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Capítulo quinta
 

p Acompañado del intenso zumbido de su motor eléctrico, el tranvía subía penosamente por la calle Fundukléievskaya. Se detuvo junto a la Opera. De él se apeó un grupo de jóvenes, y el tranvía continuó su marcha.

p Pankrátov animaba a los demás:

p — Más de prisa, muchachos. No os dais cuenta de que llegamos tarde.

p Okunev le alcanzó en la misma entrada del teatro.

p — Recuerdas, Gueñka, que hace tres años llegamos aquí de la misma manera. Entonces Dubava volvió a nosotros de la "oposición obrera”. Fue una buena tarde. Y hoy de nuevo vamos a luchar con Dubava.

p Pankrátov respondió a Okunev ya en la sala, adonde acababan de entrar después de haber mostrado sus credenciales al grupo de control que había en la puerta.

p — Sí, con Mitiay se repite otra vez la misma historia.

p Les sisearon reclamando silencio. Tuvieron que ocupar los asientos más próximos a la entrada. La sesión vespertina de la conferencia ya había comenzado. En la tribuna se veía una figura femenina.

p — Hemos llegado a propósito. Siéntate y escucha lo que va a decir tu mujercita —susurró Pankrátov, dando un codazo a Okunev en el costado.

p: ...Cierto que hemos gastado muchas energías en la discusión, pero en cambio Ja juventud que ha participado en ella ha aprendido mucho. Señalamos con gran 386 satisfacción el hecho de que la derrota de los partidarios de Trotski en nuestra organización es evidente. No pueden quejarse de que no se les ha dejado manifestar sus opiniones, exponer por completo sus puntos de vista. Ha ocurrido todo lo contrario. Esta libertad de acción, que les hemos dado, ha traído como consecuencia, por su parte, toda una serie de graves infracciones de la disciplina del Partido.

p Talia se emocionaba; un mechón de cabellos caía sobre su rostro y le molestaba al hablar. Con un movimiento brusco, echó la cabeza hacia atrás.

p — Hemos oído aquí a muchos camaradas de los distritos y todos ellos han hablado de los métodos utilizados por los trotskistas. Aquí, en la conferencia, tienen una representación no pequeña. Los distritos les dieron conscientemente credenciales para que se les escuchara una vez más en la conferencia local del Partido. No es culpa nuestra si ellos intervienen poco. Su completa derrota en las células y en los distritos les ha enseñado algo. Ahora es difícil intervenir desde esta tribuna y repetir lo que ayer mismo decían.

p Desde el ángulo derecho del patio de butacas, una voz brusca interrumpió a’Talia:

p — ¡Aún hablaremos!

p Lagútina se volvió.

p — Bien, Dubava, sal y habla, nosotros escucharemos. Dubava detuvo en la joven su mirada confusa y sus labios se crisparon nerviosamente.

p — ¡Cuando llegue el momento, hablaremos! —gritó, y recordó la dura derrota sufrida el día anterior en su distrito, donde todos le conocían-

p Un rumor de protesta recorrió la sala. Pankrátov no pudo contenerse:

p — ¿Qué, pensáis sacudir otra vez el Partido? Dubava reconoció su voz, pero ni siquiera se volvió; se limitó a morderse dolorosamente los labios, y bajó la cabeza.

p Talia continuó:

p — El propio camarada Dubava puede servir de ejemplo evidente de cómo los trotskistas infringen la disciplina del Partido. Es un viejo trabajador de la Juventud, muchos le conocen, particularmente los del Arsenal. Dubava es estudiante de la Universidad Comunista de Jarkov, 387 pero todos sabemos que desde hace ya tres semanas se encuentra aquí con Shumski. ¿Qué es lo que les ha traído aquí, cuando los estudios se encuentran en todo su apogeo? No hay un solo distrito en la ciudad en el que no hayan intervenido. Verdad es que a Mijailo, en los últimos días, ha comenzado a despejársele la cabeza. ¿Quién les ha enviado aquí? Además de ellos, tenemos numerosos trotskistas de diferentes organizaciones. Todos han trabajado aquí en un tiempo y han venido ahora para atizar el fuego de la lucha en el seno del Partido. ¿Sabe su organización del Partido dónde se encuentra? Naturalmente que no.

p La conferencia esperaba de los trotskistas que intervinieran reconociendo sus errores. Talia trataba de empujarles al camino de la confesión y hablaba como si, en vez de hallarse en una tribuna, se encontrara en una charla entre camaradas:

p — Recordad que hace tres años, en este mismo teatro, Dubava volvió a nosotros con el antiguo grupo de " oposición obrera”. Recordad sus palabras: "Nunca dejaremos caer de nuestras manos la bandera del Partido”, y no han pasado aún tres años cuando Dubava la ha dejado caer. Yo afirmo que ha sido así. Pues sus palabras "aún hablaremos" dicen que él y sus compinches, los trotskistas, seguirán su camino.

p Desde las butacas traseras se oyó decir:

p — Que hable Tufta del barómetro, es su meteorólogo. Se alzaron voces agitadas:

p — ¡Basta de bromas!

p — Que respondan: ¿cesan de luchar contra el Partido o no?

p — ¡Que digan quién ha escrito la declaración contra el Partido!

p La efervescencia iba en aumento; el presidente agitó largo rato la campanilla.

p En el ruido de las voces se perdieron las palabras de Talia, pero pronto se calmó la tormenta y de nuevo se oyó a Lagútina:

p — Recibimos cartas de nuestros camaradas de la periferia; están con nosotros, y esto nos anima. Permitidme que os lea un párrafo de una de las cartas. Es de Olga Yuriénieva; muchos de vosotros la conocéis; ahora es la 388 dirigente de la sección de organización del Comité comarcal de la Juventud.

