p La juventud venció. El tifus no mató a Korchaguin. Pável había escapado por cuarta vez de las garras de la muerte y regresaba a la vida. Un mes más tarde, delgado y pálido, se levantó con piernas vacilantes y, agarrándose a la pared, trató de dar unos pasos por la habitación. Apoyándose en su madre, llegó hasta la ventana y estuvo largo rato contemplando el camino. Brillaban los pequeños charcos de nieve derretida. En la calle comenzaba el deshielo, anunciando la primavera.
p Ante la misma ventana, sobre una rama de cerezo, alborotaba un gorrión de buche gris, mirando intranquilo a Pável con ojillos de granuja.
p — ¿Qué, amigo, hemos escapado con vida del invierno? —profirió Pável en voz queda, mientras su dedo golpeaba suavemente en el cristal de la ventana.
p La madre le miró asustada:
p — ¿Con quién hablas?
p — Hablaba a un gorrión... Ha levantado el vuelo, el picarillo —y sonrió débilmente-
p La primavera estaba en pleno apogeo. Korchaguin comenzó a pensar en su regreso a la ciudad. Se había repuesto lo suficiente para poder andar; sin embargo, en su organismo ocurría algo anormal. Un día, mientras paseaba por el jardín, se vio derribado al suelo por un agudo dolor en la columna vertebral. Con enorme dificultad, llegó a rastras hasta la casa. Al día siguiente, el médico le reconoció a fondo. Tanteando una profunda cavidad en la espina dorsal de Pável, hizo un gesto de asombro.
p — ¿Desde cuándo tiene usted esto?
p — Es la huella de un adoquín. Cuando combatíamos por la ciudad de Rovno, dispararon desde atrás sobre la carretera con un cañón de tres pulgadas.. .
p — ¿Y cómo podía usted andar? ¿No le molestaba?
p — No. Entonces permanecí tumbado unas dos horas y volví a montar a caballo. Esta es la primera vez que se ha dejado sentir.
p El médico examinaba la cavidad con el ceño fruncido.
p — Sí, querido, es una cosa muy desagradable. A la columna vertebral no le gustan semejantes conmociones. 304 Confiemos en que no se dejará sentir más. Vístase, camarada Korchaguin.
p Compasivo, el médico miró a su paciente con amargura mal disimulada.
p Artiom vivía con la familia de su mujer, Stesha, joven desprovista de todo atractivo. Era una familia campesina pobre. Una vez, Pável fue a ver a Artiom. Por el patio, pequeño y sucio, correteaba un chicuelo mugriento y bizco. Al ver a Pável, clavó descaradamente en él sus ojillos y, hurgándose a conciencia la nariz, le preguntó:
p — ¿Qué quieres? ¿Has venido a robar? ¡Mejor será que te marches, porque nuestra madre tiene mal genio!
p En la isba, vetusta y achaparrada, se abrió un ventanuco, y Artiom llamó:
p — ¡Pasa, Pavlusha!
p Junto al horno, una vieja de rostro apergaminado andaba ajetreada con la horqueta. Por un instante, lanzó a Pável una mirada hostil y, luego de dejarle pasar, comenzó a remover ruidosamente los pucheros.
p Dos muchachitas de cortas trenzas se encaramaron rápidamente al horno y desde allí arriba miraban con curiosidad de salvajes.
p Artiom, un poco confuso, estaba sentado a la mesa. Ni la madre ni el hermano aprobaban su matrimonio. Artiom, proletario de estirpe, había roto inexplicablemente sus relaciones de tres años con la bella Galia, hija del cantero y obrera modista, y se fue a vivir con la pobretona Stesha, que tenía una familia de cinco bocas y sin nadie capaz de atender la hacienda. Aquí, después de su trabajo en el depósito de máquinas, Artiom se dejaba todas sus fuerzas en el arado, renovando la hacienda arruinada.
p Artiom sabía que Pável no aprobaba su retirada,^ como solía decir, hacia "el elemento pequeñoburgués”, y ahora observaba qué impresión ejercía en su hermano todo cuanto le rodeaba.
p Permanecieron sentados unos minutos, cambiaron las frases de rigor en casos tales, y Pável se dispuso a marcharse. Artiom le detuvo.
p — Espera, comerás con nosotros, Stesha traerá ahora 305 leche. Entonces, ¿te marcnas mañana? Estás aún débil Pavka.
p Stesha entró en la habitación, saludó a Pável y llamó a Artiom para que le ayudara a trasladar algo al pajar. Pável se quedó solo con la vieja, nada pródiga en palabras. Por la ventana entró el sonido de las campanas de la iglesia. La vieja dejó en el suelo la horqueta y gruñó descontenta:
p — ¡Señor mío Jesucristo, por culpa de este trabajo del diablo no tiene una tiempo ni para rezar! —Y quitándose el pañuelo del cuello, mirando de reojo a Pável, se acercó al rincón abarrotado de melancólicas imágenes, ennegrecidas por el tiempo. Juatando tres de sus huesudos dedos, la mujer comenzó a santiguarse.
p — Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre... —musitaba la vieja con sus labios resecos.
p En el patio, el chicuelo montó a horcajadas sobre un cerdo negro de colgantes orejas. Espoleándole furiosamente con sus pies descalzos y aferrándose con sus manecitas al pelambre, gritaba al animal, que se revolvía entre gruñidos:
p — ¡Arre, arre, arre! ¡So-o, quieto!
p El cerdo corría alocado por el patio, con el chiquillo sobre sus lomos, tratando de derribarle, pero el granujilla bizco se mantenía con firmeza.
p La vieja interrumpió su oración y se asomó a la ventana:
p — ¡Yo te daré paseos a caballo, maldito sea tu padre! ¡Bájate del cerdo ahora mismo, así te coma el cólera y te trague el infierno, condenado!
p El cerdo logró por fin derribar al jinete, y la vieja, satisfecha, volvió otra vez a sus iconos. Componiendo un semblante de beatitud, continuó:
p — Y venga a nos el tu reino...
p El niño apareció lloroso en el umbral. Enjugándose con la manga la aporreada nariz y sollozando de dolor, pidió:
p — ¡Madre, dame un pastelillo!
p La vieja se volvió hacia él, colérica.
p — No me deja ni rezar, el bizco del diablo. ¡Ahora te daré de comer, hijo de perra!... —Y echó mano al 306 látigo que estaba sobre el banco. El muchacho desapareció al instante. Tras el horno, se oyeron las sofocadas risas de las niñas.
p La vieja emprendió su oración por tercera vez.
p Pável levantóse y salió sin esperar a su hermano. Al cerrar el postigo, vio en la ventana del extremo la cabeza de la vieja. Le observaba.
p "¿Qué diablos habrán arrastrado aquí a Artiom? Ahora no escapará en toda su vida. Stesha le parirá un hijo cada año. Se enterrará en la tierra, como el escarabajo en el estiércol. Y es posible que abandone el trabajo en el depósito —pensaba consternado Pável, mientras iba por la desierta calle de la pequeña ciudad—. ¡Y yo que había pensado atraerle a la vida política!".
p Alegrábase de marchar al día siguiente a la gran ciudad, donde habían quedado sus amigos y camaradas. La gran ciudad le atraía por su vida pujante, por la agitación de los grandes torrentes humanos, por el estruendo de los tranvías y el sonido de las bocinas de los automóviles. Y, fundamentalmente, sentíase atraído por las enormes naves de piedra, por los ahumados talleres, por las máquinas, por el susurro quedo de las poleas. Se sentía atraído allí, donde, en carrera impetuosa, giraban los volantes gigantescos y olía a lubrificante; le atraía aquello a que estaba acostumbrado. Aquí, en el apacible villorrio, deambulando por las calles, Pável sentía cierta depresión. No le asombraba que la pequeña ciudad le pareciera ahora extraña y aburrida. Incluso le era desagradable salir a pasear durante el día. Al pasar de largo por delante de las terracillas en donde, cotilleando, estaban sentadas las comadres, Pável oía su interminable chachara.
p — Mirad, mujeres, ¿de dónde habrá salido ese espantapájaros?
p — Se ve que tiene "bérculosis”, está tísico perdido.
p — Y lleva una cazadora muy buena, debe de haberla robado...
p Y otras muchas cosas que le causaban repugnancia.
p Hacía ya tiempo que había arrancado de aquí sus raíces. La gran ciudad le era más querida y entrañable. Allí le esperaba el trabajo, le aguardaban los camaradas, fuertes y joviales.
307p Sin apercibirse de ello, Korchaguin llegó al pinar y se detuvo en el cruce de caminos. A la derecha, separada del bosque por una alta empalizada de puntiagudas estacas, se alzaba sombría la vieja cárcel; tras ella aparecían los blancos pabellones del hospital.
p Allí, en aquella anchurosa plaza, habían sido ahorcados Valia y sus camaradas. Pável permaneció unos minutos en silencio en el lugar donde en un tiempo se al-, zara la horca; después se dirigió hacia el escarpe. Descendió y salió a la explanada donde estaban las tumbas de los asesinados.
p Manos solícitas habían adornado con coronas de abeto la hilera de tumbas y cercado el pequeño cementerio con un seto vivo. Sobre el escarpe se elevaban esbeltos pinos. La seda esmeralda de la hierba joven cubría las laderas del barranco.
p Allí terminaba la ciudad. Calma y tristeza por doquier. Tenue susurrar del bosque y primaverales olores de la tierra que renacía. Allí habían muerto valerosamente sus camaradas para que fuera más bella la vida de quienes nacieran en la pobreza, de aquellos para los que el propio nacimiento era ya el comienzo de la esclavitud.
p Pável se quitó lentamente la gorra, y una inmensa tristeza embargó su corazón.
p "Lo más preciado que posee el hombre es la vida. Se le otorga una sola vez, y hay que vivirla de forma que nose sienta un dolor torturante por los años pasados en vano, para que no queme la vergüenza por el ayer vil y mezquino, y para que al morir se pueda exclamar: ¡toda la vida y todas las fuerzas han sido entregadas a lo más hermoso del mundo, a la lucha por la liberación de la humanidad! Y hay que apresurarse a vivir. Pues una enfermedad estúpida o cualquier casualidad trágica pueden cortar el hilo de la existencia".
p Sumido en estos pensamientos, Korchaguin abandonó la explanada.
p En casa, la madre preparaba, entristecida, el hatillo del hijo. Al observarla, Pável reparó en que le ocultaba sus lágrimas.
308p — ¿No te quedarás, Pavlusha? Me causa amargura tener que vivir sola en la vejez. Con tantos hijos como he tenido, y todos, apenas os hacéis hombres, levantáis el vuelo. ¿Qué es lo que te atrae a la ciudad? Aquí también se puede vivir. ¿O es que tú también le has echado el ojo a alguna codorniz con el pelo corto? Pues a mí, a la vieja, nadie me dice nada. Artiom se casó sin decir palabra, y tú, con mayor motivo. No os veo más que cuando estáis descalabrados —decía en voz baja la madre, mientras colocaba en la bolsa limpia la modesta ropilla del hijo.
p Pável la cogió de los hombros y la atrajo hacia sí.
p — ¡No hay ninguna codorniz por medio, madre 1 ¿No sabes tú, viejecilla mía, que los pájaros se buscan la compañera de su misma especie? ¿Tu crees, acaso, que soy una codorniz?
p Pável obligó a su madre a sonreír y continuó:
p — He dado palabra, madre, de no arrullar a las muchachas hasta que no terminemos con los burgueses en todo el mundo. ¿Dices que habrá que esperar mucho? No, mamá, los burgueses no se sostendrán mucho tiempo... Habrá una sola república para todos los hombres, y a vosotros, a las viejas y viejos trabajadores, os enviaremos a Italia, país muy cálido, situado a orillas del mar. Allí, mamá, nunca hay invierno. Os instalaremos en los palacios de los burgueses y calentaréis al sol vuestros viejos huesecillos. Y nosotros nos marcharemos a acabar con los burgueses de América.
p — No viviré, hijo mío, hasta ver realizadas tus fantasías. .. Tan vehemente como tú, era tu abuelo, el marino. ¡Un verdadero pirata, y que Dios me perdone! En la guerra de Sebastopol combatió tanto, que volvió a casa con un brazo y una pierna de menos. Le prendieron dos cruces en el pecho y un par de medallucas como dos piezas de cincuenta kopeks colgando de unas cintas. Murió el viejo en medio de una miseria espantosa. Era muy rebelde; golpeó en la cabeza, con la cayada, a un representante de la autoridad y estuvo casi un año en la cárcel. Lo encerraron allí y no le sirvieron de nada las cruces.., Y cuando te miro veo que eres el vivo retrato de tu abuelo.
