264
Capítulo segundo
 

p Fiódor pensativo, retiró de su boca la corta pipa y, cuidadosamente, tanteó el montoncillo de ceniza. La pipa se había apagado.

p Las volutas de humo gris de una decena de cigarrillos formaban una nube bajo el cristal mate de las pantallas del techo, sobre el sillón del presidente del Comité Ejecutivo provincial. Como a través de una tenue neblina se veían los rostros de los hombres sentados junto a la mesa o en los rincones del despacho.

p Junto al presidente, reclinado sobre la mesa, se encontraba Tókariev. El viejo se pellizcaba irritado la barbita. De tarde en tarde miraba de soslayo al hombre bajito y calvo, cuya voz alta de tenor continuaba trenzando frases interminables y hueras, como la cascara de un huevo sorbido.

p Akim cazó la mirada oblicua del viejo y recordó su infancia: en su casa tenía un gallo reñidor, llamado Salta ojos. El animalillo también miraba así antes de atacar.

p La reunión del Comité provincial del Partido duraba ya dos horas. El hombre calvo era el presidente del Comité ferroviario encargado del acopio de leña.

p Hojeando con dedos ágiles un montón de papeles, el calvo disparaba como una ametralladora:

p — .. .Y, precisamente, estas causas objetivas imposibilitan el cumplimiento de la decisión del Comité provincial y de la Dirección del ferrocarril. Lo repito: tampoco dentro de un mes podremos dar más de cuatrocientos metros cúbicos de leña. Y la tarea consiste en traer ciento ochenta mil. ¡Esto... —el calvo se detuvo por un instante, buscando la palabreja— es una utopia! —y acto seguido cerró su boca pequeñita, frunciendo los labios con gesto de disgusto.

p El silencio parecía prolongarse mucho.

p Fiódor golpeaba la pipa con la uña, sacando la ceniza. Tókariev rompió el silencio con su voz de bajo, gutural y bronca:

p — Aquí no hay nada que rumiar. En el Comité ferroviario forestal no ha habido leña, no la hay, y no cuenten ustedes con ella en adelante... ¿No es así?

265

p El calvo se encogió de hombros.

p — Perdón, camarada, nosotros hemos preparado la leña, pero la falta de transporte... —El hombre se atragantó, se enjugó la pulida calva con un pañuelo a cuadros y, luego, sin aceptar durante largo rato a meterlo en el bolsillo, lo escondió nervioso bajo la cartera.

p — ¿Qué es lo que han hecho ustedes para traer la leña? Pues desde que fueron detenidos los especialistas dirigentes, mezclados en el complot, han pasado ya muchos días —dijo Denekko desde el ángulo que ocupaba.

p El calvo se volvió hacia él.

p — Yo he comunicado tres veces a la dirección del ferrocarril que sin transporte no se podía...

p Tókariev le cortó.

p — Ya hemos oído eso —sonrió mordaz el viejo ajustador, fulminando al calvo con su mirada hostil—. ¿Es que nos toma usted por tontos?

p Su pregunta provocó escalofríos en el cuerpo del hombrecillo. ..

p — Yo no respondo de las acciones de los elementos contrarrevolucionarios —se -apresuró a decir, esta vez ya en voz baja.

p — Pero, ¿sabía usted que el trabajo se estaba realizando lejos del ferrocarril? —preguntó Akim.

p — Algo había oído de ello, pero yo no podía indicar a la Dirección las anormalidades en un sector que no era el mío.

p — ¿Cuántos empleados tienen ustedes? —preguntó al calvo el presidente del Consejo de los Sindicatos.

p — Cerca de doscientos.

p — ¡Al año, un metro cúbico por zángano! —escupió rabioso Tókariev.

p — Damos a todo el Comité ferroviario forestal ración de obrero dé choque, quitándosela a los trabajadores, ¿y qué es lo que hacen ustedes? ¿Dónde han metido los dos vagones de harina que les fueron entregados para los obreros? —continuó el presidente del Consejo de los Sindicatos.

p De todas partes llovían sobre el calvo preguntas escabrosas, pero él se desembarazaba de ellas como de acreedores importunos que exigiesen el pago de sus letras.

266

p Se escurría como una anguila, para no dar respuestas concretas, pero sus ojos se agitaban inquietos. En su interior presentía la proximidad del peligro. Lleno de un nerviosismo cobarde, deseaba sólo una cosa: marcharse cuanto antes de la reunión a su casa, donde, además de la cena sólida, le esperaba su mujer, aún no vieja, matando las horas de la tarde con la lectura de una novela de Paul deKock.

p Sin dejar de prestar atención a las réplicas del calvo, Fiódor escribía en el bloc de notas: "Pienso que hay que comprobar mejor el trabajo de este hombre: no se trata de una simple torpeza. Poseo algunos datos acerca de su persona... Ya hemos hablado bastante con él, que se marche, y pongamos manos a la obra".

p El presidente del Comité Ejecutivo leyó la nota que le había pasado Fiódor y asintió con la cabeza.

p Zhujrái se levantó y salió al recibimiento a llamar por teléfono. Cuando regresó, el presidente del Comité Ejecutivo estaba ya leyendo el final de la resolución:

p ".. .destituir a los dirigentes del Comité ferroviario forestal por su evidente sabotaje. Poner en manos de los órganos de investigación el asunto de la tala".

p El calvo esperaba algo peor. Cierto que la destitución por sabotaje ponía en duda su lealtad, pero eso era una bagatela, y en cuanto al asunto de Boyarka... bueno, aquello no le inquietaba, no había ocurrido en su sector. "Diablo, me había parecido que éstos se habían enterado de algo..."

p Metiendo los papeles en la cartera, ya casi tranquilizado, dijo:

p — En fin, yo soy un especialista sin partido, están ustedes en su derecho al desconfiar de mí. Pero tengo la conciencia limpia. Si no lo he hecho, es porque no he podido.

p Nadie le respondió. El calvo salió, bajó apresuradamente las escaleras y, dejando escapar un suspiro de alivio, abrió la puerta de la calle.

p — ¿Cómo se apellida usted, ciudadano? —le preguntó un hombre con capote.

p Con el corazón encogido, el calvo tartamudeó:

p — Cher... vinski...

267

p En el despacho del presidente del Comité Ejecutivo provincial, cuando se hubo marchado aquella persona extraña, los trece hombres se agruparon estrechamente en torno a la mesa.

p — ¿Veis?... —dijo Zhujrái, apretando con el dedo en un punto del desplegado mapa—. Aquí está la estación de Boyarka, a seis verstas del lugar donde se ha verificado la tala. Aquí hay apilados doscientos diez mil metros cúbicos de leña. El ejército de trabajo  [267•*  se ha esforzado durante ocho meses, se ha gastado un montón de energías, y, como resultado, la traición; el ferrocarril y la ciudad se encuentran sin leña. Hay que transportarla a la estación, haciendo un recorrido de seis verstas. Para ello se precisan, por lo menos, cinco mil, carros durante todo un mes, y esto, a condición de que hagan dos viajes diarios. La aldea más cercana se encuentra a quince verstas. Además, por estos lugares merodea Orlik con su banda. ¿Comprendéis lo que eso significa?... Mirad en el plano: la tala debía comenzar aquí, en dirección a la estación, y estos canallas la han realizado en dirección contraria, hacia el interior del bosque. El cálculo era infalible: no podremos trasladar la leña preparada al ferrocarril. Y, en realidad, es imposible conseguir ni siquiera cien carros. ¡He aquí de dónde nos ha venido el golpe!... Nos han hecho tanto daño como el comité de la sublevación.

p El puño crispado de Zhujrái cayó pesadamente sobre el papel satinado del plano.

p Cada uno de los trece hombres se representaba claramente todo el horror de lo que se acercaba, aquello que Zhujrái no había dicho. El invierno estaba a las puertas. Los hospitales, las ’escuelas, las instituciones y centenares de miles de personas quedarían a merced del frío, y en las estaciones... un hormiguero humano y un solo tren a la semana.

