CON EL POPULISMO?
p ¿Pero entonces qu� entiende usted por populismo?, preguntar� probablemente el lector. El contenido del concepto de “ herencia” fue definido m�s arriba, pero sobre la noci�n del “ populismo" no se hace ninguna enunciaci�n.
520p Entendemos por populismo un sistema de concepciones que comprende los tres rasgos siguientes: 1) Se sostiene que el capitalismo es en Rusia un fen�meno de decadencia, de regresi�n. De aqu� la tendencia y el deseo de “detener”, “paralizar”, “impedir” que el capitalismo “rompa” los pilares seculares, y otros lamentos reaccionarios por el estilo. 2) Se reconoce la originalidad del r�gimen econ�mico ruso, en general, y el del campesino con su comunidad rural, artel, etc., en particular. Los populistas no consideran necesario aplicar a las relaciones econ�micas rusas los conceptos que sobre las diversas clases sociales y sus conflictos ha elaborado la ciencia contempor�nea. Consideran la comunidad rural como algo superior y mejor compar�ndola con el capitalismo; es la idealizaci�n de los “pilares”. Niegan y disimulan las contradicciones que existen entre los campesinos, propias de toda econom�a mercantil y capitalista, niegan toda relaci�n entre estas contradicciones y la forma m�s desarrollada que revisten en la industria y en la agricultura capitalista. 3) Se desconoce el v�nculo que ata a la “intelectualidad” y alas instituciones pol�ticas y jur�dicas del pa�s con los intereses materiales de determinadas clases sociales. La negaci�n de este v�nculo, la falta de una explicaci�n materialista de estos factores sociales, obligan a ver en ellos una fuerza capaz de “arrastrar a la historia por otros caminos" (se�or V. V.), “ desviarse del camino" (se�or N.-on, se�or luzhakov y otros), etc.
p Esto es lo que nosotros ent3ndemos por “populismo”. Ya ve el lector que empleamos este t�rmino en el amplio sentido de la palabra, como lo emplean tambi�n todos los “disc�pulos rusos" que se pronuncian contra todo un sistema de concepciones y no contra algunos de sus representantes aislados, entre los cuales, claro est�, existen diferencias, y a veces no peque�as que nadie desconoce. Pero las particularidades que hemos citado de esa concepci�n del mundo son comunes a los diferentes representantes del populismo, comenzando con... bueno, digamos, el se�or l�zov y terminando con el se�or Mijailovski. Los se�ores l�zov, Saz�nov, V. V. y otros agregan a los mencionados rasgos negativos algunos m�s, igualmente negativos, que no vemos, por ejemplo, en el se�or Mijailovski, ni en otros colaboradores de la actual Ri�sskoie Bogatstvo. Por cierto que ser�a incorrecto negar las diferencias que existen entre los populistas en el sentido abstracto del t�rmino y de los populistas en general; pero m�s incorrecto aun seria desconocer que las concepciones econ�micas y sociales fundamentales de todos y cada 521 uno de los populistas coinciden en los puntos principales se�alados. Y puesto que los “disc�pulos rusos" refutan precisamente esas conl cepejones fundamentales, y no s�lo sus “lamentables desviaciones”, hacia el lado peor, tienen, es evidente, el pleno derecho de emplear la noci�n de “populismo” en el amplio sentido de la palabra. Y no s�lo tienen ese derecho, sino que no pueden proceder de otra manera.
