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Capítulo cuarto
 

p Dos postes constituyen la frontera. Callados y hostiles, encarnando dos mundos, se alzan el uno frente al otro. Uno de ellos está acepillado y pulido, pintado de negro y blanco, como la garita de un centinela. Arriba, con grandes clavos, está sujeta el ave de rapiña monocéfala. Desplegadas las alas, como si clavara sus garras en el poste a rayas, el ave de rapiña, con su pico curvado en tensión, escruta malévola el escudo metálico que hay frente a ella. A una distancia de seis pasos, hay otro poste redondo de brillante roble, profundamente hincado en tierra. Sobre éste destaca un escudo de hierro fundido, y en él, el martillo y la hoz. Aunque los postes están empotrados en 348 la tierra llana, entre los dos mundos existe un abismo. Nadie puede atravesar esos seis pasos, si no es a trueque de arriesgar la vida.

p Allí está la frontera.

p Desde el Mar Negro hasta el Extremo Norte, hasta el mismo Océano Glacial, en una distancia de miles de kilómetros, se extiende la línea inmóvil de los silenciosos centinelas de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, con el grandioso emblema del trabajo en sus escudos. Al Este y al Oeste de aquel poste con el águila monocéfala comienzan, respectivamente, las tierras de la Ucrania Soviética y las de la Polonia de los pañis. El pequeño pueblecito de Beresdov se pierde en un espeso bosque. A diez kilómetros de él, frente a la aldea polaca de Koriets, está la frontera. Desde el pueblecillo de Slavuta hasta el de Anápol se extiende el sector del batallón X de guardafronteras.

p Los postes fronterizos corren a través de campos nevados, pasan por el bosque, bajan hasta los barrancos, destácanse en las crestas de los cerros y, al llegar al río, otean desde la elevada orilla la llanura nevada de la tierra extraña...

p Hace frío. La nieve cruje bajo las botas de fieltro. Del poste con el martillo y la hoz se desprende una figura gigantesca, tocada de yelmo, como los héroes legendarios. Andando pesadamente, comienza a recorrer su sector. El corpulento soldado rojo viste capote gris, con distintivos verdes, y botas de fieltro. Encima del capote lleva un enorme abrigo de piel de oveja con anchísimo cuello, y un cálido casco de paño cubre su cabeza. Sus manos están protegidas por manoplas de piel. El abrigo le llega hasta los talones; con él no se tiene frío ni siquiera durante las más terribles ventiscas. Sobre su hombro descansa el fusil. El soldado rojo, barriendo la nieve con el abrigo, va por la línea de vigilancia, aspirando con satisfacción el humo de su cigarrillo. En la frontera soviética, en campo abierto, los centinelas se encuentran a un kilómetro el uno del otro, a fin de poder verse mutuamente a simple vista. En la frontera polaca hay dos hombres por cada kilómetro.

p En dirección contraria al soldado rojo,"por su senderillo de la línea de vigilancia se mueve un soldado polaco. Lleva burdos zapatones de soldado, guerrera y 349 pantalones de un color verde grisáceo y, encima de éstos, un capote negro con dos hileras de botones relucientes. Cubre su’ cabeza con una gorra de cuatro picos. El águila monocéfala brilla en muchas partes de su uniforme: en la gorra, en las hombreras y en el cuello del capote, pero esto no hace que sienta más calor. El frío cruel le ha calado hasta los huesos. Se frota sus orejas insensibles, se golpea los tacones sobre la marcha; sus manos, enfundadas en delgados guantes, están ateridas. No puede detenerse ni un minuto: el frío paraliza al instante sus articulaciones, y el soldado se mueve continuamente, a veces al trote. Los centinelas se nivelan, y el polaco da la vuelta y echa a andar paralelamente al soldado rojo.

p En la frontera no se puede conversar, pero cuando alrededor todo está desierto y los seres humanos más próximos se encuentran a un kilómetro de distancia, ¿quién sabe si estos dos centinelas que marchan paralelamente guardan silencio o infringen las leyes internacionales?

p El polaco quiere fumar, pero ha olvidado las cerillas en el cuartel, y el vientecillo, como si pretendiera hacerle rabiar, trae de la parte soviética el aroma tentador del tabaco. El polaco deja de frotarse las orejas y mira hacia atrás: a veces, una patrulla montada, con el suboficial a la cabeza, y en ocasiones incluso con el teniente, recorre la frontera para comprobar los puestos y surge de detrás de algún montículo cuando menos se la espera. Pero alrededor todo está desierto. La nivea sábana brilla cegadora al sol. En el cielo no hay ni una sola estrellita de nieve.

p — Camarada, dame cerillas —dice el polaco, infringiendo el primero la ley sagrada y, echándose a la espalda su fusil francés de larga bayoneta, saca del bolsillo del capote, con dedos ateridos, un paquete de cigarrillos baratos.

p El soldado rojo ha oído la petición del polaco, pero el reglamento del servicio de guardafronteras prohibe al combatiente entablar conversación con cualquier extranjero, y además no ha comprendido bien lo dicho por el soldado. Y continúa su camino, pisando fuerte la crujiente nieve con sus pies enfundados en las cálidas botas de fieltro.

p — Camarada bolchevique, dame fuego, tírame la caja de cerillas —dice el polaco, esta vez en ruso.

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p El soldado rojo escruta a su vecino. "Se ve que el frío se le ha metido hasta los hígados al pan. Aunque es un soldadillo burgués, su vida es perra. Lo han arrojado a este frío, soló con el capotillo, salta como una liebre, y sin poder fumar las está pasando negras”. Y el soldado rojo, sin volverse, tira la caja de cerillas. El polaco la coge al vuelo y, rompiendo muchas cerillas, enciende por fin. La caja vuelve a pasar de la misma forma la frontera y, entonces, el soldado rojo infringe sin querer la ley.

p — Quédatelas, yo tengo.

p Pero del otro lado de la frontera se oye decir:

p — Gracias, por esa caja de cerillas tendría que pasarme un par de añitos en la cárcel.

p El soldado rojo mira la caja. En ella hay un avión. En vez de la hélice, se ve un puño poderoso y la inscripción: "Ultimátum".

p "Sí, efectivamente, para ellos no son apropiadas".

p El soldado polaco continúa marchando paralelamente al combatiente soviético. Se aburre solo en el campo desierto.

p Las sillas crujían de modo rítmico, el trote de los caballos era de una uniformidad tranquilizadora. El morro del potro negro, sus belfos y crines estaban cubiertos de escarcha; la respiración del caballo se desvanecía en el aire, formando vapor blanco. La yegua pía del jefe de batallón braceaba con gracia, jugueteaba con las riendas, doblando en arco su fino cuello. Ambos jinetes llevaban capotes grises, ceñidos por el correaje, y con tres cuadrados rojos en la bocamanga; pero los galones que llevaba Gavrílov, el jefe del batallón, en las puntas del cuello del capote eran verdes, y los de su acompañante, rojos. Gavrílov era, guardafronteras. Su batallón extendía sus puestos en una longitud de setenta kilómetros. Aquí él era el "dueño”. Su acompañante y huésped, llegado de Beresdov, era Korchaguin, comisario del batallón de instrucción premilitar.

p Por la noche había nevado mucho y, ahora, la nieve yacía esponjosa y blanda, no hollada aún por los cascos de los caballos ni por la planta del hombre. Los jinetes 351 salieron del bosquecillo y cruzaron al trote el campo. A un lado, a unos cuarenta pasos, de nuevo vieron dos postes.

p — ¡Sooo!

p Gavrílov tiró con fuerza de las riendas. Korchaguin hizo volver grupas a su potro negro, para saber la causa de la parada. Gavrílov, inclinándose, examinaba atentamente una extraña cadena de huellas marcadas en la nieve y que daban la impresión de que alguien hubiera pasado una rueda dentada. Sí, por allí había pasado una alimaña astuta, que, para desfigurar sus huellas, había ido poniendo sus patas traseras sobre las huellas de las delanteras, enredando su pista con un complejo trenzado. Era difícil discernir de dónde venían las huellas, pero no eran las pisadas de la alimaña lo que había obligado a Gavrílov a detenerse. A dos pasos de la cadenita de huellas, había otras, cubiertas de nieve. Por allí había pasado un hombre. No había intentado ocultar sus huellas, que se encaminaban directamente al bosque, y su dirección demostraba claramente que el hombre había venido de Polonia. El jefe de batallón instigó al caballo, y las huellas le llevaron hasta la línea de vigilancia. En una distancia de varios metros se veían señales de pisadas en el territorio polaco.

p — Alguien ha pasado la frontera por la noche — gruñó el jefe de batallón—. De nuevo en la 3a sección se han dormido, y en el parte de la mañana no dicen ni palabra. ¡Diablos! —Gavrílov tenía hebras de plata en los bigotes. El aliento, al helarse, los había argentado, haciendo que pendieran severos, sobre su boca.

p Al encuentro de los jinetes avanzaban dos figuras: una pequeña y negra, con la hoja de la bayoneta francesa despidiendo destellos al sol, y otra enorme, con un abrigo amarillo de piel de oveja. La yegua pía sintió la presión de las «piernas de su dueño y aceleró la marcha, y los jinetes se acercaron rápidamente hacia los que venían en dirección contraria. El soldado rojo enderezó en el hombro la correa del fusil y escupió a la nieve la colilla de su cigarrillo.