p Los trece se sumieron en sus meditaciones.

p Fiódor abrió el puño.

p — Hay una sola salida, camaradas: construir en tres meses un ferrocarril de vía estrecha que vaya desde la 268 estación al lugar en donde se encuentra la leña preparada —siete verstas—, haciéndolo de forma que, al cabo de un ines y medio, llegue donde comienza el talado del bosque. Hace ya una semana que vengo ocupándome de esto. Para la obra se requieren —la voz de Zhujrái chirrió en su garganta reseca— trescientos cincuenta obreros y dos ingenieros. En Puscha-Voditsa hay rieles y siete locomotoras. La Juventud Comunista local los ha encontrado en los depósitos. Antes de la guerra querían construir un ferrocarril, de vía estrecha, de allí a la ciudad. Pero en Boyarka los obreros no tienen en dónde vivir; allí no hay más que las ruinas de la escuela forestal. Habrá que enviar a los obreros por grupos, para dos semanas; no podrán resistir más. ¿Mandamos allí a los jóvenes comunistas, Akim?

p Y, sin aguardar respuesta, continuó:

p — La Juventud Comunista enviará allí todo lo que pueda: en primer lugar, la organización de Solómenka y parte de los jóvenes de la ciudad. La tarea es muy difícil, pero si se explica a los muchachos que de ellos depende la salvación de la ciudad y del ferrocarril, la cumplirán.

p El jefe del ferrocarril movió incrédulo la cabeza.

p — Difícilmente saldrá algo de esto, ¿Cómo se va a tender siete verstas de vía férrea en un lugar despoblado, en otoño, con lluvias, con los fríos a la puerta? —dijo cansadamente.

p Zhujrái, sin volver hacia él la cabeza, le interrumpió:

p — Debías haberte cuidado más de la tala, Andréi Vasílievich. Construiremos la vía hasta el bosque. No vamos a morirnos de frío, cruzadas de brazos.

p Se cargaron los últimos cajones con herramientas. El equipo del tren ocupó sus puestos. Lloviznaba. Las gotas de agua rodaban, como cuentas de vidrio, por el reluciente cuero de la cazadora de Rita.

p Al despedirse de Tókariev, Rita le estrechó con fuerza la mano y dijo en voz baja:

p — Os deseamos éxito.

p El viejo la miró cariñosamente, bajo la línea nivea de sus cejas.

p — Menudo quebradero de cabeza nos han buscado, ¡maldita sea su alma! —gruñó, respondiendo en voz 269 alta a sus propios pensamientos—. Vosotros, aquí, estad al tanto. Si algo nos frena, apretad donde sea necesario, pues esa canalla no sabe trabajar sin liar las cosas. Bien, ya es hora de marchar, hijita.

p El viejo se abrochó cuidadosamente la chaqueta. En el último momento, Rita le preguntó, como por azar:

p — ¿Es que Korchaguin no va con ustedes? Ño se le ve entre los muchachos.

p — Marchó ayer por la tarde en la vagoneta, con el director técnico, a preparar algunas cosas para cuando lleguemos nosotros.

p Zharki, Dubava y Anna Borjart, esta última con la chaquetilla negligentemente echada sobre los hombros y un cigarrillo apagado entre sus finos dedos, se acercaban presurosos a ellos por el andén.

p Mirando fijamente a los que se aproximaban, Rita hizo al viejo la última pregunta:

p — ¿Cómo va Korchaguin con el estudio? Tókariev la miró asombrado.

p — ¿Qué estudio?, ¿no está el muchacho bajo tu tutela? Más de una vez me ha hablado de ti. No sabe ya cómo alabarte.

p Rita, incrédula, escuchaba atenta las palabras del viejo.

p — ¿Es cierto, camarada Tókariev? ¿Cómo se explica, entonces, que de mi casa fuera a que tú le volvieses a explicar los problemas?

p El viejo soltó una risotada:

p — ¿Que venía a mí?... Ni tan siquiera le veía el pelo.

p La locomotora rugió. Klavichek gritó desde el vagón:

p — ¡Camarada Ustinóvich, deja que el padre venga con nosotros, no seas egoísta! ¿Qué vamos a hacer sin él?

p El checo quería decir algo más, pero al ver a los tres que se acercaban, se calló. Por un instante, sus ojos tropezaron con el fulgor inquieto de los de Anna; con pena percibió la sonrisa despedida que la muchacha dedicaba a Dubava e, impetuosamente, se apartó de la ventanilla.

p La lluvia de otoño flagelaba el rostro. A ras de tierra se arrastraban las nubes, de un color gris oscuro, 270 esponjadas por la humedad. El tardío otoño desnudaba el ejército de árboles; alzábanse sombríos los añosos carpes, escondiendo las arrugas de su corteza bajo el musgo pardusco. El despiadado otoño les había despojado de su suntuoso ropaje, y ahora estaban desnudos y tristes.

p Solitaria, al abrigo de los árboles, se hallaba la pequeña estación. De su muelle de piedra partía una línea de tierra removida que iba a perderse en el bosque. Un hormiguero humano la cubría.

p La pegajosa arcilla chapoteaba repugnantemente bajo las botas. La gente trabajaba con furia, junto al terraplén. Golpeaban sordamente las barras; las palas arañaban las piedras.

p La lluvia caía, como cernida por un tamiz fino, y sus gotas, frías, calaban la ropa. El agua barría el trabajo de los hombres. La arcilla, formando una pasta espesa, resbalaba del terraplén.

p La ropa, empapada por completo, tornábase pesada y fría, pero la gente no abandonaba el trabajo hasta bien entrada la noche.

p Y cada día, la línea de tierra cavada y removida se adentraba más y más en el bosque.

p No lejos de la estación se elevaba sombrío el esqueleto de un edificio de piedra. Hacía ya tiempo que los merodeadores habían arramblado con todo lo que se podía arrancar o destrozar. En vez de ventanas y puertas había grandes agujeros; en lugar de portezuelas de estufa, negras bocas. Por las aberturas del tejado roto asomaba el costillaje de las vigas.

p El piso de hormigón de las cuatro espaciosas habitaciones era lo único que había quedado intacto. Sobre él se acostaban por la noche cuatrocientos hombres, con la ropa empapada y llena de barro. Escurríanla junto a las puertas y de ella caían chorros de agua sucia. Maldecían, con blasfemias terribles, de la lluvia y el barro. Se tendían en apretadas hileras sobre el piso de cemento, ligeramente cubierto de paja. Trataban de calentarse unos con otros. La ropa despedía vapor, pero no se secaba. Y a través de los sacos clavados en los marcos de las ventanas, el agua penetraba en las habitaciones. La lluvia batía los restos de la techumbre de hierro, y el viento soplaba por la puerta, llena de rendijas.