309p — Pero, mamá, ¿qué despedida tan triste es ésta? Dame el acordeón, hace tiempo que no lo he tenido en las manos.
p Inclinó la cabeza sobre las filas de nácar de las teclas. La madre asombróse de los nuevos tonos de su música.
p No tocaba como antes. No había ya en sus notas la despreocupada bizarría, ni los gritos retadores, ni los vibrantes acordes, aquella alegría ebria y arrebatadora que había hecho famoso en toda la ciudad al joven acordeonista Pavka. Su música sonaba melodiosamente; sin perder fuerza, se había hecho más profunda.
p Llegó solo a la estación.
p Había convencido a la madre para que se quedase en casa: no quería ver sus lágrimas de despedida.
p Todos se metían en el tren a codazos y empujones. Pável ocupó una litera libre, arriba del todo, y desde allí observaba a la gente vocinglera y excitada que llenaba los pasillos.
p Igual que antes, todos continuaban arrastrando sacos y metiéndolos debajo de los asientos.
p Cuando arrancó el tren la gente se apaciguó, y, como ocurre en tales casos, empezó a comer con avidez.
p Pável no tardó en dormirse.
p La primera casa que quería visitar se encontraba en el centro de la ciudad, en el Kréschátik. Subía lentamente los peldaños. Alrededor todo era conocido, nada había cambiado. Pasó por el puente, deslizando su mano por la pulida barandilla. Llegó a la escalera que llevaba abajo. Se detuvo, y vio que en el puente no había un alma. En la altura infinita, la noche presentaba ante los hechizados ojos un espectáculo majestuoso. La oscuridad cubría de terciopelo negro el horizonte; lanzando destellos, se encendían y titilaban con luz fosforescente los enjambres de estrellas. Y más abajo, allí donde el firmamento fundíase con la tierra en el invisible confín, la ciudad tachonaba las tinieblas con sus millares de luces...
p En dirección contraria a Korchaguin subieron por la escalera unas cuantas personas. Las bruscas voces de la gente, absorta en una disputa, rompieron el silencio de 310 la noche, y Pável, apartando sus ojos de las luces de la ciudad, comenzó a descender los escalones.
p En Kreschátik, el comandante de guardia de la oficina de pases de la Sección Especial comunicó a Korchaguin que hacía ya tiempo que Zhujrái no se encontraba en la ciudad.
p El comandante estuvo largo rato sondeando con sus preguntas a Pável, y, sólo cuando se hubo convencido de que el muchacho conocía personalmente a Zhujrái, le dijo que hacía ya dos meses que Fiódor había sido enviado a trabajar a Tashkent, al frente del Turkestán. La amargura de Pável fue tan grande, que incluso no preguntó más pormenores, y, en silencio, volvióse de espaldas y salió a la calle. El cansancio le acometió, obligándole a sentarse en los peldaños de la entrada.
p Pasó un tranvía, atronando la calle con su estrépito y chirridos. Por las aceras discurría un torrente humano interminable. Ciudad bulliciosa. Tan pronto se oía la risa feliz de una mujer o la voz de bajo de un hombre, como la atenorada de un joven o el ronco barbotar de un viejo. El torrente humano era infinito; su paso, siempre apresurado. Los tranvías estaban brillantemente iluminados; surgían las ráfagas de luz de los faros de los automóviles y alrededor lucían las bombillas eléctricas del anuncio del cine cercano. Y en todas partes, gente que llenaba la calle con sus voces continuas. Noche de gran ciudad.
p El bullicio y la agitación de la avenida atenuaron un poco la amargura causada por la noticia de la marcha de Fiódor. ¿A dónde ir? Podía regresar a Solómenka, donde se hallaban sus amigos, pero estaba lejos. Y espontáneamente surgió en su memoria la casa que se encontraba cerca, en la calle Kruglo-Universitétskaya. Naturalmente, ahora iría allí. Pues, después de Fiódor, al primer camarada que desearía ver era a Rita. En la misma casa vivía también Akim, y se podría pasar allí la noche.
p Aún lejos de la casa vio la luz en la ventana que hacía esquina. Tratando de permanecer tranquilo, tiró hacia sí de la puerta de roble. Permaneció en el descansillo durante algunos segundos. Tras la puerta, en la habitación de Rita, se oían voces, alguien tocaba la guitarra.
p "¡Ah, por lo visto, se permite ya hasta tocar la 311 guitarra! Se ha suavizado el régimen”, dedujo Korchaguin, y golpeó la puerta ligeramente con el puño. Sintiendo que se emocionaba, se mordió el labio.
p Abrió la puerta una joven desconocida, con rizos sobre las sienes, que miró interrogativa a Korchaguin.
p — ¿A quién busca usted?
p La joven no había cerrado la puerta, y la rápida mirada a los muebles desconocidos ya había dado a Pável la respuesta.
p — ¿Se puede ver a Ustinóvich?
p — No está, en enero se marchó a Jarkov, y de allí a Moscú, según he oído decir.
p — ¿Y el camarada Akim, vive aquí o también se ha marchado?
p — El camarada Akim tampoco está. Ahora es el secretario del Comité provincial de la Juventud de Odesa.
p A Pável no le quedaba más que volverse atrás. La alegría del regreso a la ciudad se había marchitado.
p Ahora debía pensar seriamente en dónde pasar la noche.
p — ¡Si va uno a recorrer así las casas de los amigos, se quedará sin piernas y no verá a nadie! —gruñó sombrío Korchaguin, esforzándose por vencer su amargura. Pero, a pesar de todo, decidió volver a probar fortuna y dirigióse en busca de Pankrátov. El cargador vivía cerca del embarcadero, y su casa estaba más cerca que Solómenka.
p Muerto de cansancio, llegó Pável por fin a casa de Pankrátov y, llamando a la puerta, en un tiempo pintada de color ocre, decidió: "Si éste tampoco está, no voy a deambular más. Me meteré debajo de una barca y pasaré allí la noche".
p Se abrió la puerta, y la madre de Pankrátov, una viejecita con sencillo pañuelo anudado bajo la barbilla, apareció en el umbral.
p — ¿Está Ignat en casa, madrecita?
p — Acaba de llegar. ¿Viene usted a verle?
p La mujer no había reconocido a Korchaguin, y, volviendo la cabeza, gritó:
p — ¡Ignat, aquí vienen a verte!
p Pável entró con ella en la habitación y dejó el saco en el suelo. Pankrátov se volvió hacia él con la boca llena, sin levantarse de la mesa.
312p — Si has venido a hablar conmigo, siéntate y empieza; mientras, yo me zamparé una olla de sopa, pues desde esta mañana estoy con un vaso de agua. —Y empuñó una enorme cuchara de madera.
p Pável se sentó a su lado, en una silla con el asiento hundido. Se quitó la gorra y, siguiendo su vieja costumbre, se enjugó con ella el sudor de la frente.
p "¿Es posible que haya cambiado tanto que ni siquiera Ignat me ha reconocido?"
p Pankrátov se llevó a la boca varias cucharadas de sopa y, al no recibir respuesta de su visitante, se volvió hacia él.
p — Venga, ¿qué tienes que decirme?
p La mano con el pedazo de pan se detuvo a mitad del camino a la boca. Pankrátov pestañeó desconcertado.
p — ¡Eh... aguarda!... ¡Puf, vaya una tontería!
p Al ver su rostro congestionado por la tensión, Korchaguin no pudo aguantarse y soltó la carcajada.
p — ¡Pavka! ¡Pero si nosotros te dábamos por muerto!. .. ¡Espera! ¿Cómo te llaman?
p A los gritos de Pankrátov salieron corriendo de la habitación contigua su hermana mayor y la madre. Los tres se convencieron por fin de que ante ellos se encontraba Korchaguin en persona.
p Hacía ya tiempo que en la casa dormían, y Pankrátov continuaba aún relatando los acontecimientos ocurridos en aquellos cuatro meses.
p — Ya en el invierno, Zharki y Mitiay se marcharon a Jarkov. No pienses que los canallas fueron a cualquier parte, fueron a la Universidad Comunista, al curso preparatorio. Nos reunimos unos quince. También yo, en un momento de arrebato, había garrapeteado una solicitud. Pensé que era necesario condensar el relleno del cerebro, pues lo tengo un poco líquido. Pero ¿comprendes?, en la comisión me hicieron encallar.
p Después de resoplar enojado, Pankrátov continuó:
p — Al principio, la cosa marchó como sobre ruedas. Tenía todas las condiciones apropiadas: carnet del Partido, suficiente antigüedad en la Juventud, y no se podía poner peros en cuanto a mi posición y procedencia. Pero cuando la cosa llegó a la comprobación de los conocimientos políticos, sufrí un tropezón.
313p Tuve una agarrada con un camarada de la comisión. Me largó la sumiente preguntilla: "Diga, camarada Pankrátov, ¿qué sabe usted de filosofía?" Y yo, como comprenderás, no sabía ni papa. Pero en aquel instante me acordé de que entre nosotros había estado un estudiante del liceo, un golfo que se había hecho cargador por extravagancia. En una ocasión, nos contó que, el diablo sabe cuándo, había en Grecia unos sabios muy presumidos, a los que llamaban filósofos. Uno de esos tipos, de cuyo apellido no me acuerdo, me parece que se llamaba Ideógenes, vivió toda su vida en un tonel, y cosas así por el estilo... El mejor especialista entre ellos era considerado aquel que demostrara cuarenta veces que lo negro era blanco y lo blanco negro. En una palabra, eran unos embusteros. Pues bien, yo me acordé del relato del estudiante y pensé: "Este miembro de la comisión me quiere tender una celada”. El me miraba con ojos astutos. Y yo entonces le solté... "La filosofía —dije— es charlatanería y falsedad. Yo, cantaradas, no siento el menor deseo de estudiar semejante estupidez. En lo que respecta a la historia del Partido, me alegraría con toda mi alma”. Y ellos comenzaron a marearme, preguntándome de dónde había sacado semejantes novedades respecto a la filosofía. Entonces añadí algo más de las palabras del estudiante, y toda la comisión estalló en carcajadas. Me enfurecí y dije: "¿Se han figurado ustedes que van a burlarse de mí?" Y tomé el gorro y me largué a casa.
p Más tarde, aquel mismo miembro de la comisión me encontró en el Comité provincial y se pasó unas tres horas conversando conmigo. Me explicó que el estudiante se había hecho un lío y que la filosofía es una cosa grande y sabia.
p Dubava y Zharki pasaron. Mitiay, por lo menos, estudiaba en serio, pero Zharki no estuvo mucho más brillante que yo. Seguramente habrá sido la Orden lo que ha ayudado a Vañka. En una palabra, yo me quedé con un palmo de narices. Aquí me han designado para administrar el embarcadero. Soy el suplente del jefe del muelle de mercancías. Antes solía ocurrir con frecuencia que yo regañaba con los jefes por asuntos de la Juventud, y ahora yo mismo tengo que hacer de administrador. A veces, ocurre que te encuentras con algún gandul o con algún 314 calamidad poco expeditivo y, como jefe y como secretario, le aprietas bien las clavijas. A mí, que no me vengan con ésas, no me hacen ver lo blanco negro. Luego te hablaré de mí. ¿Qué novedades quedan aún por contarte? Ya sabes lo de Akim; de los viejos, en el Comité provincial no queda más que Tufta, que continúa encastillado en el mismo sitio. Tókariev es el secretario del Comité de distrito del Partido en Solómenka. El dirigente del Comité de distrito de la Juventud es allí Okunev, tu compañero de comuna. Talia es el secretario de masas. Tu puesto en los talleres lo ocupa ahora Tsvetáev, al que conozco poco; nos vemos a veces en el Comité provincial; me parece que el muchacho no es tonto, pero tiene demasiado amor propio. ¿Recuerdas a Anna Borjart? También está en Solómenka, de dirigente de la sección femenina del Comité del Partido. De los restantes ya te he contado. Sí, Pavlusha, el Partido ha enviado mucha gente a estudiar. En la Escuela política provincial se encuentra ahora agarrado a los libros todo el viejo activo. A mí, prometen enviarme el año que viene.