p Para volver a las concepciones fundamentales del populismo ya se�aladas, debemos dejar constancia, ante todo, que la “ herencia" nada tiene que ver con dichas concepciones. Hay una serie de indudables representantes y guardianes de esta “herencia” que nada tienen de com�n con el populismo; no plantean en absoluto el problema del capitalismo;- ni creen para nada en la peculiaridad del desarrollo de Rusia, ni en el original car�cter de la comunidad rural, etc.; ni consideran a los intelectuales y a las instituciones pol�ticas y jur�dicas como factor capaz de “hacer desviar la historia”. Ya mencionamos como ejemplo al editor redactor de la revista Vi�stnik Evropi [521•* , a quien se puede acusar de cualquier cosa menos de renegar de las tradiciones de la herencia. Por el contrario, hay quienes se aproximan por sus concepciones a los principios fundamentales del populismo que hemos se�alado y que directa y abiertamente “reniegan de la herencia”. Mencionaremos aunque m�s no sea al mismo se�or I. Abramov, a quien cita tambi�n el se�or Mijailovski, o al se�or l�zov. El populismo que combaten los “disc�pulos rusos”, no exist�a cuando (expresado en lenguaje jur�dico) se “inici�” la sucesi�n, o sea, en la d�cada del 60. Ciertamente el populismo exist�a ya en germen, en embri�n, no s�lo en la d�cada del 60, sino tambi�n en la del 40, y aun antes [521•** , pero en general la historia del populismo no nos interesa ahora. Lo importante para nosotros, volvemos a repetirlo, es dejar establecido que la “herencia” de la d�cada del 60, en el sentido en que la hemos caracterizado antes, no tiene nada que ver con el populismo, o sea que nada hay de com�n entre ellos si atendemos a la esencia de sus concepciones, pues plantean problemas diferentes. Hay guardianes de la “herencia” que no son populistas, y hay populistas que “renegaron de la herencia”. Como es natural, tambi�n hay 522 populistas que guardan la “herencia”, o que pretenden guardarla. Precisamente por eso hablamos de los v�nculos de la herencia con el populismo. Veamos, entonces, qu� aport� este v�nculo.
p En primer lugar, el populismo dio un gran paso adelante respecto de la herencia, al plantear ante el pensamiento social problemas que los guardianes de la herencia, o bien no hab�an podido plantear a�n (en su �poca), o bien no los plantearon ni los plantean en virtud de la estrechez de su horizonte. Haber planteado estos problemas es el gran m�rito hist�rico del populismo, y es completamente natural y comprensible que al darles una soluci�n (no importa cu�l sea) haya ocupado por ello un lugar de vanguardia entre las corrientes progresistas del pensamiento social ruso.
p Pero la soluci�n result� totalmente inservible, pues se basaba en teor�as atrasadas que, en Europa occidental, hac�a ya tiempo que hab�an sido arrojadas por la borda; se basaba en una cr�tica rom�ntica y peque�oburguesa del capitalismo; en el desconocimiento de los grandes hechos de la historia y de la realidad rusas. Mientras el desarrollo del capitalismo y de las contradicciones que le son propias era aun d�bil en Rusia esta cr�tica primitiva del sistema pod�a justificarse. Pero en el estado actual del desarrollo del capitalismo en Rusia, en el estado actual de nuestros conocimientos de la historia y de la realidad econ�mica rusas, a las actuales exigencias de la teor�a sociol�gica, el populismo es absolutamente insuficiente. Progresista en su �poca, por ser el primero en plantear el problema del capitalismo, ahora es una teor�a reaccionaria y nociva que desorienta el pensamiento social, que hace el juego a la rutina y a toda clase de atraso asi�tico. El car�cter reaccionario de su cr�tica del capitalismo confiere aun actualmente al populismo, rasgos tales, que inclusive lo colocan por debajo de la concepci�n, del mundo que se limita a ser depositar�a fiel de la herencia [522•* . Ahora trataremos de demostrar que esto es as�, mediante el an�lisis de cada uno de los tres rasgos fundamentales de la concepci�n del mundo de los populistas, se�alados m�s arriba.