271 272 273

p Por la mañana bebían té en la vetusta barraca donde se encontraba la cocina y se marchaban al terraplén. Para almorzar comían lentejas sin carne, odiosas por su monotonía, y libra y media de pan, negro como la hulla.

p Esto era todo lo que podía darles la ciudad.

p El director técnico, Valerián Nikodímovich Patoshkin, viejo enjuto y alto, con dos profundas arrugas en las mejillas, y el técnico Vakulenko, fornido y con nariz carnosa en su rostro burdamente tallado, se alojaban en casa del jefe de la estación.

p Tókariev dormía en el cuartucho de Joliava, el chekista de la estación, hombre de piernas cortas y móvil como el azogue.

p El destacamento de construcción soportaba las privaciones con furiosa tenacidad.

p Cada día, el terraplén se iba adentrando más en el bosque.

p En el destacamento ya se habían producido nueve casos de deserción. Unos días más tarde, huyeron otros cinco hombres.

p Las obras recibieron el primer golpe en la segunda semana: el tren de la tarde no trajo de la ciudad el pan.

p Dubava despertó a Tókariev y se lo comunicó.

p El secretario de la organización del Partido, sacando fuera de la cama sus velludas piernas, se rascó furiosamente el sobaco.

p — ¡Comienzan las bromitas! —gruñó entre dientes, mientras se vestía con rapidez.

p En la habitación entró el rechoncho Joliava, parecido a un globo.

p — Corre al teléfono y ponte en comunicación con la Sección Especial —le ordenó Tókariev—. Y tú no digas a nadie ni una palabra acerca del pan —advirtió a Dubava.

p Después de media hora de regañar con las telefonistas de la línea, el pertinaz Joliava consiguió comunicar con el suplente del jefe de la Sección Especial, con Zhujrái. Escuchando sus disputas, Tókariev, impaciente, se apoyaba ya en un pie ya en el otro.

p — ¿Qué? ¿No han llevado el pan? Ahora mismo me enteraré de quién tiene la culpa —tronó amenazante en el auricular la voz de Zhujrái.

274

p — Tú dime qué le vamos a dar de comer a la gente mañana —gritaba irritado Tókariev en el aparato.

p Zhujrái, al parecer, ideaba algo. Después de una larga pausa, el secretario del Partido oyó:

p — El pan lo llevaremos por la noche. Enviaré a Litke con un camión, él conoce el camino. Al amanecer tendréis el pan ahí.

p Apenas despuntó el día, llegó a la estación un camión salpicado de barro y cargado de sacos de pan. De la cabina, pálido por la noche en vela, descendió Litke hijo.

p La lucha por la construcción adquiría graves caracteres. De la Dirección del ferrocarril comunicaban que no tenían traviesas. En la ciudad no encontraban medios para trasladar los rieles y las pequeñas locomotoras a las obras, y, además, resultó que las propias locomotoras requerían una reparación considerable. El primer grupo terminaba el trabajo, aún no había relevo y no se podía retener allí a la gente, que había agotado todas sus fuerzas.

p A la luz de una lamparilla de aceite, el activo estuvo deliberando en la vieja barraca hasta altas horas de la noche.

p Por la mañana, Tókariev, Dubava, Klavichek y seis más marcharon a la ciudad, para reparar las locomotoras y traer los rieles. A Klavichek, como panadero de profesión, se le enviaba de control a la sección de abastos; los demás iban a Puscha-Voditsa.

p Y continuaba lloviendo a cántaros.

p Korchaguin sacó con trabajo un pie de la pegajosa arcilla y, por el frío agudo que sintió en el talón, comprendió que la suela podrida se había desprendido por completo. Desde que habían llegado, sufría a causa de sus deterioradas botas, siempre húmedas y llenas de barro; ahora una de las suelas se había desprendido, y el pie descalzo pisaba la helada pasta arcillosa. La bota le dejó fuera de combate. Sacando del barro el resto de la suela, Pável la miró desesperado y faltó a la palabra de no blasfemar, que se había dado a sí mismo. Con la suela en la mano, se dirigió a la barraca. Se sentó junto a la cocina de campaña, deslió su peal, todo embarrado, y acercó al fogón el pie entumecido por el frío.

p Junto a la mesa de cocina, cortando remolacha en 275 pedazos, estaba Odarka, mujer del guardavías, que había sido tomada por el cocinero en calidad de pinche. La naturaleza se había mostrado pródiga con la mujer del guardián, que distaba mucho de ser vieja. Tenía Odarka anchas espaldas hombrunas, exuberantes senos y caderas poderosas y pronunciadas. La mujer manejaba hábilmente el cuchillo, y sobre la mesa aumentaba con rapidez la montaña de hortalizas cortadas.

p Odarka miró fríamente a Pável y le preguntó hostil:

p — ¿Qué, ya te vas preparando para la comida? Es un poco temprano. Se ve que rehuyes el trabajo, muchacho. ¿Dónde metes el pie? Esto es una cocina, no un baño.

p Entró el viejo cocinero.

p — Se me ha hecho polvo la bota —dijo Pável, explicando su presencia en la cocina.

p El cocinero miró la destrozada bota y señaló hacia Odarka con la cabeza:

p — Su marido es medio zapatero —dijo—, y puede ayudarte, pues sin calzado estás perdido.

p Escuchando al cocinero, Odarka se fijó en Pável y se turbó un poco.

p — Le había tomado por un gandul —confesó la mujer.

p Pável sonrió. Odarka, con ojos de persona entendida en la materia, examinó la bota.

p — Mi marido no la remendará, no vale la pena; y para que no se le estropee el pie, yo le traeré de mi casa un chanclo que tenemos tirado en el desván. ¿Dónde se ha visto que la gente se torture así? Si no hoy, mañana, comenzarán las heladas; va usted a pasarlas negras — dijo, ya compasiva, y, dejando el cuchillo sobre la mesa, salió.

p Pronto regresó con un chanclo alto y un pedazo de arpillera. Cuando el pie, envuelto en la arpillera, ya caliente, se hubo aposentado en el chanclo, Pável miró a la mujer del guardián con mudo agradecimiento.

p Tókariev llegó de la ciudad irritado, reunió en la habitación de Joliava al activo y le comunicó noticias poco gratas.

276

p — En todas partes hay atascos. Adondequiera que te diriges no hacen más que dar vueltas, pero sin moverse del sitio. Se ve que hemos cazado pocos gansos blancos; aún nos darán mucho que hacer —informaba el viejo a los reunidos—. Os digo con franqueza, muchachos, que la cosa no puede estar peor. Aún no han reunido el relevo, y no se sabe cuánta gente enviarán. El frío está en puertas. Antes de que llegue, hay que pasar el pantano, aunque reventemos, pues, de lo contrario, luego no se podrá arrancar la tierra ni con los dientes. Estad seguros, muchachos, de que en la ciudad les apretarán las clavijas a todos los que allí enredan, pero nosotros, aquí, debemos duplicar la rapidez. Aunque reventemos cinco veces, hay que construir el ramal. ¿Qué bolcheviques seremos si no? Gente sin espítitu —dijo Tókariev con voz metálica, en lugar de la ronca voz de bajo, habitual en él. Sus ojos, que brillaban bajo las fruncidas cejas, hablaban de decisión y tenacidad.

p — Hoy celebraremos una reunión cerrada, les explicaremos a los nuestros lo que hay, y mañana saldremos todos al trabajo. Por la mañana, dejaremos marchar a los sin partido, y nosotros nos quedaremos. He aquí la decisión del Comité provincial —dijo, y tendió a Pankrátov una hoja de papel doblada.

p Por encima del hombro del cargador, Korchaguin leyó: <lSe considera necesario dejar en la construcción a todos los miembros de la Juventud Comunista, no permitiendo su relevo antes de la entrega de la primera partida de leña. Por el secretario de Comité provincial de la Juventud Comunista, R. Ustinóvich"

p Por la estrecha barraca no se podía dar un paso. Ciento veinte hombres la llenaban. Permanecían de pie junto a las paredes, encima de las mesas, e incluso sobre la cocina.

p Abrió la reunión Pankrátov. Tókariev habló poco tiempo, pero el final de su discurso produjo el efecto de una bomba.

p — Mañana los comunistas y los komsomoles no marcharán a la ciudad.