p — ¡Salud, camarada! ¿Qué hay por su sector? —Y el jefe de batallón, casi sin tener que inclinarse, por la talla gigantesca del soldado rojo, le tendió la mano. El 352 gigantón se quitó precipitadamente el guante y estrechó la mano de su jefe.

p El polaco observaba desde lejos. Los oficiales rojos saludaban al soldado como si fuera un amigo íntimo. Por un instante se figuró cómo podía dar la mano a su mayor Sakrzhewsky, y este pensamiento absurdo le obligó a volver involuntariamente la cabeza.

p — Acabo de hacerme cargo del puesto, camarada jefe de batallón —informó el soldado rojo.

p — ¿Ha visto usted las huellas que hay allí?

p — No, aún no.

p — ¿Quién ha estado de puesto por la noche desde las dos hasta las seis?

p — Surotenko, camarada jefe de batallón.

p — Bien, esté alerta.

p Y, cuando ya se disponía a partir, advirtió severo:

p — Menos paseos con ésos.

p Mientras los caballos marchaban al trote por el ancho camino que llevaba de la frontera al pueblecillo de Beresdov, el i efe de batallón decía:

p — En la frontera hay que estar siempre alerta. Si uno se duerme, lo lamenta luego amargamente. Nuestro servicio no conoce el sueño. De día no es tan fácil atravesar la frontera, pero por la noche hay que aguzar el oído. Juzga tú mismo, camarada Korchaguin. En el sector hay cuatro aldeas divididas por la mitad. Aquí es muy difícil. Pongas como pongas los puestos, cuando hay boda o alguna fiesta asiste toda la familia del otro lado de la frontera. ¿Y cómo no van a cruzarla cuando hay veinte pasos de casa a casa y el río lo puede pasar una gallina? También se dan casos de contrabando. Cierto que son pequeneces. Una mujer que trae un par de botellas de aguardiente polaco de cuarenta grados, pero también hay no pocos grandes contrabandistas, con los que trabaja gente que maneja mucho dinero. ¿Y sabes lo que hacen los polacos? En todas las aldeas fronterizas han abierto grandes almacenes, donde se puede comprar todo lo que se quiera. Naturalmente, no lo han hecho para sus pobres campesinos.

p Korchaguin escuchaba con interés al jefe de batallón. La vida de la frontera se parecía a un servicio de exploración continuo.

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p — Dime, camarada Gavrílov, ¿la cosa queda limitada al paso de contrabando?

p El jefe de batallón respondió sombrío:

p — No, y ése es el mal...

p Beresdov era un pequeño pueblo, un apartado rinconcillo provinciano, antigua zona de residencia judía, donde había cerca de trescientas casas dispuestas sin orden ni concierto. La plaza del mercado, en cuyo centro se alzaban unas veinte tiendas, era enorme, pero extraordinariamente sucia, y estaba llena de estiércol. El pueblecillo estaba rodeado por las fincas de los campesinos. En el centro, en el barrio judío, una sinagoga situada en el camino del matadero. El vetusto edificio infundía tristeza. Cierto que la sinagoga no podía quejarse de estar vacía los sábados, pero ya no era lo de antes, y la vida del rabino no era tampoco la que él hubiera querido llevar. Por lo visto, en el año 17 debía haber ocurrido algo muy malo, cuando incluso allí, en lugar tan apartado, la juventud miraba al rabino sin el debido respeto. Cierto que los viejos aún no comían nada prohibido por la religión, ¿pero cuántos muchachos se zampaban la salchicha de cerdo, maldecida por Dios? ¡Puaf!, incluso de pensarlo daba asco. El rabino Bóruj, irritado, dio un puntapié al cerdo que con su hocico rebuscaba algo comestible en el montón de estiércol. En verdad, el rabino estaba muy descontento de que Beresdov se hubiera convertido en cabeza de distrito. ¡Había venido, el diablo sabría de dónde, una multitud de comunistas que no hacían más que enredar y enredar, y cada día traía nuevos disgustos! El día anterior había visto en los portales de la finca del pope un nuevo rótulo: "Juventud Comunista de Ucrania. Comité de distrito de Beresdov".

p No se podía esperar nada bueno de aquel rótulo. Y embargado por tales pensamientos, el rabino no advirtió que se había dado de narices con un cartel pegado en la puerta de la sinagoga.

p "Hoy, en el club, se celebrará asamblea abierta de la juventud trabajadora. Informarán el presidente del Comité Ejecutivo Lisitsin, y el secretario interino del Comité de distrito de la Juventud Comunista, camarada 354 Korchaguin. Después de la reunión, los estudiantes de la escuela media darán un concierto".

p El rabino arrancó furioso el cartel pegado en la puerta.

p "¡Ya comienza!"

p La pequeña iglesia del lugar estaba enmarcada, a ambos lados, por el gran jardín de la finca del pope. En el jardín había una espaciosa casa de construcción antigua. Triste era el aspecto de las habitaciones sin ventilar en las que vivían el pope y su mujer, tan viejos y aburridos como el caserón, y hartos hacía tiempo el uno del otro. La tristeza desapareció cuando entraron allí los nuevos dueños. En la gran sala, donde los piadosos dueños recibían a sus invitados los días de gran solemnidad, reinaba ahora de continuo la animación. La casa del pope se había convertido en el local del Comité del Partido en Beresdov. En la puerta de una pequeña habitación, a la derecha de la entrada principal, estaba escrito con tiza: " Comité de distrito de la Juventud Comunista”. Aquí pasaba parte de su día Korchaguin, que, además de sus funciones de comisario del 2° batallón de instrucción premilitar, desempeñaba las de secretario del Comité de distrito de la Juventud, recién creado.

p Habían transcurrido ocho meses desde la fiesta con sus camaradas, en casa de Anna. ¡Y parecía que había sido ayer! Korchaguin apartó la montaña de papeles a un lado y, recostándose en el respaldo del sillón, se sumió en sus meditaciones...

p En la casa reinaba el silencio. Era ya avanzada la noche y el Comité del Partido había quedado desierto. Hacía poco que había salido el último, Trofímov, secretario general del Comité del Partido, y ahora Korchaguin se encontraba solo en la casa. El frío había bordado en la ventana fantásticos arabescos de hielo. Sobre la mesa lucía el quinqué, y la estufa caldeaba la habitación. Korchaguin recordaba algo no muy lejano. En agosto, el colectivo de los talleres le había enviado como organizador de la juventud a Ekaterinoslav, con un tren de reparación. Y hasta avanzado el otoño, ciento cincuenta hombres fueron de estación en estación, liberándolas de la herencia dejada por la guerra y el desbarajuste: los vagones quemados y destrozados. Su camino extendióse desde Siniélnikovo hasta Pologui. Allí, en el antiguo reino del 355 bandido Majnó, había a cada paso huellas de destrucción y saqueo. En Guliai Polie estuvieron una semana restaurando la torre de piedra del depósito de agua y poniendo remiendos de hierro en los costados del depósito, desgarrado por la dinamita. El electricista no conocía el arte y las dificultades del trabajo de los ajustadores, pero sus manos, armadas de la llave, apretaron millares de tuercas oxidadas.

p Ya avanzado el otoño, regresó el tren a los talleres. Estos recibieron de nuevo en sus pabellones ciento cincuenta pares de manos...

p Cada vez con mayor frecuencia veían al electricista en casa de Anna. Había desaparecido la arruga de su frente, y más de una vez se oía su risa contagiosa.

p De nuevo la muchachada, sucia de mazut, escuchaba en los círculos sus relatos sobre los lejanos años de lucha, sobre las tentativas de la turbulenta Rusia esclava y vestida de arpillera por derrocar al monstruo coronado, sobre las revueltas de Stepán Razin y Pugachov.

p Una tarde, en la que en casa de Anna se había reunido mucha gente joven, el electricista se liberó inesperadamente de una herencia vieja e insana. Pável, acostumbrado al tabaco casi desde la infancia, dijo áspera e irrevocablemente:

p — No volveré a fumar.

p Ello ocurrió de manera inesperada. Alguien había entablado una discusión, diciendo que la costumbre era más fuerte que el hombre, y, como ejemplo, citó el tabaco. Las opiniones eran diversas. El electricista no tomaba parte en la conversación, pero le arrastró a ella Talia, obligándole a manifestarse. Korchaguin dijo lo que pensaba:

p — El hombre domina las costumbres, y no al contrario. ¿A dónde iríamos a parar si no fuera así?

p Tsvetáev gritó desde el rincón:

p — Palabras altisonantes. Korchaguin es muy aficionado a eso. Sin embargo, todo es oropel. ¿Fuma? Fuma. ¿Sabe que el tabaco le perjudica? Lo sabe. Pero no tiene coraje para dejarlo. No hace mucho "sembraba cultura" en los círculos. —Y cambiando de tono, Tsvetáev dijo con frío sarcasmo—: Que nos diga qué tal va con los ternos. Quien conozca a Pável, dirá que blasfema rara vez, pero con tino. Es más fácil echar sermones que ser santo.