p Se durmieron ya de madrugada. Por la mañana, cuando Kórchaguin se despertó, Ignat no estaba ya en casa, se había marchado al embarcadero. Su hermana Dusia, muchacha fuerte, de rostro parecido al del hermano, agasajó con té al huésped, charlando alegremente de toda clase de nimiedades. El padre de Pankrátov, maquinista de un barco, estaba de viaje.
p Kórchaguin se dispuso a salir. Al despedirle, Dusia le recordó:
p — No se olvide de que le esperamos a comer.
p En el Comité provincial reinaba la animación cotidiana. La puerta de entrada no conocía el descanso. Habitaciones y pasillos estaban llenos de gente; a través de la puerta de la administración llegaba, amortiguado, el teclear de las máquinas de escribir.
p Pável permaneció unos instantes en el pasillo, escrutando para encontrar algún rostro conocido, y, al no hallar a ninguno, entró en el despacho del secretario del Comité provincial. Sentado a una gran mesa estaba éste, con azul camisa rusa. Recibió a Kórchaguin lanzándole 315 una breve mirada y, sin alzar la cabeza, continuó escribiendo.
p Pável tomó asiento frente a él y observó con atención al substituto de Akim.
p — ¿Qué desea usted? —preguntó el secretario, poniendo un punto al final de lo escrito en la hoja de papel.
p Pável le contó su historia.
p — Es necesario, camarada, resucitarme en el registro de militantes y enviarme a los talleres. Dispon que lo hagan así.
p El secretario recostóse en el respaldo de la silla y respondió indeciso:
p — En cuanto a restablecerte como miembro de la organización, naturalmente, huelga hablar. Pero enviarte a los talleres, no creo que sea conveniente. Allí trabaja ya Tsvetáev, recientemente elegido miembro del Comité provincial. Te utilizaremos en otro sitio.
p Los ojos de Kórchaguin se contrajeron.
p — No voy a los talleres para molestar en su labor a Tsvetáev. Voy a trabajar en mi oficio, no a ser secretario del colectivo, y por estar aún débil físicamente, ruego que no se me envíe a otro trabajo.
p El secretario accedió y garrapateó unas letras en un papel.
p — Entregúelo al camarada Tufta, él lo arreglará todo.
p En la oficina de distribución y control de cuadros, Tufta andaba a la greña con su ayudante, el encargado del fichero. Durante cosa de medio minuto, Pável estuvo escuchando cómo se ponían verdes mutuamente, pero al ver que el altercado amenazaba con prolongarse interrumpió al desbocado jefe de oficina.
p — Luego terminarás de regañar con él, Tufta. Aquí tienes esta nota, vamos a formalizar mis documentos.
p Tufta estuvo largo rato mirando, ya al papel, ya a Pável. Por fin comprendió.
p — ¡Ah! ¿Quiere decir que no has muerto? ¿Y qué vamos a hacer ahora? Has sido excluido de las listas, yo mismo he enviado al CC la ficha. Además, no has pasado el censo que ha tenido lugar en toda Rusia. De acuerdo con una circular del CC de la Juventud, todos aquellos que no lo hayan pasado quedan excluidos. Por eso no vas a tener 316 más remedio que ingresar de nuevo, en las condiciones generales —dijo Tufta con tono inapelable.
p Korchaguin frunció el entrecejo.
p — No has cambiado. A pesar de ser un muchacho joven, eres peor que una rata vieja del archivo provincial. ¿Cuándo te convertirás en una persona, Volodia?
p Tufta se levantó de un salto, como si le hubiera picado una pulga.
p — Te ruego que no me vengas con letanías, yo respondo de mi trabajo. Las circulares no se escriben para que uno las infrinja. Y en cuanto a eso de “rata” te haré responder de la ofensa.
p Tufta pronunció las últimas palabras con tono de amenaza y acercó hacia sí, demostrativamente, un montón de sobres de correspondencia sin examinar, indicando con toda su actitud que la conversación había terminado.
p Pável se dirigió despacio hacia la puerta, pero, al recordar algo, volvió hacia la mesa y cogió la nota del secretario, que se encontraba delante de Tufta. Este observaba a Pável. Tufta era un joven viejo de grandes orejas asoplilladas, irascible y quisquilloso, desagradable y, al mismo tiempo, ridículo.
p — Bien —dijo Korchaguin con una tranquilidad llena de sarcasmo—. Naturalmente, se me puede acusar de "desorganización de la estadística”, pero dime, ¿Cómo te las ingenias para castigar a los que, de buenas a primeras, se mueren sin comunicarlo con anterioridad? Pues cada uno, si le viene en gana, puede enfermar; si quiere, puede morirse. Y, seguramente, a este respecto no existe circular alguna.
p — ¡Jo-jo-jo! —relinchó alegremente el ayudante de Tufta, sin poder mantener la neutralidad.
p Tufta rompió la punta del lápiz y IQ arrojó furioso al suelo, pero no alcanzó a contestar a su enemigo. En la habitación irrumpió un grupo de varias personas, hablando en voz alta y riendo. Entre ellas se encontraba Okunev. El jubiloso asombro y las preguntas no tenían fin. Unos minutos después, invadió la habitación otro grupo de jóvenes entre los que se hallaba Yuriénieva. Desconcertada, la joven estrechó la mano de Pável largamente, con efusión.
317p De nuevo obligaron a Pável a contarlo todo desde un principio. La alegría franca de sus cantaradas, la amistad veraz y la simpatía, los fuertes apretones de manos y las palmadas en la espalda, pesadas y cordiales, obligaron a Pável a olvidarse de Tufta.
p Al terminar su relato, Korchaguin contó a sus camaradas la conversación sostenida con Tufta. Se oyeron exclamaciones de indignación. Olga, lanzando a Tufta una mirada fulminante, se dirigió a la habitación del secretario.
p — ¡Vamos a ver a Nezhdánov! El le bajará los humos —dijo Okunev, echando su brazo sobre los hombros de Pável. Y todos salieron en tropel, en pos de Olga.
p — Hay que destituirle y enviárselo a Pankrátov para que trabaje un año como cargador en el embarcadero. ¡Ese Tufta es burócrata hasta la médula! —decía Olga, toda indignada.
p Al escuchar las exigencias de Okunev, Olga y los demás, de que se quitase a Tufta de la sección, el secretario del Comité provincial sonrió indulgentemente.
p — Sobre la restitución de Korchaguin no hay ni que hablar, ahora mismo le extenderán el carnet —prometió Nezhdánov tranquilizando a Olga—. Estoy de acuerdo con vosotros en que Tufta es un formalista —continuó—. Es su defecto fundamental. Pero hay que reconocer que lleva muy bien el asunto. Dondequiera que he trabajado, el registro y la estadística en los comités de la Juventud son bosques inextricables, y no se puede creer en la veracidad de una sola cifra. Y en nuestra oficina de distribución y control la estadística está bien organizada. Vosotros mismos sabéis que, a veces, Tufta se queda trabajando en su sección hasta la media noche. Yo pienso así: para quitarle, siempre estamos a tiempo, pero si en su lugar ponemos a un muchacho bonachón, pero luego en cuestiones de estadística, entonces no habrá burocratismo, pero tampoco existirá control. Dejad que trabaje. Le meteré un buen rapapolvo. Esto surtirá su efecto por cierto tiempo, y luego ya veremos.
p .— ¡Bueno, que el diablo se lo lleve! —accedió Okunev—. Vamos a Solómenka, Pavlusha. En nuestro club hay hoy asamblea del activo. Nadie sabe nada de ti, y de pronto: "¡Korchaguin tiene la palabra!" ¡Eres formidable, 318 Pavlusha, por no haber muerto! ¿Qué utilidad habrías reportado entonces al proletariado? —resumió bromeando Okunev, mientras abrazaba a Korchaguin y le sacaba al corredor a empujones.
p — Olga, ¿vendrás?
p — Sin falta.
p En casa de los Pankrátov, se quedaron esperando a Korchaguin a comer, pero Pável tampoco regresó por la noche. Okunev llevó a su amigo a su vivienda. En la casa del Soviet tenía una habitación independiente. Le dio de comer lo que tenía, y, poniendo en la mesa delante de Pável una pila de periódicos y dos gruesos libros de actas de las reuniones del buró de la Juventud del distrito le aconsejó:
p — Echa una mirada a toda esta producción. Mientras tú gastabas el tiempo en vano con el tifus, aquí ha corrido mucha agua. Lee, ponte al corriente de lo que ha habido y de lo que hay. Yo vendré al anochecer y nos marcharemos al club: si te cansas, túmbate y duerme un rato.
p Metiéndose en los bolsillos un montón de documentos, certificados y solicitudes (Okunev, por cuestión de principio, prescindía de la cartera y la tenía debajo de la cama), el secretario de la Juventud Comunista dio una última vuelta de despedida por su habitación y salió.
p Cuando regresó por la tarde, el piso del cuarto estaba lleno de periódicos abiertos, de debajo de la cama había sido sacado un montón de libros. Parte de ellos se alzaba en columnas sobre la mesa. Pável estaba sentado en la cama leyendo las últimas cartas del Comité Central, que había encontrado bajo la almohada de su amigo.
p — ¿Qué es lo que has hecho de mi habitación, bandido? —gritó Okunev con indignación fingida—. ¡Eh, espera, espera, camarada! ¡Estás leyendo documentos secretos! ¡Vaya, mete a un tipo así en tu casa!
p Pável, sonriendo, dejó la carta a un lado.
p - Precisamente aquí no hay ningún secreto, pero en vez de pantalla, tenías en la lámpara un documento que efectivamente no debe darse a conocer. Hasta se ha quemado por los bordes. ¿Ves?
319p Okunev cogió la hoja de papel quemado, miró el encabezamiento y se dio una palmada en la frente.
p — ¡Y yo que he estado tres días buscando al maldito! Desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Ahora recuerdo que, hace tres días, Volíntsev hizo de él una pantalla, y luego, lo ha buscado también hasta sudar la gota gorda. —Okunev plegó cuidadosamente la hoja de papel y la metió debajo del colchón—. Después lo pondremos todo en orden —dijo tranquilizador—; ahora comeremos un poco, y al club. Siéntate aquí, Pavlusha.
p Okunev sacó de un bolsillo un largo cecial, envuelto en un periódico, y extrajo de otro dos pedazos de pan. Apartó los papeles, cubrió el espacio libre con el periódico, cogió el cecial por la cabeza y se puso a darle golpes contra la mesa.
p Sentado sobre la mesa y masticando enérgicamente, el alegre Okunev comunicaba a Pável las novedades, salpicando de bromas la conversación seria.
p En el club, Okunev llevó a Pável a los bastidores por la puerta de servicio. En un rincón de la espaciosa sala, a la derecha del escenario, junto al piano, en el estrecho corrillo de los jóvenes comunistas del ferrocarril, estaban sentadas Talia Lagútina y Borjart. Frente a Anna, meciéndose en la silla, se encontraba Volíntsev, el secretario de la Juventud Comunista del depósito de máquinas, muchacho sonrosado como una manzana en agosto y vestido con una cazadora de cuero, tan usada, que era difícil conjeturar cuándo había sido negra. Sus cejas y pelo eran trigueños.
p Cerca de él, acodado negligentemente sobre la tapa del piano, se hallaba Tsvetáev, guapo muchacho de pelo castaño y labios de trazo preciso. Tenía desabrochado el cuello de la camisa.
p Al acercarse al grupo, Okunev oyó el final de una frase de Anna:
p — Algunos quieren complicar todo lo posible la admisión de nuevos cámarádas. Tsvetáev padece evidentemente de ese mal.
p — La Juventud Comunista no es patio de tránsito —replicó terco Tsvetáev, con brusco desdén.
