Y SUS
ADVERSARIOS"
ANTIGUOS PREDECESORES
DE COLON
[introduction.]
6 7p Los predecesores reales, y muy remotos, de Colón en el descubrimiento de las tierras de ultramar fueron los normandos. Mas no se ha podido probar definitivamente la autenticidad histórica más que de los siguientes hechos: que colonizaron el Sur de Groenlandia a fines del siglo X y durante el siglo XI, que llegaron a conocer la costa occidental de esta tierra y que navegaron hacia las costas atlánticas de América del Norte, en todo caso, no por debajo del paralelo 40.
Los hallazgos arqueológicos del siglo XX dan asimismo testimonio de que barcos mercantes europeos visitaron la colonia groenlandesa, por lo menos, antes del último cuarto del siglo XV, y que los propios normandos desembarcaron en la isla de Terranova. ¿Puede acaso mencionarse aunque sea una sola navegación testificada de los habitantes del hemisferio oriental a las islas subtropicales o tropicales, a las costas continentales de América del Norte o del Centro y a cualquier parte de Sudamérica antes de 1492?
LA LEYENDA DE LA ATLANTIDA Y SU
INTERPRETACIÓN EN EL SIGLO XVI
p Si dejamos a un lado las conjeturas, la interpretación de las poesías, de las frases, de los nombres geográficos e incluso de palabras sueltas de autores antiguos y tomamos las noticias directas, resultará que la más remota que conocemos acerca de las tierras de ultramar, situadas, al menos, en la zona subtropical del hemisferio boreal, se da en dos diálogos de Platón. Se trata del relato o, mejor dicho, de la leyenda de la Atlántida.
p En el Timeo, primer diálogo de Platón, éste refiere la narración de un sacerdote egipcio al ateniense Solón (que vivió más de doscientos años antes de Platón):
p “. .. Las escrituras dicen que una gran fuerza domeñó en cierta época vuestra ciudad (Atenas); esta fuerza se dirigía osada a toda Europa y Asia desde el mar (océano) Atlántico... Delante de su desembocadura, que vosotros llamáis Columnas 8 de Hércules, había una isla mayor de Libia y Asia juntas [8•1 , desde la que se abría a los navegantes el paso a las otras islas, y desde estas islas, a todo el continente de allende este verdadero mar. .. En esta isla, la Atlántida, se constituyó un gran y temible reino, cuyos soberanos tenían poder sobre toda la isla, sobre otras muchas islas y sobre algunas partes del continente. Tras de reunir todas sus fuerzas, este reino se propuso esclavizar de un golpe vuestro país, el nuestro y todas las tierras situadas a esta parte de la desembocadura. Entonces, Solón, ... vuestra ciudad ... tras de vencer a los enemigos atacantes ... reconquistó la libertad. Luego, cuando se produjeron horrendos terremotos e inundaciones, en un día y una siniestra noche... la isla de la Atlántida desapareció, hundiéndose en el mar...”
p Así pues, Platón puso en labios de un sacerdote egipcio la noticia de que existía no sólo la enorme isla Atlántida, sita antiguamente cerca de la entrada occidental del estrecho de Gibraltar, sino otras islas oceánicas, que los navegantes podían alcanzar desde la Atlántida, y desde ellas, "toda la tierra firme situada al otro lado de este verdadero mar”, es decir, del continente occidental de ultramar. La Atlántida "desapareció, hundiéndose en el mar”, pero no se dice nada de que desaparecieran las otras islas y, sobre todo, el continente occidental. Por eso los admiradores de Platón (y fueron muchos en la época del Renacimiento) dedujeron que en la parte occidental del Océano Atlántico había islas y un continente, unidos en otros tiempos con los atlantes, que se salvaron del cataclismo. Mas esta deducción, como veremos luego, es de fechas posteriores, cuando tanto las Antillas como el continente occidental fueron descubiertos por navegantes españoles sin la menor influencia de Platón.
p Según el Timeo, al empezar el sacerdote egipcio su relato a Solón, se refería a unas “escrituras”. Sin embargo, los egiptólogos no han hallado ningún fragmento de escrituras acerca de la Atlántida ni de su guerra contra los atenienses, y es dudoso que las encuentren algún día. El propio Platón, hablando extensamente en el Griteo, otro diálogo de la Atlántida y de su régimen social, sustituye la referencia a las escrituras por un escueto “dicen” y desplaza la guerra del Estado atlántico contra los moradores de la cuenca del Mediterráneo a unos 9.000 años antes de su época.