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p Se hizo el silencio. La aspereza del tono de Tsvetáev causó a todos una sensación desagradable. El electricista tardó unos instantes en contestar. Después, retirando lentamente de la boca el cigarrillo, lo aplastó y dijo en voz baja:

p — No volveré a fumar.

p Y luego de permanecer callado unos segundos, añadió:

p — Lo hago por mí, y un poco por Dimka. El hombre que no puede romper con una mala costumbre no vale para nada. Me queda aún la de blasfemar. No he podido todavía acabar definitivamente con esa vergüenza, hermanos, pero incluso Dimka reconoce que rara vez oye mis temos. Más fácil es que se le escape a uno una mala palabra que fumarse un cigarrillo; he aquí por qué no digo que he terminado con ello. Pero, sin embargo, enterraré también las blasfemias.

p Poco antes del invierno, las armadías rotas por la crecida de aguas de otoño, interceptaron el río. El combustible se perdía escapándose río abajo. Solómenka envió de nuevo a sus muchachos a salvar la riqueza forestal.

p El deseo de no quedar a la zaga de sus cantaradas obligó a Korchaguin a ocultarles su fuerte catarro, y, cuando una semana más tarde en la orilla del embarcadero se alzaban ya las pilas de leña, el agua helada y la humedad otoñal despertaron al enemigo que dormía en la sangre, y la fiebre abrasó a Korchaguin. Durante dos semanas, un reumatismo agudo quemó su cuerpo, y cuando regresó del hospital, trabajaba a horcajadas en el banco. El maestro no hacía más que mover la cabeza. Unos días después, una comisión médica le declaró inútil para el trabajo, y Pável recibió la cuenta y el derecho a una pensión, que, encolerizado, se negó a aceptar.

p Con angustia en el corazón, abandonó sus talleres. Apoyándose en una cayada, andaba despacio y con dolor torturante. La madre le había escrito más de una vez, rogándole que la visitara, y ahora Pável recordó a su vieja y las palabras pronunciadas por ella al despedirse:

p — No Os veo más que cuando estáis descalabrados.

p En el Comité provincial recibió las fichas de la Juventud y del Partido, y casi sin despedirse de nadie, para no 357 aumentar su pena, se marchó a casa de su madre. La vieja se pasó dos semanas dándole baños de vapor y frotándole las piernas hinchadas. Al cabo de un mes Pável andaba ya sin bastón y en su pecho latía la alegría: las tinieblas se habían convertido de nuevo en amanecer. El tren le llevó a la capital de la provincia. Tres días después, en la sección de organización le entregaron un documento por el que se le enviaba a la comandancia militar de la provincia para que fuera utilizado como trabajador político en las formaciones de instrucción premilitar.

p Y una semana más tarde llegó a este pueblecillo cubierto de nieve, como comisario del 2° batallón. En el Comité comarcal de la Juventud recibió la tarea de agrupar a los komsomoles dispersos y crear la organización en el nuevo distrito. He aquí el nuevo giro que había tomado su vida.

p En la calle hacía un calor sofocante. Una rama de guindo asomaba por la ventana del despacho del presidente del Comité Ejecutivo. El sol hacía brillar la cruz dorada en el campanario gótico de la iglesia católica que se encontraba frente al Comité Ejecutivo, al otro lado de la carretera. En el jardín, ante la ventana, los pequeños gansos de la guardesa del Comité, de plumas suaves y verdosas, como la hierba que les rodeaba, buscaban algo que picotear.

p El presidente del Comité Ejecutivo estaba terminando de leer un telegrama, acabado de recibir. Su rostro se ensombreció. Su mano grande y nudosa se deslizó a su cabellera, abundante y rizada, y quedó inmóvil.

p El presidente del Comité Ejecutivo de Beresdov, Nikolái Nikoláievich Lisitsin, sólo tenía veinticuatro años, pero esto no lo sabía ninguno de sus colaboradores y camaradas de Partido. Era un hombre fuerte, grave y a veces temible. Fornido de cuerpo, de cabeza grande, asentada sobre un cuello poderoso, ojos castaños, penetrantes y fríos, y barbilla de trazo acusado y enérgico, aparentaba unos treinta y cinco años. Vestía pantalones de montar azules y una guerrera gris, que "había visto mucho mundo”. En el bolsillo izquierdo del pecho llevaba prendida la Orden de la Bandera Roja.

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p Hasta Octubre, Lisitsin “mandaba” un torno en una fábrica de armas de Tula, donde su abuelo, su padre y él, casi desde la infancia, cortaban y torneaban el hierro.

p Y desde aquella noche de otoño en que empuñó las armas, que hasta entonces solamente produjera, Lisitsin fue arrastrado por la tormenta. La revolución y el Partido le lanzaban de un incendio a otro. El armero de Tula había recorrido un camino glorioso, desde soldado rojo hasta jefe militar y comisario de regimiento.

p Los incendios y el tronar de los cañones quedaron sumidos en el pasado. Ahora Nikolái Lisitsin se encontraba allí, en el distrito fronterizo. Su vida transcurría apaciblemente. Hasta entrada la noche estudiaba los partes sobre la cosecha, y he aquí el mensaje recibido resucitaba por un instante el pasado. El mensaje advertía con el lenguaje parco del telégrafo:

p "Absolutamente secreto. Presidente Comité Ejecutivo Beresdov Lisitsin.

p Frontera obsérvase movimiento banda numerosa enviada polacos, capaz aterrorizar distritos fronterizos. Tome medidas precaución. Proponemos trasladar valores sección finanzas centro, sin retener sumas recaudadas".

p Por la ventana del despacho veía Lisitsin a todos los que entraban en el Comité Ejecutivo del distrito. Korcha-

p Sin apareció en la entrada. Al cabo de un minuto se oyó .mar a la puerta.

p — Siéntate y hablaremos —y Lisitsin estrechó la mano de Korchaguin.

p Durante una hora el presidente del Comité Ejecutivo no recibió a nadie.

p Cuando Korchaguin salió del despacho, ya era mediodía. Por el jardín apareció corriendo Niura, la hermanita pequeña de Lisitsin. Páveí la llamaba Aniutka. La niña era tímida y de una seriedad impropia de sus años. Al ver a Korchaguin, siempre le sonreía cordial, y ahora le saludó con pueril timidez, al tiempo que apartaba de su frente un mechón de rebeldes cabellos.

p — ¿No hay nadie en el despacho de Kolia? Hace ya tiempo que María Mijáilovna le espera para comer —dijo Niura.

p — Ve, Aniutka, está solo.

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p Al día siguiente, mucho antes del amanecer, llegaron al Comité Ejecutivo tres carros tirados por caballos bien cebados. Sus ocupantes conversaban en voz baja. De la sección de finanzas sacaron varios sacos precintados y los cargaron en uno de los carros; unos minutos más tarde, las ruedas traqueteaban por la carretera. Un destacamento al mando de Korchaguin rodeaba los carros. Los cuarenta kilómetros que les separaban del centro comarcal (de ellos veinticinco a través de bosque) fueron recorridos sin novedad, y los valores pasaron a la caja de caudales de la sección de finanzas de la comarca. Unos días después, desde la frontera, llegó a Beresdov, a galope tendido, un jinete montado en un caballo cubierto de espuma, al que acompañaban las miradas perplejas de los ociosos del lugar.

p Junto a la puerta del Comité Ejecutivo, el jinete sé dejó caer pesadamente del caballo y, sujetando el sable, subió los escalones armando un estrépito espantoso con sus enormes botas. Lisitsin, frunciendo el ceño, tomó de sus manos el sobre lacrado, lo abrió y lo devolvió vacío después de firmarlo. Sin dejar reposar a su caballo, el guardafronteras saltó a la silla y emprendió el regreso al galope.

p Nadie, a excepción del presidente del Comité Ejecutivo, que acababa de leerlo, conocía el contenido del sobre. Pero los vecinos de los lugarejos tienen un olfato canino. En estos lugares, de cada tres pequeños comerciantes, dos eran obligatoriamente pequeños contrabandistas, y este oficio desarrollaba en ellos la intuición del peligro.

p Dos hombres se dirigían rápidamente por la acera al Estado Mayor del batallón de instrucción premilitar. Uno de ellos era Korchaguin. Los vecinos le conocían: siempre iba armado. Pero el que el secretario del Partido, Trofímov, llevara el correaje y el revólver era mala señal.

p Unos minutos más tarde, del Estado Mayor salieron corriendo unos quince hombres y, en ristre los fusiles con las bayonetas caladas, corrieron hacia el molino que se encontraba en el cruce de la carretera. Los restantes comunistas y komsomoles se armaban en el Comité del Partido. Pasó al galope, con su gorro cosaco y su inseparable máuser al costado, el presidente del Comité Ejecutivo. Estaba claro que ocurría algo anormal, y la plaza grande y las sordas callejuelas parecían haber muerto: en ellas 360 no había un alma. En un instante, en las puertas de las tiendecillas aparecieron enormes candados medioevales, y se cerraron con estrépito los postigos. Sólo las temerarias gallinas y los cerdos, anonadados por el calor, rebuscaban cuidadosamente en los montones de basura.