p Talia sacó la carta de un paquete de documentos y, recorriéndola de una rápida mirada, leyó:

p — "El trabajo práctico está abandonado; hace ya cuatro días que todo el buró está en los distritos. Los trotskistas han desarrollado la lucha con extraordinaria fuerza. Ayer ocurrió un caso que ha indignado a toda la organización. Los oposicionistas, al no obtener mayoría en ninguna de las células de la ciudad, decidieron dar la batalla con sus fuerzas unidas en la célula del Comisariado Militar de la comarca, de la que forman parte los comunistas de la oficina del Plan del Estado y los funcionarios de Instrucción Pública. La célula cuenta con cuarenta y dos personas, pero allí acudieron todos los trotskistas. Nunca habíamos escuchado discursos tan contrarios al Partido como los pronunciados en esa reunión. Uno de los del Comisariado Militar intervino y dijo con todo descaro: "Si el aparato del Partido no se entrega, lo romperemos por la fuerza”. Los oposicionistas recibieron con aplausos esta manifestación. Entonces tomó la palabra Korchaguin y drjo: "¿Cómo, siendo miembros del Partido, habéis podido aplaudir a este fascista?" No le dejaron continuar hablando, hacían ruido con las sillas, gritaban. Los miembros de la célula, indignados por este comportamiento propio de golfos, exigieron que se escuchara a Korchaguin, pero, cuando Pável comenzó a hablar, de nuevo organizaron la obstrucción. Pável les gritó: "¡Buena es vuestra democracia! ¡De todas maneras hablaré!" Entonces le agarraron entre unos cuantos y trataron de echarle de la tribuna. Fue algo salvaje. Pável les rechazaba y continuaba hablando, pero le sacaron a rastras del escenario y, abriendo la puerta lateral, lo tiraron a la escalera. Un canalla le dio un golpe que le bañó la cara en sangre. Casi toda la célula se retiró de la reunión. Este caso ha abierto los ojos a muchos..."

p Talia abandonó la tribuna.

p Hacía ya dos meses que Segal trabajaba como secretario de agitación y propaganda del Comité provincial del Partido. Ahora se encontraba en la presidencia, al lado 389 de Tókariev, y escuchaba atentamente las intervenciones de los delegados a la conferencia local del Partido. Por el momento, sólo hacían uso de la palabra los que militaban aún en la Juventud.

p "¡Cómo han crecido en estos años!”, pensaba Segal.

p — Los oposicionistas ya las están pasando moradas —dijo a Tókariev—, y la artillería pesada aún no ha sido puesta en juego: es la juventud quien aplasta a los trotskistas.

p Tufta subió de un salto a la tribuna. En la sala recibieron su aparición con un murmullo desaprobador y una breve explosión de risa. Tufta se volvió hacia la presidencia para manifestar su protesta contra aquella acogida, pero en la sala ya se había hecho el silencio.

p — Alguien me ha llamado aquí meteorólogo. ¡Así, camaradas de la mayoría, os burláis de mis concepciones políticas! —dijo de un resuello.

p Una carcajada unánime siguió a sus palabras. Tufta, indignado, volvió la cabeza hacia la presidencia, señalando a la sala.

p — Por mucho que os riáis, volveré a decir que la juventud es el barómetro. Lenin lo ha escrito varias veces.

p En la sala todos se callaron al instante.

p — ¿Qué ha escrito? —preguntó una voz. Tufta se animó.

p — Cuando se preparaba la insurrección de Octubre, Lenin daba la directiva de reunir a la juventud obrera decidida, armarla y lanzarla con los marinos a los sectores más peligrosos. ¿Queréis que os lo lea? Tengo todas las citas escritas en fichas. —Y Tufta comenzó a registrar en su cartera.

p — ¡Eso ya lo sabemos!

p — ¿Y qué escribía Lenin sobre la unidad?

p — ¿Y qué sobre la disciplina del Partido?

p — ¿Dónde Lenin oponía la juventud a la vieja guardia?

p Tufta perdió el hilo y pasó a otro tema:

p — Aquí Lagútina ha leído una carta de Yuriénieva. Nosotros no podemos responder de ciertas anormalidades en la discusión.

p Tsvetáev, que estaba sentado al lado de Shumski, susurró rabioso:

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p — ¡Manda a un tonto por lana, y saldrá trasquilado! Shumski respondió, también con un hilillo de voz:

p — Sí, este papanatas nos va a hundir definitivamente. La voz aguda y chillona de Tufta continuaba perforando los tímpanos:

p — ¡Si vosotros habéis organizado la fracción de la mayoría, también nosotros tenemos derecho a organizar la fracción de la minoría!

p En la sala estalló la tormenta.

p Tufta fue aturdido por una granizada de exclamaciones de indignación.

p — ¿Qué es eso? ¿De nuevo bolcheviques y mencheviques?

p — ¡El Partido Comunista no es un parlamento!

p — ¡Ellos se esmeran por todos, desde Miasnikov hasta Mártov!

p Tufta abrió los brazos, como si fuera a lanzarse a nadar, y comenzó a disparar palabras, desbocado:

p — Sí, es necesaria la libertad de grupos. De lo contrario, ¿cómo los que pensamos diferentemente podremos luchar por nuestras concepciones con una mayoría tan organizada y unida por la disciplina?

p El rumor en la sala iba en aumento. Pankrátov se levantó y gritó:

p — ¡Dejad, que se manifieste, es útil conocerlo todo! ¡A Tufta se le escapa lo que los otros callan!

p Se hizo el silencio. Tufta comprendió que había dicho más de la cuenta. En verdad, no valía la pena hacer semejantes manifestaciones en momentos tales. Cambió de tema y al terminar su intervención lanzó a los oyentes un chaparrón de palabras:

p — Naturalmente, podéis expulsarnos y arrinconarnos. Esto ya ha comenzado. A mí ya me han echado del Comité provincial del Komsomol. No tiene importancia, pronto veremos quién tiene razón. —Y abandonó el escenario, bajando a la sala.

p Dubava recibió una nota de Tsvetáev en la que se decía:

p "Mitiay, habla ahora. Cierto, eso no cambiará el giro tomado por las cosas, nuestra derrota aquí es evidente, pero es imprescindible rectificar a Tufta. Es un idiota y un charlatán".