320p — ¡Mirad, mirad! ¡Nikolái está hoy resplandeciente, como un samovar recién pulido! —exclamó Talia al ver a Okunev.
p Arrastraron a Okunev hasta el corrillo y comenzaron a asediarle a preguntas:
p — ¿Dónde has estado?
p — Vamos a comenzar.
p Okunev extendió la mano tranquilizador:
p — No seáis impacientes, hermanitos. Ahora vendrá Tókariev y empezaremos.
p — Ahí está, señaló Anna.
p Efectivamente, el secretario del Comité de distrito del Partido se dirigía hacia ellos. Okuney corrió a su encuentro.
p — Vamos, padre, a los bastidores, te mostraré a un conocido tuyo. ¡Te vas a asombrar!
p — ¡Déjate de tonterías! —gruñó el viejo, con el cigarrillo en los labios, pero Okunev ya le había agarrado del brazo y tiraba de él.
p ...La campanilla en la mano de Okunev repicó con tanta furia, que incluso los charlatanes sempiternos se apresuraron a interrumpir sus conversaciones.
p Detrás de Tókariev, en un suntuoso marco de verdes ramas de pino, se veía la cabeza de león del genial creador del Manifiesto Comunista. Mientras Okunev abría la asamblea, Tókariev miraba a Korchaguin, que se encontraba entre bastidores.
p — Camaradas, antes de pasar a discutir las tareas inmediatas de la organización, aquí, un camarada ha pedido la palabra fuera de turno, y Tókariev y yo creemos que se le debe conceder.
p En la sala sonaron voces de aprobación, y Okunev disparó, como un cañonazo.
p — ¡El camarada Pavka Korchaguin tiene la palabra para saludar a los reunidos!
p De las cien personas que había en la sala, no menos de ochenta conocían a Korchaguin; y cuando junto a las candilejas apareció la figura conocida, y el joven alto y pálido comenzó a hablar, el salón estalló en exclamaciones de alegría y ovaciones tempestuosas.
321p — ¡Queridos camaradas!
p Aunque la voz de Korchaguin sonaba tranquila, el i oven no podía ocultar su emoción.
p — Como veis, amigos, he vuelto a vosotros y ocupo mi puesto en las filas. Soy feliz por haber regresado. Aquí veo a muchos de mis amigos. En los papeles de Okunev he leído que en Solómenka ha aumentado en un tercio el número de nuevos hermanitos, que en los talleres y el depósito de locomotoras se ha terminado con los " fabricantes de encendedores" y que desde el cementerio de locomotoras se arrastran los “muertos” a la reparación total. Esto significa que nuestro país renace y acumula fuerzas. ¡Hay por qué vivir en el mundo! ¿Acaso podía yo morir en semejantes tiempos? —Y los ojos de Korchaguin centellearon felices.
p Acompañado por los gritos de saludo, Pável bajó al salón, dirigiéndose adonde estaban sentadas Borjart y Talia. Estrechó rápidamente la mano a varios de los compañeros. Sus amigos le hicieron sitio y Korchaguin se sentó. La mano de Talia descansó en la suya y se la apretó fuerte, muy fuerte.
p Anna tenía los ojos muy abiertos; sus pestañas temblaban ligeramente, y había en su mirada asombro y cordialidad.
p Pasaban los días. No se los podía calificar de ordinarios. Cada uno de ellos traía algo nuevo, y al distribuir por la mañana su tiempo, Korchaguin veía con amargura que el día tenía pocas horas y que algo de lo planeado quedaría por hacer. Pável se instaló en casa de Okunev. Trabajaba en los talleres de ayudante de mecánico electricista.
p Pável tuvo que discutir largo rato con Nikolái hasta convencerle de que accediera a dejarle retirarse, por algún tiempo, del trabajo de dirección.
p — No tenemos bastante gente y tú quieres refrescarte en el taller. No me hables de la enfermedad; yo mismo, después de pasar el tifus, estuve un mes entero yendo al Comité de distrito apoyado en un bastón. Ya sabes que te conozco, Pavka, no es ése el motivo. Dime cuál es el verdadero origen de la decisión —le acosó Okunev.
322p — El origen, Kolia, es que quiero estudiar.
p Okunev rugió triunfante:
p — iAh!... ¿Conque éstas tenemos? Tú quieres, ¿y te crees que yo no? Eso, hermano, es egoísmo puro. Quiere decir que mientras nosotros arrimemos el hombro, tú estarás estudiando. No, querido, mañana mismo irás a la sección de instructores de organización.
p Pero después de una prolongada discusión, Okunev se entregó.
p — Durante dos meses no te tocaré. Para que veas cuan bueno soy. Pero no vas a hacer buenas migas con Tsvetáev; es muy fatuo.
p Tsvetáev acogió con reservas la vuelta de Korchaguin a los talleres. Estaba seguro de que con la llegada de Pável comenzaría la lucha por la dirección, y como era de una ambición morbosa, se preparaba para la lucha. Pero ya en los primeros días se convenció de lo erróneo de sus suposiciones. Al enterarse de que el buró del colectivo tenía la intención de incluirle en él, Korchaguin se presentó, sin que le hubieran llamado, en el despacho del secretario general y, basándose en su acuerdo con Okunev, le convenció de que quitase esta cuestión del orden del día. En la célula de taller de la Juventud Comunista, Korchaguin se hizo cargo del círculo de preparación política, pero no trataba de trabajar en el buró. Sin embargo, a pesar de la retirada oficial de Pável de la dirección, su influencia se dejaba sentir en todo el trabajo del colectivo. Más de una vez, amistosamente y sin que el otro se diera cuenta, había sacado a Tsvetáev de algún atolladero.
p En una ocasión, al entrar en el taller, Tsvetáev vio con asombro que toda la célula de la Juventud y unos treinta muchachos sin partido fregaban las ventanas, limpiaban las máquinas, rascando la porquería acumulada durante largos años, y sacaban al patio la chatarra y los desperdicios. Pável frotaba enconadamente, con un enorme cepillo, el piso de cemento manchado de mazut y de grasa.
p — ¿A santo de qué estáis poniendo esto tan bonito? —preguntó extrañado Tsvetáev a Pável.
p — No queremos trabajar en la suciedad. Aquí, hace veinte años que nadie ha fregado, y nosotros, en una 323 semana, dejaremos el taller como nuevo —le respondió conciso Korchaguin.
p Tsvetáev se encogió de hombros y salió.
p Los mecánicos electricistas no se conformaron con esto y la emprendieron con el patio grande, que hacía tiempo se había convertido en un basurero. ¡Qué no habría allí! Centenares de ejes y ruedas de vagones, montañas enteras de hierro mohoso, rieles, topes, bujes: varios miles de toneladas de metal se oxidaban al aire libre. Pero la administración detuvo la ofensiva contra el basurero.
p — Hay tareas de más importancia, y lo del patio no es para nosotros tan apremiante.
p Entonces los electricistas pavimentaron con ladrillos la entrada de su taller, fijaron en ella una tela metálica para limpiarse el calzado del barro, y allí se detuvieron. Pero dentro del taller la limpieza continuaba por las tardes, después del trabajo. Cuando al cabo de una semana entró el ingeniero jefe Strizh, todo el recinto estaba inundado de luz. Las enormes ventanas, de marcos de hierro, limpias del polvo secular mezclado con mazut, daban paso a los rayos de sol, que, al penetrar en la sala de máquinas, reverberaban cegadores en las bruñidas piezas de cobre de los motores Diesel. Las piezas pesadas de las máquinas habían sido pintadas de verde, e incluso alguien había trazado cuidadosamente flechas amarillas, en los radios de los volantes.
p — Hum... —se asombró Strizh.
p En el extremo del taller, algunos hombres terminaban el trabajo. Strizh se dirigió hacia allí. En dirección contraria venía Korchaguin con un bote lleno de pintura.
p — Espere, amigo —le detuvo el ingeniero—. Aprueba lo que llevan a cabo. ¿Pero quién le ha dado la pintura? ¿Sabe usted que he prohibido gastarla sin mi autorización, porque es un material que escasea? La pintura de las piezas de las locomotoras es más importante que lo que están haciendo ustedes.
p — Sí, pero hemos conseguido la pintura de los botes tirados. Hemos estado rascando en todos los botes viejos durante dos días, hasta conseguir unas veinticinco libras. Aquí todo se ha hecho con arreglo a la ley, camarada dirigente técnico.
324p El ingeniero volvió a carraspear, pero esta vez turbado.
p — Entonces, naturalmente, obren. Bien... Sin embargo, es interesante... ¿cómo explicar este... cómo decirlo. . . afán voluntario de limpieza en el taller? Pues, según tengo entendido, todo esto lo han hecho ustedes después del trabajo.
p Korchaguin percibió en la voz del ingeniero un dejillo de sincero asombro.
p — Naturalmente. ¿Y cómo creía usted?
p — Sí, pero...
p — Aquí tiene usted el “pero”, camarada Strizh. ¿Quién le ha dicho que los bolcheviques íbamos a dejar en paz a la suciedad? Y esto no es todo: daremos a este movimiento más envergadura. Aún tendrá usted qué mirar y de qué asombrarse.
p Y apartándose con cuidado, para no manchar al ingeniero, Korchaguin se dirigió hacia la puerta.
p Pável se quedaba por las tardes, hasta muy entrada la noche, en la biblioteca pública. Había entablado sólida amistad con las tres bibliotecarias y, poniendo en juego todos los medios de propaganda, recibió por fin el deseado derecho a mirar libremente todos los libros. Después de apoyar la escalera en las enormes estanterías, Pável se pasaba las horas muertas sentado en ella, hojeando un libro tras otro, en busca de lo interesante y necesario. La mayoría de los libros eran viejos. La literatura nueva se alojaba modestamente en un pequeño armario. Habían ido a parar allí, casualmente, folletos editados durante la guerra civil, El Capital de Marx, El talón de hierro [324•* y unos cuantos libros más. Entre los libros viejos, Korchaguin encontró la novela Espartaco [324•** . Luego de leerla en dos noches pasadas en claro, Pável trasladó la novela al armario y la colocó junto a las obras de M. Gorki. El traslado de los libros más interesantes, más de su gusto, continuaba sin cesar.
p Las bibliotecarias no se metían en ello, les tenía sin cuidado.