p En el extremo de la aldea, en los huertos, se montó un puesto de vigilancia. Allí comenzaba el campo, y se veía, hasta muy lejos, la línea recta de la carretera.

p El comunicado recibido por Lisitsin era parco en palabras.

p "La noche pasada, en la zona de Poddubtsi, ha irrumpido en el territorio soviético, combatiendo, una banda de caballería con cien sables aproximadamente y dos fusiles ametralladores. Tome medidas. La pista de la banda se pierde en los bosques de Slavuta. Advierto que durante el día pasará por Beresdov, en persecución de la banda, un escuadrón de cosacos rojos. No se confundan.

p El jefe del batallón
especial de guardafronteras,
Gavrílov".

p Al cabo de una hora, en la carretera que conducía al lugar, aparecieron un jinete y, un kilómetro más atrás, un grupo de gente a caballo. Korchaguin escrutó la carretera. El jinete se acercaba cauteloso, pero no vio el puesto emboscado en los jardines. Era un joven soldado del 7° regimiento de cosacos rojos. Iba de reconocimiento la primera vez, y cuando de repente le rodearon los hombres que salieron de los huertos a la carretera y vio en sus guerreras las insignias de la IJC, sonrió turbado. Luego de una breve conversación, volvió grupas y galopó hacia el escuadrón que se acercaba al trote. Los hombres del puesto dejaron pasar al escuadrón y de nuevo se ocultaron en los jardines.

p Transcurrieron unos cuantos días de inquietud. Lisitsin recibió un parte en el que le decían que los bandidos no habían logrado desarrollar actos de diversión: la banda, perseguida por la caballería roja, se había visto obligada a retirarse precipitadamente al otro lado de la frontera.

p Un grupito insignificante de bolcheviques —19 hombres— trabajaba intensamente en todo el distrito, organizando las instituciones soviéticas. El distrito era nuevo y en él había que crearlo todo, empezando por lo más 361 fundamental. La proximidad de la frontera mantenía a todos en continua vigilancia.

p Las reelecciones a los Soviets, la lucha contra los bandidos, la labor cultural, la lucha contra el contrabando, el trabajo militar, el de la Juventud y el del Partido, éste era el circuito por el que giraba rauda, desde el amanecer hasta altas horas de la noche, la vida de Lisitsin, de Trofímov, de Korchaguin y del reducido grupo de activistas reunido por ellos.

p Del caballo a la mesa del despacho, de ésta a la plaza, por donde marchaban las secciones de jóvenes que hacían la instrucción, el club, la escuela, dos o tres reuniones; y por la noche el caballo, el máuser junto a la cadera y el brusco: "Alto, ¿quién vive?”, seguido del traqueteo del carro que huía con el contrabando; tales eran los días y muchas de las noches del comisario del 2° batallón.

p El Comité de la Juventud del distrito de Beresdov lo componían Korchaguin, Lida Polievij, muchacha de ojos mongólicos, oriunda de la región del Volga, dirigente de la sección femenina, y Zheñka Rasvalijin. Zheñka era un chico "joven, pero avispado”, alto y guapo, que hacía poco aún estudiaba en el liceo. Amaba las aventuras peligrosas y conocía muy bien a Sherlock Holmes y a Luis Boussenard. Trabajaba Rasvalijin en la sección administrativa del Comité de distrito del Partido; hacía cuatro meses que había ingresado en la Juventud Comunista, pero entre los komsomoles se comportaba como un "viejo bolchevique”. No teniendo a nadie para enviar a Beresdov, el Comité comarcal de la Juventud, después de pensarlo mucho, designó a Rasvalijin secretario de masas.

p El sol se hallaba en su cénit. El calor sofocante penetraba hasta los rincones más recónditos; todo lo vivo habíase escondido bajo techo; hasta los perros se habían refugiado en los pajares, y yacían allí, agobiados por el calor, perezosos y soñolientos. Parecía como si todo lo vivo hubiera abandonado la aldea; tan sólo en el charco, junto al pozo, gruñía beatíficamente un cerdo, enterrado en el fango.

p Korchaguin desató el caballo y, mordiéndose los labios, por el dolor que sentía en la rodilla, montó. La maestra se encontraba en los peldaños de la entrada de la escuela, con la mano sobre sus ojos para protegerlos del sol.

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p — Hasta la vista, camarada comisario —dijo sonriendo.

p El caballo piafó impaciente y, combando el cuello, tiró de las riendas.

p — Hasta la vista, camarada Rakítina. Quedamos en eso: mañana dará usted la primera lección.

p El caballo sintió las riendas sueltas, e inmediatamente emprendió el trote. En aquel momento, Korchaguin oyó unos alaridos salvajes, que llegaban de lejos. Así solían gritar las aldeanas cuando ocurría un incendio en el lugar. El duro bocado hizo volver grupas al caballo bruscamente, y el comisario vio que del lindero de la aldea venía corriendo, jadeante, una campesina joven. Rakítina salió al centro de la calle y la detuvo. En los umbrales de las casas vecinas apareció gente, viejos y viejas en su mayoría. Todos los aptos para el trabajo encontrábanse en el campo.

p — ¡Ay, buenas gentes, que está ocurriendo allí! ¡Ay, qué espanto, qué espanto!

p Cuando Korchaguin galopó hacia las mujeres, la gente acudía corriendo de todos lados. Rodearon a la mujer, le tiraban de la manga de su blusa blanca, hacían llover sobre ella preguntas asustadas, pero de sus palabras incoherentes era imposible comprender nada. "¡Lo han matado! ¡Se están matando!”, gritaba sin cesar. Un abuelo de enmarañadas barbas, sosteniéndose con la mano los pantalones de burda tela y brincando torpemente, acosó a la joven mujer:

p — ¡No grites como una loca! ¿Dónde se matan? ¿Por qué-se matan? ¡Deja ya de aullar! ¡Puaf, diablo!

p — ¡Los de nuestra aldea se -están pegando con los de Poddubtsi... por lo de las lindes! ¡Los de Poddubtsi están matando a los nuestros!

p Todos comprendieron la desgracia. En la calle, las mujeres comenzaron a proferir alaridos, gritaban furiosamente los viejos. Y un clamor de llamada recorrió la aldea, metiéndose por las casuchas, como un toque de rebato: "¡Los de Poddubtsi siegan con sus guadañas a los nuestros, por lo de las lindes!" De las casas se lanzaban corriendo a la calle todos los que podían andar y, armándose de horquillas, de hachas o, simplemente, de una estaca de cercado, salían veloces en dirección al campo, 363 donde, en sangrienta carnicería, dos aldeas decidían su pleito anual de las lindes.

p Korchaguin fustigó con tal fuerza su caballo, que el bruto emprendió súbitamente el galope. Incitado por los gritos del jinete, adelantando a la gente que corría, el caballo moro avanzaba a saltos impetuosos. Con las orejas pegadas a la cabeza y levantando mucho las patas, aumentaba de continuo su velocidad. En el montículo, como si quisiera cerrar el paso, el molino de viento extendía a ambos lados los brazos de sus aspas. A la derecha de éste, en la hondonada junto al río, había una pradera. A la izquierda, en cuanto abarcaba la vista, ya elevándose en cerrillos, ya descendiendo en barrancos, se extendía un campo de centeno. El viento corría por el centeno maduro, como si lo acariciara con la mano. Junto a la carretera se destacaba el rojo vivo de las amapolas. Allí reinaba el silencio y hacía un calor insoportable. Sólo a lo lejos, abajo, donde como una serpiente argentada se calentaba al sol el río, sonaban los gritos.

p El caballo, a una velocidad terrible, volaba hacia abajo, en dirección a la pradera. "Si se le engancha una pata, nos iremos los dos al otro barrio”, pensó fugazmente Pável. Pero ya no podía detener al bruto, y pegándose a él, Koíchaguin escuchaba el silbar del viento en sus oídos.

p Galopando como un loco, entró en la pradera. Allí, la gente se aporreaba con furor estúpido y bestial. Varios hombres yacían en tierra, manando sangre.

p El caballo derribó a un hombre barbudo que, empuñando un cacho de mango de su guadaña, corría tras un muchacho con el rostro sangrante. Un campesinote tostado por el sol pisoteaba con sus botazas a su enemigo, tendido en tierra, tratando celosamente de darle en la boca del estómago.

p Korchaguin cayó sobre el montón de gente con todo el peso del caballo y dispersó en distintas direcciones a los que luchaban. Sin dejarles reponerse, hizo volver grupas furiosamente a su caballo y lo lanzó de nuevo contra la gente enfurecida; comprendiendo que aquella sanguinolenta masa humana sólo podía ser separada por un salvajismo igual al suyo y por el terror, gritó rabioso:

p — ¡Disolveos, canallas! ¡Os voy a matar a tiros, bandidos!