p La mano del viejo subrayó en el aire toda la inmutabilidad de la decisión. El ademán barrió todas las esperanzas de regresar a la ciudad, a casa, de salir de aquel 277 barrizal. En los primeros momentos, no se podía entender nada, a causa de los gritos. El vaivén de los cuerpos hizo oscilar intranquila la llama pálida de la lamparilla. La oscuridad ocultaba los rostros. El ruido de las voces iba en aumento. Unos hablaban, soñadores, de "la comodidad del hogar”; otros, indignados, gritaban que estaban rendidos. Muchos guardaban silencio. Y sólo uno manifestó que desertaba. Su voz colérica vomitaba desde el rincón, entre blasfemias:

p — ¡Al diablo! ¡No me quedo aquí ni- un día más! ¡A la gente se la envía a los trabajos forzados por algún crimen! ¿Y a nosotros, por qué? Nos han tenido aquí dos semanas, y basta. Ya está bien de hacer el tonto. El que ha dado la disposición, que venga y que construya él mismo. El que quiera, que se revuelva en este fangal, pero yo no tengo más que una vida. Mañana me marcho.

p Okunev, a cuya espalda se encontraba el que daba las voces, encendió una cerilla para ver el rostro del desertor. Por un instante, la débil llama destacó de la oscuridad un rostro crispado por una mueca colérica, la boca abierta. Okunev le reconoció: era el hijo del contable del Comité provincial de Abastos.

p — ¿Qué miras? No me oculto, no soy ningún ladrón. La cerilla se apagó. Pankrátov levantóse.

p — ¿Quién es ése que ladra? ¿Para quién la tarea del Partido es igual que los trabajos forzados? —pronunció sordamente recorriendo con mirada grave los rostros de los que se encontraban cerca—. Hermanos, no podemos marchar a la ciudad de ninguna manera, nuestro puesto está aquí. Si nosotros nos largamos, la gente se morirá de frío. Cantaradas, cuanto más pronto terminemos, antes volveremos a casa; y huir, como quiere aquí un llorón, no nos lo permiten ni nuestra idea ni la disciplina.

p Al cargador no le gustaban los discursos largos, pero incluso éste, que era breve, lo interrumpió la misma voz.

p — ¿Los sin partido se marchan?

p — Sí —dijo Pankrátov con voz tajante como un hachazo.

p Hacia la mesa abrióse paso un muchacho con abrigo corto de ciudad. Como un murciélago voló sobre la mesa, dando vueltas, el pequeño carnet, golpeó a Pankrátov en 278 el pecho y, rebotando, fue a caer sobre la mesa, donde quedó de canto.

p — Ahí tenéis el carnet, tomadlo, por favor, por ese pedacito de cartón no estoy dispuesto a sacrificar mi salud.

p El final de la frase fue ahogado por las indignadas voces que se alzaron en toda la barraca:

p — ¿Qué es lo que tiras?

p — ¡Ah, traidor!

p — ¡Te infiltraste en la Juventud Comunista para hacer carrera!

p — ¡Echadle de aquí!

p — ¡Ya te daremos la carrera nosotros, piojo apestoso!

p El que había tirado el carnet se dirigió hacia la puerta, con la cabeza gacha. Le abrían paso, apartándose de él como si tuviera la peste. Chirrió la puerta al cerrarse tras el desertor.

p Pankrátov cogió con las puntas de los dedos el carnet que estaba sobre la mesa y lo acercó al fuego de la lamparilla.

p El cartón, envuelto por las llamas, comenzó a retorcerse y a transformarse en cenizas.

p En el bosque restalló un disparo. Un hombre a caballo alejóse raudo de la vetusta barraca y se perdió en la oscuridad del bosque. De la escuela y de la barraca salió corriendo la gente. Por azar, alguien se dio de narices con una tablilla de madera, metida en una rendija de la puerta. Encendieron una cerilla. Protegiendo del viento con los faldones de la ropa la llamita vacilante, leyeron: "Marchaos todos de la estación al lugar de donde habéis venido. El que se quede, recibirá un balazo en la frente. Mataremos a todos, hasta el último; no habrá piedad para nadie. Os doy de plazo hasta mañana por la noche. El atamán Chesnok"

p Chesnok era de la banda de Orlik.

p En la mesa de la habitación de Rita se encontraba abierto el diario.

279

p 2 de diciembre

p Esta mañana ha caído la primera nevada. Hacía mucho frío. En la escalera me he encontrado con Viacheslav Olshinski. Hemos salido juntos.

p — Siempre me entusiasma la primera nieve. ¡Qué frío! Es un encanto, ¿no es cierto? —me dijo Olshinski.

p Me acordé de Boyarka, y le dije que el frío y la nieve no me causaban la menor alegría y que, por el contrario, me afligían. Le conté por qué.

p — Eso es subjetivo. Siguiendo el curso de sus pensamientos será necesario reconocer la inadmisibilidad de la risa y, en general, de la jovialidad durante la guerra, por ejemplo. Pero en la vida no ocurre así. La tragedia se desarrolla allí donde se encuentra la zona del frente. En ella, la sensación de la vida está aplastada por la proximidad de la muerte. Pero incluso allí la gente ríe. Y lejos de la línea de fuego, la vida continúa siendo la misma: risas, lágrimas, penas y alegrías, sed de espectáculos y de placeres, emoción, amor...

p En las palabras de Olshinski es difícil percibir la ironía. Olshinski es el representante del Comisariado del Pueblo de Negocios Extranjeros. Milita en el Partido desde el año 1917. Viste a la europea, siempre va perfectamente afeitado y huele ligeramente a perfume. Vive en nuestra casa, en el piso de Segal. Por las tardes suele venir a mi habitación. Es interesante hablar con él, conoce el Occidente, ha vivido mucho tiempo en París, pero no pienso que lleguemos a ser buenos amigos. La causa es que, en mí ve, ante todo, a la mujer, y en segundo lugar a la camarada de Partido. Por cierto, no enmascara sus deseos y pensamientos; es lo bastante valiente para decir la verdad, y sus inclinaciones no son groseras. Sabe embellecerlas. Pero no me gusta.

p Me agrada mucho más la ruda sencillez de Zhujrái que el brillo europeo de Olshinski.

p De Boyarka recibimos partes breves. Cada día se tienden cien sazhenes  [279•*  de vía. Colocan las traviesas sobre la tierra helada, en unos lechos abiertos especialmenteHay allí doscientos cuarenta hombres en total. La mitad 280 del segundo relevo se ha escapado. Las condiciones son verdaderamente duras. ¿Cómo van a trabajar con el intenso frío reinante?... Hace ya una semana que Dubava está allí. En Puscha-Voditsa montaron cinco locomotoras de las ocho que hay. Para las restantes faltan piezas.

p La Dirección de Tranvías ha denunciado a Dmitri por delito común: el muchacho, con su brigada, detuvo por la fuerza todas las plataformas que iban de PuschaVoditsa a la ciudad. Después de hacer apearse a los pasajeros, cargó las plataformas de rieles para el tren de vía estrecha. Por la línea de la ciudad trajeron a la estación diecinueve plataformas. Los tranviarios ayudaron cuanto pudieron.

p En la estación, los restos de la Juventud Comunista de Solómenka cargaron los rieles por la noche, y Dmitri y sus muchachos los llevaron a Boyarka.

p Akim se negó a plantear en el buró la cuestión de Dubava. Dmitri nos ha hablado de la rutina asquerosa y del burocratismo reinantes en la Dirección de Tranvías. Allí se negaron rotundamente a dar más de dos plataformas. Tufta le echó a Dubava un buen sermón:

p — Ya es hora de dejar a un lado las guerrilleradas; por ellas se puede ir a parar a la cárcel. ¿Acaso no es posible Hegar a entenderse por las buenas?

p Yo nunca había visto a Dubava tan enfurecido.

p — ¿Por qué tú, papelero, no te pusiste de acuerdo con ellos? ¡Tú estás aquí, chupatintas, y no haces más que ladrar! ¡Si yo voy sin los rieles a Boyarka, me romperán la cara! ¡Y a ti, para que no estorbes a los demás, habría que mandarte a la construcción, a disposición de Tókariev, para que te quite el moho! —rugía Dmitri, atronando todo el Comité provincial.

p Tufta escribió una queja contra Dubava, pero Akim me rogó que les dejara solos y estuvo hablando con él unos diez minutos. Tufta salió del despacho de Akim disparado, rojo y enfurecido.