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p Dubava pidió la palabra, que le fue concedida inmediatamente.

p Cuando subió a la escena, en la sala se hizo un silencio expectante. Este silencio, habitual antes de los discursos, hizo sentir a Dubava el frío del aislamiento. Ya no tenía el ardor con que había intervenido en las células. Un día tras otro se iba apagando su fuego, y ahora, como una hoguera rociada con agua, se cubría de humo acre, humo que era su orgullo mórbido afectado por la franca derrota y la réplica severa de sus viejos camaradas. A ello había que añadir la terquedad de no querer reconocerse equivocado. Decidió barrerlo todo, aunque sabía que esto le apartaría aún más de la mayoría. Y con voz sorda, pero clara, comenzó a hablar:

p — Ruego que no se me interrumpa y que no se me hostigue con réplicas. Quiero exponer completamente nuestra posición, aunque sé, de antemano, que es inútil: sois la mayoría.

p Cuando terminó, pareció como si en la sala hubiera estallado una granada. Sobre Dubava se desplomó un huracán de gritos. Como los golpes de una fusta en el rostro, flagelaron a Dmitri las exclamaciones coléricas:

p — ¡Es una vergüenza!

p — ¡Abajo los escisionistas!

p — ¡Basta! ¡Basta de verter lodo!

p Una carcajada burlona acompañó a Dmitri, cuando bajó de la escena, y esta carcajada le partió el alma. Si hubieran gritado indignadamente, con furia, se habría sentido satisfecho. Pero se burlaban de él, como de un artista que, queriendo dar una nota alta, suelta un gallo.

p — Shumski tiene la palabra —dijo el presidente. Mijailo se levantó.

p — Renuncio a intervenir.

p Desde las filas traseras retumbó la voz de Pankrátov:

p — ¡Pido la palabra!

p Por el timbre de aquella voz, Dubava conoció el estado de ánimo de Pankrátov. El cargador hablaba así cuando alguien le ofendía gravemente, y al acompañar con mirada sombría la figura alta y un poco encorvada de Ignat, que se dirigía rápido a la tribuna, Dubava sintió una inquietud angustiosa. Sabía lo que iba a decir Ignat. Recordó su encuentro del día anterior en Solómenka, con 392 los viejos amigos, cuando los muchachos, en una conversación cordial, trataban de hacerle romper con la oposición. Con él habían estado Tsvetáev y Shumski. Se habían reunido en casa de Tókariev. Allí se encontraban Ignat, Okunev, Talia, Volíntsev, Zelenova, Staroviérov y Artiujin. Dubava se mantuvo mudo y sordo ante aquella tentativa de restablecer la unidad. En lo más álgido de la charla se marchó con Tsvetáev, subrayando con ello su falta de deseo de reconocer lo falso de su punto de vista. Shumski se había quedado. Ahora renunciaba a intervenir. "¡Intelectual de mantequilla! Se lo han ganado con su propaganda, naturalmente”, pensó colérico Dubava. En aquella lucha descabellada había perdido todos sus amigos. En la Escuela Superior Comunista se produjo la ruptura de su antigua amistad con Zharki, que había intervenido duramente en el buró contra la declaración de los "cuarenta y seis"  [392•* . Más tarde, cuando las divergencias se agudizaron, dejó de tablar con él. Varias veces había visto a Zharki en su casa, en la habitación de Anna. Anna Borjart hacía ya un año que era su mujer. Tenían ambos habitaciones independientes. Dubava consideraba que sus relaciones tirantes con Anna, que no compartía sus puntos de vista, empeoraban aún más, de día en día, porque Zharki había comenzado a visitarla con frecuencia. No sentía celos, pero la amistad de Anna y Zharki, con quien Dubava no se hablaba, le producía irritación. Así se lo dijo a Anna. Tuvieron un altercado, y sus relaciones se hicieron aún más tirantes. Había acudido a la conferencia sin decírselo a su mujer.

p Ignat interrumpió la rápida carrera de sus pensamientos. El cargador comenzaba su discurso.