364

p Y sacando violentamente su máuser de la funda, disparó por encima de uno de los rostros crispados de coraje. Lanzó de nuevo el caballo y volvió a disparar. Algunos, arrojando las guadañas, echaron a correr. Así, galopando furiosamente por los prados sin dar punto de reposo al máuser, el comisario consiguió su objetivo. La gente huyó de la pradera en distintas direcciones, intentando escapar de la responsabilidad y de aquel hombre, terrible en su furor y surgido no se sabía de dónde, que empuñaba "una máquina maldita" que disparaba sin cesar.

p Pronto llegó a Poddubtsi el juzgado del distrito. El juez popular estuvo mucho tiempo interrogando con obstinación a los testigos, pero no pudo descubrir a los instigadores. Nadie murió en aquella refriega; los heridos escaparon con vida. Tenazmente y con paciencia bolchevique, trataba el juez de aclarar a los sombríos campesinos que le escuchaban, cuan bárbaro e inadmisible era lo que habían hecho.

p — Tienen la culpa las lindes, camarada juez, las lindes se han confundido. Por ellas nos pegamos todos los años.

p Con todo, algunos tuvieron que responder, y una semana más tarde, una comisión clavaba por la pradera jalones en los lugares objeto de disputa. Un viejo agrimensor, sudando a mares y agotado por el bochorno y la larga caminata, decía a Korchaguin mientras enrollaba la cinta métrica:

p — Llevo treinta años midiendo tierra, y en todas partes las lindes son motivo de discordia. Mira la línea de división de los prados, ¡es algo increíble! ¡Incluso un borracho anda más derecho! ¿Y qué ocurre en los campos? Las parcelas tienen una anchura de tres pasos, unas se meten en las otras; medirlas, es como para volverse loco. Y cada año se fraccionan y se fraccionan más. El hijo se separa del padre y dividen la parcela por la mitad. Le aseguro que dentro de veinte años los campos serán una masa compacta de lindes y no habrá dónde sembrar. Ahora el diez por ciento de la tierra está ya ocioso, bajo las lindes.

p Korchaguin sonrió:

p — Dentro de veinte años no quedará en nuestro país una sola linde, camarada agrimensor.

365

p El viejo miró indulgentemente a su interlocutor.

p — ¿Habla usted de la sociedad comunista? Bueno, pero eso va para largo.

p — ¿Ha oído usted hablar del koljós de Budánovka?

p — ¡Ah! ¿A eso se refiere usted?

p — Sí.

p — He estado en Budánovka... Pero ésa es una excepción, camarada Korchaguin.

p La comisión medía. Dos muchachos hincaban los jalones. Y a ambos lados del prado encontrábanse los campesinos, cuidando vigilantes de que cada jaloncillo se clavara en el lugar donde estaba la linde anterior, apenas perceptible por las estacas medio podridas que, en algunos sitios, sobresalían de la hierba.

p Fustigando con el palo del látigo al caballo de varas, el carretero se volvió hacia los pasajeros y, locuaz, comenzó a contar:

p — ¡Vaya usted a saber cómo esos komsomoles han podido aparecer aquí! Antes no los había. Y es de suponer que todo ha partido de la maestra. Se llama Rakítina. ¿No la conocen? Es una mujer aún joven, pero puede decirse que dañina. Trae revueltas a todas las mujeres de la aldea, las reúne y les llena la cabeza de tonterías, y de esto no salen más que disgustos. Antes, en los momentos de cólera, le dabas a la parienta en los hocicos, cosa imprescindible, y ella se enjugaba la cara y callaba, pero hoy, en cuanto las tocas, arman un griterío de mil diablos. A las primeras de cambio te mencionan el tribunal popular, y las más jóvenes hasta te hablan del divorcio y te largan una letanía con todas las leyes. Y mi Ganka, que era callada de nacimiento, se ha metido ahora a delegada. Esto es algo así como jefe de las mujeres, o cosa por el estilo. Y vienen a verla todas las de la aldea. En un principio quise acariciarla con las riendas, pero después envié al cuerno esta idea. ¡Al diablo con ellas! Que cotorreen. Es buena mujer, tanto en lo referente a la hacienda como en lo demás.

p El carretero se rascó el pelambre que asomaba por entre la camisa de burdo lienzo, y, por costumbre, dio un latigazo en los i jares a su caballejo. En el carro iban 366 Rasvalijin y Lida. Cada uno de ellos tenía su quehacer en Poddubtsi: Lida quería celebrar una reunión con las delegadas, y Rasvalijin debía orientar el trabajo de la célula.

p — ¿Acaso no le gustan a usted los komsomoles? — preguntó Lida al carretero en tono burlón.

p El hombre se rascó la barba y respondió sin apresurarse:

p — Sí, por qué no... En la mocedad se puede juguetear un poco. Organizar un espectáculo o algo por el estilo; a mí mismo me agrada ver una comedia, si vale la pena. Al principio, pensábamos que los muchachos se pondrían a hacer travesuras, pero resultó lo contrario. Hemos sabido por la gente que, en cuanto a las borracheras, la golfería y demás, son muy severos. Son más amigos de la instrucción. Lo único malo es que llegan hasta a meterse con Dios y no hacen más que dar vueltas para ver cómo convertir la iglesia en club. Eso ya no está bien, los viejos les miran de reojo y están enfadados con los komsomoles. ¿Y por lo demás, qué? El desorden en ellos consiste en que admiten a todos los que no tienen dónde caerse muertos, a los jornaleros y a los dueños de haciendas que no valen un pimiento. No admiten a los hijos de las familias pudientes.

p La carreta descendió por la cuesta y se detuvo frente a la escuela.

p La conserje preparó en su propio cuarto unos lechos para los recién llegados, y ella se fue a dormir al pajar. Lida y Rasvalijin acababan de llegar de una reunión que se había prolongado. La casa estaba a oscuras. Después de quitarse los zapatos, Lida se metió en la cama y quedóse dormida al instante. La despertó el rudo contacto de las manos de Rasvalijin, que no dejaba lugar a dudas respecto a sus intenciones.

p — ¿Qué haces?

p — Más bajo, Lida, ¿por qué chillas? Me aburro solo en la cama, ¿comprendes? ¿Acaso no encuentras nada más interesante que dormir?

p — ¡No me toques y lárgate de mi cama inmediatamente, al infierno! —Lida le empujó. Ya antes no podía soportar la sonrisa lasciva de Rasvalijin. En aquel momento sentía deseos de decirle algo ofensivo y burlón, pero la dominó el sueño y cerró los ojos.

367

p — ¿A qué vienen esos remilgos? ¡Vaya una conducta más intelectual! ¿No es usted por casualidad del Instituto de señoritas nobles? ¿Piensas que te creo? No te hagas la tonta. Si eres una persona consciente, satisface primero mi necesidad y duerme luego cuanto te venga en gana.

p Creyendo innecesario gastar palabras, pasó nuevamente del banco a la cama e, imperioso, puso su mano en el hombro de Lida.

p — ¡Vete al diablo! —dijo la muchacha, despertándose bruscamente—. Te juro que mañana se lo contaré todo a Korchaguin.

p Rasvalijin la agarró del brazo y susurró con rabia:

p — Me importa un bledo tu Korchaguin, y tú no des coces, pues, de lo contrario, te poseeré por la fuerza.

p Entre él y Lida tuvo lugar un breve forcejeo, y en el silencio de 1 isba resonó atronadora una bofetada, seguida de otra, y de una tercera... Rasvalijin salió despedido a un lado. Lida corrió en la oscuridad hacia la puerta y, abriéndola de un empujón, salió al corral. Allí permaneció, bañada por la luz de la luna, fuera de sí, a causa de la indignación.

p — Entra en la casa, tonta —le gritó colérico Rasvalijin.

p El muchacho sacó su cama al sotechado y se quedó a pasar la noche en el corral. Y Lida, después de correr el cerrojo, se durmió acurrucada en la cama.

p Por la mañana, cuando regresaban a casa, Zheñka iba sentado junto al viejo carretero, fumando un cigarrillo tras otro.

p "¡Esta sensitiva es capaz de contárselo todo a Korchaguin! ¡Vaya una tipa más avinagrada! Si al menos fuera guapa, pero es más fea que un pecado mortal. Hay que hacer, las paces con ella, no vaya a ser que surja algún lío. Korchaguin ya me mira de reojo".

p Rasvalijin pasó atrás y se sentó al lado de Lida. Fingiendo turbación y tristeza, balbuceó unas disculpas, confesó su arrepentimiento.

p Rasvalijin se salió con la suya: cuando llegaban al lindero del pueblo, Lida le prometió no hablar a nadie de lo ocurrido anoche.