p 3 de diciembre

p Ante el Comité provincial se ha planteado un nuevo asunto, denunciado por la Cheka de transportes. Pankrátov, Okunev y algunos camaradas más se presentaron en la estación de Motovílovka y quitaron las puertas y los 281 marcos de las ventanas de las construcciones vacías. Cuando cargaban todo esto en el tren obrero, trató de detenerlos el chekista de la estación. Los muchachos le desarmaron, y solamente al arrancar el tren le devolvieron el revólver, después de haberle sacado los cartuchos. Se llevaron las puertas y las ventanas. La sección de material del ferrocarril acusa a Tókariev de haber cogido, por su propia cuenta, veinte puds de clavos del depósito de Boyarka. Tókariev los ha dado a los campesinos que trabajan transportando, desde el lugar donde la leña está preparada, los maderos largos que se colocan en lugar de traviesas.

p He hablado de estas cosas con el camarada Zhujrái. El ríe: "Echaremos tierra sobre todos estos asuntos".

p En las obras, la situación es extremadamente tirante, y cada día es precioso. Por las más simples nimiedades hay que presionar. Con frecuencia hacemos presentarse en el Comité provincial a los saboteadores. Los muchachos de la construcción se salen cada vez más a menudo del marco del “formalismo”.

p Olshinski me ha traído una pequeña estufa eléctrica. Olga Yurienieva y yo nos calentamos las manos con ella. Pero la estufa no es suficiente para caldear la habitación. ¿Cómo pasarán esta noche en las obras del ferrocarril? Olga cuenta que en el hospital hace mucho frío, los enfermos no salen de debajo de la manta. Encienden la calefacción cada dos días.

p ¡No, camarada Olshinski, la tragedia en el frente es también la tragedia en .la retaguardia!

p 4 de diciembre

p Ha nevado durante toda la noche. En Boyarka, escriben, la nieve lo ha cubierto todo. Los trabajos se han interrumpido. Limpian la vía. Hoy, el Comité provincial ha aprobado la siguiente resolución: "... terminar la construcción del primer ramal, hasta el límite del bosque talado, no más tarde del 1° de enero de 1922”. Cuando la resolución fue comunicada a los de Boyarka, dicen que Tókariev exclamó: "Si no reventamos, lo haremos".

p De Korchaguin no se oye nada. Es asombroso que no haya “causas” contra él, como la de Pankrátov. Hasta ahora, no sé por qué no quiere verse conmigo.

282

p 5 de diciembre .

p Ayer, una banda tiroteó el ferrocarril en construcción.

p Los caballos pisaban con precaución la nieve blanda y dúctil. De tarde en tarde, bajo su sudario, se movía una rama, apretada contra la tierra por el casco del caballo; crujía, y entonces el animal relinchaba, asustado, apartándose de un salto. Pero el jinete golpeándole en las orejas con el fusil de cañón aserrado, le hacía pasar al galope, alcanzando a los que iban en cabeza.

p Unos diez jinetes cruzaron la cadena de colinas en que terminaba la franja de tierra negra, aún no cubierta por la nieve.

p Allí frenaron los caballos. Resonaron los estribos, al chocar unos con otros. Ruidosamente, estremecióse el potro del que iba en cabeza, empapado en sudor por la larga carrera.

p — Ha caído aquí toda una plaga —dijo el que iba en cabeza—. Vamos a dejarlos fríos. El atamán ha dicho qué mañana esta langosta no esté ya aquí, pues se ve que esa canalla de los talleres se va a hacer con la leña...

p Se acercaban a la estación^ en fila india, por ambas márgenes del ferrocarril de vía estrecha. Al paso, llegaron al calvero que había junto a la vieja escuela y se ocultaron tras los árboles.

p La descarga rompió el silencio de la noche oscura. Como una ardilla, desde la rama de un abedul argentado por la luz de la luna, se deslizó hacia el suelo un montoncillo de nieve. Y entre los árboles despidieron chispas los fusiles de cañón aserrado; las balas hurgaron el enlucido inconsistente; con sonido plañidero saltaron los cristales de las ventanas traídas por Pankrátov.

p La descarga arranco a la gente del piso de cemento; la levantó, pero cuando por las habitaciones comenzaron a bordonear las balas, el miedo la derribó de nuevo.

p Caían unos sobre otros.

p — ¿A dónde vas? —exclamó Dubava, cogiendo a Pável del capote.

p — Afuera.

p — ¡Túmbate, idiota! Te dejarán seco en cuanto te asomes —le susurró impetuosamente Dmitri.

283

p Estaban tendidos juntos en la habitación, al lado de la puerta. Dubava se apretaba contra el piso, extendiendo hacia el umbral la mano que empuñaba el revólver. Korchaguin estaba sentado en cuclillas, tanteando nerviosamente con los dedos los orificios para los cartuchos en el tambor del revólver. En éste había cinco cartuchos. Al palpar una cavidad vacía, hizo girar un poco más el tambor.

p El tiroteo cesó. El súbito silencio asombró a todos.

p — Muchachos, los que tengan armas, que se reúnan aquí —ordenó Dubava en voz queda.

p Korchagüin abrió la puerta cauteloso. En el claro del bosque no había nadie. Los copos de nieve caían revoloteando lentamente.

p En el bosque, diez jinetes fustigaban sus caballos.

p A la hora de comer llegó de la ciudad la vagoneta automóvil. De ella descendieron Zhujrái y Akim. Les recibieron Tókariev y Joliava. De la vagoneta descargaron y dejaron sobre el andén una ametralladora Maxim, varias cajas con cintas y veinte fusiles.

p Se dirigieron apresuradamente al lugar de las obras. Los bordes del capote de Fiódor dibujaban zigzags en la nieve. Andaba como un oso, balanceándose; aún no había perdido la costumbre de combar las piernas, como si pisara la oscilante cubierta del torpedero. Con frecuencia, Tókariev tenía que correr para no quedarse rezagarlo de sus compañeros: el larguirucho Akim caminaba al paso de Fiódor.

p — La incursión de la banda es el mal menor. Pues aquí hemos topado con el monte, ¡maldita sea su estampa! Habrá que quitar mucha tierra.

p El viejo se detuvo, volvióse de espaldas al viento, encendió un cigarrillo, juntando las manos para proteger la cerilla, y, luego de un par de chupadas, alcanzó a los que iban delante. Akim se había parado a esperarle. Zhujrái, sin acortar el paso, seguía avanzando.

p Akim preguntó a Tókariev:

p — ¿Os alcanzarán las fuerzas para construir el ramal en el plazo fijado?

p Tókariev, después de una breve pausa, respondió:

284

p Sabes, hijito, hablando en general, no se puede construir, pero tampoco se puede no construirlo. Y ése es el problema.

p Ambos dieron alcance a Fiódor y marcharon a su paso. El cerrajero decía excitado:

p — Precisamente aquí comienza ese mismo “pero”. Aquí nadie, aparte de dos —Patoshkin y yo—, sabe que, en condiciones tan perras, con este material y esta cantidad de mano de obra, es imposible construirlo. Pero, en cambio, todos, desde el primero hasta el último, saben que no se puede no construirlo. Y ello me permitió afirmar: "Si no reventamos, lo haremos”. ¡Fijaos! hace ya dos meses que estamos aquí atascados, hemos empalmado ya cuatro turnos y el equipo, sin descanso, se mantiene únicamente por su juventud. La mitad de los muchachos están resfriados. Cuando uno mira a estos chicos, le sangra el corazón. No tienen precio... Este maldito hoyo enviará a la tumba a más de uno.

p A un kilómetro de la estación terminaba la vía estrecha completamente dispuesta para funcionar.

p Más allá, a kilómetro y medio, yacían sobre el terraplén nivelado unos leños largos incrustados en la tierra, como una empalizada derribada por el viento. Eran las traviesas. Más adelante, hasta el montecillo, tan sólo había un camino llano.

p Allí trabajaba el primer grupo de construcción, dirigido por Pankrátov. Cuarenta hombres colocaban las traviesas. Un campesino de barba roja, con laptis nuevos, sin apresurarse descargaba del trineo los leños y los dejaba caer sobre la vía. Algunos trineos más descargaban a lo lejos. Sobre el suelo yacían dos largas vigas de hierro. Era el patrón de los rieles, con el que se nivelaban las traviesas. Para apisonar la tierra, se empleaban hachas, barras y palas.

p Colocar las traviesas era labor minuciosa y lenta. Las traviesas debían yacer sobre la tierra de modo sólido y firme y, además, de manera que el riel se apoyara por igual en cada una de ellas.

