p Ahora conocemos a fondo nuestras leves y nuestros reglamentos sobre las multas, todo ese complicad�simo sistema, que asusta al obrero por su sequedad v su fr�o lenguaje burocr�tico.
p Ahora nodemos volver al problema oue plante�bamos al princinio: aue las mu’t^s son fruto del canitalismo, es decir, de un r�gimen social que divide al nueblo en dos clases: los propietarios de la tierra, las m�quinas, f�bricas, materias primas y v�veres, y aquellos qne no poseen nada y one, por lo tanto, deben venderse a los capitalistas v trabaiar para los mismos.
p ¿Acaso los obreros que trabajaban para un patrono estuvieron siemnre obligados a pagarle multas por cualquier falta?
p En los establecimientos chicos, por ejemplo, entre los artesanos de las ciudades v sus obreros no se aplican multas. Aqu� no hav una separaci�n totil entre el obrero y el patrono, ambos viven y trabajan juntos. A ¿ste no se le ocurre siquiera imponer multas, pornue �l mismo vigila el trabajo y en cualquier momento puede obligar a corregir lo oue no le gusta.
p Pero esos peque�os establecimientos e industrias desaparecen gradualmente. Los kustares y los artesanos, lo mismo que los peque�os campesinos, no pueden competir con las grandes f�bricas y los poderosos patronos, que emplean mejores herramientas y m�quinas y concentran el trabajo de numerosos obreros. Por eso vemos que los kustares, artesanos y camnesinos se arruinan cada vez m�s, ingresan como obreros en las f�bricas, abandonan las aldeas y emigran a las ciudades.
p En las grandes f�bricas, las relaciones entre patronos y obreros son completamente distintas a las que se establecen en los peque�os establecimientos. El patrono est� tan por encima del obrero por su fortuna y posici�n social que un abismo los separa; con frecuencia, ni siquiera se conocen y no hay nada en com�n 64 entre ellos. El obrero no tiene la menor posibilidad de convertirse en patrono: est� condenado a ser eternamente pobre y a trabajar para gente rica desconocida. En lugar de los dos o tres obreros que ten�a antes el peque�o patrono hay ahora una masa de trabajadores llegados de distintos sitios y que se renueva sin cesar. En lugar de las �rdenes personales que daba el patrono, existen ahora normas generales obligatorias para todos los obreros. La anterior estabilidad de las relaciones entre el patrono y el obrero desaparece: el primero no hace ning�n en so de �ste, pues siempre puede encontrar otro entre la multitud de desocupados, dispuestos a contratarse no importa d�nde. Por lo tanto, aumenta su poder sobre los obreros, poder que aprovecha para mantenerlos en el r�gido marco del trabajo por medio de multas. El obrero ha tenido que someterse a esta nueva limitaci�n de sus derechos y de su salario porque ahora es impotente ante el patrono.
p As� pues, no hace mucho que hicieron su aparici�n las multas, al mismo tiempo que las grandes f�bricas, y que el gran capitalismo, al mismo tiempo que se profundiz� la separaci�n entre los patronos dos ricos) y los obreros (los pobres). Las multas son el resultado del desarrollo completo del capitalismo y del sojuzgamiento total del obrero.
p Pero el desarrollo de las grandes f�bricas y la intensificaci�n de la presi�n de los patronos han tenido tambi�n otras consecuencias. Los obreros, totalmente impotentes ante los mismos, han empezado a comprender que los amenazan una decadencia y una ruina totales si contin�an desunidos; que para salvarse de la muerte por hambre y de la degeneraci�n que les espera en el capitalismo no tienen m�s que un medio: unirse para luchar contra los fabricantes por aumentos de salario y por mejores condiciones de existencia.
p Hemos visto a qu� escandalosos extremos llegaban nuestros fabricantes en la explotaci�n de los obreros durante la d�cada del 80; vimos c�mo hicieron de las multas un medio para disminuir los salarios, que ven�a a agregarse a la reducci�n de las escalas de pagos. La opresi�n de los obreros por los capitalistas alcanz� su punto culminante.
p Pero esta situaci�n determin� tambi�n la resistencia de los obreros que se alzaron contra sus opresores y vencieron. El gobierno, asustado, cedi� ante sus reclamaciones y se apresur� a promulgar una ley reglamentando las multas,
65p Fue una concesi�n a los obreros. El gobierno crey� que con la promulgaci�n de leyes y un reglamento acerca de las multas, y mediante la concesi�n de subsidios con el dinero procedente de �stas, dar�a satisfacci�n a los obreros y los har�a olvidar su causa obrera com�n, su lucha contra los fabricantes.
p Pero estas esperanzas del gobierno, que desea presentarse como defensor de los obreros, no se justifican. Hemos visto que la nueva ley es injusta; que las concesiones que les hace son insignificantes, aunque s�lo sea en comparaci�n con las reivindicaciones que presentaron los huelguistas de la Manufactura de Mor�zov; hemos visto c�mo por doquier hay escapatorias para que los fabricantes puedan infringir la ley, y c�mo han elaborado en su beneficio el reglamento sobre los subsidios que ha venido a sumar a la arbitrariedad de los patronos la de los funcionarios.
p Cuando se apliquen esa ley y ese reglamento, cuando los obreros los conozcan y empiecen a sentir, en sus choques con la administraci�n, c�mo los oprime la ley, empezar�n tambi�n a tener conciencia, poco a poco, de su estado de dependencia. Comprender�n que s�lo la miseria los ha obligado a trabajar para los ricos y a contentarse con unos kopeks por su duro trabajo. Entender�n que el gobierno y sus funcionarios defienden a los fabricantes, y que las leyes se redactan de modo que al patrono le resulte m�s f�cil explotarlos.
p Y aprender�n, por �ltimo, que la ley no har� nada para mejorar su situaci�n mientras sigan dependiendo de los capitalistas, pues �sta siempre ser� parcial en favor de los capitalistas y fabricantes, y �stos sabr�n encontrar en todas las circunstancias las triqui�uelas para burlarla.
Cuando comprendan esto, los obreros ver�n que no les queda m�s que un medio de defensa: unirse para luchar contra los fabricantes y contra las injustas normas establecidas por la ley.
Notes
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