p El 12 de setiembre de 1977 estoy viendo a las masas volcadas en las calles de Addis Ababa.
p Los ojos de los cubanos han visto muchos cambios de tipo social para que nada deba asombrarlos, pero la palabra “asombro” puede servir aquí, a falta de otra ... Este desfile es el espejo de una Etiopía no solamente nueva sino inconcebible hace apenas tres años. ¡Nada!, como si dijéramos que en 1980, dentro de tres años, habrá socialismo en Estados Unidos y un desfile así. Inconcebible, ¿verdad? . ..
p No es necesario, ni podría hacerlo adecuadamente, describir todo el desfile en esta otra "Plaza de la Revolución".
p Quiero evocar simplemente algunos de sus momentos ...
p Los primeros que aparecen son alumnos de primaria, quienes todavía no tienen todos el mismo uniforme azul ni todos llevan zapatos, pero que se ganan el aplauso general cuando ensayan el paso militar y extienden los brazos vacíos como si en ellos portaran fusiles y cuando rompen por unos instantes su avance para efectuar una 124 danza típica de las que, nos dicen, son tradicionales en las aldeas del sur.
p Los miles de escolares, agrupados en bloques, hacen algo que atribuimos a su edad y que luego apreciamos es la tónica del desfile en su conjunto: empiezan a correr después de sus maniobras militares y danzarías ante la tribuna presidencial...
p Los taxistas, identificados por los automóviles que abren y cierran su marcha, llevan muchas telas con las consignas más combativas. No puede dejar de pensarse que quizás ellos mismos fueron aquellos que iniciaron, hace tres años y medio, el comienzo de la desintegración del imperio...
p Cada uno de los sindicatos lleva una carroza que simboliza su actividad y cada uno también tiene algún grupo que baila, como si se tratara de nuestros carnavales, y todos ofrecen esa característica de la carrera con que se acercan al centro y se alejan de él. Después comprendimos que sin ese ritmo, las ocho horas hubieran sido el doble, pues por cada uno del público sentado en la Plaza, más de cien desfilaban. Y ello a pesar del clima. A las diez de la mañana, ese frío cortante de montaña; a la una de la tarde, una claridad penetrante, que a la postre arrancaría partes de la piel del rostro a los que no tenían sombrero o gorra; hacia las cinco, lluvia con viento, ambos muy fuertes, al extremo de impedir que el cuerpo diplomático pase en fila a saludar a los miembros del CAMP y a los jefes de las dos religiones del país (copta y musulmana) colocados en el epicentro de aquel mar humano que durante ocho horas deja de agitarse y bramar sólo para escuchar en silencio la alocución de cuarenta y cinco minutos de Mengistu, poco después de iniciarse el acto y antes de que comience el desfile...
125p Su agitación es delirante en presencia de los veteranos de la campaña contra Italia, viejos negros encorvados, llenos los pechos de medallas, a veces con lanzas de madera y pieles de león en las cabezas (que entregaron a los guerreros excepcionales buenos cazadores que también tienen derecho a lucirlas) y a veces con espadas más altas que ellos, con las cuales golpean el piso duramente, como entrando en éxtasis, para pronunciar así encendidas arengas contra los nuevos invasores. Hay que decir que en ocasiones estos viejos guerreros se abalanzaban sobre Mengistu sin que los miembros de su seguridad personal se inquietasen y que casi les obligaban a ir con ellos a donde el resto de sus compañeros bailan y gritan frenéticamente. . .
p En camiones se representan escenas del día. En uno la campaña de alfabetización, un niño enseñando a leer a un anciano. En otro el complot del imperialismo y la reacción árabe, un hombre muy gordo vestido de frac con el signo del dólar a la espalda y una mujer muy gorda envuelta en velos, con una media luna en la cabeza, ambos agitando un enorme serrucho de madera sobre el mapa de Etiopía en tela hasta que ella se rompe por el centro y brotan milicianos armados con la bandera nacional en alto. En otro camión la escena de la siembra y cosecha del café...
Pero el momento culminante es cuando desfilan, ya bajo pleno aguacero, las milicias campesinas con su uniforme guarabeado, algunas de ellas enteramente femeninas, y las recién constituidas milicias obreras con ropa de una mezclilla gris. El mal tiempo no logra restarle nada de marcialidad a la marcha aprendida en tres semanas. Molestan más las botas a pies que siempre anduvieron descalzos y que a veces prefieren andar así para ir al asalto en el combate. El viento bate fuertemente los enormes retratos de Marx, Engels y Lenin pero no consigue desprenderlos de su sitio de honor, mientras los milicianos 126 justamente vuelven sus rostros hacia ellos y saludan al Jefe de la Revolución, de pie en la presidencia... Un alto oficial del CAMP me explica por qué es tan continuado y fuerte el aplauso de todo el público, y es que de la "Plaza de la Revolución" marchan directamente hacia los frentes de combate. A paso doble alcanzan los camiones que les aguardan a unos cien metros con los choferes en sus puestos...
Notes
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