285

p Sólo el capataz ferroviario Lagutin, el padre de Talia, viejo de cincuenta y cuatro años, sin una sola cana y con negra barba partida, conocía la técnica de la colocación de las traviesas. Por propia voluntad, llevaba trabajando dos meses sin relevo, soportando con la juventud todas las penalidades, y se había granjeado la estimación del destacamento entero. Aquel hombre sin partido ocupaba siempre el puesto de honor en las reuniones de los bolcheviques. Enorgullecido por ello, el viejo dio palabra de no abandonar las obras del ferrocarril.

p — Decid, por favor, ¿cómo voy a abandonaros? Sin mí, os armaréis un lío al colocar las traviesas; para ello hace falta golpe de vista, práctica. Y yo, ¡he incrustado tantísimas traviesas de éstas por las tierras de Rusia, durante mi vida!... —decía bonachón cada vez que expiraba un nuevo plazo, y se quedaba.

p Patoshkin tenía confianza en aquel viejo magnífico, y rara vez iba por su sector. Cuando Zhujrái, Akim y Tókariev llegaron a donde se encontraban los obreros, Pankrátov, sudoroso y congestionado, abría con el hacha un nido para una traviesa.

p Akim apenas reconoció al cargador. Pankrátov había adelgazado, sus anchos pómulos se destacaban más que antes, y su rostro, mal lavado y enjuto, parecía haber ennegrecido.

p — ¿Ah, han venido las autoridades? —dijo Pankrátov, y tendió a Akim su mano cálida y húmeda.

p Cesó el golpear de las palas. Akim vio alrededor rostros pálidos. Las zamarras y capotes que se habían quitado los que trabajaban estaban tirados allí mismo, sobre la nieve.

p Después de hablar con Lagutin, Tókariev se llevó a Pankrátov consigo y condujo a los recién llegados hacia el cerro. El cargador iba al lado de Fiódor.

p — Dime, Pankrátov, ¿cómo ocurrió aquello con el chekista en Motovílovka? ¿No te parece que exagerasteis un poco la nota al desarmarle? —preguntó seriamente Fiódor al poco locuaz cargador.

p Pankrátov sonrió turbado:

— Le desarmamos de mutuo acuerdo, él mismo nos lo pidió. Es un muchacho de los nuestros. Nosotros le explicamos todo tal y como era, y él dijo: "Muchachos,

286 yo no tengo derecho a dejar que os llevéis las puertas y ventanas. Hay una orden del camarada Dzerzhinski de terminar radicalmente con el robo de los materiales ferroviarios. Aquí, el jefe de la estación está conmigo a matar; el canalla roba, y yo le estorbo. Si dejo que os marchéis, me denunciará sin falta por conducto regular, y daré con mis huesos en el Tribunal Revolucionario. Vosotros desarmadme y largaos. Y si el jefe de la estación no denuncia el hecho, la cosa terminará aquí”. Así lo hicimos. ¡En fin de cuentas, las puertas y las ventanas no las hemos traído para nuestro provecho particular!

p Y al percibir una chispa de risa en los ojos de Zhujrái, Pankrátov añadió:

p — En fin, que lo paguemos nosotros solos; al muchacho aquel no le apriete las clavijas, camarada Zhujrái.

p — Todo queda olvidado. Pero en el futuro no se puede continuar obrando de esta suerte; así se rompe la disciplina. Somos lo bastante fuertes para destrozar el burocratismo en forma organizada. Bueno, hablemos de cosas más importantes. — Y Fiódor comenzó a preguntar detalles acerca de la incursión.

p A cuatro kilómetros y medio de la estación, las palas se hincaban furiosamente en la tierra. La gente cortaba el montecillo que se había atravesado en su camino.

p Y a ambos lados había siete hombres, armados con la carabina de Joliava y las pistolas de Korchaguin, Pankrátov, Dubava y Jomutov. Estas eran todas las armas del destacamento.

p Patoshkin estaba sentado en la pendiente, haciendo números en su libreta. El ingeniero había quedado solo. Vakulenko, prefiriendo que se le juzgara por deserción, a morir del balazo de un bandido, se había fugado por la mañana a la ciudad.

p — En hacer la excavación tardaremos medio mes, la tierra está helada —dijo en voz baja Patoshkin a Jomutov, torpe de movimientos, siempre sombrío y parco en palabras, que se encontraba de pie ante él.

p — En total, nos dan para la construcción de todo el ferrocarril veinticinco días, y usted echa quince para cavar 287 la hondonada —le respondió irritado Jomutov, apresando entre sus labios las guías de su bigote.

p — Este plazo no es real, si bien es cierto que en mi vida nunca he construido en tales condiciones y con tal gente. Puedo equivocarme, como me ha ocurrido ya dos veces.

p En aquel momento, Zhujrái, Akim y Pankrátov llegaban a la excavación. Desde el montecillo les vieron.

p — Mira, ¿quiénes son ésos? —dijo el bizco Petka Trofímov, tornero de los talleres, vestido con un sweater viejo, roto por las mangas, señalando con el dedo hacia abajo y dando un codazo a Korchaguin.

p Korchaguin, sin soltar la pala, se lanzó al instante montículo abajo. Sus ojos sonreían cariñosamente bajo la viserilla del gorro militar. Y Fiódor estrechó su mano más tiempo que los otros.

p — jSalud, Pável! ¡Cualquiera te conoce con ese uniforme tan abigarrado!

p Pankrátov torció los labios en una sonrisa:

p — Sí, ahí le tienes con las botas pidiéndole pan. Además, los desertores le han robado el capote. El y Okunev forman comuna; éste le ha dado a Pável su chaqueta. No tiene importancia, Pavlusha es un muchacho ardoroso. Se calentará una semanita sobre el cemento —la paja casi no da calor— y después estirará la pata —dijo tristemente el cargador a Akim.

p Okunev, un muchacho de negras cejas y ligeramente chato, entornando sus ojos maliciosos, objetó:

p — No dejaremos que Pávlushka se muera. Votaremos y lo enviaremos de pinche a la cocina, de reserva de Odarka. Allí, si no es tonto, comerá y se calentará, bien junto a la estufa, bien con Odarka.

p Una carcajada unánime acogió sus palabras. El día aquel reían por vez primera.

p Fiódor examinó el montecillo, fue en trineo con Tókariev y Patoshkin adonde se encontraba la leña y regresó. En el montecillo cavaban la tierra con la misma tenacidad de antes. Fiódor miró las palas que se movían rápidas y las espaldas dobladas en un esfuerzo tenso, y dijo en voz baja a Akim:

288

p — No hace falta ningún mitin. Aquí no hay a quién agitar. Tenías razón, Tókariev, al afirmar que no tienen precio. He aquí dónde se templa el acero.

p Los ojos de Zhujrái, con admiración y orgullo grave y cariñoso, se fijaron en los que cavaban la tierra. Aún hacía poco, parte de aquellos muchachos habíase erizado, con el acero de sus bayonetas, en la noche^ de la víspera de la sublevación. Y ahora les dominaba un único afán: el de llevar las arterias de acero de los rieles hasta las ansiadas riquezas de la leña, fuente de calor y de vida.