p — ¡¿amaradas! —dijo Pankrátov, pronunciando firmemente esta palabra; se subió a la tribuna y se situó junto a las candilejas—. ¡Camaradas! Durante nueve días hemos estado escuchando las intervenciones de los oposicionistas. ¡Digo abiertamente que no han intervenido co 393 mo compañeros de idea, como combatientes por la revolución, como nuestros amigos de clase y de lucha! Sus intervenciones han sido profundamente hostiles, irreconciliables, malvadas y calumniosas. ¡Sí, camaradas, calumniosas! A nosotros, los bolcheviques, han intentado presentarnos como partidarios del régimen de disciplina del palo en el Partido, como gente que traiciona a los intereses de su clase y de la revolución. Han tratado de hacer pasar por representantes del burocratismo en el Partido a los hombres del mejor y más probado de sus destacamentos, a la gloriosa vieja guardia bolchevique, a aquellos que forjaron y educaron al Partido Comunista de Rusia, a aquellos a los que el despotismo zarista atormentaba en las cárceles, a aquellos que, con el camarada Lenin a la cabeza, lucharon implacablemente contra el menchevismo mundial y contra Trotski. ¿Quién, no siendo un enemigo, podría decir semejantes cosas? ¿Acaso el Partido y su aparato no son un todo único? ¿A qué se parece esto?, decid. ¿Cómo llamaríamos a quienes azuzasen a los jóvenes soldados rojos contra los jefes,, los comisarios y el Estado Mayor, cuando el destacamento estuviera rodeado de enemigos? ¡Si hoy soy cerrajero, según la opinión de los trotskistas aún puedo considerarme “decente”, pero si mañana llego a secretario de un comité, ya soy un "burócrata" y "uno del aparato"! ¿No os parece extraño, camaradas, que entre los oposicionistas, que luchan por la democracia, contra el burocratismo, haya, por ejemplo, personas como Tufta, destituido hace poco de su cargo por burócrata; como Tsvetáev, bien conocido por los de Solómenka por su “democracia”, o como Afanásiev, al que el Comité provincial ha destituido de puestos de dirección tres veces por su autocracia y despotismo en el radio de Podol? Es un hecho que en la lucha contra el Partido se han unido todos aquellos a quienes el Partido ha fustigado. Que hablen los viejos bolcheviques del “bolchevismo” de Trotski. Es necesario que la juventud conozca la historia de la lucha de Trotski contra los bolcheviques, su continuo ir y venir de un campo a otro. La lucha contra la oposición ha aglutinado nuestras filas, ha fortalecido ideológicamente a la juventud. El Partido Bolchevique y la Juventud Comunista se han templado en la lucha contra las tendencias 394 pequeñoburguesas. Los histéricos alarmistas de la oposición nos auguran una catástrofe económica y política completa. Nuestro mañana demostrará el valor del augurio. Exigen que enviemos a nuestros viejos, como, por ejemplo, Tókariev, a trabajar en una máquina y que coloquemos en su sitio a un barómetro estropeado como Dubava, que quiere hacer pasar por heroísmo la lucha contra el Partido. No, camaradas, no lo consentiremos. Los viejos serán relevados, pero no por aquellos que a la menor dificultad atacan rabiosamente la línea del Partido. ¡No permitiremos que se rompa la unidad de nuestro gran Partido! ¡Nunca se escindirán la vieja guardia y la joven! ¡En lucha irreconciliable contra las tendencias pequeñoburguesas, bajo la bandera de Lenin, obtendremos la victoria!

p Pankrátov bajó de la tribuna. Sus palabras provocaron una tempestad de aplausos.

p Al día siguiente, unas diez personas se reunieron en casa de Tufta. Dubava decía:

p — Shumski y yo partimos hoy para Jarkov. Aquí no tenemos ya nada que hacer. Procurad no disgregaros. Esperemos a ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Sin duda alguna, la Conferencia de toda Rusia nos condenará, pero me parece que es aún pronto para esperar represalias. La mayoría ha decidido probarnos una vez más en el trabajo. Continuar ahora la lucha abierta, particularmente después de la conferencia, significaría salir lanzados del Partido, y eso no entra en nuestro plan de acción. Es difícil adivinar qué puede ocurrir. Pienso, que, por el momento, no tenemos nada más que hablar. —Y Dubava se levantó, disponiéndose a marcharse.

p Staroviérov, muchacho enjuto y de labios finos, también se levantó.

p — No te comprendo, Mitiay —dijo tartajeando ligeramente—. ¿Acaso las decisiones de la conferencia no son obligatorias para nosotros?

p Tsvetáev le interrumpió bruscamente:

p — Formalmente, sí; de lo contrario, te quitarán el carnet del Partido. Ya veremos qué viento sopla, pero ahora debemos dispersarnos:

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p Tufta se revolvió inquieto en su silla. Shumski, sombrío y pálido, con ojeras amoratadas a causa de las noches de insomnio, estaba sentado junto a la ventana, mordiéndose las uñas. Al oír las últimas palabras de Tsvetáev, se apartó de su torturante ocupación y se volvió hacia los reunidos.

p — Estoy contra tales combinaciones —dijo con voz sorda, dominado por una cólera repentina—. Personalmente, considero que los acuerdos de la conferencia son obligatorios para nosotros. Hemos defendido nuestras convicciones, pero debemos someternos a la decisión de la conferencia.

p Staroviérov le dirigió una mirada de aprobación y tartamudeó:

p — Yo quería decir eso mismo.

p Dubava clavó sus ojos en los de Shumski y profirió con tono deliberadamente burlón:

p — En general, nadie te propone nada. Aún tienes la posibilidad de “arrepentirte” en la conferencia provincial.

p Shumski se levantó como si le hubieran pinchado:

p — ¿Qué tono es ése, Dmitri? Te digo francamente que tus palabras me apartan de ti y me obligan a meditar bien acerca de mi posición anterior.

p Dubava se limitó a decirle:

p — No te queda más que eso. Ve y arrepiéntete, mientras no sea tarde.

p Y, al despedirse, dio la mano a Tufta y a los demás.

p Poco después, se marchaban Shumski y Staroviérov.

p El año 1924 señaló su entrada en la historia con un frío glacial. Se enfureció enero en el país cubierto de niveo manto, y, en su segunda mitad, aullaron las tempestades y prolongadas ventiscas.

p En los ferrocarriles del Suroeste, la nieve interceptó las vías. La gente luchaba contra los elementos desencadenados. Las hélices de acero de los limpianieves hendían los albos montones abriendo paso a los trenes. El frío y la tempestad rompían los cables del telégrafo. De doce líneas, trabajaban nada más que tres: el telégrafo indoeuropeo y dos líneas de cable directo.

