pena confesarse a sí mismo que sus fuerzas disminuían cada año. Había dos salidas: o reconocerse incapaz para soportar las dificultades del trabajo intenso, reconocerse inválido, o permanecer en su puesto mientras le fuera posible. Y Korchaguin eligió la segunda.
p Una vez, en la reunión del Buró del Comité comarcal del Partido, se sentó a su lado un viejo militante de los tiempos de la ilegalidad, el doctor Bartélik, jefe de Sanidad en la comarca.
p — Tienes mal aspecto, Korchaguin. ¿Has estado en la comisión médica? ¿Cómo va esa salud? ¿No has estado? Ya me parecía no haberte visto, y hay que examinarte, amiguito. Ven el jueves por la tarde.
418p Pável no se presentó a la comisión, porque estuvo ocupado, pero Bartélik no se olvidó de él, y una vez lo llevó a su clínica. Como resultado de un minucioso reconocimiento médico (en el que Bartélik participó personalmente como neuropatólogo) fue dado el siguiente dictamen:
p "La comisión médica considera imprescindible vacaciones inmediatas, con curación prolongada en Crimea, y un serio tratamiento ulterior; en caso contrario, son inevitables graves consecuencias".
p Precedía una larga enumeración de enfermedades, en latín, de la que Korchaguin comprendió únicamente que el mal principal no estaba en las piernas, sino en una grave afetción del sistema nervioso central.
p Bartélik presentó al Buró el dictamen, y nadie objetó nada en contra de la inmediata liberación de Korchaguin del trabajo; pero el propio Pável propuso esperar hasta el regreso del secretario de organización del Comité comarcal de la Juventud, Sbítnev, quien se encontraba de vacaciones. Korchaguin temía que el Comité quedase sin nadie. A pesar de las objeciones de Bartélik, el Buró
p accedió.
p Faltaban tres semanas hasta las primeras vacaciones de toda su vida. En la mesa se encontraba ya el documento que le aseguraba la plaza en un sanatorio de Eupatoria.
p Korchaguin apretó durante aquellos días en el trabajo, celebró el Pleno comarcal de la Juventud y, sin regatear fuerzas, lo puso todo al corriente, para marcharse tranquilo.
p Y he aquí que la víspera del descanso y del encuentro con el mar, que no había visto nunca, ocurrió algo estúpido y repelente, algo que no esperaba.
p Después de terminar sus ocupaciones, Pável llegó al despacho del secretario de agitación y propaganda del Partido y sentóse en el antepecho de la abierta ventana, tras el armario de los libros, en espera de la reunión de agitación y propaganda que debía celebrarse allí. Cuando entró, aún no había nadie en la habitación. Pronto llegaron varias personas. Pável no las veía, a causa del mueble, pero reconoció la voz de una de ellas. Era Failo, jefe de la sección de economía de la comarca, hombre alto, guapo y de aspecto marcial. Pável había oído decir 419 más de una vez que era aficionado al vino y a cortejar a todas las muchachas bonitas.
p Failo había sido guerrillero y, en cuanto se presentaba una ocasión para ello, relataba riendo cómo cortaba la cabeza a los bandidos de Majnó, a razón de una decena por día. Korchaguin no le podía soportar. Una vez, llegó a Pável una joven comunista, rompió a llorar y le contó que Failo le había pr.ometido casarse con ella, pero que, después de una semana de vida en común, incluso había dejado de saludarla. En la Comisión de Control, Failo se escabulló; la muchacha no tenía pruebas, pero Pável la creía. Korchaguin prestó atención. Los que habían entrado en el despacho no sospechaban su presencia.
p — ¿Qué, Failo, cómo van tus asuntillos? ¿Has cometido alguna nueva locura?
p Preguntaba Gríbov, uno de los amigotes de Failo, lobo de la misma carnada. A pesar de su extraordinario atraso político y de ser muy torpe y corto de alcances, Gríbov era considerado como propagandista, sin que hubiera motivo para ello; pero él se daba tono con este título y, viniese o no a cuento, lo recordaba en todo instante.
p Failo contestó:
p — Puedes felicitarme: ayer cayó la Korotáieva. Y tú decías que no saldría nada. No, hermano, cuando yo la emprendo con una, estad seguros de que. .. —y añadió una frase obscena.