325p La tranquilidad monótona del colectivo de komsomoles fue bruscamente alterada por un incidente que, al principio, pareció insignificante: el miembro del buró de la célula del taller de reparación media, Kostia Fidin —joven chato, picado de viruelas y cachazudo—, al perforar una plancha de hierro, rompió un taladro americano de mucho precio. Lo rompió por su negligencia indignante. Incluso peor, lo hizo casi adrede. El hecho ocurrió por la mañana. Jódorov, maestro del taller de reparación media, ordenó a Kostia que hiciera varios orificios en una plancha de hierro. Al principio, Kostia se negó, pero, presionado por el maestro, cogió la plancha y comenzó a taladrarla. En el taller no querían a Jódorov, debido a lo exigente y quisquilloso qtie era en el trabajo. En un tiempo había sido menchevique. No tomaba parte en la vida social y miraba de soslayo a los komsomoles, pero conocía magníficamente su profesión y cumplía a conciencia sus deberes. El maestro se dio cuenta de que Kostia perforaba "en seco”, sin engrasar el taladro. Jódorov se acercó rápidamente a la taladradora y la paró.
p — ¿Te has quedado ciego, o es que llegaste ayer al taller? —gritó a Kostia, sabiendo que, de trabajar así, el taladro se rompería inevitablemente.
p Pero Kostia contestó una grosería al maestro y de nuevo puso en marcha la máquina. Jódorov fue a quejarse al jefe del taller, y Kostia, sin detener la máquina, corrió por la aceitera, para que, cuando llegara alguien de la administración, todo estuviera en orden. Pero mientras buscaba la aceitera y regresaba, el taladro ya se había roto. El jefe del taller dio un parte por escrito, pidiendo la expulsión de Fidin. El buró de la célula de la Juventud intervino en defensa de Kostia, basándose en que Jódorov cortaba la iniciativa del activo de la juventud. La administración insistía y el asunto pasó, para su esclarecimiento, a manos del buró del colectivo. Así comenzó la cosa.
p De los cinco miembros del buró, tres opinaban que había que llamar la atención a Kostia y trasladarle a otro trabajo. Entre éstos se encontraba Tsvetáev. Los dos restantes no consideraban a Kostia culpable en absoluto.
p La reunión del buró se celebraba en el despacho de Tsvetáev. Había allí una mesa grande, cubierta por un paño rojo, varios banauillos largos y taburetes, hechos por 326 los muchachos del taller de carpintería; en las paredes, retratos de los jefes del proletariado, y detrás de la mesa, cubriendo toda la pared, la bandera del colectivo.
p Tsvetáev, por su cargo, había sido liberado del trabajo en el taller. Herrero de profesión, gracias a su capacidad se había convertido, durante los últimos cuatro meses, en dirigente del colectivo de jóvenes. Llegó a ser miembro del buró del Comité de distrito de la Juventud Comunista y del Comité provincial. Había trabajado de herrero en los talleres mecánicos, pero en los ferroviarios, era novato. Desde los primeros días empuñó las riendas con firmeza. Fatuo y decidido, inmediatamente estranguló la iniciativa personal de los muchachos; todo quería hacerlo él mismo y, al no poder abarcar todo el trabajo, arremetía contra sus ayudantes, acusándoles de inactividad.
p Incluso el despacho había sido decorado bajo su dirección personal.
p Tsvetáev dirigía la reunión, repanchigado en el único sillón de muelles, traído del Rincón Rojo. La reunión tenía carácter cerrado. Cuando Jomutov, el responsable del grupo de Partido, pidió la palabra, alguien llamó a la puerta cerrada con pasador. Tsvetáev frunció disgustado el entrecejo. La llamada se repitió. Katiusha Zelenova levantóse y descorrió el pestillo. En el umbral se encontraba Korchaguin. Katiusha le dejó pasar.
p Se dirigía ya Pável a uno de los bancos desocupados, cuando Tsvetáev le llamó:
p — Korchaguin, el buró está reunido con carácter cerrado. A Pável se le subieron los colores, y se volvió lentamente hacia la mesa.
p — Lo sé. Me interesa vuestro parecer sobre el asunto de Kostia. Quiero plantear una nueva cuestión relacionada con ello... ¿Es que estás en contra de mi presencia?
p — No estoy en contra, pero tú sabes que a las reuniones con carácter cerrado asisten únicamente los miembros del buró. Cuando hay gente es más difícil discutir. Pero, ya que has venido, toma asiento.
p Era la primera vez que Korchaguin recibía semejante bofetada. Una arruga surcó su entrecejo.
p — ¿A qué viene tanto formalismo? —dijo Jomutov, expresando su desaprobación, pero Korchaguin le detuvo 327 con un gesto y tomó asiento en un taburete—. He aquí lo que quería decir —profirió Jomutov—. Cierto es que Jódorov es un hombre que vive al margen, del colectivo, pero nuestra disciplina no es buena. Si todos los komsomoles comienzan a romper taladros, no tendremos con qué trabajar. Y es un ejemplo muy malo para los sin partido. Pienso que hay que llamar la atención al muchacho.
p Tsvetáev no le dejó acabar y comenzó a hacer objeciones. Después de estar escuchando unos diez minutos, Korchaguin comprendió la posición del buró. Cuando iban ya a pasar a la votación, pidió la palabra. Tsvetáev, forzándose, se la concedió.
p — Quiero comunicaros, cantaradas, mi opinión resp’ecto al asunto de Kostia.
p La voz de Korchaguin sonaba más brusca de lo que él hubiera querido.
p — El asunto de Kostia es sólo un aviso, pero lo fundamental no reside en Kostia. Ayer reuní unas cuantas cifras. —Pável sacó del bolsillo una libretita de notas—. Son datos facilitados por el control de entrada al trabajo. Escuchad con atención: el 23% de los jóvenes comunistas llega diariamente al trabajo con un retraso de cinco a quince minutos. Esto se ha convertido ya en una ley. El 17% de los komsomoles no acude al trabajo, sistemáticamente, uno o dos días al mes, mientras que entre la juven-, tud sin partido estos casos constituyen el 14%. Estas cifras son peor que un latigazo. De paso, he anotado algo más: entre los obreros miembros del Partido, el porcentaje de los que no acuden al trabajo un día al mes y llegan tarde diariamente es de un 4%. Entre los adultos sin partido, un 11% falta al trabajo un día al mes, y un 13% llega tarde al taller. El 90% de los casos de rotura de herramientas recae sobre los jóvenes, entre los que sólo un 7% son nuevos en el trabajo. De aquí llegamos a la conclusión de que trabajamos mucho peor que los miembros del Partido y los viejos obreros en general. Pero esta situación no es igual en todas partes. La de la forja es digna de ser envidiada, la de los electricistas es satisfactoria, y la de los restantes es, sobre poco más o menos, igual. El camarada Jomutov, según mi opinión, ha dicho sólo la cuarta parte de lo que se debe decir en cuanto a 328 la disciplina. Ante nosotros está planteada la tarea de acabar con estos zigzags. No voy a hacer aquí agitación ni a dar un mitin, pero debemos arremeter con toda nuestra furia contra el desorden y la desidia. Los viejos obreros dicen con franqueza: "para el amo se trabajaba mejor, para el capitalista se trabajaba con más esmero, y ahora, cuando nosotros somos los dueños, esto no tiene justificación”. Y en primer lugar la culpa no es tanto de Kostia o de cualquier otro, como nuestra, porque no solamente no hemos luchado como se debe contra este mal, sino que, por el contrario, con uno u otro pretexto hemos defendido a veces a gentes como Kostia.
p Hace un momento, Samojin y Butiliak han dicho que Fidin es un muchacho de los nuestros. Lo que se dice nuestro en cuerpo y alma: es activista, realiza trabajo social. Si ha roto un taladro, eso no es cosa del otro mundo, puede ocurrirle a cualquiera. En cambio, el muchacho es nuestro, y el maestro es ajeno a nosotros... Aunque nadie se toma la molestia de atraerlo a nuestro lado... ¡Ese quisquilloso lleva treinta años de obrero! No vamos a hablar de su posición política. En este momento tiene razón: él, que es un extraño, cuida de los bienes del Estado, y nosotros destrozamos herramientas extranjeras. ¿Cómo calificar este cariz que toman las cosas? Creo que ahora asestaremos el primer golpe y emprenderemos la ofensiva en ese sector.
p Propongo que se expulse a Fidin.de la Juventud Comunista por desidioso, holgazán y desorganizador de la producción. Hay que tratar de su asunto en el periódico mural y, abiertamente sin miedo a las posibles opiniones, insertar estas cifras en el artículo de fondo. Tenemos fuerzas, tenemos en quién apoyarnos. La masa fundamental de los komsomoles son buenos obreros. Sesenta de ellos han pasado por Boyarka, y esta escuela es la mejor. Con su ayuda y participación pondremos fin a este zigzag. Pero hay que desechar, de una vez para siempre, la actitud actual respecto al trabajo.
p Korchaguin, tranquilo y silencioso de ordinario, hablaba ahora con calor y crudeza. Por vez primera, Tsvetáev veía al electricista tal como era. Reconocía la razón de las palabras de Pável, pero el recelo que abrigaba respecto a Korchaguin le impedía manifestarse de acuerdo. 329 Interpretó la intervención de Korchaguin como una áspera crítica del estado general de la organización, como: una tentativa de minar su autoridad personal, y decidió aplastar al mecánico electricista. Comenzó sus objeciones acusando directamente a Korchaguin de defender al menchevique Jódorov.
p La apasionada discusión se prolongó cerca de tres horas. Bien entrada la noche, se hizo el balance de ella: derrotado por la lógica inexorable de los hechos y habiendo perdido la mayoría, que se puso al lado de Korchaguin, Tsvetáev dio un paso en falso: romptó la democracia. Antes de la votación decisiva, propuso a Korchaguin que saliera de la habitación.
p — Está bien, saldré, aunque esto no te hace ningún honor, Tsvetáev. Únicamente te quiero advertir que, si continúas en tus trece, mañana intervendré en la asamblea general, y estoy seguro de que allí no te harás con la mayoría. No tienes razón Tsvetáev. Pienso, camarada Jomutov, que estás obligado a plantear está cuestión al colectivo del Partido antes de la asamblea general.
p Tsvetáev gritó provocativo:
p — ¿Te crees que me asustas? Sin necesidad de que tú me lo indiques conozco el camino que conduce allí; de ti también hablaremos. Si tú mismo no trabajas, deja que lo hagan los demás.
p Después de cerrar la puerta, Pável se pasó la mano por la frente, que le ardía, y, atravesando la oficina, se dirigió a la salida. En la calle aspiró el aire a pleno pulmón. Encendió un cigarrillo y encaminó sus pasos hacia la casita situada en Batíeva Gorá, donde vivía Tókariev.
p Korchaguin sorprendió al cerrajero cenando.
p — Cuenta, te escucho, ¿qué hay por allí de nuevo? Daría, tráele una cazuela de gachas —dijo Tókariev, invitando a Pável a que se sentara a la mesa.
p Daria Fomínishna —mujer de Tókariev, que en contraste con su marido era alta y gruesa—, colocó ante Pável un plato de gachas de mijo y, enjugándose con la punta del delantal blanco sus labios húmedos, le dijo:
p — Come, querido.
p Antes, cuando Tókariev trabajaba en los talleres, Korchaguin solía visitar con frecuencia esta casita y 330 permanecía en ella hasta tarde, pero desde que había regresado a la ciudad, era la primera vez que visitaba al viejo.
p El cerrajero escuchaba atento a Pável. No decía nada y trabajaba celosamente con la cuchara, rumiando algo para sus adentros. Cuando hubo dado fin a las gachas, se limpió los bigotes con el pañuelo y carraspeó.
p — Naturalmente, tienes razón. Ya hace tiempo que debíamos haber planteado esta cuestión con toda seriedad. Los talleres son el colectivo fundamental del distrito; por allí hay que empezar. Entonces, ¿tú y Tsvetáev os habéis enzarzado? Malo. Es un muchacho muy fatuo, pero, ¿tú has ’sabido trabajar entre los muchachos? A propósito, ¿qué es lo que haces en los talleres?
p — Trabajo de electricista. En general, me muevo un poquillo por todas partes. En mi célula dirijo un círculo de preparación política.
p — ¿Y qué haces en el buró? Korchaguin se turbó.
p — En los primeros tiempos, mientras tenía pocas fuerzas, no participaba oficialmente en la dirección, y además, tenía pensado ponerme a estudiar un poco.
p — ¡Vaya, hombre! —exclamó disgustado Tókariev—. Sabes, hijito, lo único que te salva de que te eche un buen rapapolvo es tu poca salud. ¿Y cómo te encuentras ahora?, ¿te has repuesto un tanto?
p — Sí.
p — Pues bien, entonces emprende de verdad el trabajo. No pierdas más tiempo. ¿Quién ha visto que, manteniéndose al margen, se pueda hacer algo bueno? Y además, cualquiera te puede decir que rehuyes la responsabilidad, y no podrás taparle la boca. Mañana, enmienda allí todo esto, y a Okunev ya le tiraré yo de las greñas —terminó Tókariev con tono de disgusto.
p — No te metas con él, padre —intervino Pável en defensa de su amigo—, yo mismo le pedí que no me recargara de trabajo.
p Tókariev silbó despectivamente.
p — Lo pediste, y él accedió. Bueno, bien, ¿qué va a hacer uno con vosotros, komsomoles?... Anda, hijito, léeme el periódico como en los viejos tiempos... Mis ojos cojean un poco.