368

p Una tras otra, nacían las células de la Juventud en las aldeas fronterizas. Los miembros del Comité del distrito prestaban mucha atención a estos primeros brotes del movimiento comunista. Korchaguin y Lida Polievij se pasaban los días enteros por aquellas aldeas.

p A Rasvalijin no le gustaba ir a los pueblecillos. No sabía acercarse a los muchachos aldeanos, ganarse su confianza, y únicamente estropeaba las cosas. En cambio la Polievij y Korchaguin realizaban el trabajo con naturalidad y sencillez. Lida reunía en torno a su persona a las muchachas, se hacía su amiga y ya no perdía el contacto con ellas, interesándolas, sin que se dieran cuenta, en la vida y en el trabajo del Komsomol. Todos los jóvenes del distrito conocían a Korchaguin. Mil seiscientos muchachos aún no llamados a quintas se instruían en su batallón. El acordeón no había jugado nunca un papel tan grande en la propaganda como el que desempañaba allí, en las veladas aldeanas, en plena calle. El acordeón hacía que consideraran a Korchaguin como a uno "de los suyos”. Más de una senda hacia la Juventud comenzaba para los muchachos aldeanos precisamente en aquel acordeón, encantador y cantarín, que unas veces agitaba apasionadamente el corazón con el impetuoso ritmo de la marcha y otras, acariciaba amoroso con los tristes acordes de las canciones ucranianas. Escuchaban el acordeón y escuchaban al acordeonista, muchacho obrero que era comisario y secretario de la juventud. Armónicamente se entrelazaban en los corazones las canciones del acordeón y las palabras del joven comisario. En las aldeas comenzaron a oírse nuevas canciones; en las isbas, además de los salmos y de los oráculos, aparecieron otros libros.

p Los contrabandistas comenzaron a pasarlas estrechas: ya no tenían que vérselas solamente con los guardafrenteras, pues el Poder soviético había adquirido amigos jóvenes y celosos ayudantes. A veces, llevados por el ansia de cazar ellos mismos al enemigo, las células fronterizas extremaban la nota, y entonces Korchaguin tenía que salir en defensa de sus patrocinados. En una ocasión. Grishutka Jorovodko, muchacho de ojos azules, siempre presto a pegarse, enconado disputador y propagandista antirreligioso, que era el secretario de la célula de Poddubtsi, recibió por conducto particular la noticia de que, durante la 369 noche, el molinero recibiría una partida de contrabando, y puso en pie a toda la célula. Armada de un fusil de estudio y de dos bayonetas, la célula, con Grishutka a la cabeza, cercó cautelosa por la noche el molino, acechando a la fiera. Un puesto de guardafronteras de la Dirección Política General del Estado (GPU) supo también del intento de contrabando y llamó a su gente. Por la noche chocaron ambos grupos, y sólo gracias a su serenidad, los guardafronteras no acribillaron a balazos a los komsomoles en la refriega que se produjo. Se limitaron a desarmar a los muchachos y a conducirlos a cuatro kilómetros de allí, al pueblo vecino, donde los encerraron bajo llave.

p Korchaguin se encontraba en aquel momento visitando a Gavrílov. Por la mañana, el jefe de batallón le comunicó el parte recibido, y el secretario del Comité de la Juventud galopó en socorro de los muchachos.

p El representante de la GPU, riéndose, le contó el incidente nocturno.

p — Mira lo que vamos a hacer, camarada Korchaguin. Como son buenos chicos, no vamos a empapelarlos. Mas, para evitar que en lo sucesivo intenten cumplir nuestras funciones, mételes un poco de miedo.

p El centinela abrió la puerta del corral, y los once muchachos se levantaron del suelo, avergonzados y confusos.

p — Aquí los tiene —dijo el representante de la GPU, abriendo los brazos en ademán de disgusto—. Han hecho de las suyas, y ahora tengo que enviarlos al centro.

p Entonces Grishutka comenzó a hablar emocionado.

p — Camarada Sájarov, ¿qué es lo que hemos hecho? Nosotros queríamos esforzarnos en bien del Poder soviético. Hace ya tiempo que veníamos vigilando a ese kulak, y usted nos ha encerrado como a bandoleros. —Y se volvió de espaldas, ofendido.

p Después de serias negociaciones, Korchaguin y Sájarov, manteniendo con dificultad el tono, cesaron de " meter miedo" a los muchachos.

p — Si los llevas bajo tu garantía y nos prometes que no vendrán más a la frontera y prestarán su ayuda de otra forma, los pondré en libertad —dijo Sájarov a Korchaguin.

p — Bien, respondo por ellos. Confío en que no me dejarán en mal lugar.

370

p La célula regresó a Poddubtsi cantando. El incidente quedó en secreto. Pero, sin embargo, pronto cazaron al molinero, y esta vez con todas las de la ley.

p Los colonos alemanes vivían con holgura en los caseríos del bosque, en Maidan-Villa. A medio kilómetro unas de otras, se extendían las ricas fincas de los kulaks, con sus casas, cuadras y graneros. Eran como pequeñas fortalezas. En Maidan-Villa perdíanse las huellas de la banda de Antoniuk. Este suboficial del ejército zarista había formado con otros de su calaña una cuadrilla de siete bandoleros y, pistola en mano, comenzó a buscarse la vida por los caminos del contorno, sin detenerse ante el derramamiento de sangre, no perdonando a los especuladores, pero sin dejar escapar tampoco a los funcionarios soviéticos. Antoniuk se movía con rapidez. Hoy liquidaba a dos encargados de las cooperativas rurales y al día siguiente, a unos veinte kilómetros, desarmaba al cartero y le quitaba hasta el último kopek. Antoniuk competía con su colega Gordi. Eran dignos el uno del otro, y los dos juntos hacían perder a las milicias y a la GPU de la comarca bastante tiempo. Antoniuk operaba en los alrededores de Beresdov. Se hizo peligroso el tránsito por la carretera que llevaba a la ciudad. Era difícil cazar al forajido: cuando las cosas se le ponían muy mal, se retiraba al otro lado de la frontera, permanecía allí algún tiempo y volvía después a hacer su aparición cuando menos se le esperaba. Lisitsin se mordía nerviosamente los labios cada vez que recibía noticias de las sangrientas correrías de aquella fiera peligrosa é inatrapable.

p — ¿Hasta cuándo va a mordernos esta víbora? El hijo de perra va a conseguir que yo mismo me ocupe de él —mascullaba indignado. Y en dos ocasiones el presidente del Comité Ejecutivo se lanzó sobre la pista fresca del bandido, llevando consigo a Korchaguin y tres comunistas más, pero Antoniuk escapó.

p Del centro comarcal enviaron a Beresdov un destacamento para la lucha contra el bandolerismo. Mandaba estas fuerzas el gomoso Filátov. Arrogante como un gallo joven, no creyó necesario registrarse en el Comité Ejecutivo, según exigían los reglamentos de la frontera, y 371 condujo su destacamento a la cercana aldea de Semaki. Llegó a ella de noche y alojóse con su fuerza en la primera isba del lindero del poblado. La aparición de aquellos hombres armados y desconocidos, que actuaban.con tanto sigilo, despertó las sospechas de un vecino komsomol, el cual corrió a poner el hecho en conocimiento del presidente del Soviet local. Este, no sabiendo nada acerca del destacamento, le tomó por la banda, y un joven comunista, enviado como mensajero, partió veloz a caballo hacia el centro del distrito. La estupidez de Filátov estuvo a punto de costar la vida a muchos. Al enterarse por la noche de la aparición de la “banda”, Lisitsin puso en pie inmediatamente a la milicia y, con unos diez hombres, galopó hacia Semaki. Llegaron a la isba, desmontaron y, saltando la cerca, lanzáronse hacia la puerta. El centinela que había en el umbral se desplomó pesadamente en tierra al recibir en la cabeza un culatazo asestado con el máuser. Lisitsin abrió violentamente la puerta de un fuerte empujón, y él y sus hombres irrumpieron en el cuarto, alumbrado débilmente por la lámpara que colgaba del techo. Echando hacia atrás una mano, dispuesta a lanzar una granada, y empuñando el máuser con la otra, Lisitsin gritó con voz de trueno, que hizo retemblar los cristales:

p — ¡Entregaos, u os hago pedazos!

p Un segundo más, y los que habían irrumpido acribillarían a balazos a los hombres soñolientos que se levantaban rápidamente del suelo. Pero el aspecto terrible del que empuñaba la granada hizo que se alzasen decenas de manos. Y un minuto más tarde, cuando los componentes del destacamento fueron sacados al patio en paños menores, la Orden que se destacaba en la guerrera de Lisitsin desató la lengua de Filátov.

p Lisitsin escupió rabiosamente y, con desprecio fulminante, exclamó:

p — ¡Guiñapo!