p Korchaguin sintió un escalofrío nervioso, indicio de profunda irritación. Korotáieva era la secretaria femenina del Comité comarcal. Había llegado allí al mismo tiempo que Pável, y éste, en el trabajo conjunto, había hecho amistad con aquella simpática camarada del Partido, solícita y atenta con las mujeres y con todo el que acudía a ella en busca de defensa o consejo. Korotáieva gozaba del aprecio de los trabajadores del Comité. No era casada y, seguramente, Failo hablaba de ella.
p — ¿No mientes, Failo? No me parece propio de ella...
p — ¿Miento? ¿Por quién me tomas, entonces? Nueces más duras he partido. Lo que pasa es que hay que saber hacerlo. Cada mujer requiere que se le aborde de forma particular. Unas se entregan al segundo día, pero hay 420 que confesar que ésas son unos pingos. Y detrás de otras hay que correr un mes entero. Lo fundamental es conocer su psicología. En todas partes se precisa el empleo de una táctica especial. Es, hermano, toda una ciencia, pero en esa materia soy académico. ¡ Jo-jo-jo-jo!...
p Fallo no cabía en sí de presunción. El grupo de oyentes le incitaba al relato. Todos ardían de impaciencia por conocer los detalles.
p Korchaguin se. levantó, con los puños crispados, sintiendo el inquieto latir de su corazón.
p — No había ni que pensar en conquistar a Korotáieva así como así, "confiando en Dios”, y yo no quería dejarla escapar, máxime cuando había apostado con Gríbov una docena de botellas de vino. Así, pues, decidí comenzar el acto de diversión. Entré a verla una y otra vez. Observé que me miraba con malos ojos. Como por ahí se habla mal de mí, pensé que tal vez hubiese llegado algo a sus oídos... En una palabra, en la maniobra de flanco sufrí un revés. Entonces emprendí un movimiento envolvente. ¡Ja-ja!... "¿Comprendes? —le dije—, he combatido, matado un montón de gente, deambulado por el mundo y pasado muchas penas, pero no he podido encontrar una mujer buena para mí; vivo como un perro solitario, sin caricias, sin cariño”. Y venga cuentos y más cuentos, todos por el estilo. En una palabra, toqué los puntos débiles. Perdí mucho tiempo con ella. Hubo un momento en que pensé enviarlo todo al diablo y terminar la comedia. Pero era una cuestión de principio, por ello no la dejé en paz... Por fin se entregó. Mi paciencia fue recompensada: en vez de una mujer iniciada, cacé una virgen. ¡ Jajá!. .. ¡Ay, qué risa!
p Y Failo continuó su asqueroso relato. Posteriormente, Korchaguin recordaba mal cómo fue a parar entonces al lado de Failo.
p — ¡Cerdo! —rugió Pável.
p — ¿Soy yo el cerdo, o tú, que escuchas conversaciones ajenas?
p Pável debió decir algo más, ya que Failo le agarró del pecho.
p — ¿A mí, vas a insultarme a mí?
p Y asestó un puñetazo a Korchaguin. Estaba aún bajo los efectos del vino.
421p Korchaguin agarró un taburete de roble y de un solo golpe derribó a Failo. Pável no llevaba el revólver consigo, y esto fue lo único que salvó la vida a Failo.
p Pero, de todas maneras, había ya ocurrido algo estúpido: el día señalado para su marcha a Crimea, Korchaguin se encontraba ante el tribunal de Partido.
p En el teatro de la ciudad se había congregado toda la organización del Partido. Lo ocurrido en la secretaría de agitación y propaganda había emocionado a todos, y el juicio se convirtió en una aguda polémica sobre la vida privada. Las cuestiones sobre la conducta personal, las relaciones mutuas y la ética del Partido eclipsaron el asunto a dilucidar. Este se convirtió en una señal de advertencia para todos. En el Juicio, Failo mantuvo una actitud provocativa e insolente; sonreía y manifestaba que la causa la dilucidaría el tribunal popular y que Korchaguin, por haberle partido la cabeza, iría a parar a presidio. Se negó categóricamente a responder a las preguntas.