p Primer rasgo: se reconoce de que en Rusia el capitalismo es 523 decadencia, regresi�n. Desde que se plante� el problema del capitalismo en Rusia se puso en evidencia que nuestfo desarrollo econ�mico ten�a un car�cter capitalista; y los populistas lo calificaron como un retroceso, romo un error, como una desviaci�n del camino supuestamente fijado por toda la historia de la naci�n, supuestamente consagrada por sus pilares^seculares. etc., etc. En lugar de la ardiente fe de los ilustrados en el actual desarrollo social, aparef’� la desconfianza hacia el mismo; en lugar del optimismo hist�nVo v de la elevaci�n de esp�ritu, el pesimismo y el desaliento debidos a la convicci�n de que, cuanto m�s lejos marchan las cosas tal como est�n marchando, tanto peor, tanto m�s dif�cil ser� la soluci�n de los problemas planteados por el nuevo desarrollo; aparecen entonces las proposiciones de-detener y paralizar ese desarrollo: aparece la teor�a de que el atraso es la felicidad de Rusia, etc. Todos estos rasgos de la concepci�n populista del mundo, no s�lo nada tienen de com�n con la “herencia”, sino que son directamente opuestos a ella. Considerar el capitalismo ruso como una “ desviaci�n del camino”, como una decadencia, etc., lleva a desnaturalizar el sentido de toda la evoluci�n econ�mica de Rusia, a desnaturalizar el sentido de ese “cambio” que se efect�a a nuestra vista. Seducido por el deseo de detener e impedir que el capitalismo derribe los pilares seculares, el populista revela una sorprendente ausencia de sentido hist�rico; olvida que detr�s de este capitalismo nada hay fuera de una explotaci�n igual, unida a infinitas formas de soiuzgamiento y de dependencia personal que agravan la situaci�n del trabajador; nada hay fuera de la rutina y el estancamiento en la producci�n social y, por consiguiente, en todas las esferas de la vida social. El populista lucha desde su punto de vista rom�ntico v peaue�oburgu�s contra el capitalismo, y arroia por la borda todo realismo hist�rico, pl confrontar siempre la realidad del capitalismo con la ficci�n del sistema precapitalista. La “herencia” d* lo d�cada del 60, con su fervorosa fe en el car�cter progresista del desarrollo social de entonces, con su hostilidad implacable orientada �ntegra y exclusivamente contra las sup°rvivencias del pasado, con su convicci�n de que con s�lo eliminarlas las rosas marchar�an mejor que nunca: esa “herencia”, no s�lo tiene de com�n con las se�aladas concepciones del populismo, sino que las rontradice en forma directa.
p Segundo rasgo del populismo: la convicci�n del car�cter original de Rusia, la idealizaci�n del campesino, de la comunidad 524 rural, et:. La teor�a de la originalidad de Rusia oblig� a los populistas a aferrarse a anticuadas teor�as de Europa occidental, los impuls� a tratar con sorprendente ligereza muchas conquistas de la cultura de esos pa�ses; los populistas se consolaban con la idea de que si bien nos faltan estos o aquellos rasgos de la humanidad civilizada, en cambio “hemos sido llamados" a mostrar al mundo nuevos modos de direcci�n econ�mica, etc. No solamente se evitaba aplicar a la Santa Rusia el an�lisis del capitalismo y de todas sus manifestaciones elaborado por el pensamiento de vanguardia de Europa occidental, sino que por el contrario se hac�a lo imposible por imaginar pretextos que permitieran no extender al capitalismo ruso las conclusiones relativas al capitalismo europeo. Los populistas se prosternaron ante los autores de este an�lisis y. .. siguieron tranquilamente siendo esos mismos rom�nticos, que los autores en cuesti�n han combatido toda su vida. Esta teor�a relativa a la originalidad de Rusia, compartida por todos los populistas, no s�lo nada tiene de com�n con la “herencia”, sino que se opone directamente a ella. Los de la “d�cada del 60”, por el contrario, aspiraban a europeizar a Rusia, cre�an en su incorporaci�n a la cultura europea general, se preocupaban por trasplantar las instituciones de esta cultura tambi�n a nuestro suelo nada peculiar. Toda teor�a referente a la originalidad de Rusia discrepa totalmente con el esp�ritu de la d�cada del 60 y de sus tradiciones. Mepos