331p El buró del colectivo del Partido aprobó la opinión de la mayoría del buró de la Juventud. Ante ambos colectivos se planteó la importante y difícil tarea de dar, con el trabajo personal, ejemplo de disciplina en el trabajo. En el buró reprendieron severamente a Tsvetáev. Al principio se engalló, pero acorralado por la intervención del secretario general, Lopajin —hombre de edad madura y rostro amarillento, a causa de la tuberculosis que le consumía—, tuvo que rendirse y reconoció a medias su error.
p Al día siguiente, en los periódicos murales de los talleres aparecieron artículos que atrajeron la atención de los obreros. Los leían en voz alta y los discutían con calor. Por la tarde, en la asamblea de la Juventud, a la que había acudido extraordinario número de personas, sólo se hablaba de ellos.
p A Kostia le expulsaron, y eligieron miembro del buró a un nuevo camarada, a un nuevo secretario de masas, a Korchaguin.
p Con silencio y paciencia poco habituales, los presentes escuchaban a Nezhdánov. Este hablaba de las nuevas tareas, de la nueva etapa en que entraban los talleres del ferrocarril.
p Después de la reunión, Korchaguin esperó a Tsvetáev en la calle.
p — Vamos juntos, tenemos que hablar —dijo Pável, acercándose al secretario general.
p — ¿De qué? —preguntó Tsvetáev con voz sorda. Pável le cogió del brazo y, dando con él unos pasos, se detuvo junto a un banco.
p — Sentémonos un momento —y fue el primero en dejarse caer en el banco.
p El fuego del cigarrillo de Tsvetáev se encendía y apagaba alternativamente.
p — Di, Tsvetáev, ¿por qué me tienes hincha?
p Luego de unos minutos de silencio, Tsvetáev repuso:
p — ¡Vaya con la que me has salido! Yo creí que ibas a hablarme del trabajo. —Pero su voz no era firme y en ella había un dejo de asombro fingido.
p Pável le puso, con fuerza, la mano en la rodilla.
p — Déjate, Dimka, de salirte por la tangente. Así sólo se escabullen los diplomáticos. Tú respóndeme con franqueza. ¿Por qué no me puedes tragar?
332p Tsvetáev se removió impaciente.
p — ¡No me des la tabarra! ¡Qué voy a tenerte hincha! Yo mismo te proponía que trabajaras. Te negaste, y ahora parece que quien te aparta soy yo.
p Pável no percibió en su voz franqueza y, sin quitar la mano de su rodilla, le dijo, emocionándose:
p — Ya que no quieres responder, yo te lo diré. Tú crees que yo quiero atravesarme en tu camino, que sueño con ocupar el puesto de secretario- general. De no seis por esto, no habría tenido lugar entre nosotros la agarrada por lo de Kostia. Tales relaciones estropean todo el trabajo. Si esto nos molestara sólo a los dos, ¡al diablo!, entonces podrías pensaf lo que te viniera en gana. Pero mañana tendremos que trabajar juntos. ¿Qué va a salir de esto? Entonces, escucha. Ño tenemos nada que repartirnos. Los dos somos obreros. Si nuestra causa te es querida por encima de todo, estrecharás mi mano, y desde mañana comenzaremos a trabajar cómo amigos. Y si no te quitas de la cabeza todas esas tonterías y sigues el camino de las intrigas, por cada tropezón en el trabajo, que ello traiga por consecuencia, lucharemos cruelmente. Aquí tienes mi mano, estréchala mientras es la mano de un camarada.
p Y con gran satisfacción, Korchaguin sintió en su mano el contacto de los nudosos dedos de Tsvetáev.
p Pasó una semana. En el Comité de distrito del Partido había terminado el trabajo. El silencio reinaba en las secciones. Pero Tókariev continuaba aún en su despacho. El viejo, sentado en su sillón, leía atentamente los materiales nuevos. Llamaron a la puerta.
p — ¡Adelante! —respondió Tókariev.
p Entró Korchaguin y depositó ante el secretario dos cuestionarios ya llenos.
p — ¿Qué es esto?
p — Es la liquidación de la irresponsabilidad, padre. Pienso que ya es hora. Si compartes mi opinión, te ruego que me apoyes.
p Tókariev echó una ojeada al encabezamiento y, después de mirar durante unos segundos al joven, tomó en silencio la pluma y, en el lugar donde se indicaba el 333 tiempo que llevaban en el Partido los que recomendaban como candidato al Partido Comunista (bolchevique) de Rusia al camarada Pável Andréievich Korchaguin, escribió, con mano firme, "desde el año 1903”, y al lado puso su firma, de trazo sencillo.
p — Toma, hijito. Estoy seguro de que nunca cubrirás de vergüenza mi cabeza cana.
p La atmósfera en.la habitación era sofocante y el pensamiento uno: marchar lo antes posible de allí, a la alameda de castaños de Solómenka, cercana a la estación.
p — Termina, Pavka, no puedo aguantar más —rogó Tsvetáev, sudando a chorros. Katiusha, y tras ella los otros, le apoyaron.
p Korchaguin cerró el libro. El círculo había terminado su trabajo.
p Cuando simultáneamente se levantaban todos, en la pared sonó el timbre del viejo Eriesson. Tratando de dominar con su voz las de los que conversaban en el cuarto, Tsvetáev hablaba por teléfono.
p Después de colgar el auricular, se volvió hacia Korchaguin.
p — En la estación hay dos vagones diplomáticos del consulado polaco. Se les ha apagado la luz, el tren sale dentro de una hora, y hay que arreglar la avería. Coge la caja de la herramienta y vete para allá, Pável. La cosa es urgente.
p Los dos brillantes vagones internacionales se encontraban junto* al primer andén. El coche-salón, de anchas ventanillas, estaba profusamente iluminado; pero el vagón vecino hallábase sumido en la oscuridad.
p Pável se acercó al suntuoso pullman y se agarró al pasamanos, disponiéndose a entrar en el vagón.
p De la pared de la estación se desgajó rápidamente un hombre y le sujetó por el hombro.
p — ¿A dónde va usted, ciudadano?
p La voz era conocida. Pável volvió la cabeza y vio una cazadora de cuero, la ancha visera de una gorra, una nariz fina y aguileña y una mirada vigilante y desconfiada.
p En aquel momento Artiujin reconoció a Pável, la mano cayó del hombro y la expresión del rostro perdió 334 su sequedad, pero la mirada interrogante quedó fija en la caja de la herramienta.
p — ¿A dónde ibas?
p Pável le explicó brevemente. Por detrás del vagón apareció otra figura.
p — Ahora llamaré a su mozo de vagón.
p En el coche-salón, adonde entró Korchaguin siguiendo al mozo, había sentadas varias personas, vestidas con elegantes trajes de viaje. Tras una mesa, cubierta por un mantel de seda con rosas bordadas, una mujer estaba sentada de espaldas a la puerta. Cuando entró Korchaguin, conversaba con un oficial de elevada estatura que se hallaba de pie frente a ella. Apenas entró el electricista, la conversación cesó.
p Después de mirar rápidamente los cables que iban de la última bombilla al corredor y encontrarlos en orden, Korchaguin salió del coche-salón, buscando el lugar de la avería. Sin alejarse de él ni un paso, le seguía el mozo de vagón, grueso, con cuello de boxeador y uniforme que abundaba en grandes botones dorados con el águila monocéfala.
p — Pasemos al vagón contiguo; aquí todo está en orden, el acumulador funciona. La avería, seguramente, es allí.
p El mozo de vagón dio la vuelta a la llave, y ambos entraron en el oscuro pasillo. Alumbrando el cable con su linterna, Pável encontró pronto el lugar del cortocircuito. Unos minutos más tarde, lucía la primera lámpara en el corredor, inundándolo de una luz mate.
p — Hay que abrir el departamento, es necesario cambiar en él las bombillas que se han fundido —dijo Korchaguin, dirigiéndose a su acompañante.
p — Entonces habrá que llamar a la pañi, ella tiene la llave. —Y el mozo, no queriendo dejar solo a Korchaguin, hizo que le acompañara.
p La mujer fue la primera en entrar en el departamento. Korchaguin la siguió. El mozo de vagón quedó de pie en la puerta, tapándola con su cuerpo. Ante los ojos de Pável aparecieron dos elegantes maletas de cuero colocadas en las redecillas, un abrigo de seda, negligentemente arrojado sobre el diván, un frasquito de perfume y una diminuta polvera de malaquita sobre la pequeña mesa 335 junto a la ventanilla. La mujer se sentó en el extremo del diván y, pasándose los dedos por sus cabellos, del color del lino, observaba el trabajo del electricista.
p — Ruego a la pañi que me permita retirarme por un instante: el pan mayor desea cerveza fresca —dijo obsequioso el mozo de vagón, doblando con trabajo su cuello de toro, al inclinarse.
p La mujer respondió con voz cantarína y amanerada:
p — Puede retirarse. Hablaban en polaco.
p La franja de luz del corredor caía sobre el hombro de la mujer. El elegantísimo traje de la pañi, de la más fina seda de Lyón y confeccionado por los mejores modistos de París, dejaba al descubierto sus hombros y brazos. En su orejita, fulgurando y despidiendo destellos, oscilaba un brillante como una gota de agua. Korchaguin no veía más que un hombro y un brazo de la mujer, que parecían de marfil tallado. El rostro quedaba en la sombra. Trabajando rápidamente con el destornillador, Pável cambió el casquillo en el techo, y un minuto más tarde en el departamento apareció la luz. Faltaba únicamente por examinar la lámpara eléctrica que había sobre el diván en el que estaba sentada la mujer.
p — Necesito comprobar esa bombilla —dijo Korchaguin deteniéndose ante ella.
p — ¡Ah, sí!, le estorbo —dijo la pañi en correcto ruso, y se levantó ágilmente del diván, poniéndose casi al lado de Korchaguin. Ahora se la veía toda. Las conocidas líneas de las cejas, como flechas, y los labios apretados altaneramente no dejaban lugar a dudas: ante él se encontraba Nelly Leschínskaya. La hija del abogado no pudo por menos de darse cuenta de su mirada de asombro. Pero si Korchaguin la había reconocido, en cambio Leschínskaya no se había dado cuenta de que el electricista, que tanto había crecido en aquellos cuatro años, era precisamente su turbulento vecino.
p Funciendo despectivamente las cejas en respuesta al asombro de Pável, se dirigió hacia la puerta y se detuvo en ella, golpeando impaciente el piso con la puntita de su zapato de charol. Pável la emprendió con la segunda bombilla. La desenroscó y la miró al trasluz, e 336 inesperadamente para sí mismo, y mucho más aún para Leschínskaya, preguntó en polaco:
p — ¿Víctor está también aquí?
p Al preguntar, Korchaguin no volvió la cabeza, No veía el rostro de Nelly, pero su prolongado silencio hablaba de su confusión.
p — ¿Acaso le conoce usted?
p — Sí, mucho. Eramos vecinos —y Pável se volvió hacia Nelly.
p — ¿Es usted Pável, el hijo...? —Nelly quedó cortada.
p — De la cocinera —le apuntó Pável.
p — ¡Cómo ha crecido usted! Le recuerdo cuando era un muchacho salvaje.
p Nelly le examinaba descaradamente, de pies a cabeza.
p — ¿Y por qué le interesa Víctor? Me parece recordar que no hacían ustedes muy buenas migas —dijo Nelly con su cantarína voz de soprano, esperanzada en dispersar el aburrimiento con aquel encuentro inesperado.
p El destornillador incrustaba rápidamente un tornillo en la pared.
p — Víctor quedó sin pagarme una deuda. Cuando le vea usted, dígale de mi parte que no pierdo la esperanza de que ajustemos las cuentas.
p — Dígame cuánto le debe y yo le pagaré por él.