El eco de la revolución en Alemania rodó hasta el distrito. Llegó hasta allí el estruendo de las descargas de fusilería en las barricadas de Hamburgo. En la frontera comenzó a reinar la intranquilidad. Con expectación tensa

372 se leían los periódicos; desde Occidente soplaban vientos de Octubre. Sobre el Comité de distrito de la Juventud llovían las peticiones de ingreso voluntario en el Ejército Rojo. Korchaguin veíase obligado a gastar no poca saliva para convencer a los enviados de las células de que la política del País Soviético era de paz y de que la República no se disponía a combatir contra ninguno de sus vecinos. Pero esto surtía poco efecto. Cada domingo se reunían en Beresdov los komsomoles de todas las células, y en el gran jardín del pope se celebraban asambleas de distrito. En una ocasión, a mediodía, llegó al espacioso patio de la casa del Comité de la Juventud la célula completa de Poddubtsi, en orden de marcha y guardando la formación. Korchaguin los vio por la ventana y salió al patio. Once muchachos con botas y voluminosas mochilas a la espalda, capitaneados por Jorovodko, se detuvieron junto a la entrada.

p — ¿Qué pasa, Grisha? —le preguntó asombrado Korchaguin.

p Pero Jorovodko le hizo un guiño y entró con él en la casa. Cuando Lida, Rasvalijin y dos komsomoles más rodearon a Jorovodko, éste cerró la puerta y, con seriedad, frunciendo sus cejas descoloridas por el sol, dijo:

p — Es que he realizado, camaradas, una prueba de preparación militar. Hoy he dicho a los míos: "He recibido un telegrama del distrito; como es natural, completamente secreto. Ha comenzado la guerra contra los burgueses alemanes y pronto empezará también contra los pañis. Así, pues, de Moscú se ha dado la orden de que todos los komsomoles vayan al frente. Quien tenga miedo que escriba una petición, y se le dejará en casav. Les ordené que de la guerra no dijeran ni una sola palabra, que cogieran un pan y un pedazo de tocino, y que los que no tuvieran tocino, tomaran consigo ajos o cebollas. Les dije también que al cabo de una hora se reunieran secretamente fuera de la aldea, de donde iríamos a la cabeza de distrito y de allí a la de la comarca, para recibir armas. Esto impresionó enormemente a los muchachos. Comenzaron a agobiarme a preguntas, y yo les contesté que no había nada que discutir: eso era todo. Y si alguno pensaba negarse a cumplir la orden debía hacerlo por escrito. La campaña era voluntaria. Los muchachos se dispersaron y mi corazón 373 comenzó a latir presa de inquietud: temía que no viniera nadie. Entonces no me quedaría más remedio que disolver la célula y marcharme a otro sitio. Salí de la aldea, me senté en el lugar convenido y me puse a esperar. Acudían de uno en uno. Algunos se veía que habían llorado, pero no querían darlo a entender. Se presentaron los diez, no hubo ni una sola deserción. ¡Así es la célula de Poddubtsi! —concluyó entusiasmado Grishutka, dándose un puñetazo en el pecho con aire orgulloso.

p Y cuando la Polievij, indignada, empezó a reprocharle su proceder, Grishutka la miró atónito.

p — ¿Pero qué dices? Esta es la comprobación más adecuada. ¡Así se puede ver, sin trampa ni cartón, lo que cada uno es! Para mayor solemnidad, quería llevarlos al centro comarcal, pero los muchachos se han cansado. Que vayan a casa. Sólo que tú, Korchaguin, pronuncíales sin falta un discurso, pues si no, ¿qué? Sin discurso la cosa no vale... Diles que la movilización ha sido anulada, y que su heroísmo les hace honor y gloria.

p Korchaguin iba rara vez al Comité comarcal. Aquellos viajes le hacían perder varios días, y el trabajo exigía su presencia diaria en el distrito. En cambio, Rasvalijin marchaba a la ciudad siempre que se presentaba ocasión para ello. Armado de pies a cabeza, se comparaba mentalmente con uno de los héroes de Cooper y realizaba complacido el viaje. En el bosque abría fuego contra los cuervos o alguna que otra traviesa ardilla, detenía a los transeúntes solitarios y, como un verdadero agente de investigación, les preguntaba quiénes eran, de dónde venían y a dónde se encaminaban. En las cercanías de la ciudad, Rasvalijin escondía el fusil bajo el heno del carro, se metía el revólver en el bolsillo y entraba la mar de tranquilo en el Comité comarcal de la Juventud.

p — ¿Qué, qué hay de nuevo por Beresdov?

p El despacho de Fedótov, secretario del Comité comarcal de la Juventud, siempre estaba lleno de gente. Todos hablaban a un tiempo. Era necesario saber trabajar en tales condiciones, escuchar al mismo tiempo a cuatro, escribir y contestar a una quinta persona. Fedótov era muy joven, pero tenía el carnet del Partido desde el año 1919. 374 Sólo en aquellos tiempos turbulentos un muchacho de quince años podía haber llegado a miembro del Partido.

p A la pregunta de Fedótov, Rasvalijin respondió negligentemente:

p — Son tantas las novedades que es imposible contarlas todas. Está uno dando vueltas desde la mañana hasta la noche. Hay que tapar mil agujeros, pues hay que hacerlo todo desde el principio, comenzando por los cimientos. He organizado dos células más. ¿Para qué me habéis llamado? —Y, diligente, tomó asiento en el sillón.

p Krimski, responsable de la sección económica, se apartó por un momento del montón de papeles y le miró.

p — Hemos llamado a Korchaguin, no a ti.

p Rasvalijin expelió por la boca una espesa bocanada de humo.

p — A Korchaguin no le gusta venir aquí. Incluso esto tengo que hacerlo yo... En general, algunos secretarios viven bien: no dan ni golpe y todo lo echan sobre burros de carga como yo. Korchaguin, en cuanto se marcha a la frontera, está dos o tres semanas sin venir, y yo tengo que apechar con todo el trabajo.

p Rasvalijin daba a entender con claridad que él sería precisamente el secretario adecuado para el Comité de distrito de la Juventud.

p — No sé por qué, no me gusta ese ganso —confesó francamente Fedótov a los que le rodeaban, cuando salió Rasvalijin.

p Las insidias de Rasvalijin fueron descubiertas casualmente. En una ocasión, Lisitsin entró en el despacho de Fedótov a recoger el correo, pues era costumbre que cualquiera que llegara del distrito recogiese las cartas para los demás. Fedótov mantuvo una larga conversación con Lisitsin y Rasvalijin fue desenmascarado.

p — No obstante, envíame a Korchaguin, pues casi no nos conocemos —dijo Fedótov al despedirse del presidente del Comité Ejecutivo.

p — Está bien. Pero con la condición de que no penséis quitárnosle. Nos. opondríamos categóricamente.

Aquel año, las fiestas de Octubre se celebraron en la frontera con extraordinario entusiasmo. Korchaguin fue elegido presidente de la comisión organizadora de las fiestas en las aldeas fronterizas. Después del mitin celebrado 375 en Poddubtsi, una masa de cinco mil campesinos y campesinas de tres aldeas vecinas, desplegadas al viento las banderas rojas y formada en una columna que se extendía en medio kilómetro, con la banda de música y el batallón de instrucción premilitar en cabeza, salió de la aldea en dirección a la frontera. Manteniendo un orden severísimo, perfectamente organizada, la columna comenzó su desfile por la tierra soviética, a lo largo de los postes, dirigiéndose a las aldeas, divididas por los límites de ambos países. Los polacos nunca habían visto semejante espectáculo en la frontera. Delante de la columna iban, a caballo, el jefe de batallón Gavrílov y Korchaguin, y detrás, el tronar de los instrumentos, el susurro de las banderas, y canciones, ¡canciones!... La juventud campesina vestía de fiesta; reinaba la alegría; la risa de las mozas parecía el tintineo de millares de campanillas de plata; marchaban con rostro grave los adultos, y, con expresión solemne, los ancianos. Lejos, en todo lo que abarcaba la vista, discurría aquel río humano cuya orilla era la frontera, y ni un solo pie salió de la tierra soviética ni pisó un centímetro de la tierra que se extendía más allá de la línea prohibida. Korchaguin dejó pasar por delante el torrente humano. La canción de los komsomoles:

¡Desde la taiga hasta los mares británicos,
El Ejército Rojo es el más fuerte de todos!
fue alternada por el coro de las muchachas:
¡Ay! en los oteros cosechan las segadoras...

p Con sonrisa alegre saludaban a la columna los centinelas soviéticos, y, con desconcierto y turbación, la miraban los polacos. El desfile por la frontera, aunque se había advertido con anticipación al mando polaco, provocó alarma en la otra parte. Iban y venían apresuradamente, las patrullas de la gendarmería, se reforzaron en cinco veces los puestos de la frontera y, por lo que pudiera ocurrir, en los barrancos había dispuestas reservas. Pero la columna marchaba por su tierra, bulliciosa y alegre, llenando el aire con los sonidos de sus canciones.

p Sobre un montículo se encontraba un centinela polaco. La columna marchaba a paso moderado. Resonaron los 376 primeros acordes de la marcha. El polaco bajó el fusil de su hombro y presentó armas. Korchaguin oyó distintamente:

p — ¡Viva la comuna!

p Los oíos del soldado decían que era él quien había pronunciado aquellas palabras. Pável le miraba fijamente.

p ¡Era un amigo! Bajo el capote de soldado latía un corazón al unísono de la columna, y Korchaguin respondió en voz baja, en polaco:

p — ¡Salud, camarada!

p El centinela quedó atrás. Dejaba pasar a la columna por delante, manteniendo el fusil en la misma posición. Pável volvió varias veces la cabeza para mirar a aquella figura negra y pequeña. Llegaron a donde se encontraba otro polaco, de bigotes canosos. Bajo el canto brillante de la visera de la gorra, miraban dos ojos inmóviles y descoloridos. Korchaguin, aún bajo la influencia de lo que acababa de escuchar, fue el primero en decir en polaco, como para sí:

p — ¡Salud, camarada! Y no recibió respuesta.

p Gavrílov sonrió. Lo había oído todo.

p — Tú quieres demasiado —dijo—. Además de los soldados de infantería, hay aquí gendarmes de a pie. ¿No has visto que lleva un galón en la bocamanga? Es un gendarme.