a�n concuerda con esta tradici�n la idealizaci�n y el embellecimiento del campo por parte de los populistas. Esta falsa idealizaci�n, que deseaba a toda costa ver en nuestro campo algo fuera de lo com�n, totalmente diferente del r�gimen existente en el campo en cualquier otro pa�s durante la �poca precapitalista, est� en flagrante contradicci�n con las tradiciones de una herencia sensata y realista. Cuanto m�s profundo era el desarrollo del capitalismo, tanto m�s fuertemente se manifestaban las contradicciones en el campo, contradicciones que son comunes a toda sociedad mercantil capitalista; tanto m�s acusadamente se pon�a de relieve la contradicci�n entre las melosas f�bulas de los populistas sobre el “esp�ritu de comunidad" y “de artel" del campesino, etc., por un lado, y la diferenciaci�n efectiva de los campesinos en burgues�a rural y proletariado rural por el otro; con tanta mayor rapidez los populistas, que continuaban mirando las cosas con ojos de campesino, iban convirti�ndose de rom�nticos sentimentales en ide�logos de la peque�a burgues�a, puesto que el peque�o productor, en la 525 sociedad contempor�nea, >se- va convirtiendo en un productor de mercanc�as. La falsa idealizaci�n del campo y los sue�os rom�nticos sobre el “esp�ritu de comunidad" llevaron a los populistas a adoptar una actitud de extrema ligereza frente a las necesidades reales de los campesinos, que emanan del desarrollo econ�mico actual. En teor�a se pod�a hablar cuanto se quisiera de la solidez de los pilares; pero en la pr�ctica cada populista sent�a muv bien que la eliminaci�n de los resabios del pasado, resabios del r�gimen anterior a la Reforma que hasta hoy en d�a atan de pies a cabeza a nuestros campesinos, desbrozar�a precisamente el camino para el desarrollo capitalista y no otra. M�s vale el estancamiento que el progreso capitalista: tal es, en el fondo, el punto de vista de cada populista con respecto al campo, aun cuando, claro est�, no todo populista ni mucho menos se decide a decirlo abierta y llanamente, con la franqueza ingenua del se�or V. V. “Los campesinos, sujetos como est�n a sus nddi�l y comunidades, privados de la posibilidad de emplear su trabajo donde resulte m�s productivo y ventajoso para ellos, han quedado como congelados dentro de esa forma d° vida semejante a la de un reba�o, improductiva, tal como hab�an salido de manos del r�gimen feudal.” As� lo ve�a uno de los representantes de la “herencia”, con su caracter�stico punto de vista de “ilustrado” [525•* . “Es mejor que los campesinos contin�an estancados en su forma de vida rutinaria, patriarcal, antes que desbrozar el camino para el capitalismo en el campo"—as� lo ve, en el fondo, cada populista. En realidad, no se encontrar� seguramente, ning�n populista aue pueda negar que el car�cter cerrado, estamental, de la comunidad rural, con su cauci�n solidaria v la prohibici�n de vender la tierra y de renunciar al nadiel, se halla en la m�s aguda contradicci�n con la actual realidad econ�mica, con las actuales relaciones mercantiles capitalistas y su desarrollo. Es imposible negar esta contradicci�n, pero la esencia del problema reside en que los populistas temen como al fuego, tal planteamiento del problema, tal confrontaci�n de la situaci�n jur�dica de los campesinos con la realidad econ�mica, con el desarrollo econ�mico actual. El populista se obstina en creer en un desarrollo inexistente creado por su rom�ntica fantas�a, sin capitalismo, y por eso... por eso est� 526 dispuesto a detener el desarrollo actual que aiarcha por la v�a capitalista. Frente a los problemas relativos al car�cter cerrado, estamental, de la comunidad rural, la cauci�n solidar�a v el derecho de los campesinos a vender la tierra y de renunciar al nadiel, el populista adopta una actitud sumamente cautelosa v pusil�nime por el destino de los “pitares” i pilares de rutina y estancamiento); y por si eso fuera poco, cae tan bajo que llega a saludar la resoluci�n policial que prohibe a los campesinas vender la tierra. “El mujik es tonto—se le podr�a decir a tal loopulista, repitiendo las palabras de Engelhardt—, no puede arreglarse solo. Si nadie se preocupa