p Nelly comprendía de qué "ajuste de cuentas" hablaba Korchaguin. Conocía toda la historia ocurrida cuando la ciudad se encontraba en poder de los hombres de Petliura, pero el deseo de irritar a aquel “siervo” le impulsaba a la burla.
p Korchaguin guardó silencio.
p — Diga, ¿es cierto que nuestra finca ha sido saqueada y que la están destruyendo? Seguramente, el cenador y los macizos estarán destrozados —profirió con tristeza Nelly.
p — La casa ahora es nuestra, no de ustedes, y no nos trae cuenta destruirla.
p Nelly sonrió sarcástica.
p — ¡Ah, se ve que a usted también le han instruido! Pero he de decirle que éste es el vagón de la misión polaca, y en este departamento yo soy la señora, y usted, como antes, continúa siendo un esclavo. Usted también ahora trabaja para que yo tenga luz, para que pueda leer cómodamente en este diván. Antes su madre nos lavaba 337 la ropa y usted nos traía el agua. Ahora nos hemos vuelto a encontrar en la misma situación.
p Nelly decía estas palabras con maldad triunfante. Pável, limpiando con la navaja la punta del cable, miró a la polaca con burla no disimulada.
p — Para usted, ciudadanilla, no habría clavado ni un clavo roñoso, pero, ya que los burgueses han inventado a los diplomáticos, nosotros guardamos las buenas formas y no les cortamos la cabeza, incluso no decimos groserías, como lo hace usted.
p A Nelly se le colorearon las mejillas.
p — ¿Qué haría usted conmigo si pudieran tomar Varsovia? ¿También me haría picadillo o me tomaría como concubina?
p Nelly continuaba de pie en la puerta, recostada graciosamente en el marco; las sensuales aletas de su nariz, acostumbradas a la cocaína, temblaban. Encendióse la luz sobre el diván, y Pável se irguió.
p — ¿A quién le hace falta usted? La cocaína la matará sin necesidad de que lo hagan nuestros sables. Y yo. .. ¡ni siquiera para la cama escogería a una tipa como tú!
p Pável tomó la caja de la herramienta y dio dos pasos hacia la puerta. Nelly se apartó, dejándole paso, y, ya al final del corredor, oyó él su ahogado:
p "Maldito bolchevique”, dicho en polaco.
p Al día siguiente, cuando Pável se dirigía por la tarde a la biblioteca, se encontró en la calle con Katiusha. Apretando en su pequeño puño la manga de la blusa de Pável, Zelenova le cerró el paso bromeando:
p — ¿A dónde vas tan de prisa, política e instrucción?
p — A la biblioteca, madrecita, déjame libre el camino —le respondió Korchaguin en el mismo tono, asiéndola cuidadosamente de los hombros y apartándola hacia la calzada. Desprendiéndose de sus manos, Katiusha echó a andar a su lacjo.
p — ¡Escucha, Pavlusha! No todo va a ser estudiar... ¿Sabes una cosa? Ven conmigo a una fiestecilla, los muchachos se reúnen hoy en casa de Zina Gládish. Y hace tiempo que las chicas me han pedido que te lleve. Tú te has ofuscado con la política; ¿es posible que no quieras 338 alegrarte y divertirte un rato? Anda, si no lees hoy, tendrás más despejada la cabeza —le persuadía, insistente, Katiuska.
p — ¿Qué fiestecilla es ésa? ¿Qué van a hacer allí? Katiuska repitió burlona:
p — ¿Qué van a hacer? No rezarle a Dios, sino pasar alegremente el tiempo y nada más. ¿Tú tocas el acordeón? Pues yo no te he oído ni una sola vez. Anda, hazme ese favor. El tío de Zina tiene un acordeón, pero toca mal. Las muchachas se interesan por ti, y tú te marchitas leyendo libros. ¿Dónde está escrito que los komsomoles no puedan divertirse? Vamos antes de que me canse de persuadirte; de lo contrario, me enfadaré contigo por un mes entero.
p La pintora Katia, muchacha de ojos grandes, era una buena camarada, y no mala como joven comunista. Korchaguin no quiso hacerle un feo y accedió, aunque no tenía costumbre de asistir a tales reuniones.
p En la casa del maquinista Gládish había mucha gente y gran bullicio. Los adultos, para no molestar a los jóvenes, pasaron a la pieza interior, y en la habitación grande y en la terracilla, que daba a un pequeño jardín, se habían reunido una quincena de muchachos y muchachas. Cuando Katiusha llevó a Pável por el jardín hacia la terracilla, allí estaban ya jugando a "dar de comer a las palomas”. En medio de la pequeña terraza había dos sillas con los respaldos pegados. En ellas, a la llamada de la dueña, que dirigía el juego, se sentaban un joven y una muchacha. La dueña gritaba: "¡Dad de comer a las palomas!”, y los jóvenes que estaban sentados de espaldas volvían la cabeza y sus labios se encontraban, besándose públicamente. Después jugaron al “anillo” y al “cartero”. Cada uno de estos juegos iba acompañado de besos. En el juego del “cartero”, para evitar la vigilancia general, los que debían besarse pasaban de la terracilla iluminada a la habitación, londe se había apagado previamente la luz. Para aquellos a quienes estos juegos no satisfacían, sobre un velador, que se encontraba en el rincón, había un montoncillo de tarjetas del "flirt de las flores”. La vecina de Pável, una muchacha de unos dieciséis años, llamada Mura, coquet ando con sus ojillos azules tendióle una tarjeta y le dijo en voz baja:
339p — Violeta.
p Hacía algunos años, Pável había visto fiestecillas semejantes, y aunque no tomaba en ellas participación directa, las consideraba, sin embargo, como, cosa natural. Pero ahora, cuando se había apartado para siempre de la vida pueblerina del villorrio, esta fiestecilla le parecía algo monstruoso y un poco ridículo.
p Fuera como fuere, la tarjeta del “flirt” ya se encontraba en su mano.
p Frente a la “violeta” leyó: "Usted me gusta mucho .
p Pável miró a la muchacha. Esta, sin turbarse, aguantó su mirada.
p — ¿Por qué?
p La pregunta era algo embarazosa. Mura había preparado su respuesta con anticipación.
p — Rosa —profirió y le tendió una segunda tarjeta.^ Frente a la “rosa” estaba escrito: "Usted es mi ideal".
p Korchaguin se volvió hacia la muchacha y, procurando suavizar su tono, le preguntó:
p — ¿Por qué te ocupas de estas tonterías?
p Mura, confusa, dijo frunciendo caprichosamente los labios:
p — ¿Acaso le desagrada mi confesión?
p Korchaguin dejó la pregunta sin contestar. Pero sintió deseos de saber con quién hablaba. Y comenzó a hacer preguntas, a las que la muchacha respondía de buen grado. Al cabo de unos minutos, sabía ya que la joven estudiaba en la escuela media, que su padre era revisor de vagones, que ella le conocía hacía tiempo y quería ser amiga suya.
p — ¿Cuál es tu apellido? —preguntó Korchaguin.
p — Volíntseva.
p — ¿Tu hermano es el secretario de la cjélula del depósito de máquinas?
p — Sí.
p Ahora Korchaguin sabía con quién trataba.^Era evidente que Volíntsev, uno de los komsomoles más activos del distrito, no había prestado la menor atención a su hermana, y la muchacha se iba convirtiendo en una burguesita gris. Durante el último año había comenzado a frecuentar las fiestecillas, en casa de sus amigas, donde se besuqueaban hasta atontarse. La muchacha había 340 visto varías veces a Korchaguin en la habitación de su hermano.
p Ahora Mura sintió que su vecino no aprobaba su conducta, y cuando la llamaron para "dar de comer a las palomas”, al percibir la desaprobatoria sonrisa de Korchaguin, se negó rotundamente. Permanecieron allí unos minutos más. Mura le hablaba de su vida. A ellos se acercó Zelenova.
p — ¿Qué, si traigo el acordeón tocarás un poco? —Y, entornando los ojos, miró a Mura—. ¿Ya sois amigos?
p Pável invitó a Katiusha a sentarse a su lado y, aprovechando que alrededor todos reían y gritaban, le dijo:
p — No voy a tocar; Mura y yo nos vamos en seguida de aquí.
p — ¡Ah! Parece que has mordido el anzuelo —dijo insinuante Zelenova.
p — Sí, he picado. Di, ¿hay aquí komsomoles, además de nosotros dos? ¿O somos los únicos que nos hemos convertido en “palomeros”?
p Katiusha comunicó conciliadora:
p — Ya han dejado de hacer tonterías; ahora bailaremos.
p Korchaguin se levantó.
p — Bien, vieja, baila si quieres; pero Volíntseva y yo nos marchamos.
p En una ocasión, Anna Borjart entró por la tarde en la habitación de Okunev. Allí se encontraba, solo, Korchaguin.
p — ¿Estás muy ocupado, Pável? ¿Quieres venir al Pleno del Soviet urbano? Juntos, se hará más corto el camino: además, tendremos que regresar tarde.
p Korchaguin se preparó rápidamente. En la pared, sobre su cama, estaba colgado el máuser, pero era demasiado pesado. Sacó de la mesa la pistola de Okunev y la deslizó en su bolsillo. Dejó una nota a Nikolái y escondió la llave en el lugar convenido.
p En el teatro se encontraron con Pankrátov y Olga. Sentáronse todos juntos y durante los descansos paseaban por la plaza. La reunión, como esperaba Anna, se prolongó hasta altas horas de la noche.
341p — ¿Queréis venir a dormir a mi casa? Ya es tarde y tenéis que ir lejos —propuso Yuriénieva.
p — No, ya nos hemos puesto de acuerdo para volver a casa juntos —dijo Anna, rechazando la invitación.
p Pankrátov y Olga marcharon avenida abajo y los de Solómenka, cuesta arriba.
p La noche era sofocante y oscura. La ciudad dormía. Por las calles silenciosas se dispersaban, en distintas direcciones, los asistentes al Pleno. El rumor de sus pasos y voces se iba apagando poco a poco. Pável y Anna se alejaban rápidamente de las calles del centro. En el mercado desierto les detuvo una patrulla. Después de comprobar sus documentos, les dejó continuar su camino. Cruzaron el bulevar y salieron a una calle oscura y desierta que atravesaba un descampado. Torcieron a la izquierda y marcharon por la carretera que se extendía paralela a los depósitos centrales del ferrocarril. Eran edificios de cemento, largos, sombríos y tristes. Subconscientemente, Anna comenzó a intranquilizarse. La joven escrutaba inquieta la oscuridad y respondía a las preguntas de Pável entrecortada y desatinadamente. Cuando la sombra sospechosa resultó ser tan sólo un poste telefónico, la Borjart se echó a reír y habló a Pável de su estado de nervios. Anna le tomó del brazo y, apretando su hombro contra el de él, se tranquilizó.
p — Tengo veintidós años y una neurastenia como si fuera ya vieja. Puedes tomarme por una cobarde. No sería justo. Pero hoy tengo los nervios de punta. Ahora, cuando siento que tú estás a mi lado, desaparece mi inquietud, e incluso me avergüenzo de mis temores.
p La tranquilidad de Pável, el fuego del cigarrillo que por un instante iluminó parte de su rostro, el trazo viril de sus cejas, todo aquello desvanecía el temor infundido por la noche oscura como boca de lobo, por el descampado inhóspito y la conversación oída en el teatro sobre el horroroso asesinato cometido en Podol el día anterior.
p Los depósitos quedaron atrás. Pasaron el puentecillo, tendido a través del riachuelo, e iban por la carretera cercana a la estación, hacia el túnel de paso, situado bajo las líneas férreas, que unía aquella parte de la ciudad con el distrito ferroviario.