p Patoshkin, cortés, pero convencidamente, trataba de demostrar a Fiódor la imposibilidad de cavar la hondonada antes de dos semanas. Fiódor escuchaba sus cálculos matemáticos y decidía algo para sus adentros.

p — Quite la gente del montecillo, siga tendiendo la vía más all,á y el cerro lo tomaremos de otra manera.

p En la estación, Zhujrái estuvo largo rato hablando por teléfono. Joliava hacía guardia a la puerta y oía a sus espaldas la ronca voz de bajo de Fiódor:

p — Telefonea inmediatamente en mi nombre al jefe de Estado Mayor de la región militar, que envíen sin tardanza el regimiento de Puzyrievski al sector de la construcción. Es imprescindible limpiar el distrito de bandas. Enviad de la base un tren blindado con dinamiteros. El resto lo dispondré yo mismo. Volveré a la noche. A eso de las doce, mandad a la estación a Litke con el coche.

p En la barraca, después del corto discurso de Akim, habló Zhujrái. En aquella charla cordial transcurrió fugaz una hora. Fiódor hablaba a los constructores de la imposibilidad de alterar el plazo de terminación del tendido de la vía, señalado para el 1° de enero.

p — Pondremos las obras en estado de guerra. Los comunistas formarán una compañía especial. El camarada Dubava queda nombrado jefe de ésta. Los seis grupos de trabajo recibirán tareas concretas. Los restantes trabajos de tendido se dividirán en seis partes iguales. A cada grupo se le encomendará un sector. El 1° de enero debe estar terminado todo. El grupo que acabe antes tendrá derecho al descanso y a marchar a la ciudad. Además, el Presidium del Comité Ejecutivo provincial solicitará del 289 Comité Ejecutivo Central de Ucrania que se condecore con la Orden de la Bandera Roja al mejor obrero de este grupo.

p El camarada Pankrátov fue nombrado jefe del primer grupo; el camarada Dubava, del segundo; el camarada Jomutov, del tercero, el camarada Lagutin, del cuarto; el camarada Korchaguin, del quinto, y el camarada Okunev, del sexto.

p — El jefe de la construcción del ferrocarril —terminó su discurso Zhujrái—, su dirigente ideológico y organizador continúa siendo, invariablemente, Antón Nikíforovich Tókariev.

p Como si hubiera levantado el vuelo una bandada de pájaros, aplaudieron las manos, sonrieron los rostros graves, y la última frase del hombre serio, pronunciada en tono amistoso y festivo, descargó la prolongada tensión en un estallido de risas.

p Unos veinte hombres acompañaron a Akim y a Fiódor hasta la vagoneta automóvil.

p Al despedirse de Korchaguin y ver su chanclo lleno de nieve, Fiódor le dijo en voz baja:

p — Te enviaré unas botas. ¿Aún no se te han helado los pies?

p — Algo de eso hay, han comenzado a hincharse —respondió Pável, y, recordando su ruego formulado ya hacía tiempo, cogió de la manga a Fiódor—. ¿No me darás unos cuantos cartuchos para el revólver? No me quedan más que tres seguros.

p Zhujrái denegó rotundamente con la cabeza, pero al ver la amargura reflejada en los ojos de Pável, se descolgó sin vacilar el máuser.

p — Toma, te lo regalo.

p Pável, en el primer momento, no podía creer que le regalaban aquello con lo que venía soñando hacía tanto tiempo, pero Zhujrái se la colgó del hombro.

p — ¡Toma, toma! ¡Ya sé que hace tiempo que se te van los ojos detrás de ella! Pero ten cuidado, no vayas a darles a los tuyos. Toma, además, tres peines completos.

p Todas las miradas se fijaron en Pável con manifiesta envidia. Alguien gritó:

p — Pavka, vamos a cambiar por unas botas y una pelliza de cuero, por añadidura.

290

p Pankrátov, bromeando, empujó a Pavka por la espalda:

p — Cambíala, diablo, por unas botas de fieltro. De todas formas, con el chanclo no vivirás hasta la Nochebuena.

p Apoyando una pierna en el estribo de la vagoneta, Zhujrái escribió la licencia de uso de la pistola regalada al muchacho.

p Por la mañana temprano, traqueteando sordamente en las agujas, llegó a la estación el tren blindado. El vapor, blanco como las plumas de un cisne, salía de su chimenea en suntuosos penachos, que desaparecían al instante en el aire, transparente y gélido. De las cajas blindadas saltaron unos hombres enfundados en cuero. Unas horas más tarde, tres dinamiteros del tren blindado enterraron pro^ fundamente en el cerro dos enormes calabazas pavonadas, fijaron a ellas largas mechas e hicieron los disparos de señal. Entonces, del cerro, ahora terrible, huyó veloz la gente en todas direcciones. Al aplicarle la cerilla, la punta de la mecha se inflamó con una llamita fosforescente.

p El corazón de centenares de hombres se encogió por un instante. Pasaron uno o dos minutos de expectación angustiosa y... el suelo se estremeció, una fuerza terrible barrió la cima del cerro, lanzando al cielo enormes bloques de tierra. La segunda explosión fue más fuerte aún que la primera. Un trueno espantoso retumbó por el bosque espeso, llenándolo del caos de sonidos procedentes del cerro desgarrado en pedazos.

p Allí donde hacía un instante se encontraba el cerro, veíase ahora un hoyo profundo; y a su alrededor, en decenas de metros la nieve, blanca como el azúcar, aparecía salpicada por la tierra removida.

p La gente se lanzó con las barras y los picos a la hondonada producida por la explosión.

p Después de la marcha de Zhujrái, en la construcción de la vía comenzó una contienda empeñada: la lucha por el primer puesto.

291

p Mucho antes del alba, Korchaguin, en silencio, sin despertar a nadie, se levantó y, arrastrando trabajosamente las piernas entumecidas a causa del piso helado, dirigióse a la cocina. Después de hervir agua para el té, regresó y levantó a todo su grupo.

p Cuando se despertó el resto del destacamento, era ya de día.

p En la barraca, durante la hora del té de la mañana, Pankrátov se abrió paso hacia la mesa donde estaba sentado Dubava con sus compañeros del arsenal.

p — ¿Has visto, Mitiay? Pavka ha puesto en pie a su cuadrilla apenas despuntó el día. De seguro que ya han tendido unos diez sazhenes. Los muchachos dicen que ha enardecido de tal forma a sus compañeros de los talleres, que éstos han resuelto terminar su sector para el día veinticinco. Quiere dejarnos a todos con un palmo de narices. Pero, eso yo no lo tolero, ¡veremos aún! —decía indignado a Dubava.

p Mitiay torció los labios en una sonrisa. Comprendía perfectamente por qué la conducta del grupo de los talleres principales le había llegado tan a lo vivo al secretario de los komsomoles del puerto fluvial. Sí, y a él, a Dubava, el amigo de Pavlushka, también le había hecho el efecto de un latigazo: sin decir palabra, Korchaguin había lanzado el guante a todo el destacamento.

p •— La amistad es la amistad, pero cada uno fuma de su petaca; aquí se trata de "quién vencerá a quién" —dijo Pankrátov.

p • Cerca del mediodía, el enérgico trabajo del grupo de Korchaguin se interrumpió de modo inesperado. El que estaba de guardia junto a los fusiles colocados en pirámide divisó entre los árboles un grupo de jinetes y disparó el tiro de alarma.

p — ¡A las armas, hermanos! ¡La banda! —gritó Pável, y, arrojando la pala, se lanzó hacia el árbol del que colgaba su máuser.

p Cogiendo apresuradamente las armas, el grupo se tumbó sobre la nieve, junto a la margen de la vía. Los jinetes que galopaban en cabeza agitaron los gorros. Uno de ellos gritó:

p —¡Alto, cantaradas! ¡Somos de los vuestros!