por �l, es capaz de quemar todos los bosques, exterminar todos los p�jaros, pescar todos los peces, arruinar la tierra v acabar consigo mismo.” Aqu� el populista directamente “reniega de la herencia”, y se convierte en reaccionario. Y t�ngase en cuenta adem�s, que a medida que avanza el desarrollo econ�mico, esta destrucci�n del car�cter cerrado, estamental de la comunidad rural se vuelve cada vez m�s una necesidad perentoria para el proletariado rural, mientras que los inconvenientes que de ello se derivan pqra la burgues�a campesina, de ninguna manera son tan considerables. El “ mujik emprendedor" puede f�cilmente tomar tierra en arriendo en otro lugar, abrir un negocio en otra aldea, trasladarse ’donde quiera y cuando quiera por asuntos de negocios. Pero para el “ campesino" que vive principalmente de la venta de su fuerza de trabajo, la sujeci�n al nadiel ya la comunidad rural representa una enorme restricci�n de su actividad econ�mica, significa la imposibilidad de hallar a un patrono m�s conveniente, significa la necesidad de vender su fuerza de trabajo precisamente a sus compradores locales, que pagan siempre menos y que tratan de someterlo en toda forma. Una vez que cay� en el dominio de los sue�os rom�nticos, que se propuso como obietivo sostener v salvaguardar las estructuras a pesar del desarrollo econ�mico, el populista se desliz� sin darse cuenta de ello, por este plano inclinado hasta situarse al lado del terrateniente que con toda el alma ansia la conservaci�n v consolidaci�n de “los lazos del campesino con la tierra”. Bastar�a mencionar c�mo el car�cter cerrado, estamental, de la comunidad rural engendr� modos particulares de contrataci�n de obreros: los due�os de f�bricas y explotaciones agr�colas env�an a sus empleados a las aldeas, sobre todo a las retrasadas en sus pagos pqra la contrataci�n m�s ventajosa de obreros. Finalmente, el desarrollo del capitalismo en la agricultura, al destruir la vida “sedentaria” del proletariado 527 (tal efecto que “produce”-eHlamado trabajo agr�cola de temporada) remplaza en forma paulatina esta servidumbre por el trabajo asalariado libre.
p Otra confirmaci�n, no menos importante, de nuestra tesis acerca de lo nocivas que son las actuales teor�as populistas, nos la ofrece el hecho de que la idealizaci�n del pago en trabajo es corriente entre los populistas. Hemos citado el ejemplo de Engelhardt, que al caer en el pecado populista-, ¡lleg� inclusive a decir que “ser�a bueno" generalizar en el campo el pago en trabajo! Esto mismo lo hallamos en el famoso proyecto del se�or luzhakov sobre las escuelas secundarias agr�colas ^R�sskoie Bogatstvo, 1895, n�m. 5) [527•* . En la misma idealizaci�n incurre el se�or V. V., colaborador de la revista, igual que Engelhardt, quien afirma en art�culos econ�micos serios, que el campesino ha triunfado sobre el terrateniente que quer�a, seg�n �l, implantar el capitalismo; pero la desgracia es que el campesino hab�a comenzado a- trabajar tierras del terrateniente recibidas, “en arriendo”, es decir, hab�a restablecido integralmente el mismo sistema de econom�a que ya exist�a bajo el r�gimen de servidumbre. Estos son los ejemplosmn�s palpables del esp�ritu reaccionario de los populistas ante los problemas de nuestra agricultura. Cada uno de ellos habla del da�o y el peligro del capitalismo en nuestra agricultura pues—conviene tenerlo en cuenta—remplaza al campesino independiente por el pe�n. La realidad del capitalismo “(el pe�n”) se contrapone a la ficci�n del campesino “independiente”; esta ficci�n se basa en el hecho de que el campesino de la �poca precapitalista posee sus medios de producci�n. Pero se guarda silencio, discretamente, sobre la circunstancia de que �l paga esos medios de producci�n al doble de su valor; que esos medios de producci�n sirven para el pago en trabajo; que el nivel de vida de este campesino “independiente” es tan bajo, que en cualquier pa�s capitalista lo considerar�an paup�rrimo^ que a la extrema miseria y a la inercia mental de este campesino “ independiente" hay que a�adir, adem�s, la dependencia personal que acompa�a inevitablemente las formas precapitalistas de econom�a.