342p La estación quedó lejos, a la derecha. Un tren pasó Lacia la vía muerta cercana al depósito de máquinas. Aquel lugar era bien conocido. Arriba, donde se encontraban los rieles, fulguraban las luces de colores de las agujas y los semáforos, y junto al depósito resollaba fatigosamente una locomotora de maniobras que se retiraba al descanso nocturno.
p Pendiente de un gancho oxidado, sobre la boca del túnel, había un farol. El suave viento le hacía oscilar con balanceo casi imperceptible, y su luz amarillenta y turbia danzaba de una a otra pared del túnel.
p A unos diez pasos de la boca del túnel, pegada a la carretera, se alzaba una casita solitaria. Hacía dos años, había caído en ella un proyectil pesado que, destrozando sus entrañas, arruinó la fachada, cuarteada ahora por una enorme brecha. La casita era como un mendigo que expusiera sus lacerias junto al camino. Por arriba, pasó veloz un tren.
p — Casi estamos ya en casa —dijo Anna, y había en su voz un dejo de alivio.
p Sin que ella se diera cuenta, Pável trató de liberar su brazo. Pero Anna no le soltó. Pasaron por delante de la casita derruida.
p De pronto, algo pareció desgajarse detrás de ellos. Se oyeron pisadas impetuosas, entrecortados jadeos. Alguien les daba alcance.
p Korchaguin tiró de su brazo, pero Anna, horrorizada, le apretó contra sí. Y cuando, a pesar de ello, Pável logró desasirse de un tirón más fuerte, ya era tarde: unos dedos fríos, de hierro, atenazaban su cuello. Con brusco movimiento, el agresor hizo girar en redondo a Pável. La mano se deslizó a su garganta y, retorciéndole el cuello de la guerrera, mantenía su rostro frente al cañón del revólver, que describía lentamente un arco.
p Los alucinados ojos del electricista seguían este arco con tensión sobrehumana. Desde la boca del cañón la muerte le miraba a los ojos, y él no tenía fuerzas para apartarlos, aunque no fuera más que por un segundo, del punto de mira del arma. Esperaba el golpe. Pero el disparo no se producía y los dilatados ojos de Pável percibieron el rostro del bandido: el enorme cráneo, la poderosa mandíbula, la negrura de los bigotes y de la barba sin 343 afeitar; sólo los ojos quedaban en la sombra proyectada por la ancha visera de la gorra.
p Con el rabillo del ojo, Korchaguin vio a Anna, blanca como el papel, a la que en aquel mismo momento arrastraba a la brecha de la casa uno de los tres asaltantes. Retorciéndole las manos, el bandido la derribó al suelo. Otra sombra se lanzó hacia Pável, quien no vio más que su reflejo en la pared del túnel. Detrás, en la brecha de la casa, luchaban. Anna se resistía desesperadamente, -y el grito ahogado de su garganta lo cortó la gorra que le tapó la boca. El hombre de la cabeza grande, en cuyas manos estaba Korchaguin, no deseaba quedar como espectador inactivo de la violación; al igual que una fiera, sentíase atraído por la presa. Al parecer, era el cabecilla, y aquella distribución de papeles no le agradaba. El joven que tenía delante era aún un chiquillo, seguramente un "mocoso del depósito de máquinas”. Aquel muchacho no representaba peligro alguno.
p "Si le pongo dos o tres veces el revólver en la frente y le señalo hacia el camino del descampado, pondrá pies en polvorosa, sin volver la cabeza hasta llegar a la ciudad”. Y abrió el puño.
p — Arrea corriendo... Lárgate por donde has venido; si abres el pico, te meteré un tiro en la garganta. —Y el cabezudo empujó a Korchaguin en la frente con el cañón del arma—. ¡Arrea! —profirió con voz ronca, y bajó la Parabellum para que el muchacho no se asustara, creyendo que le iba a matar por la espalda.
p Korchaguin se echó hacia atrás y dio dos pasos de lado, sin perder de vista al bandido. Este comprendió que el joven aún temía recibir un tiro, y volvióse hacia la casa.
p La mano de Korchaguin se lanzó al bolsillo "¡ Disparar a tiempo, disparar a tiempo!" Se volvió con ímpetu y, alargando el brazo izquierdo, captó por un instante en el punto de mira la figura del cabezudo y disparó.
p El bandido comprendió tarde su error. Antes de que pudiera levantar la mano, la bala se le clavó en el costado.
p El golpe le hizo tambalearse hacia la pared del túnel y, profiriendo sordos gemidos y agarrándose a la pared, se desplomó lentamente. Desde la brecha de la casa, una 344 sombra se deslizó hacia abajo, hacia el barranco. En su seguimiento restalló el segundo disparo de Korchaguin. Otra sombra, agachándose y a saltos, se alejaba hacia la oscuridad del túnel. Sonó otro disparo. Salpicada del polvo del cemento desconchado por la bala, la sombra se apartó veloz a un lado y sumergióse en la oscuridad. Tras ella, la pistola rompió por tres veces el silencio de la noche. Junto a la pared, retorciéndose como un gusano, agonizaba el cabezudo.
p Horrorizada por lo ocurrido, Anna, a la que Korchaguin había levantado del suelo, miraba, sin creer en su salvación, al bandido que se retorcía.
p Korchaguin la arrastró por la fuerza a las tinieblas, atrás, hacia la ciudad, sacándola del círculo iluminado. Ambos corrieron hacia la estación. Y junto al túnel, sobre el terraplén, unas luces lanzaban ya destellos, y, pesadamente, resonó en las vías un disparo de fusil, dando la señal de alarma.
p Cuando llegaron por fin a la habitación de Anna, en Batíeva Gorá, cantaban ya los gallos. Anna se dejó caer sobre la cama. Korchaguin sentóse junto a la mesa. El joven fumaba, observando concentradamente cómo se elevaban las volutas de humo gris... Hacía unos instantes, por cuarta vez en su vida, había matado a un hombre.
p ¿Existía, en general, el valor manifestado siempre en su forma perfecta? Recordando todas sus sensaciones e impresiones, se confesaba que en los primeros segundos el ojo negro de la pistola había helado su corazón. ¿Acaso la ceguera del ojo y la necesidad de tirar con la manó izquierda eran la única causa de que las dos sombras hubiesen escapado impunemente? No. A una distancia de algunos pasos hubiera podido tirar con mejor fortuna, pero aquella misma tensión de nervios y el apresuramiento, indicio indudable de desconcierto, lo habían impedido.
p La luz de la lámpara de mesa iluminaba su cabeza, y Anna le observaba sin perder de vista ni un solo movimiento de los músculos de su rostro. Sus ojos estaban tranquilos; tan sólo la arruga de su frente hablaba de la tensión de su trabajo mental.
p — ¿En qué piensas, Pável?
345p Sus pensamientos, asustados por la pregunta, se desvanecieron, como el humo del cigarrillo tras el semicírculo iluminado, y dijo lo primero que le vino a la cabeza:
p — Necesito ir a la comandancia. Hay que dar cuenta de todo esto.
p Y con desgana, venciendo el cansancio, se levantó.
p Anna retuvo un momento su mano; no quería quedarse sola. Le acompañó hasta la puerta, y solamente la cerró cuando Korchaguin, que ahora le era tan querido y entrañable, se perdió en la noche.
p La llegada de Pável a la comandancia explicó lo ocurrido, incomprensible hasta entonces para la guardia del ferrocarril. El cadáver fue identificado al instante: se trataba del salteador y asesino reincidente, Fimka Chérep, bien conocido por los organismos de investigación criminal.
p Al día siguiente todos sabían lo acaecido junto al túnel. Esta circunstancia provocó un choque inesperado entre Pável y Tsvetáev.
p Cuando el trabajo se encontraba en todo su apogeo, Tsvetáev entró en el taller y llamó a Pável. Le hizo salir al pasillo y, deteniéndose en un rincón apartado, turbándose y sin saber cómo empezar, dijo por fin:
p — Cuéntame lo que pasó ayer.
p — Pero si ya lo sabes.
p Tsvetáev se encogió nervioso de hombros. El mecánico electricista no sabía que el lance junto al túnel afectaba a Tsvetáev más de cerca que al resto de los compañeros. Pável ignoraba que, a pesar de su indiferencia aparente, el herrero sentía inclinación por la Borjart. No era él el único en quien la muchacha despertaba un sentimiento de simpatía, pero en Tsvetáev éste era más complejo. El suceso ocurrido junto al túnel, del que acababa de enterarse por Lagútiná, había dejado en su conciencia una pregunta torturante y sin resolver. Pregunta que no podía plantear a Korchaguin con toda franqueza, pero cuya respuesta deseaba conocer. En lo recóndito de su conciencia comprendía la mezquindad egoísta de su inquietud, pero en la lucha discorde de sus sentimientos, venció esta vez lo primitivo, lo animal.
p — Escucha, Korchaguin —dijo con voz ahogada—. La conversación quedará entre nosotros. Comprendo que 346 tú no lo cuentes para no torturar a Anna, pero a mí me lo puedes confiar. Dime, ¿mientras te retenía aquel bandido, los demás violaron a Anna? —Al fin de la frase, Tsvetáev no pudo resistir y apartó los ojos a un lado.
p Korchaguin empezaba a comprenderle de un modo confuso. "Si Anna le fuera indiferente, Tsvetáev no se emocionaría así. Y si la quiere, entonces...” Pável sintió como propia la ofensa inferida a Anna.
p — ¿Para qué lo preguntas?
p Tsvetáev balbuceó algo incoherente y, sintiendo que Pável le había comprendido, se enfureció.
p — ¿Por qué te sales por la tangente? Te ruego que me respondas, y tú comienzas a interrogarme.
p — ¿Quieres a Anna?
p Siguió el silencio. Después se oyó la palabra pronunciada difícilmente por Tsvetáev.
p — Sí.
p Korchaguin, conteniendo su cólera a duras penas, le dio la espalda y se alejó por el corredor, sin volver la cabeza.
p Una tarde, Okunev, luego de ir y venir, turbado, junto a la cama de su amigo, se sentó en el borde de ésta y puso la mano sobre el libro que leía Pável.
p — ¿Sabes, Pavlusha? Voy a tener que contarte una historia. Por una parte, es una tontería; por otra, todo lo contrario. Con Talia Lagútina me ha ocurrido algo inesperado. Al principio, ¿sabes?, me enamoré yo. —Okunev, con aire de culpa, se rascó la sien, pero al ver que su amigo no reía, se animó—. Y después, a Talia... le sucedió algo parecido. En una palabra, no voy a contártelo todo, se ve sin necesidad de un farol. Ayer decidimos probar suerte, construir nuestra vida conjuntamente. He cumplido ya los veintidós años, ambos tenemos derecho a votar. Quiero hacer vida familiar con Talia sobre principios de igualdad. ¿Cómo miras tú esto?
p Korchaguin quedó pensativo.
p — ¿Qué puedo responderte, Kolia? Ambos sois amigos míos, astillas de un mismo palo. Lo restante también os es común, y Talia es una muchacha muy buena... Todo es comprensible.
347p Al día siguiente, Korchaguin trasladó sus cosas a la vivienda comunal de los jóvenes del depósito de máquinas, y algunos días más tarde, en casa de Anna, una velada comunista, una velada amistosa sin comida ni bebida, consagró la vida en común de Talia y Nikolái. Fue una fiesta de recuerdos, de lectura de párrafos de los libros más emocionantes. Cantaron a coro mucho y bien. Desde lejos se oían las canciones de lucha, y después, Katiusha Zelenova y Volíntseva trajeron un acordeón, y el rugido de las profundas notas bajas y el repicar argentino de Jos acordes llenaron la habitación. Aquella tarde, Pável tocó extraordinariamente bien, y cuando, asombrando a todos, el gigantón de Pankrátov comenzó a danzar, Pável enardecióse, y el instrumento, perdiendo su nuevo estilo, despidió fuego:
p
¡Eh, calle, calle!
El canalla de Denikin pone cara de vinagre,
Porque la Cheka de Siberia
A Kolchak le dio boleta...
Tocaba el acordeón cantando el pasado, los años de fuego y la amistad actual, la lucha y la alegría. Pero cuando le pasó el instrumento a Volíntsev y el cerrajero hizo vibrar sus fuelles con las ardientes notas de Manzanita, el propio electricista se lanzó a bailar. Korchaguin danzó una Chechotka loca, por tercera y última vez en su vida.
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