9p “... Han transcurrido unos nueve mil años desde que, dicen, estuvieron en guerra todos los habitantes de una y otra parte de las Columnas de Hércules... Una parte la acaudillaba nuestra ciudad (Atenas) e hizo, dicen, toda esa guerra; la otra parte la acaudillaron los reyes de la isla de la Atlántida. ..”
p “. .. Vivieron allí durante muchas generaciones, ejerciendo también su poder sobre muchas islas más de este mar... Bien es verdad que, merced al (vasto) dominio, mucho les llegaba de fuera, pero aún producía mucho más la isla para las demandas de la vida: primero, todo lo sólido y fusible que se obtiene de la tierra en las minas. .. segundo, daba en abundancia cuanto ofrece el bosque para el trabajo de los artífices; daba también de comer a muchos animales, domésticos y salvajes. Había hasta una raza numerosa de elefantes... Además, la isla producía y nutría magníficamente todo lo que ahora da la tierra... Los isleños construían también templos, palacios reales, puertos, astilleros y cuanto necesita un país... Se recogían dos cosechas al año, aprovechando en invierno las aguas de los cielos y en verano, por canales, la que da la tierra... Esta fuerza, tan magna y robusta, que predominaba en esas tierras, es la que Dios hizo formar y lanzó contra nuestro país (Atenas).. .”
p La única repercusión que conocemos de las palabras de Platón acerca de las tierras de ultramar, vinculadas con la Atlántida, en la literatura antigua, es la narración o, para ser más exactos, la novela de ficción del historiador Teopompo (siglo IV a.n.e.) acerca del dichoso país de Meropia. Teopompo enclavó este país "fuera de nuestro mundo”, en el platónico continente de allende el mar, y "lo pobló de gentes felices y longevas, llamadas meropios”.
p Es poco probable que Colón oyese hablar de la Atlántida, o de su hundimiento, o de las otras islas oceánicas con las que estuvo en conexión, o de la occidental tierra firme de ultramar, distinta de Asia oriental. Pero los europeos occidentales instruidos recordaron todo esto cuando ya estaba demostrado que Colón y sus adictos habían descubierto realmente unas islas de ultramar, y no asiáticas; no el Asia oriental, sino un continente occidental desconocido; y que en este Nuevo Mundo (“más allá del nuestro”) había países densamente poblados, ricos en oro y plata y "abundosos en frutos terrenales”, como México y Perú.
p A juzgar por lo que sabemos, el primer historiador hispanoamericano que reparó a mediados del siglo XVI en la narración de Platón acerca de la Atlántida después del descubrimiento de 10 América fue Francisco López de Gomara, autor de la Historia General de las Indias y de la conquista de México y Nueva España (1553). Gomara creyó a pies juntillas, sin el menor juicio crítico (lo mismo que muchas cosas más), la narración de Platón e identificó las tierras de ultramar, descubiertas y conquistadas hacía poco por los españoles, con la Atlántida. Por el contrario, su contemporáneo Girolano Benzoni, de Venecia, autor de la Historia del Nuevo Mundo (1565), que vivió quince años en las "Indias occidentales" (1541-1556), y, tras él, el famoso escritor francés Miguel Eyquem de Montaigne, rechazaron hasta la posibilidad de tal identificación.
p “... No parece—escribe Montaigne en el libro primero de sus Ensayos (años 70 del siglo XVI)—que esta isla (la Atlántida) fuese el Nuevo Mundo que acabamos de descubrir, pues la mencionada isla casi tocaba con España, y es difícil creer que una inundación pudiera haberse tragado un país de más de mil doscientas leguas (más de 5.000 kilómetros); además, los descubrimientos de los navegantes de nuestro tiempo han puesto en claro con exactitud que no es una isla, sino un continente. ..”
p Numerosos autores posteriores fueron mucho más crédulos, y en el último cuarto del siglo XIX llegó a aparecer hasta una “ciencia” especial, la atlantología. Ambas tesis de que la Atlántida existió realmente y de que la descripción de su suerte por Platón es una historia auténtica, y no una invención, se han convertido en el símbolo de la fe de los atlantólogos de nuestro tiempo. Lo restante se admite o se rechaza según se tengan o no conocimientos especiales en cualquier dominio verdaderamente científico.