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p En la sección de telégrafos de la estación de Shepetovka, tres aparatos Morse no cesaban por un momento su incansable conversación, tan sólo comprensible para un oído avezado.

p Las telegrafistas eran jóvenes; la longitud de la cinta inscrita por ellas, desde el primer día de servicio, no pasaba de los veinte kilómetros, mientras que el viejo, su compañero de trabajo, iba ya por los trescientos. No leía, como ellas, las cintas, ni arrugaba el ceño al componer las palabras y frases difíciles. Escribía en el papel palabra tras palabra, escuchando atento los golpecitos del aparato. Cogía al oído: "¡A todos, a todos, a todos!"

p Al tiempo que escribía, el telegrafista pensó: " Seguramente, una nueva circular sobre la lucha contra la obstrucción de las vías por la nieve”. Tras la ventana, el viento, huracanado, lanzaba contra el cristal copos de nieve. Al telegrafista le pareció que alguien llamaba en la ventana: volvió la cabeza y, sin querer, se quedó contemplando con admiración los bellos dibujos hechos por el frío en los cristales. No hay mano humana capaz de trazar estos finísimos’grabados de caprichosas hojas y tallos.

p Atraído por este espectáculo, dejó de escuchar el aparato, y, cuando hubo retirado la vista de la ventana, tomó sobre la palma de la mano la cinta, para leer las palabras que habían pasado inadvertidas.

p El aparato había transmitido:

p "El veintiuno de enero, seis horas cincuenta minutos. .."

p El telegrafista anotó rápidamente lo leído y, dejando la cinta, apoyando la cabeza en la mano, se puso a escuchar.

p "Ayer, en Gorki, falleció...” El telegrafista anotó lentamente. ¡Cuántos comunicados alegres y trágicos había escuchado en su vida! El era el primero en conocer la felicidad y el dolor ajenos. Hacía ya mucho tiempo que había dejado de pensar en el sentido de las frases sobrias y truncadas; las cazaba al oído y las pasaba mecánicamente al papel, sin reflexionar en sii contenido.

p Ahora alguien había muerto, a alguien se le comunicaba esto. El telegrafista había olvidado el título: "¡A todos, a todos, a todos!" El aparato tecleaba: " 397 Vladímir Ilich”; el viejo telegrafista tradujo en letras los golpes del aparato. Seguía sentado tranquilamente, un poco fatigado. En alguna parte había muerto un tal Vladímir Ilich, y él estaba escribiendo hoy, para alguien, estas palabras trágicas; alguien estallaría en sollozos de desesperación y pena, pero todo esto le era ajeno, él era un testigo al margen. El aparato marcaba puntos, rayas, de nuevo puntos, otra vez rayas, y él, de los signos ya conocidos, formó la primera letra y la escribió en el papel: era la “L”. Tras ella, escribió la segunda: la “E”. A su lado agregó celoso una “N”, marcando dos veces la rayita entre los palos. A continuación, unió a ella la “I” y, de una manera ya automática, anotó la última letra: “N”.

p El aparato marcó pausa y, durante una décima de segundo, el telegrafista detuvo su mirada en la palabra que acababa de escribir: “LENIN”.

p El aparato continuaba tecleando, pero el pensamiento, que había tropezado casualmente con este nombre conocido, volvió de nuevo a concentrarse en él. El telegrafista miró una vez más la última palabra: “LENIN”. ¿Qué?... ¿Lenin? El cristalino del ojo reflejó en perspectiva todo el texto del telegrama. Durante unos instantes el telegrafista miró la hoja de papel, y, por primera vez en treinta y dos años de trabajo, no creyó en lo que había escrito.

p Por tres veces, recorrió rápido las líneas, pero las palabras se repetían insistentes: "Falleció Vladímir Ilich Lenin”. El viejo se puso en pie de un salto, levantó la serpentina de papel blanco y clavó en ella sus ojos. ¡Dos metros de cinta confirmaban lo que él no podía creer! Volvió el rostro, lívido como el de un cadáver, hacia sus camaradas, y éstos oyeron su asustada exclamación:

p — ¡Lenin ha muerto!

p La noticia de la gran pérdida salió del cuarto de aparatos por las puertas abiertas de par en par y, con la rapidez del viento de la tempestad, cruzó rauda la estación, metióse en la ventisca, recorrió como un torbellino las vías y las agujas, y, con la corriente de aire frío, irrumpió por la puerta entreabierta del depósito de máquinas.

p En el depósito, sobre el primer foso, había una 398 locomotora, que estaba arreglando la brigada de reparaciones ligeras. Él viejo Polentovski se hallaba en el foso bajo la máquina y señalaba a los ajustadores las piezas estropeadas. Zajar Bruszhak enderezaba con Artiom la rejilla torcida. El la sostenía en el yunque, y Artiom descargaba sobre ella los golpes de su martillo.

p Zajar había envejecido en los últimos años; las durezas de la vida habían impreso en su frente profundas arrugas. Y las sienes se habían cubierto de hebras de plata. Sus espaldas se habían encorvado, y sus ojos, hundidos, miraban sombríos.

p En la puerta del depósito apareció, por un instante, una figura humana, y las sombras del crepúsculo la absorbieron. Los golpes contra el hierro ahogaron el primer grito, pero cuando el hombre llegó corriendo a donde estaban reparando la locomotora, Artiom, que había levantado el martillo, no descargó el golpe.