p La cabeza de la columna descendía del cerro a la aldea, dividida en dos por la frontera. La mitad soviética preparaba a sus invitados un recibimiento triunfal. Junto al puente fronterizo, en la orilla del pequeño río, se había reunido toda la población soviética. Las muchachas y los muchachos habían formado a ambos lados del camino. En la mitad polaca, los tejados de las isbas y de los pajares estaban abarrotados de gente que miraba atenta lo que ocurría en la orilla opuesta del río. En los umbrales de las casas y junto a los vallados había multitud de campesinos. Cuando la columna entró en aquel pasillo humano, la orquesta rompió a tocar La Internacional. En la tribuna, construida por la gente de la aldea y adornada con ramas verdes, pronunciaron emocionados discursos jóvenes imberbes y viejos de cabeza nevada. También habló Korchaguin en su idioma natal, en ucraniano. Sus palabras 377 cruzaban el río y se oían en la orilla opuesta. Allí decidieron no consentir que este discurso inflamara los corazones. Por la aldea comenzó a correr una patrulla de gendarmes montados, metiendo a la gente en casa a latigazos. Restallaron disparos dirigidos contra los tejados.

p Las calles quedaron desiertas. Desapareció de los tejados la juventud, arrojada de allí por las balas, y desde la orilla soviética miraban todo esto y fruncían el ceño. Ayudado por los muchachos, se encaramó a la tribuna un viejo pastor y, agitado por una oleada de indignación, dijo emocionado:

p — ¡Bien! ¡Mirad, hijos míos! También en un tiempo a nosotros nos pegaban así, y ahora nadie ve en la aldea que el Poder descargue el látigo sobre los campesinos. Terminaron los pañis y terminaron los latigazos sobre nuestras espaldas. Hijos míos, mantened firmemente este Poder. Soy viejo, no sé hablar. Quisiera decir mucho de la vida que arrastrábamos bajo el zar, como el buey arrastra la carreta, además, ¡me dan tanta lástima aquéllos!... —Y señalando con su mano huesuda hacia la otra orilla, rompió a llorar, como sólo saben hacerlo los niños y los viejos.

p El viejo fue seguido en el uso de la palabra por Grishutka Jorovodko. Y, al escuchar su discurso colérico, Gavrílov hizo volver grupas a su caballo, mirando a ver si alguien lo anotaba en la orilla opuesta. Pero allí no se encontraba nadie; incluso habían retirado el centinela de junto al puente.

p — Al parecer, esta vez nos pasaremos sin la consabida nota al Comisariado del Pueblo de Negocios Extranjeros —dijo bromeando.

p En una lluviosa noche otoñal de fines de noviembre terminaron de ensangrentar la tierra las huellas del bandido Antoniuk y de sus siete satélites. Aquel engendro de lobo fue cazado en la boda de un rico colono de MaidanVilla. Allí, los comunistas de Jrolin acabaron con él y con su banda.

p Comentaban las comadres la presencia de estos invitados en la boda del colono, y en un abrir y cerrar de ojos, se reunieron los doce miembros de la célula, armados 378 cada uno de lo que pudo. En carros marcharon presurosos hacia Maidan-Villa, mientras un mensajero galopaba a toda velocidad en dirección a Beresdov. El mensajero se tropezó en Semaki con el destacamento de Filátov, que se lanzó en pos de la pista fresca. Los comunistas de jrolin cercaron el caserío y sus fusiles comenzaron a conversar con los de Antoniuk y compañía. El bandido y los suyos se habían hecho fuertes en un pequeño pabellón desde donde batían con rociadas de plomo a todo el que se ponía a tiro. Trató de romper el cerco, pero los de Jrolin le obligaron a refugiarse de nuevo en el pabellón, derribando de un balazo a uno de los siete forajidos. No era la primera vez que Antoniuk se veía en tal trance, y siempre había salido con vida: le salvaban las granadas y la noche. Quizás también hubiera logrado escapar en esta ocasión, pues los comunistas ya habían perdido dos hombres en el tiroteo, pero Filátov llegó al caserío. Antoniuk comprendió que había caído en una ratonera, y esta vez sin salida. Hasta la mañana estuvo haciendo fuego por todas las ventanas del pabellón, pero al amanecer terminó su resistencia. Ninguno de los siete se entregó. El fin del engendro de lobo costó cuatro vidas. De ellas, tres las había dado la célula de la Juventud Comunista de Jrolin.

p El batallón de Korchaguin fue llamado a las maniobras de otoño de las unidades territoriales. Bajo un aguacero espantoso, el batallón recorrió en un solo día los cuarenta kilómetros que le separaban del campamento de la división territorial. Comenzó su marcha por la mañana temprano y la terminó a altas horas de la noche. El jefe del batallón, Gúsiev, y su comisario hicieron el recorrido a caballo. Apenas llegaron a los cuarteles, los ochocientos muchachos del batallón se echaron a dormir. El Estado Mayor de la división territorial había enviado con retraso al batallón la orden de presentarse a las maniobras que se pensaba comenzar a la mañana siguiente. El batallón recién llegado debía pasar revista. Formó en la plaza. Pronto llegaron varios jinetes del Estado Mayor de la división. El batallón ya había recibido uniformes y fusiles, y parecía otro. Tanto Gúsiev como Korchaguin habían dedicado a su batallón muchas energías y tiempo y estaban 379 tranquilos en cuanto a la unidad a ellos confiada. Cuando la revista oficial terminó y el batallón hubo demostrado su capacidad de maniobra, uno de los jefes, de rostro agradable, pero ajado, preguntó a Korchaguin con aspereza:

p — ¿Por qué va usted a caballo? En nuestras unidades los jefes y comisarios de los batallones de instrucción premilitar no tienen derecho a caballo. Le ordeno entregar el caballo en la cuadra y participar en las maniobras a pie.

p Korchaguin sabía, que, si desmontaba, le sería imposible tomar parte en las maniobras, pues no podría andar ni tan siquiera un kilómetro. ¿Pero cómo decírselo a aquel gomoso vocinglero con cerca de una decena de correajes?

p — Sin caballo yo no puedo tomar parte en las maniobras.

p — ¿Por qué?

p Y comprendiendo que sólo así podía explicar su negativa, Korchaguin respondió sordamente:

p — Tengo las piernas hinchadas y no puedo correr y andar durante una semana. Además, camarada, no sé quién es usted.

p — En primer lugar, soy el jefe de Estado Mayor de su regimiento. En segundo, le vuelvo a ordenar que desmonte; y si es usted inválido, yo no tengo la culpa de que se encuentre en el servicio militar.

p A Korchaguin le pareció que le habían dado un latigazo. Tiró de las riendas, pero la mano firme de Gúsiev, le detuvo. Durante unos instantes lucharon en Pável dos sentimientos: el ultraje y la serenidad. Pero Pável Korchaguin ya no era aquel soldado rojo que podía pasar de una unidad a otra sin reflexionar. Korchaguin era comisario de un batallón, que se encontraba a sus espaldas. ¿Qué ejemplo de disciplina mostraría con su conducta? ¡No había él instruido a su batallón para aquel lechuguino! Sacó los pies de los estribos, bajó del caballo y, venciendo el agudo dolor que sentía en las articulaciones, se dirigió hacia el flanco derecho de la formación.

p Desde hacía unos días, el tiempo era verdaderamente espléndido. Las maniobras tocaban a su fin. Al quinto día se desarrollaban ya en torno a Shepetovka, en donde 380 habían de concluir. Al batallón de Beresdov se le encomendó ocupar la estación, atacando desde la aldea de Klimentóvichi.

p Korchaguin, que conocía perfectamente el terreno, indicó a Gúsiev todos los accesos. El batallón, dividido en dos columnas, dando un profundo rodeo, desapercibido para el “enemigo”, penetró en su retaguardia e irrumpió en la estación al grito de “burra”. El jurado reconoció en su fallo que la operación había sido ejecutada con brillantez. El centro ferroviario quedó en poder del batallón de Beresdov, y la unidad que lo defendía se retiró al bosque después de haber perdido, convencionalmente, el 50% de sus efectivos.

p Korchaguin tomó el mando de medio batallón. En el centro de la calle, acompañado del jefe y del comisario de la tercera compañía, daba las órdenes para el establecimiento de las líneas.

p — Camarada comisario —le dijo jadeante un soldado rojo que llegó corriendo—, el jefe de batallón pregunta si los ametralladores han ocupado los pasos a nivel. Pues la comisión está al llegar.

p Pável se dirigió hacia el paso a nivel con los jefes de las compañías.

p Allí se reunió el mando del regimiento. Felicitaron a Gúsiev por la brillante operación. Los representantes del batallón derrotado estaban nerviosos y ni siquiera trataron de justificarse.

p — El mérito no es mío, sino de Korchaguin, que es de aquí y nos ha guiado.

p El jefe de Estado Mayor se acercó a Pável y le dijo con sorna:

p — Resulta que usted, camarada, puede correr como un gamo y, al parecer, vino a caballo para presumir. —Quiso aún añadir algo, pero la mirada de Korchaguin le hizo enmudecer.

p Cuando se hubieron marchado los mandos, Korchaguin preguntó en voz baja a Gúsiev:

p — ¿No sabes su apellido?

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