292

p Unos cincuenta jinetes, con gorros a lo Budionny y la estrella roja prendida en ellos, se acercaban por el camino.

p Resultó que una sección del regimiento de Puzyrievski había venido a visitar el sector de las obras. Pável se fijó en la oreja cortada de la cabalgadura del jefe. La hermosa yegua gris, lucera, no se estaba,quieta y jugueteaba retozona bajo su jinete. Y cuando Pável, abalanzándose hacia ella, la cogió del freno, la bestia retrocedió asustada.

p • — ¡Lyska, traviesa, mira dónde nos hemos ido a encontrar de nuevo! ¡Te has salvado de las balas, bonita mía, desorejada!

p Abrazó cariñosamente el fino pescuezo del animal y acarició sus temblorosas narices. El jefe miró atentamente a Pável y, al reconocerle, exclamó asombrado:

p — ¡Pero si es Korchaguin!... Ha reconocido a la yegua, y a Seredá no. ¡Salud hermanito!

p En la ciudad "apretaban todos los resortes”. Ello repercutió inmediatamente en las obras del ferrocarril. Zharki dejó vacío el Comité de distrito, enviando el resto de la organización a Boyarka. En Solómenka no quedaron más que las muchachas. En la Escuela Técnica de Ferrocarriles, Zharki consiguió que un nuevo grupo de estudiantes fuese enviado a la construcción del ramal.

p Al comunicar todo esto a Akim, Zharki decía, medio en broma:

p — Me he quedado yo sólo con el proletariado femenino. Voy a dejar a la Lagútina en mi sitio. En la puerta escribiremos: Sección femenina, y me largaré a Boyarka. Me da vergüenza, ¿sabes? ser el único hombre entre tanta mujer. Las muchachas me miran con recelo. Seguramente, entre sí dicen las urracas: "Este patoso ha enviado a todos, y él se ha quedado aquí”, o algo más ultrajante aún. Te ruego que me permitas marchar.

p Akim riéndose denegó.

p A Boyarka llegaba gente. Llegaron también sesenta estudiantes de la Escuela Técnica de Ferrocarriles.

p Zhujrái había conseguido de la Dirección de Ferrocarriles el envío a Boyarka de cuatro vagones de pasajeros, para alojar en ellos a los refuerzos.

293

p El grupo de Dubava fue retirado de las obras y trasladado a Puscha-Voditsa. Se le ordenó que trajese las pequeñas locomotoras y sesenta y cinco plataformas de vía estrecha. Este trabajo se consideraba como una tarea en el sector de construcción.

p Antes de marchar, Dubava aconsejó a Tókariev que llamara a Klavichek al ferrocarril en construcción y le diese el grupo recién organizado. Tókariev dio esta orden sin sospechar el verdadero motivo que había impulsado al muchacho del arsenal a acordarse de la existencia del checo. Y el motivo era una esquela de Anna que le habían entregado los muchachos del radio de Solómenka, que acababan de llegar.

p "Dmitri: —escribía Anna—. Klavichek y yo hemos elegido para vosotros, un montón de literatura. Te enviamos a ti y a todos los obreros de choque de Boyarka nuestro ardiente saludo. ¡Qué muchachos tan formidables sois todos! Os deseamos fuerzas y energías. Ayer entregaron las últimas reservas de leña que quedaban en los depósitos. Klavichek me ha pedido que os transmita un saludo de su parte. Es un muchacho magnífico. El mismo cuece el pan para vosotros. En el horno no se fía de nadie. El mismo tamiza la harina. El mismo amasa la pasta con la máquina. Ha conseguido no sé de dónde harina buena, y le sale un pan soberbio, incomparablemente mejor que el que yo recibo. Por la tarde, en mi casa se reúnen los nuestros: Lagútina, Artiujin, Klavichek y, a veces, Zharki. Avanzamos poco a poco en el estudio, pero lo que más hacemos es hablar de todo y de todos, en especial de vosotros. Las muchachas están indignadas porque Tókariev se ha negado a admitirlas en la construcción. Aseguran que soportarán las privaciones igual que los demás. Talia dice: "Me vestiré de pies a cabeza con ropa de mi padre y me presentaré a el, ¡que pruebe a echarme de allí!"

p Es posible que lo haga tal y como dice. Saluda de mi parte al muchacho de ojos negros. Anna".

p La tormenta de nieve llegó de pronto. El cielo cubrióse de nubes grises que flotaban bajas. Comenzó a nevar copiosamente. Por la tarde, el viento aullaba en las 294 chimeneas, zumbaba entre los árboles, persiguiendo al esquivo torbellino de nieve, e inquietaba el bosque con su amenazante silbido.

p La ventisca desencadenó sus furias, y estuvo haciendo destrozos durante toda la noche. El frío penetraba hasta los huesos, a pesar de que las estufas estuvieron encendidas hasta el amanecer. El calor no se mantenía en aquel edificio ruinoso.

p Por la mañana, el destacamento que salió a trabajar atascóse en la profunda nieve, y sobre los árboles, en el cielo azul, limpio de nubes, lucía brillante el sol.

p El grupo de Korchaguin limpiaba de nieve su sector. Era ahora cuando Pável se daba cuenta, por vez primera, de cuan torturantes eran los sufrimientos producidos por el frío. La chaqueta vieja de Okunev no le calentaba, y su chanclo llenábase de nieve. Más de una vez lo perdió en los montones de nieve. La bota que cubría su otro pie amenazaba con destrozarse por completo. De dormir en el suelo, le habían salido en el cuello dos enormes diviesos. Tókariev le había dado su toalla para que le sirviera de bufanda.

p Delgado, con los ojos inflamados, Pável manejaba con furia la ancha pala de madera, quitando la nieve.

p En aquellos momentos llegó a la estación un tren de pasajeros. A duras penas le había arrastrado hasta allí una locomotora jadeante; en el ténder no quedaba ni un solo leño, y en la caldera ardían las últimas ascuas.

p — ¡Déme leña, y partiremos; y si no, pase el tren a vía muerta, antes de que se apague la locomotora! —gritaba el maquinista al jefe de la estación.

p El tren fue conducido a una vía muerta. Se comunicó a los consternados pasajeros el motivo de la parada. En los repletos vagones, la gente prorrumpió en quejas y juramentos.

p — Hablen con aquel viejo que va por allí, por el andén. Es el jefe de la construcción. El puede ordenar que se traiga leña a la locomotora en trineos. Ellos colocan leños en lugar de traviesas —aconsejó el jefe de la estación a los mozos de tren. Estos se dirigieron a Tókariev.

p — Os daré leña, pero no gratis. Pues es nuestro material de construcción. La nieve lo ha enterrado todo. En el tren hay de seiscientos a setecientos pasajeros. Las 295 mujeres y los niños pueden quedarse en los vagones y los demás que empuñen las palas y que quiten nieve hasta la tarde. Por ello recibirán leña. Si se niegan, que se estén aquí hasta el Año Nuevo —dijo Tókariev a los mozos de tren.

p — ¡Mirad, muchachos, cuánta gente viene! ¡Mirad, también mujeres! —profirió una voz asombrada detrás de Korchaguin.

p Pável volvió la cabeza.

p — Aquí tienes cien personas, dales trabajo y vigila que no holgazaneen —le dijo Tókariev, acercándose.

p Korchaguin distribuyó el trabajo a los recién llegados. Un hombre de elevada estatura que vestía capote de ferroviario, con cuello de piel, y cubría su cabeza con un cálido gorro de astracán, daba entre sus manos vueltas y más vueltas a la pala y, dirigiéndose a una mujer joven que se encontraba a su lado y llevaba gorrito de nutria rematado por una borla, protestaba indignado:

p — Yo no quito nieve, nadie tiene derecho a obligarme. Si me lo r