p — ¡Camaradas! ¡Lenin ha muerto!

p El martillo resbaló lentamente por el hombro, y la mano de Artiom lo dejó sin ruido sobre el suelo de cemento.

p — ¿Qué es lo que has dicho? —las manos de Artiom asieron como tenazas la piel de la zamarra del que había traído la terrible noticia.

p Y éste, cubierto de nieve, jadeante, repitió, ya con voz sorda y entrecortada:

p — Sí, camaradas, Lenin ha muerto.

p Y por el hecho de que el hombre ya no gritaba, Artiom comprendió toda la espantosa verdad, y reconoció el rostro del que había hablado: era el secretario de la organización del Partido.

p Los hombres salieron de los fosos y escucharon en silencio la noticia de la muerte de aquel cuyo nombre era conocido en todo el mundo.

p Y junto a las puertas, obligando a todos a estremecerse, resonaron los rugidos de una locomotora. En el extremo opuesto de la estación, le replicaron las pitadas de una segunda, de una tercera... A su poderoso llamamiento, impregnado de alarma, se unió el aullido de la sirena de la central eléctrica, agudo y penetrante como el del vuelo de un obús. Con el limpio sonido del bronce cubrió estas llamadas la bella locomotora de marcha 399 rápida, tipo “S”, dispuesta a salir hacia Kíev conduciendo un tren de pasajeros.

p El agente de la GPU se estremeció sorprendido cuando el maquinista de la locomotora polaca del tren directo Shepetovka-Varsovia, al conocer la causa de las pitadas de alarma, luego de prestar atención un instante, levantó lentamente la mano y tiró hacia abajo de la cadena que abría la válvula del pito. Sabía que hacía resonar el pito por última vez, que no prestaría ya más servicio en aquella máquina, pero su mano no se separó de la cadena y el mugido de la locomotora alzó de sus blandos divanes a los asustados correos y diplomáticos polacos.

p El depósito se llenaba de gente, que afluía por todas sus puertas. Cuando el gran edificio estuvo abarrotado, en el fúnebre silencio resonaron las primeras palabras.

p Habló el viejo bolchevique Sharabrin, secretario del Comité comarcal de Shepetovka.

p — ¡Camaradas! Ha muerto el jefe del proletariado mundial, Lenin. El Partido ha sufrido una pérdida irreparable, ha muerto aquel que creó y educó al Partido Bolchevique en el odio irreconciliable a los enemigos... La muerte del jefe del Partido y de la clase obrera llama a los mejores hijos del proletariado a nuestras filas...

p Los acordes de*la marcha fúnebre; centenares de cabezas descubiertas; y Artiom, que en los últimos quince años no había llorado, sentía cómo la angustia le subía a la garganta y cómo se estremecían sus hombros poderosos.

p Parecía que los muros del club ferroviario no iban a poder resistir el aflujo de las masas humanas. En la calle, el frío era muy intenso; los dos frondosos abetos que se alzaban a la entrada estaban cubiertos de nieve y de finos carámbanos; pero en la sala el ambiente estaba muy cargado a causa de la estufa y el aliento de seiscientas personas que deseaban asistir a la velada necrológica organizada por el colectivo del Partido.

p En la sala no había el ruido habitual ni rumor de conversaciones. Una gran pena ahogaba las voces; la gente hablaba en voz baja, y en centenares de ojos se percibía una dolorida alarma. Era como si allí se hubiera congregado la tripulación de un barco que hubiese perdido a su experto timonel, arrastrado por un golpe de mar.

p Con igual silencio los miembros del buró ocuparon sus 400 puestos tras la mesa presidencial. El fornido Sirotenko levantó con cuidado la campanilla, la agitó apenas y de nuevo la dejó sobre la mesa. Ello fue suficiente para que, poco a poco, un silencio angustioso se extendiera por el salón.

p Inmediatamente después del informe, se levantó Sirotenko, secretario general del colectivo. Lo que dijo no sorprendió a nadie, aunque era extraordinario en una reunión fúnebre. Sus palabras fueron éstas:

p — Varios obreros piden a la reunión que examine una solicitud suya; la firman treinta y siete camaradas. —Y leyó el documento:

p "Al colectivo del Partido Comunista Bolchevique de la estación de Shepetovka, ferrocarril del Suroeste.

p La muerte del Jefe nos ha llamado a las filas de los bolcheviques y rogamos que se examine nuestra solicitud en la reunión de hoy y se nos admita en el Partido de Lenin".

p Bajo estas breves palabras había dos columnas de firmas.

p Sirotenko las leyó, haciendo una pausa de unos segundos después de cada una de ellas, para que los congregados pudieran recordar los nombres conocidos.

p — Stanislav Sigmúndovich Polentovski, maquinista, treinta y seis años de trabajo.

p Un murmullo de aprobación recorrió la sala.

p — Artiom Andréievich Korchaguin, cerrajero, diecisiete años de trabajo.

p — Zajar Vasílievich Bruszhak, maquinista, veintiún años de trabajo.

p El murmullo iba en aumento, y el hombre junto a la mesa continuaba leyendo, mientras la gente escuchaba los nombres de los viejos obreros ferroviarios.

p Cuando el primero que había estampado su firma se acercó a la mesa, en la sala se hizo un profundo silencio.