p El tercer rasgo caracter�stico del populismo—desconocer la vinculaci�n que ata a la “intelectualidad” y a las instituciones pol�ticas y jur�dicas del pa�s con los intereses materiales de 528 determinadas clases sociales—se halla relacionado �ntimamente con los rasgos precedentes: s�lo la falta de realismo en el enfoque de los problemas sociol�gicos pudo dar vida a la teor�a sobre lo “err�neo” del capitalismo ruso, y la posibilidad de “desviarse del camino”. Esta concepci�n del populismo tampoco guarda relaci�n con la “herencia” y las tradiciones de la d�cada del 60; por el contrario, est� directamente en oposici�n a dichas tradiciones. De esta concepci�n por supuesto, se deriva la posici�n adoptada por los populistas ante las numerosas supervivencias en la vida rusa de la reglamentaci�n anterior a la Reforma, que en modo alguno habr�an podido compartir los representantes de la “herencia”. Para caracterizar esta posici�n, nos permitimos utilizar las excelentes observaciones del se�or V. Ivanov en el art�culo “Una desafortunada ocurrencia" (N�voie Slovo, setiembre de 1897). Su autor habla de la conocida novela del se�or Boborikin, De otro modo y pone al descubierto que no ha comprendido nada de la pol�mica de los populistas con los “disc�pulos”, El se�or Boborikin pone en boca del personaje central de su novela—un populista—un reproche dirigido a los “disc�pulos” que, seg�n �l, sue�an con “un cuartel con intolerables y desp�ticas reglamentaciones”. Con este motivo el se�or Ivanov hace notar;
p “Ellos los populistas no han acusado a sus adversarios de ’ so�ar’ con el intolerable despotismo de la ’reglamentaci�n’. No solamente no lo han hecho sino que no lo pueden luicer ni lo har�n mientras sigan siendo populistas. En este terreno la esencia de su pol�mica con los ’materialistas econ�micos’ reside precisamente en que lo que subsiste de la antigua reglamentaci�n, en opini�n de los populistas, puede servir de punto de partida para un desarrollo posterior de la misma. Pierden de vista lo intolerable de esa antigua reglamentaci�n, por un lado, por la idea de que ’la propia alma campesina’ (�nica e indivisible) evoluciona hacia la reglamentaci�n, y por el otro, por su fe en la belleza moral actual o futura de la ’intelectualidad’, de la ’sociedad’ o de las ’clases dirigentes’ en general, disimulan el car�cter intolerable de esta vieja reglamentaci�n. Acusan a los partidarios del materialismo econ�mico de apasionarse, no por la ’reglamentaci�n’, sino por el r�gimen de Europa occidental basado en la falta de reglamentaci�n. Los materialistas econ�micos afirman, efectivamente, que los resabios de la vieja reglamentaci�n, nacida de la econom�a natural, se vuelven cada 529 d�a m�s ‘intolerables’ en un pa�s que ha pasado a la econom�a monetaria, con los innumerables cambios que se suceden, tanto en la situaci�n material, como en la fisonom�a intelectual y moral de las diversas capas de su poblaci�n. Por eso est�n convencidos de que las condiciones necesarias para el surgimiento de una nueva ’reglamentaci�n’ beneficiosa para la vida econ�mica del pa�s, no pueden desarrollarse de las supervivencias de una reglamentaci�n adaptada a la econom�a natural y al r�gimen feudal, sino solamente en la atm�sfera vasta y multilateral creada por la ausencia de esta vieja reglamentaci�n, como sucede en los pa�ses avanzados de Europa occidental y Norteam�rica. En, este estado se encuentra el problema de la ’reglamentaci�n en la pol�mica entre los populistas y sus adversarios" (p�gs.’ 11-12, loe. cit.). Esta actitud de los populistas frente a “resabios de la vieja reglamentaci�n" representa tal vez, la m�s pronunciada desviaci�n del populismo de las tradiciones de la “herencia”. Los representantes de esta �ltima, corno ya hemos visto, condenaron apasionada y rotundamente todas las supervivencias de la vieja reglamentaci�n. Por lo tanto, en este aspecto, los “disc�pulos” est�n much�simo m�s cerca de las “ tradiciones" y la “herencia” de la d�cada del’80 que los populistas.