La inmensa mayoría de los hombres de ciencia contemporáneos se muestra escéptica ante la atlantología. Los conocedores de la literatura antigua estiman que el Timeo y el Griteo no van más allá de ser obras publicísticas de filosofía, y consideran que el relato acerca de la Atlántida en ellas contenido es pura invención literaria. Los historiadores no han descubierto ni entre los egipcios ni entre los griegos de la antigüedad, predecesores y contemporáneos de Platón, nada parecido a una noticia de la Atlántida. Los arqueólogos no han hallado en la zona indicada por Platón, al oeste del estrecho de Gibraltar, y aún menos en América, vestigios algunos de la Atlántida. Los geólogos niegan la posibilidad de un cataclismo que hiciera desaparecer "en un día y una siniestra noche una isla enorme, hundiéndola en el mar”. Por eso los escasos geólogos atlantólogos cuentan el proceso 11 no por días, años ni siglos, sino por milenios y aporrean una puerta abierta, intentando demostrar que en el transcurso de muchos milenios pueden descender por debajo del nivel del mar incluso extensas tierras.
LAS NOTICIAS QUE NOS BRINDAN
SEUDO-ARISTOTELES Y DIODORO DE SICILIA
p Algunos autores antiguos escribieron narraciones verosímiles, y a veces tan ciertas, que no dejan lugar a dudas, de islas situadas en el Océano Atlántico. Las descubrieron los fenicios o los cartagineses, y más tarde llegaron a ellas otros navegantes del Mediterráneo. ¿Puede considerarse que en algunas narraciones hay datos fidedignos de que se visitaran islas americanas?
p La noticia más remota de una isla situada en medio del océano al oeste de Gibraltar pertenece a un autor anónimo, que se dio en llamar Seudo-Aristóteles, ya que antes se atribuía a Aristóteles (siglo IV a.n.e.) su obra De los rumores maravillosos. "Se dice que al otro lado de las Columnas de Hércules los cartagineses han encontrado en el océano una isla inhabitada, abundosa en bosques, ríos navegables y frutos. Está a la distancia de varios días de camino desde el continente" (Seudo-Aristóteles, 84).
p Diodoro de Sicilia (siglo I a.n.e.) atribuye el descubrimiento de una tierra oceánica a los fenicios, que navegaban a lo largo de la costa atlántica de África noroccidental: "En medio del océano, enfrente de África, hay una isla que se destaca por su magnitud. Está sólo a varios días de camino de África. ..” (Biblioteca histórica, V, 19).
p Es posible que el origen de las dos noticias sea de la misma fuente. En este caso, nos es igual en qué siglo antes de nuestra era (probablemente en el VIII) se descubrieron una o dos islas (¿Madera? ¿Gran Canaria?). Lo que nos importa es otra cosa: los dos autores afirman que la isla está a varios días de camino del continente. Diodoro dice sin rodeos que es el continente africano; Seudo-Aristóteles no lo menciona y puede suponerse que se trata de Europa; pero tanto en uno como en otro caso no puede ni hablarse del descubrimiento de isla americana alguna, ni siquiera de la más próxima al Viejo Mundo.
p Las demás noticias verosímiles de autores antiguos posteriores, cuando hablan de tierras atlánticas de clima cálido o tórrido, se refieren también a las islas próximas a África, en la mayoría de los casos, indudablemente, al grupo de las Canarias, y de tarde en tarde, ofreciendo dudas, a la isla de Madera.
12p Por cuanto a los hallazgos arqueológicos, en la zona subtropical y tropical del hemisferio boreal y del hemisferio austral no se ha encontrado hasta hoy, ni en las islas ni en la tierra firme americanas, ningún utensilio que testimonie, sin dejar lugar a dudas, las visitas de pueblos mediterráneos antiguos.
“Por más que no se puede negar rotundamente la posibilidad de que algunos habitantes antiguos de la cuenca mediterránea pudieran llegar a América de manera casual, y no por su buena voluntad... Aun con todo, de tiempo en tiempo, aparecían noticias de que en América se hallaban vestigios de cultura e inscripciones egipcias, fenicias, israelistas y griegas antiguas... Tras de minuciosa comprobación, todas estas noticias resultaban totalmente infundadas" [12•2 .
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