p El viejo Polentovski no podía contener su emoción, al relatar la historia de su vida:

p — .. .¿Qué más deciros, camaradas? Todos sabéis cuál era la vida del trabajador en los viejos tiempos. Vivía esclavo, y en la vejez arrastraba una vida de mendigo. Reconozco que, cuando estalló la revolución, me consideré viejo. La familia pesaba sobre mis espaldas y no vi el camino al Partido. Y aunque en la lucha nunca ayudé 401 al enemigo, rara vez entraba en combate. En el año 1905 formé parte del comité de huelga en los talleres de la estación de Varsovia, y marchaba al paso de los bolcheviques. Entonces era joven y ardoroso. ¿Para qué recordar lo viejo? La muerte de Ilich me ha herido en lo más profundo del corazón, hemos perdido para siempre; al amigo y protector, ¡y no volveré a hablar más de mi vejez!... Que alguien lo diga con palabras más bonitas, yo no soy maestro de la oratoria. Sólo afirmo que mi camino es el de los bolcheviques, y no otro.

p La cabeza cana del maquinista se movió terca, y, bajo las blancas cejas, sus ojo» se clavaron en los que llenaban el local, como si esperara su fallo.

p Y cuando el buró pidió a los obreros sin partido que se manifestaran, ni una sola mano se levantó en contra, y nadie se abstuvo de votar en favor de aquel hombre bajito, de cabeza cana.

p Polentovski se retiró de la mesa, ya comunista.

p En la sala todos comprendían que estaba ocurriendo algo extraordinario. Allí donde hacía un instante se encontraba el maquinista, se alzaba ahora la enorme figura de Artiom. El cerrajero no sabía qué hacer de sus manazas y estrujaba el gorro con orejeras. La abierta zamarra de piel de oveja, rozada por los bordes, y el cuello de la guerrera militar gris, cuidadosamente cerrado con dos botones de cobre, daban a la figura del cerrajero un aspecto aseado, de fiesta. Artiom volvió la cabeza hacia la sala y, por un instante, percibió un rostro femenino conocido. Galina, la hija del cantero, se encontraba entre sus compañeras del taller de costura, sonriendo indulgente. Y en su sonrisa había aprobación y algo, que quedaba por decir, oculto en las comisuras de los labios.

p — ¡Relata tu biografía, Artiom! —dijo la voz de Sirotenko.

p Al mayor de los Korchaguin le fue difícil comenzar a referir su vida: no estaba acostumbrado a hablar en grandes reuniones. Hasta aquel momento no había sentido la imposibilidad de expresar todo lo acumulado en su existencia. Las palabras salían con dificultad y, por añadidura, la emoción no le dejaba hablar. Nunca había experimentado cosa semejante. Comprendía claramente que en su vida se estaba produciendo un brusco viraje y 402 que él, Artiom, daba ahora el último paso hacia lo que habría de dar calor y contenido a su dura y áspera existencia.

p — Mi madre tenía cuatro hijos —comenzó Artiom.

p La sala callaba. Seiscientas personas escuchaban atentas al obrero alto, de nariz aguileña y ojos ocultos bajo el fleco negro de sus cejas.

p — Mi madre servía de cocinera en las casas de los señores. A mi padre apenas lo recuerdo, se llevaba mal con la madre. Empinaba el codo más de la cuenta. Vivíamos con la madre. La pobre no podía dar de comer a tantas bocas. Los señores le pagaban cuatro rublos al mes, y la comida, y tenía que doblar el espinazo desde el amanecer hasta la noche. Tuve la suerte de ir dos inviernos a la escuela primaria, donde me enseñaron a leer y escribir, pero, cuando cumplí los nueve años, mi madre no tuvo más remedio que llevarme de aprendiz a un taller de cerrajería. Sin salario, tres años, por la comida... El dueño del taller era un alemán apellidado Ferster. No quería admitirme por mi poca edad, pero yo era un muchacho fuerte, y mi madre me había añadido dos años. Trabajé tres años en casa de aquel alemán. No me enseñaban el oficio, y me hacían ir de un lado para otro, de recados y por vodka. El alemán bebía hasta caerse de espaldas... Me enviaban por carbón y por hierro... La dueña me convirtió en su esclavo, me hacía sacar los orinales y pelar las patatas. Todo el mundo trataba de darme puntapiés, con frecuencia sin motivo alguno, porque sí, por costumbre; cuando algo de lo que hacía no era del gusto de la dueña —que siempre estaba de un humor de perros por las borracheras del marido—, ella me sacudía en los hocicos un par de mamporros. Yo escapaba a la calle, ¿pero a dónde iba a ir, a quién iba a quejarme? Mi madre se encontraba a cuarenta verstas y, además, no podía darme amparo... En el taller no era mejor mi vida. Allí mandaba en todo el hermano del dueño. A aquel canalla le complacía gastarme bromas. "Dame —me decía— aquella arandela”, y señalaba al suelo, al rincón donde se encontraba la fragua. Yo echaba mano a la arandela, acabada de forjar, ’recién sacada de la fragua. En el suelo estaba negra, pero, cuando la cogía uno, se quemaba los dedos hasta saltársele la piel. Yo 403 gritaba de dolor, y él relinchaba, retorciéndose de risa. No pudiendo resistir todo aquel tormento, huí a casa de mi madre. Pero ésta no tenía dónde meterme. Me llevó otra vez al alemán; por el camino lloraba. Al tercer año comenzaron a enseñarme algo del oficio, pero continuaron pegándome bofetadas. Volví a escaparme y fui a parar a Starokonstantínov. En esta ciudad me puse a trabajar en una salchichería, y allí estuve laVando tripas durante más de año y medio. Nuestro amo perdió a las cartas su negocio, no nos pagó ni un kopek por cuatro meses de trabajo y desapareció sin dejar rastro. Así salí de aquel agujero. Monté en el tren, me apeé en Zhmérinka y marché en busca de trabajo. Gracias a que un obrero del depósito de locomotoras se compadeció de mi situación y, al enterarse de que yo sabía algo del oficio de cerrajero, me hizo pasar por su sobrino, para solicitar de los jefes que me admitieran. Por mi estatura me echaron diecisiete años, y comencé a trabajar de ayudante de cerrajero. Aquí ya hace más de ocho años que trabajo. Esto, en lo que respecta a la vida anterior, y en cuanto a lo de aquí, ya lo sabéis todo.