p — ¿Qué, queréis darle a la lengua a cuenta mía? Yo no me presto a eso. Podéis achacarme lo que os dé la gana, y si aquí las mujeres se han enfurecido contra mí, es porque no les hago caso. Y el asunto no vale un pepino podrido. Si esto hubiera sido en el año dieciocho, le habría ajustado las cuentas a mi manera a ese loco de Korchaguin. Y ahora, aquí os podéis pasar sin mí. —Y se marchó.
p Cuando el presidente propuso a Korchaguin que relatara cómo había ocurrido el choque, Pável comenzó a hablar con calma, pero se notaba que se contenía a duras penas.
p — Todo ocurrió porque yo no supe contenerme. Hace mucho que pasaron los tiempos en que yo trabajaba más con los puños que con la cabeza. Tuvo lugar una avería y, antes de que me diera cuenta, Failo recibió un banquetazo en el cráneo. En los últimos años, ésta ha sido la única guerrillerada que he cometido, y la condeno, aunque el golpe ha sido, en el fondo, justo. Failo es un fenómeno repugnante en nuestra vida comunista. No puedo comprender, ni aceptaré nunca, que un revolucionario, un comunista pueda ser al mismo tiempo un cerdo obsceno y un miserable. Este hecho nos ha obligado a hablar de la vida privada, y esto ha sido lo único positivo de todo el asunto.
422p La mayoría aplastante de la organización del Partido votó por la expulsión de Fallo. Gríbov fue severamente amonestado por sus declaraciones falsas. Los demás participantes de la conversación confesaron su culpa. Su conducta fue reprochada.
p Bartélik habló del estado de los nervios de Korchaguin. Los reunidos protestaron airados, cuando el miembro del Partido que actuaba como juez instructor de la causa, propuso que se amonestase a Korchaguin. El juez instructor retiró la proposición. Pável fue absuelto.
p Unos días después, el tren llevaba a Korchaguin a Jarkov. El Comité comarcal del Partido había accedido a su insistente petición de que se le dejase a disposición del Comité Central de la Juventud Comunista de Ucrania. Le dieron una buena característica y se marchó. Uno de los secretarios del CC de la Juventud era Akim. Pável fue a verle y le relató todo lo sucedido.
p En la característica, a continuación de las palabras "fiel sin reservas al Partido”, Akim leyó: "Posee la mesura y entereza propias de un miembro del Partido; tan sólo en contadas ocasiones es arrebatado hasta perder el dominio de sí mismo. La causa de ello es una grave afección al sistema nervioso”,
p — A pesar de todo, Pavlusha, te han escrito este hecho en un buen documento. No te amargues, incluso a la gente fuerte le suelen ocurrir cosas semejantes. Ve al Sur y acumula energías. Cuando vuelvas, ya hablaremos de dónde vas a trabajar.
p Y Akim le estrechó fuertemente la mano.
p Sanatorio Kommunar, del CC. Unos macizos de rosas; los surtidores de una fuente’despedían fulgurantes destellos; verdes parras cubrían las paredes de los pabellones situados en un jardín. Por doquier se veían las chaquetas blancas y los trajes de baño de quienes allí reposaban. Una médica joven anotó su nombre y apellido. El cuarto, situado en el pabellón que hacía esquina, era muy espacioso, y la cama, de cegadora blancura; reinaba allí la limpieza y nada alteraba el silencio. Luego de cambiar 423 de traje, refrescado por un baño, Korchaguin se dirigió con ansia hacia el mar.
p En todo cuanto podía abarcar la vista, extendíase la majestuosa quietud negro-azulada, como mármol pulido, de la marina inmensidad. Sus fronteras se perdían allá lejos, en la neblina azul, y el ígneo sol reflejaba en las aguas sus rayos de fuego. A través de la niebla matinal, se columbraban en la lejanía las macizas moles de una cordillera. El pecho aspiraba el vivificante frescor de la brisa, y la mirada no podía apartarse de la grandiosa tranquilidad de azul.
Cariñosa, se acercaba a los pies la ola indolente, lamiendo las doradas arenas de la orilla.
Notes
[408•*] Reunión de los representantes de las delegaciones (de los grupos de delegados de las regiones, distritos y organizaciones) en el Congreso. (N. de la Edít.)
| < | > | ||
| << | Capítulo quinta | Capítulo séptimo | >> |
| <<< | PRIMERA PARTE | >>> |