p Adem�s del error capital que se�alamos en los populistas, la falta de realismo sociol�gico los lleva tambi�n a una especial manera de pensar y de razonar sobre asuntos y problemas sociales, que se puede denominar mezquina presunci�n intelectualista o, tal vez, mentalidad burocr�tica. El populista piensa siempre sobre el camino que “nosotros” debemos escoger para la patria, sobre las calamidades que habr� que afrontar si “nosotros” encaminamos la patria por tal camino, las salidas que podr�amos asegurar “nosotros” si evit�ramos los peligros del camino seguido por la vieja Europa, si hubi�ramos “tomado lo mejor”, tanto de Europa como de nuestra tradicional comunidad rural, etc., etc. De aqu� la desconfianza y el completo desd�n del populista por las tendencias propias de las diferentes clases sociales, que hacen la historia de conformidad con sus intereses. De aqu� la sorprendente ligereza con que el populista emprende (olvidando el medio que lo rodea) todo posible g�nero de proyectoman�a social, comenzando por cualquier “ organizaci�n del trabajo agrario" y terminando por la “comunizaci�n r’e la producci�n" gracias a los esfuerzos de nuestra “sociedad”. “Mit der Gr�ndlichkeit der geschichtlichen Action wlrd der 530 Umfang der Masse zunehrnen, deven Action sie ist" [530•* : en estas palabras expresan una de las m�s profundas y m�s importantes tesis de la teor�a de la filosof�a de la historia, que de ninguna manera quieren ni pueden comprender nuestros populistas. A medida que se ampl�a y se profundiza la creaci�n hist�rica de los hombres, debe crecer tambi�n esta parte de la poblaci�n que es un factor conciente de la historia. El populista, en cambio, que siempre razona sobre la poblaci�n en general y sobre la poblaci�n trabajadora en particular, consider�ndolas como el objeto de tales o cuales medidas m�s o menos racionales, como un material que debe ser encaminado por esta u otra ruta, y que jamas consider� a las diversas clases de la poblaci�n, como factores hist�ricos que act�an de manera independiente por un camino dado nunca se pregunt� cu�les son las condiciones en el camino en cuesti�n, susceptibles de interesar (o, por el contrario, de paralizar) la actividad independiente y conciente de estos creadores de la historia.
As�, aun cuando el populismo dio un gran paso adelante con respecto a la “herencia” de los ilustrados, planteando el problema del capitalismo en Rusia, la soluci�n que dio a esta cuesti�n, fue tan poco satisfactoria, debido a su punto de vista peque�oburgu�s y a su cr�tica sentimental ^3! capitalismo que, sobre una serie de importantes cuestiones de la vida social, se ha quedado atr�s con respecto a los ilustrados. En resumidas cuentas, la adhesi�n del populismo a la herencip y a las tradiciones de nuestros ilustrados, result� un hecho negativo: el populismo no ha resuelto los nuevos problemas que el desarrollo econ�mico de la Rusia posterior a la Reforma plante� al pensamiento social ruso, y en este aspecto se limit� a proferir lamentaciones sentimentales y reaccionarias, mientras que la soluci�n completa de los viejos problemas, que ya hab�an sido planteados por los ilustrados, fue dificultada por su romanticismo.
Notes
[521•*] V�ase V. I. Lenin, ob. cit., t. I, nota 7. (Ed.)
[521•**] Confrontar ahora el libro de Tug�n-Baranovski: La f�brica rusa (San Petersburgo, 1898).
[522•*] He tenido ya la oportunidad de hacer notar antes, en el art�culo sobre el romanticismo econ�mico, que nuestros adversarios revelan una miop�a sorprendente al interpretar los t�rminos reaccionario, peque�oburgu�s, como recursos pol�micos, cuando estas expresiones tienen un sentido hist�ricofilos�fico absolutamente definido (v�ase el presente tomo, p�gs. 212-213. Ed.)
[525•*] Estas palabras son del libro de Skaldin En un rinc�n perdido del campo y en la capital, S. Petersburgo, 1870, p�g. 285. (Ed.)
[527•*] V�ase el presente tomo, p�gs. 66-73 y 463-496. (Ed.)
[530•*] Marx, Die Heilige Familie [La Sagrada Familia], 120, seg�n Beltov, p�g. 235 “(Con la profundidad de la acci�n hist�rica crecer� tambi�n el volumen de la masa, cuya acci�n ella es”). (V�ase C. Marx y F. Engels, La Sagrada Fam�ia, Ed. Grijalbo, M�jico, D. F., 1958, p�g. 148. Ed.)
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