p Artiom se pasó el gorro por la frente y exhaló un profundo suspiro. Había que decir aún lo fundamental, lo más duro para él, sin esperar a que nadie se lo preguntara. Y frunciendo sus pobladas cejas, continuó el relato:

p — Cada uno de vosotros puede preguntarme por qué no me encuentro entre los bolcheviques desde que se encendió la llama. ¿Qué puedo decir a esto? Aún me falta mucho para ser viejo, y sólo hoy he encontrado mi camino aquí. ¿Qué voy a ocultar? No vimos aún este camino en el año dieciocho, cuando nos declaramos en huelga contra los alemanes. Entonces había que haber comenzado. Zhujrái, el marino, más de una vez había hablado con nosotros. Fue ya en el año veinte cuando empuñé el fusil. Terminó el lío, arrojamos a los blancos al Mar Negro y regresamos. Luego, la familia, los chicos... Me encerré en mi casa. Pero cuando ha muerto nuestro camarada Lenin y el Partido ha lanzado el llamamiento, me he puesto a recapacitar acerca de mi vida y h$ comprendido lo que falta en ella. Es poco defender nuestro Poder; hay que levantarse todos juntos, como una familia unida, para ocupar el lugar de Lenin, para que el Poder 404 soviético se eleve como una montaña de acero. Debemos ser bolcheviques, pues el Partido es nuestro.

p Con sencillez, pero con profunda franqueza, turbándose por el defectuoso estilo de su discurso, el cerrajero terminó y, como si se hubiese quitado un enorme peso de encima, se irguió y quedó esperando las preguntas.

p — ¿Alguien desea hacer alguna pregunta? —inquinó Sirotenko, rompiendo el silencio.

p Las filas humanas se movieron, pero tardaban en responder. Un fogonero, negro como un escarabajo, que había llegado a la reunión directamente de su locomotora, dijo con firmeza:

p — ¿Qué se le va a preguntar? ¿Acaso no le conocemos? ¡Hay que admitirle, y asunto concluido!

p El fornido herrero Guiliaka, rojo por el calor y la tensión de nervios, afirmó con catarrosa voz:

p •— Este no descarrilará, será un camarada firme. ¡Pasa a la votación, Sirotenko!

p En las filas traseras, donde estaban sentados los komsomoles, se levantó alguien, cuyo rostro no se veía en la semioscuridad, y requirió:

p — Que el camarada Korchaguin diga por qué se ha asentado en la tierra y si la vida campesina no le aparta de la psicología proletaria.

p Un ligero murmullo de desaprobación recorrió la sala, y una voz protestó:

p — ¡Habla más sencillamente! ¡Has encontrado dónde emplear la retórica!

p Pero Artiom ya respondía:

p — Está bien, camarada. El muchacho tiene razón cuando dice que me he asentado en la tierra. Es cierto, pero por ello no he perdido la conciencia obrera. Y eso queda liquidado desde hoy. Me trasladaré con la familia más cerca del depósito y estaré más seguro, ya que la tierra no me deja respirar.

p El corazón de Artiom volvió a estremecerse cuando miró el bosque de manos levantadas, y sin sentir ya el peso de su cuerpo, sin doblar la espalda, se dirigió a su sitio. Detrás oyó la voz de Sirotenko:

p — Por unanimidad.

p El tercero en detenerse junto a la mesa presidencial fue Zajar Bruszhak El silencioso ex ayudante de 405 406 407 lentovski, que ya hacía tiempo había llegado a maquinista, acababa el relato de su vida de trabajador, y cuando llegó los últimos días, dijo en voz baja, pero de manera que todos le oyeron:

p — Estoy obligado a terminar la obra de mis hijos. Ellos no murieron para que yo me quedara arrinconado en casa con mi pena. No supe rellenar el hueco que dejó su muerte, pero la del Jefe me ha abierto los ojos. No me preguntéis por lo viejo, nuestra verdadera vida comienza ahora.

p Zajar, emocionado por los recuerdos, frunció sombrío el ceño, pero cuando, sin herirle con ninguna pregunta áspera, le admitieron en el Partido levantando unánimemente las manos, sus ojos se iluminaron y su cabeza canosa ya no se inclinó más.

p Hasta avanzada la noche continuó en el depósito de máquinas el examen de los que iban a constituir el relevo. Se admitía en el Partido sólo a los mejores, a quienes conocían bien, a los que durante toda su vida habían demostrado ser dignos de ello.

La muerte de Lenin convirtió en bolcheviques a centenares de miles de obreros. La muerte del Jefe no desorfanizó las filas del Partido, de la misma manera que el rbol, cuyas poderosas raíces han penetrado profundamente en la tierra, no muere si se fe corta la copa.

* * *
 

Notes

[392•*]   .. .de los "cuarenta y seis": acción conjunta de los restos oposicionistas en el Partido, agrupados en torno a Trotski. Exigían la libertad de fracción y grupos. Esa acción lo mismo que todas las acciones antipartido de Trotski, recibió una réplica contundente en la XIII Conferencia del Partido, celebrada en enero de 1924, (N. de la Edit.)